Fragmento:
Esta mañana fui el primero en despertarme en la torre norte. Había que cambiar la guardia antes del amanecer. Silencio pesado, solo interrumpido por el murmullo del viento entre los restos de maíz seco y el crujido de los tablones. La niebla baja transformaba los campos en una pintura deslavada. Tengo la costumbre de observar siempre los límites: la cerca perimetral, las luces colgantes alimentadas por baterías solares, las señales de alerta pintadas en madera vieja. A veces olvido que esa obsesión por el control es lo que nos mantiene vivos.
Duración: 10:58
15 de noviembre de 2026.
No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos regreso a aquel invierno, cuando las noches eran tan frías que nuestras palabras se congelaban en el aire, y el único calor provenía del leve resplandor de una hoguera encendida con lo poco que nos quedaba de madera seca. Ahora los inviernos han cambiado; sigue haciendo frío, pero tenemos mejores abrigos, pieles recolectadas de animales salvajes y algunos mantos trenzados a partir de cuerdas y telas recicladas. Los zombis ya no rondan como antes, no en las áreas rurales de Kansas. A lo lejos, sus hordas aún se arrastran por las ciudades que nunca nos atrevimos a limpiar del todo: Wichita, Topeka, ese fantasma que alguna vez fue Kansas City. Aquí, en la frontera de todo lo que conocemos, la vida vuelve a un ritmo extraño y precario. Pero la amenaza nunca desaparece del todo, ni la de ellos ni la de otros hombres.
Hoy cumplo veintiocho años, o al menos eso creo. Es difícil estar seguro cuando los calendarios han sido repetidos, tachados, corregidos y heredados entre los sobrevivientes. Mi madre solía decir que cumplir años era una ceremonia privada; yo intento respetar la costumbre, aunque no tengo a quién invitar ni pastel que compartir. Lo que tengo es este cuaderno, una reliquia con una cubierta de cuero que encontré en una casa saqueada hace un año y medio, aún con algunas páginas en blanco. Lo uso para dejar mi huella, por si alguna vez alguien pasa por aquí y necesita saber cómo fue vivir entre la muerte y la obstinada voluntad de no desaparecer.
Esta mañana fui el primero en despertarme en la torre norte. Había que cambiar la guardia antes del amanecer. Silencio pesado, solo interrumpido por el murmullo del viento entre los restos de maíz seco y el crujido de los tablones. La niebla baja transformaba los campos en una pintura deslavada. Tengo la costumbre de observar siempre los límites: la cerca perimetral, las luces colgantes alimentadas por baterías solares, las señales de alerta pintadas en madera vieja. A veces olvido que esa obsesión por el control es lo que nos mantiene vivos.
El refugio de Blackstone no era nada antes de la Plaga, solo un pueblo agrícola cualquiera, perdido entre pastizales ondulantes y caminos sin asfaltar. Ahora tiene importancia estratégica porque está rodeado de campos suficientemente despejados para evitar emboscadas, y contamos con una vieja subestación hidroeléctrica capaz de dar energía a unas cuantas lámparas y radios. Hay ciento veinte personas registradas bajo las normas del Consejo, casi todos de origen local, pero algunos llegados de tan lejos como Wyoming, Illinois o incluso la costa. La comunidad se esfuerza por parecer una familia, aunque no lo sea.
Desperté a Emily para que tomara mi lugar en la torre. Es la más joven de los centinelas, apenas tiene dieciséis años pero está marcada por una madurez feroz. Me dirigí hacia el almacén común, donde cada habitante tiene su tarea asignada nada más sonar la campana. El trabajo no puede esperar, ni por un cumpleaños ni por una noche de insomnio. Aún faltaba luz natural cuando Ben, el jefe de suministros, trajo la lista de tareas: revisión de la cerca noreste, inventario de reservas de grano y cebada, y el chequeo del generador hidroeléctrico que lleva días fallando.
Mi grupo estaba formado por cuatro personas. Shelley, que perdió la pierna derecha cuando intentó defender a sus hijos de una horda en 2022. Joe, veterano de la guerra en Irak, convertido en jefe de seguridad. Y Pablo, un chicano que llegó con una caravana en 2025, tras sobrevivir a tres asaltos humanos y ser el único de su familia que resistió la travesía.
Salimos armados. Ya no usamos disparos a menos que sea absolutamente necesario. La munición es demasiado valiosa y el sonido llama a los zombis que aún deambulan erráticos cerca de las rutas secundarias. Pero llevamos bates, cuchillos forjados artesanalmente y algunas ballestas; el reo clic del mecanismo ya forma parte del sonido ambiente. A veces Shelley canta de regreso del campo, pero hoy está callada, nerviosa. Nadie la culpa: hace dos días, Jill encontró un cuerpo mordido en la compuerta sur, y al anochecer llegó la noticia de que en la zona de Pratt, setenta kilómetros al oeste, una comunidad pequeña fue masacrada por bandidos. El peligro humano es más grave que el otro.
En el camino hacia la cerca noreste, caminé por la ruta marcada con estacas de pintura roja y cinta amarilla, señales codificadas para avisar de cualquier trampa, boquete o movimiento sospechoso en el pastizal. Shelley preguntó si me sentía distinto por cumplir años. Reí con amargura y respondí que, para nosotros, cada año es una victoria, pero nunca un descanso. Nadie lo celebra de verdad. Joe me dio una palmada en la espalda y seguimos el trayecto en silencio.
La cerca mostró signos de haber sido forzada. Los grandes postes de hierro y madera, levantados durante las primeras alianzas regionales de 2025, lucían astillados en la base. “No son zombis”, dijo Pablo, agachado mientras inspeccionaba las huellas. “Pisadas chicas y livianas, probablemente niños. ¿O algún grupo de forasteros no armados?”. Nadie puede confiar en nada. Dejamos un par de trampas adicionales y camuflamos los boquetes con ramas frescas. Nuestro objetivo no es atrapar, sino disuadir.
Al regresar al núcleo, paramos en el almacén. El inventario apuntaba a una cosecha apenas suficiente: triple ración de maíz seco, menos lentejas de las esperadas, y la cebada aún sin procesar. Pablo masculló algo sobre la mala suerte, y Shelley le recordó que no se puede desafiar al azar, no después de todo lo que ha pasado. Joe verificó que el generador seguía funcionando, aunque a menor potencia. Los paneles solares y la pequeña presa no alcanzan a cubrir toda la demanda, así que el Consejo resolvió limitar la radio a una hora al amanecer y otra al anochecer.
Después de concluir las tareas, dediqué un rato a vadear por las calles del pueblo. Blackstone se extiende como un pequeño pulmón cercado: casas bajas, casi todas refaccionadas con planchas metálicas y puertas reforzadas. Murales hechos por niños adornan las paredes del viejo centro comunal, y en cada cruz de guardia hay letreros pintados a mano con los nombres de las familias caídas. Alrededor de la plaza, algunos vecinos han vuelto a plantar árboles —sauces y álamos, recuerdos de una naturaleza más generosa.
La radio transmitió un mensaje llegado de Ashland: “Atención a todas las comunidades registradas. Se avistaron tres grupos nómadas armados hacia el noreste, movimiento sobre la autopista 54.” El mensaje, repetido por voz grave y entrecortada, detuvo las manos de quienes trabajaban en campo. Joe organizó la defensa: turnos dobles en el muro y chequeo de las reservas de arma blanca. A mí me asignaron a la mesa del comité de señales. Ahora, con bengalas en vez de teléfonos, comunicamos peligros de forma visual: tres luces rojas si hay ataque humano, dos amarillas si las hordas rondan y una verde si estamos a salvo.
En el almuerzo, compartimos carne seca, algo de pan y unas manzanas pequeñas. Shelley contó la historia de cuando su pequeño aún vivía: “En invierno, él solía esconderse entre las gavillas para asustar a los tíos. Decía que nada podía asustar a quien tenía hambre.” Nadie corrigió la lógica; el hambre es el peor de los terroristas.
La tarde avanzó entre tareas menores y el repaso de la guardia. El consejo se reunió para hablar del mensaje de Ashland. Discutieron durante horas; algunos querían enviar una caravana a por noticias frescas, otros optaban por cerrar las puertas e ignorar cualquier presencia forastera. Al final, Ben sugirió reactivar las rutas de patrulla hacia las granjas vecinas. Esas rutas, mal señalizadas y llenas de trampas, son el límite mismo entre la soledad y la cooperación. Antes, los vecinos se saludaban a diario; ahora, verse a la distancia es motivo de alarma.
Por la noche, fui convocado para participar en la ronda de historias. Esa es nuestra verdadera vida: las historias son mapas, advertencias, bálsamo y anestesia. Nadie se atreve a olvidar los sucesos del primer invierno, ni el terror de los meses de hambruna. Carson, el más anciano (ocho décadas y contando), tomó la palabra con voz temblorosa: “Hace seis años, si veíamos un auto, todos corríamos a buscar ayuda o comida. Hoy vemos luces y nos preparamos para luchar u ocultarnos. Así de profunda es la herida.”
Relaté mi propia historia del día; cómo las pisadas ajenas cerca de la cerca activaron en mí una vieja sensación. Una vez, a los quince años, ayudé a un niño que se perdió cerca del río Arkansas. Ahora pienso cuán imposible sería volver a confiar en un desconocido. Nadie me respondió. Shelley mojó la cabeza, y Pablo murmuró una oración a media voz.
Antes de cerrar el día, escribo este fragmento sabiendo que en otro tiempo, nadie pensaría en las cosas que ahora nos parecen normales: medir los días por la cantidad de zombis que no vemos, dar gracias porque solo algunos vagabundean cerca de las cercas; lamentar las armas como si fueran semillas, y las semillas como si fueran oro. Las alianzas regionales funcionan, pero la confianza se resquebraja con cada transmisión de radio que alerta sobre saqueadores o bandas ajenas. No son los muertos los que impiden la reconstrucción, sino el temor de los vivos a perder lo poco que queda.
Hoy, mirando hacia el oeste desde la torre, divisé una columna de humo en el horizonte. Podría ser una quema de rastrojos, un descuido, o señal de problemas mayores. Joe prometió que lo investigaríamos al amanecer, pero algunos creen que la señal es de los forasteros que Ashland reportó. Todos sabemos que si eso ocurre, la defensa se vuelve cuestión de supervivencia, no solo de orgullo. Aquí, las fronteras no son líneas en un mapa sino círculos de luz dibujados por el alcance de nuestros fuegos y la memoria de lo que fuimos.
Mañana seguiré escribiendo, aunque sea por costumbre y no por fe. En este mundo, recordar es otra forma de resistencia, un acto de obstinada rebeldía contra el apagón de la historia y los nombres olvidados.
Por ahora cierro el cuaderno. Si vuelvo a leer esto dentro de otro año, querré saber, más que nada, quiénes seguimos aquí y quiénes se han sumado a la larga lista de los caídos. Si algún forastero encuentra estas páginas en una casa vacía de Blackstone, deseo que sepa que alguna vez nos atrevimos a esperar, a celebrar un cumpleaños, a intercambiar historias al abrigo de la noche y a encender una bengala solo por la dicha de ser vistos, aunque sea un instante, en mitad de tanta oscuridad.
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