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Fragmento:


Fátima levanta la mano; tiene catorce años, pero su rostro de ojeras y mejillas hundidas parece el de alguien mucho mayor.

Duración: 09:45

Al filo de la muralla
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Texto de ajuste de pausa.

14 de diciembre de 2020.

El viento cortante hace temblar las lonas que cubren la entrada principal de la antigua escuela pública Gabriel García Márquez, barrio de Vallecas, en una Madrid que apenas se reconoce a sí misma. Es diciembre y el frío es cruel, pero aquí no hay leña suficiente, ni mantas de más. Desde la ventana del aula convertida en torre de vigía, Sandra observa el paisaje blanco y sucio de nieve mezclada con ceniza, los tejados desmoronados y el humo lejano de algún fuego en los escombros. La ciudad, silenciosa como un cadáver mal enterrado, guarda los secretos de millones de vidas interrumpidas meses atrás.

Entre los sobrevivientes de este refugio, nadie duerme bien. El sonido de los muertos afuera, sus gemidos bajos y el chapoteo de pies congelados, es un recordatorio constante de lo que acecha en la calle. Con cada noche helada, los cadáveres parecen ralentizarse, pero no desaparecen: deambulan torpemente, a veces cayendo como muñecos rotos, solo para levantarse torpemente un rato después, siempre hambrientos.

A Sandra le toca hacer la guardia de la mañana, turnándose con Rubén y Fátima. La radio militar en la esquina solo transmite ruido blanco; las últimas noticias, hace dos semanas, hablaban de columnas de refugiados desplazándose hacia el sur, buscando un invierno menos cruel. Pero aquí, en Madrid, no pueden arriesgarse: la ciudad, aunque infestada y muerta, tiene aún lo poco que queda de víveres entre las despensas olvidadas y los grandes supermercados saqueados. Marcharse al campo supone correr riesgos inaceptables: zombis en las carreteras nevadas, bandidos armados, incertidumbre y frío a la intemperie.

En la sala común, donde antes los niños hacían manualidades, unos veinte adultos y dos niños desayunan lo último de pan duro y una sopa aguada que huele a muerte lenta. La escasez es crítica desde hace semanas; la última expedición al supermercado del Ensanche acabó con la muerte de Enrique, devorado a media calle mientras trataba de cargar una bolsa de galletas. Nadie sabe aún cuántos más aguantarán hasta febrero, cuando se supone que quedarán al menos latas para sobrevivir a lo más crudo del invierno.

El aire dentro está cargado de miedos sordos y un resentimiento apenas contenido. Cecilia, la enfermera, repite cada día el recuento de las existencias: cuatro cajas de antibióticos, media botella de alcohol, vendas improvisadas y un puñado de analgésicos que guardan como oro en paño. No hay más medicina que la esperanza, y la esperanza aquí solo se conjura en silencio.

Rubén, rostro barbado y manos encallecidas, convoca la reunión matinal al pie de la escalera, su voz ronca y cansada:

—Hoy toca revisión de la azotea y del jardín trasero. Tendremos que sacar la basura, hay que mantener el olor a raya, no queremos atraerlos más de la cuenta. —Su mirada se cruza con la de Sandra, y ambos saben que afuera, entre las nieves, el hedor humano es como un faro para los muertos.

Fátima levanta la mano; tiene catorce años, pero su rostro de ojeras y mejillas hundidas parece el de alguien mucho mayor.

—¿Hoy saldrá alguien a buscar más leña? —pregunta en voz baja, temiendo la respuesta.

La mirada incómoda de los adultos lo dice todo: salir por leña es salir a morir o, peor, a ver morir a alguien más.

—Si la temperatura sigue bajando, no vamos a pasar de Nochebuena —murmura Cecilia apartando la vista de la ventana.

Hay un pacto tácito aquí: nadie habla abiertamente de muerte, pero todos la sienten en la nuca. Apenas termina la reunión, los grupos se dispersan: Fátima y Luis, el chaval de trece años, suben al primer piso para buscar cualquier resto de madera para quemar. Los adultos más fuertes revisan las puertas y ventanas, recalcan el refuerzo con barrotes y cinta americana. Al fondo, una anciana se queja suavemente del frío, envuelta en tres chaquetas demasiado grandes para su cuerpo frágil.

Sandra sale al balcón cubierto para vigilar el exterior. El silencio la abruma, y por un momento, el Madrid que conoce se le aparece en un destello de recuerdos: las terrazas llenas, las luces navideñas, el bullicio del Metro, la voz de su madre llamándola desde la cocina. Ahora todo eso flota bajo capas de nieve y miedo, los sonidos urbanos reemplazados por el crujido helado de huesos rotos y el gemido seco de los caminantes congelados.

Piensa en su hermano, desaparecido durante los primeros saqueos en julio. Quizá nunca sabrá si fue devorado o si, como otros, se transformó en una de esas criaturas. En la soledad de su guardia, Sandra se pregunta si no sería mejor acabar con todo, dejarse llevar por la marea blanca y el sueño definitivo, pero entonces escucha el llanto ahogado de los niños y siente, pese a todo, esa responsabilidad irracional que la mantiene en pie.

Al mediodía, Rubén organiza una breve expedición: tres personas, todos armados con palos y una vieja pistola que solo tiene dos balas. Cruzarán la calle para buscar leña en un taller abandonado; con suerte, también latas de conserva o pilas. La tensión es palpable; el cruce de miradas antes de partir es el último vínculo de humanidad que les queda.

—A la mínima señal rara, corremos —susurra Rubén. Nadie necesita recordarle a Sandra cómo Enrique no corrió, sino que resbaló y gritó, y cómo ese segundo de duda puede costar una vida.

La salida es un ballet tenso entre los restos del mundo viejo: coches inútiles medio enterrados, cubos de basura volcados, una bicicleta oxidada. Los pasos resuenan en la nieve, y cada sombra en los portales es un aviso. Se cuelan en el taller por la reja trasera; dentro, el olor a moho se mezcla con el de aceite rancio y madera húmeda. Encuentran algunos palés, los dividen en trozos y los atan con cuerdas, intentando hacer el menor ruido posible.

Cuando están a punto de salir, un golpeteo los pone en alerta: por la calle, tres zombis de ojos vidriosos y ropa militar caminan sin rumbo, las botas apenas levantando la nieve. Rubén hace un gesto para retroceder. Se esconden detrás de un camión viejo. Los zombis pasan, lentos, casi inofensivos por el frío, pero uno se detiene y ladea la cabeza, olisqueando el aire. Sandra sujeta su palo, lista para golpear si es necesario.

El momento se estira como una cuerda a punto de romperse, hasta que el zombi, aparentemente confundido, tropieza y cae, la mandíbula golpeando el asfalto. Solo entonces corren de vuelta a la escuela, el corazón retumbando en las sienes de Sandra.

El regreso es una victoria diminuta: leña seca para un día más, pero cada salida les cuesta algo, una pizca de suerte o de vida. De vuelta al refugio, todos comen en silencio. Fátima reparte la leña entre el pequeño brasero del comedor y una estufa improvisada en la enfermería donde una mujer con fiebre se agita entre sueños y delirios.

Por la ventana cae la tarde; la ciudad queda envuelta en una niebla azulada y perversa. Las luces de las farolas, muertas desde meses, son solo palos grises en la nieve. A lo lejos se oyen disparos, un eco que nadie sabe si significa muerte o salvación.

Rubén se acerca a Sandra cuando la guardia de la noche comienza. Él tiene 35 años, era conductor de autobús antes de todo esto y ahora es el líder del grupo porque, simplemente, nadie más quiso asumir la carga.

—Dices que los zombis se mueven menos con este frío, pero ¿qué pasa si la plaga muta, si resisten mejor el invierno? —pregunta en voz baja.

Sandra no tiene respuesta. Piensa en la radio militar, en los rumores de que en ciudades como París o Berlín los cadáveres se congelan y se amontonan por centenares, bloqueando calles enteras. ¿Cuánto aguantarán así?

Antes de dormirse, algunos rezan, por costumbre o desespero. Otros escriben en cuadernos, dejando constancia para quien venga después. Sandra, sin embargo, sólo mira las brasas moribundas, pensando en la próxima salida, en los nombres de los ausentes, en la esperanza anémica que los mantiene aún humanos.

A medianoche, la alarma de latas atadas repica suavemente: alguien, algo, ha tocado el cordel del jardín trasero. Rubén y Sandra acuden en silencio, linternas en mano y armas improvisadas. Afuera, a través de la alambrada, los ojos vacíos de un zombi los miran por un segundo, antes de perder el equilibrio y caer de bruces a la nieve, donde se contorsiona lentamente, como una lombriz ciega.

Puede que el invierno acabe con los más viejos, piensa Sandra. Pero los vivos, esos aún pueden perder mucho más antes de que llegue la primavera.

En la mañana siguiente, las huellas de los muertos en la nieve muestran un patrón: cada noche se acercan menos, cada vez más torpes y desorientados. El invierno da un respiro, una tregua pequeña, pero nadie se engaña. La ciudad es una trampa perfecta y cada día es, al mismo tiempo, un milagro y una condena.

El grupo sigue resistiendo, soñando con mensajes lejanos en la radio, con un convoy militar que nunca llega, con un pan recalentado y la promesa de otra primavera. La nieve, esa gran mortaja blanca, cubre Madrid y calla los ecos del viejo mundo. Pero en la pequeña escuela, los vivos se empeñan en soñarse humanos, rememorando historias frente al fuego, esperando el deshielo, resistiéndose a olvidar los nombres de sus muertos.

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