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Portada del relato La Última Luz de Chicago
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Fragmento:


En Chicago, la supervivencia giraba en torno al trueque: balas por medicinas, semillas por información, metal por ropa o herramientas. El papel moneda era una reliquia; los billetes solo servían para encender fuego en noches húmedas. Así que el éxito de la feria era crucial: estábamos escasos de penicilina, y la última plaga que cruzó el barrio mató a más personas que los zombis en el último año.

Duración: 11:32

La Última Luz de Chicago
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Texto de ajuste de pausa.

23 de Julio de 2027

El vapor se levantaba de las calles rotas cuando el sol de mediados de verano finalmente se alzaba entre los esqueletos oxidados de los antiguos rascacielos. Aunque Chicago seguía siendo solo una sombra arruinada de su pasado, la vida conquistaba poco a poco el vacío. Desde el techo del edificio que ahora llamábamos la Fortaleza de la Roosevelt, podía ver el humo de las nuevas forjas y las banderas improvisadas que ondeaban sobre los puestos de guardia. Era casi como si la ciudad estuviera respirando de nuevo, aunque fuera con un solo pulmón y cada inhalación cargada de desesperanza y determinación.

A la distancia, el Lago Michigan reflejaba el azul del cielo. Con suerte, un convoy de barcos a vela —botes de pesca remendados, canoas, incluso una barcaza robada a los restos de la Guardia Costera— zarparía ese día en busca de almejas y peces más allá de los canales infestados. En las márgenes, niños criados en el nuevo mundo jugaban a ser centinelas, siempre atentos al rumor de pasos no humanos que rompieran la tranquilidad: ya casi no había zombis, pero solo un loco bajaría la guardia del todo.

—Hannah, ¿estás lista? —La voz de Javier, curtido después de años de saqueos y vigilias, me sacó de mis pensamientos.

Me giré, ajustando la correa de mi mochila y sujetando la vieja escopeta que había heredado de mi padre. Javier vestía una chaqueta militar que le quedaba grande; parecía un capitán improvisado, más por decisión colectiva que por talento innato para el mando.

—Sí —le respondí. Vigilaba el horizonte con el mismo temor que sentía cada vez que salíamos al exterior—. ¿Los otros están en posición?

Asintió y desde la radio vieja crepitaron las voces de Sara y Nate. Susurros de números, contraseñas, mapas dibujados en servilletas y papeles arrugados, circulaban ya por la comunidad. Logística, vigilancia, rutas de retirada. Iban a abrir una nueva feria de intercambio en la South Side, protegida por el gremio de feriantes de Nueva Detroit. Nosotros éramos el “contacto avanzado”, encargados de despejar y asegurar el paso para los comerciantes y artesanos que arriesgaban sus vidas por una bolsa de pólvora o un saco de trigo.

En Chicago, la supervivencia giraba en torno al trueque: balas por medicinas, semillas por información, metal por ropa o herramientas. El papel moneda era una reliquia; los billetes solo servían para encender fuego en noches húmedas. Así que el éxito de la feria era crucial: estábamos escasos de penicilina, y la última plaga que cruzó el barrio mató a más personas que los zombis en el último año.

—Muévete —ordenó Javier—. Vayamos rápidos, dejar la muralla a esta hora es menos peligroso.

Salimos al laberinto de vehículos quemados y escombros. Cada esquina estaba señalada con graffiti: fechas de incursiones pasadas, avisos de trampas, símbolos de las bandas locales. El viejo club de los “Southside Boys” intentó controlar la zona el año pasado, pero tras su caída solo quedaban huellas sangrientas y cadáveres devorados. Los muertos caminantes habían hecho el trabajo sucio: una ironía cruel y común después del colapso del mundo antiguo.

Nate abría paso, Sara cubría la retaguardia. Nos movíamos por las calles secundarias, por debajo de una hilera de balcones cubiertos de musgo y ropa secándose en cuerdas improvisadas. La atmósfera era tensa, pero familiar. Compartíamos el miedo y la rutina: sonreír estaba reservado para las noches junto al fuego, si conseguías regresar vivo.

—¿Escuchan eso? —susurró Sara en el auricular.

Todos nos detuvimos. Por un instante, la ciudad parecía contener la respiración. Luego oímos el sonido: casi imperceptible, una melodía de notas desordenadas, como un niño tocando una armónica desafinada.

Era una contraseña. Uno de los chicos del mercado las usaba para distinguir a los suyos a lo largo de la ruta. Nos adelantaron dos figuras encapuchadas, uno portaba una ballesta y el otro una maza hecha a mano.

Nos saludaron rápido y siguieron, apenas dedicándonos una mirada. Así era la confianza en 2027: nunca se bajaba la guardia, ni siquiera frente a supuestos aliados. El miedo venía de los vivos, ya no tanto de los muertos.

Avanzamos hasta llegar a la esquina de Halsted con 18th Street. Ahí, la plaza había sido despejada de maleza y cuerpos —ahora, montones de huesos en el margen. Se preparaba el terreno para la feria: carpas hechas de lonas viejas, estructuras de madera reciclada, hogueras apagadas listas para encender.

El aire olía a humo, grasa rancia y el dulce hedor de la descomposición. Sara cambió la postura de su rifle.

—Nate, revisa la azotea. Yo cubro el perímetro —ordenó. Nate desapareció en un instante, como un espectro ligero y silencioso.

Javier y yo inspeccionamos los accesos, retirando escombros y anotando mentalmente los puntos ciegos. La paranoia era el precio de estar vivo más de dos años en Chicago. Había historias sobre manadas nocturnas de saqueadores, sobre zombis emboscadores que aún deambulaban en los túneles del metro, sobre una secta que sacrificaba niños bajo la promesa de redención. Algunos lo creíamos, otros no. La verdad daba igual: siempre dormíamos con un ojo abierto.

—¿Cuánto crees que dure esto? —pregunté.

Javier se encogió de hombros.—Lo suficiente para que nuestros hijos conozcan algo que no sea miedo —me respondió, con una voz más cansada que esperanzada—. Las ferias, los mercados protegidos, los tratados… todo es frágil. Un ataque, una epidemia... todo podría venirse abajo otra vez.

Lo sabía. Había visto demasiados intentos de reconstrucción fracasar ante el egoísmo o la violencia irracional. Sin embargo, sentía que esta vez podía ser diferente. Habíamos aprendido a ser prudentes, a confiar solo bajo estrictas condiciones y a preservar la vida como un bien supremo y escaso.

Mientras tanto, el sol avanzaba y los primeros comerciantes entraban en la plaza. En carretas tiradas por caballos flacos, traían sacos de grano, garrafas de agua, jaulas con gallinas mugrientas. Las mujeres traían consigo niños pequeños; algunos miraban los restos de los viejos escaparates como si fueran tesoros arqueológicos.

Un herrero de Detroit desembarcó su mercancía, entre ellas una docena de cuchillos relucientes —el acero aún se cotizaba alto— y un trabuco por el que pedía tres botellas de antibióticos, precio justo en esta economía barbara.

Entre la multitud vi a Marcus, un viejo conocido de los primeros años del colapso. Había perdido a su mujer en una incursión de bandidos y desde entonces actuaba como guardia y mediador en los tratos: nadie mejor que él para detectar un movimiento sospechoso o evitar que un regateo se convirtiera en disputa sangrienta.

Con un movimiento de cabeza acepto el saludo. Javier me miró de reojo, bajando temporalmente la escopeta.

—Mantén los ojos abiertos —me susurró.

Antes del mediodía, la feria estaba a pleno funcionamiento. Hubo un par de discusiones, algunas amenazas, pero el temor al castigo comunitario mantenía la violencia a raya. Las reglas eran simples: quien derramara sangre sería expulsado, y la ciudad no perdonaba a los que quedaban fuera de los muros.

Tras supervisar la seguridad, me uní a la mesa de trueque. Nuestra necesidad más urgente era antibióticos y semillas: llevábamos meses intercambiando piezas de maquinaria y lo poco de cobre y hierro que logramos recoger.

Conversé con una señora de Nueva Toledo; ella criaba cabras y necesitaba agujas para sutura y algo de revolver oxidado para proteger a los suyos. Le di un juego de herramientas pequeñas que habíamos recuperado de una ferretería y, después de charla y cálculos, obtuve dos sobres de semillas de zanahoria y algunas tabletas de amoxicilina.

Alrededor, veía transacciones similares: la vida desgastada por la escasez, pero aferrada con uñas y dientes. Pilluelos huían entre las piernas de los adultos, a veces robando pan duro o una lata de frijoles, pero nadie era demasiado estricto; sabíamos que crecer en este mundo deformaba la inocencia.

Al atardecer, llegó el rumor más temido: alguien creyó ver movimiento cerca de la vieja estación de metro. No tardó en cundir el miedo: aún si los zombis eran pocos, podían destrozar la feria en minutos si atacaban en grupo.

Corrimos a armarnos mientras los guardias cerraban los accesos. Marcus tomó el liderazgo: organizó una línea de defensa y mandó al herrero subir a la azotea con su trabuco. Era casi una rutina, un teatro de guerra aprendido a lo largo de los años, siempre igual de grotesco y aterrador.

Esperamos, escuchando. Uno, dos, quizá tres figuras tambaleantes emergieron de la boca del metro: andaban con torpeza, harapos cubiertos de polvo, fragmentos de carne colgando de las costillas. Representaban la vieja maldición, una peste que ya no sorprendía a nadie. Disparamos primero, buscando las cabezas, los gritos amortiguados por el estruendo seco de las armas.

No fue tanto el miedo lo que sentí al disparar, sino una tristeza casi ritualizada. Cada zombi era un recordatorio de las pérdidas: abuelos, madres, amigos que no sobrevivieron a la infección ni a la furia de los días iniciales del colapso. Los niños pequeños observaban desde lejos; algunos lloraban, pero la mayoría tenía el rostro duro. Ellos no conocían el mundo de antes. Para ellos, esta era la normalidad.

Cuando el peligro pasó, volvimos a la feria. Nadie reía, pero el comercio continuó. Se encendieron hogueras y la noche fue cayendo, despacio, mientras la ciudad latía con una esperanza frágil.

Por la noche, cuando la vigilancia se relajó, nos sentamos junto a una fogata de latas y trozos de madera. Sara sacó su guitarra rota —tenía solo tres cuerdas, pero aún podía arrancarle melodías. Tocó una vieja canción, una que alguna vez sonó en la radio, antes de que la estática y la muerte la reemplazaran.

Miré el fuego e imaginé el pasado: el bullicio de Chicago, los coches y trenes, la ciudad que nunca dormía. Ahora solo quedaban ruinas y sobrevivientes empeñados en reconstruir algo parecido a la civilización.

Javier, a mi lado, me preguntó en voz baja si creía que algún día volveríamos a tener gobiernos verdaderos, escuelas, hospitales, bibliotecas abiertas.

—Quizá nuestros hijos lo vean —contesté, sin mucha convicción—. Quizá ya está empezando.

Él asintió. Los primeros zumbidos de una tormenta eléctrica nocturna se oían lejos, sobre el lago, y me pregunté si habría energía suficiente para una nueva era. En mi corazón, por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a la esperanza.

Aquella noche, la ciudad parecía menos muerta que nunca, aunque el aire aún olía a cenizas y miedo. Pero, bajo las hogueras y las banderas improvisadas, el futuro era una semilla que resistía el horror y la desesperación, aferrándose con fuerza a la grieta más pequeña.

Mañana, las puertas de la feria volverían a abrirse. Mañana, seguiríamos luchando una vez más.

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