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Fragmento:


Habían pasado ocho años desde el estallido. De los diez mil que fueron, apenas quedaban dos. Miles habían huido hacia Madrid en el primer invierno, creyendo que las grandes urbes resistirían. Pero Madrid era desde hacía años un crisol de muertos hambrientos y bandas de humanos violentos. Segovia sobrevivía por sus muros y su disciplina, pero también por la mano dura del Autarca.

Duración: 11:33

La ciudad de las murallas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Enero de 2028

La noche era fría y recia en las llanuras que rodeaban la Nueva Segovia. Bajo el cielo despejado, los faroles eléctricos que alumbraban el camino principal hasta la Puerta de Hierro parpadeaban como relámpagos cansados, sostenidos por generadores que llevaban semanas sin recibir mantenimiento. Los muros de hormigón y metal, tan altos e implacables como una montaña artificial, dominaban el horizonte. Desde el exterior, la ciudad parecía un monstruoso búnker sobreviviente de una era perdida; desde dentro, un hervidero de miedos, esperanzas y poder contenido bajo la tiranía de una sola voluntad.

Ramiro Durán tenía 56 años y una mirada que mezclaba el acero y la desesperanza. Había sido soldado en otra vida, antes de que los muertos aprendieran a caminar y la nación se desgarrara en mil feudos. Ahora era el Autarca de Segovia: señor absoluto de una de las pocas ciudades de la vieja Castilla que aún resistía la marea de zombis y hombres por igual.

En el gran Salón de la Torre de Mando —un antiguo ayuntamiento reconvertido en palacio de hierro y sacos de arena—, Ramiro contemplaba el mapa del territorio. Estaba cubierto de chinchetas, zonas tachadas y rutas de caravanas, rodeado de sus capitanes, milicianos de confianza y unos pocos expertos técnicos. El aroma del café de achicoria y el metal chamuscado llenaban el aire.

—El convoy de Ávila no regresó —informó un joven de voz ronca, con la muñeca derecha vendada—. La última señal la recibimos anoche, por la radio corta. Dijeron que… que les atacaron humanos, no muertos.

Ramiro asintió, con los labios apretados.

—¿Dónde? —preguntó.

—A la altura de Collado Hermoso, camino de la sierra.

El Autarca se giró hacia su lugarteniente, una mujer encallecida llamada Blanca San Román.

—Prepare una partida. Tomen seis hombres y dos caballos. Y denles una de las ametralladoras—. La voz de Ramiro era seca, firme, apenas un susurro de mando que no admitía dudas—. Si encuentran supervivientes, que los traigan. Si no… que limpien el sendero y arrebaten todo lo útil—. Sus palabras caían sobre los presentes como una lápida.

Nadie replicó. En la Nueva Segovia, una orden del Autarca era ley y evangelio. Las manos del poder estaban manchadas de sangre, pero era sangre que aseguraba la supervivencia de miles en aquel refugio de hierro. Desde el ventanal del gran salón, Ramiro podía ver el perfil de la catedral recortándose contra el azul oscuro, rodeada de casas de tejados rotos, reconstruidas con materiales robados a la muerte y al olvido. Unos niños jugaban en lo que fue una plaza, armados con estacas de madera y escudos de hojalata. Entre ellos correteaba Vega, la nieta de Ramiro, con los cabellos enmarañados y la risa fácil de los que nunca conocieron el mundo de antes.

Habían pasado ocho años desde el estallido. De los diez mil que fueron, apenas quedaban dos. Miles habían huido hacia Madrid en el primer invierno, creyendo que las grandes urbes resistirían. Pero Madrid era desde hacía años un crisol de muertos hambrientos y bandas de humanos violentos. Segovia sobrevivía por sus muros y su disciplina, pero también por la mano dura del Autarca.

Ramiro guardaba la pistola al cinto. Siempre la llevaba encima, por si una orden debía ser sellada “con plomo y verdad”, según decía. Ya había tenido que usarla una vez, durante la rebelión de los molineros hacía dos inviernos. No era fácil ejercer el poder en un mundo donde la civilización era una ruina y el hambre, un virus peor que la infección.

El Consejo de la Noche terminó con órdenes claras. Ramiro se retiró a su despacho, una estancia pequeña repleta de documentos, mapas y objetos de tiempos pasados: la medalla que conservaba de su servicio en la brigada paracaidista, una foto de su mujer muerta y un pequeño crucifijo.

A la mañana siguiente, la Nueva Segovia bullía en su rutina marcada por el toque de la sirena. El mercado, instalado en la plaza mayor bajo una techumbre de lonas y chapas, abría de sol a sol. Los agricultores llegaban con sacos de garbanzos, alubias recias y algún conejo criado en los huertos comunitarios. Los forjadores ofrecían clavos, herramientas y puntas de lanza. En una esquina, los comerciantes cambiaban medicinas caseras, sal extraída de las minas antiguas y baterías reconstruidas.

En la muralla norte, una columna de prisioneros humanos —capturados días atrás por una patrulla fronteriza en la vieja carretera de Valladolid— esperaba juicio ante el Tribunal del Autarca. Era un ritual austero, pero dotado de una crudeza que servía de advertencia al resto.

El sargento Torres, encargado de la seguridad interna, empujó al primero —un hombre de unos treinta años, sucio y cubierto de cicatrices.

—Dice que forma parte de una banda de saqueadores —informó Torres—. Pero que no mataron a nadie; sólo robaron ganado.

Ramiro observó al prisionero. Tenía el mentón alzado, sin miedo, incluso desafiante.

—¿Por qué viniste a Segovia? —preguntó Ramiro.

—Buscábamos comida —dijo el hombre—. Ahí fuera… no hay nada. Mejor morir bajo tus balas que a manos de los podridos.

El Autarca suspiró. Sabía bien que la frontera entre superviviente y bandido era fina. Clavó los ojos en los presentes: alrededor del tribunal, decenas de vecinos miraban en silencio, expectantes. Su juicio tenía la fuerza de una ejecución pública; su clemencia o dureza sería recordada y discutida durante días.

—La ley es clara —dijo Ramiro, mirando a sus oficiales—. Robo de recursos: trabajo forzado en la cantera durante una luna. Si cooperas y no causas problemas, tendrás una ración y refugio. La próxima vez, la muerte.

El prisionero asintió, no sin cierto alivio. Los otros recibieron penas similares o peores, dependiendo de sus delitos. Pero la ley de hierro no era arbitraria: mantenía la disciplina y el respeto, dos bienes tan valiosos como la pólvora o la sal.

Al caer la tarde, Blanca regresó con su partida. Reportaron el hallazgo del convoy destruido cerca de una arboleda. Cadáveres humanos, despojados y mutilados; señales evidentes de una emboscada —pero también de canibalismo. Dos crías escaparon y fueron acogidas por la patrulla. Trajeron de vuelta un carromato dañado, media docena de sacos y una ametralladora sucia.

Ramiro recibió el informe en el salón del Palacio. Torció el gesto: la amenaza exterior seguía creciendo, y cada amigo caído era un enemigo latente en el futuro. Para el Autarca, el verdadero peligro ya no eran los zombis aventados a las afueras —esos, cada año, estaban más lentos y deteriorados—, sino el salvajismo de los hombres sin reglas.

Reunió al Consejo de Seguridad esa noche, iluminados por candiles. Proclamó, tras escuchar las noticias:

—A partir de hoy, los puestos avanzados doblegarán sus turnos. Nadie circula fuera del muro sin permiso. Quien negocie con bandas exteriores será considerado traidor y tratado como tal. Nuestra fuerza está en lo que compartimos y defendemos; debemos ser tan duros como la piedra de este muro.

Sus subordinados asintieron, conscientes de la gravedad del discurso. Segovia sería férrea hasta el extremo, o no sería.

Aquella noche, Ramiro recorrió la ciudad en silencio. Subió a la muralla oriental antes del amanecer. Desde allí vio las primeras luces de las casas encendidas y los vigías con sus fusiles. Más allá, la niebla caía sobre la calzada romana. Solo los más valientes merodeaban a esas horas: cazadores furtivos, exploradores, quizás algún desesperado.

Se detuvo a mitad de la ronda y se encontró con Carmelo, el maestro herrero, un hombre de barba gris y mirada aguda. Conversaron bajo el frío, la piedra húmeda bajo sus botas.

—Muchos temen la mano dura, Ramiro —dijo Carmelo con honestidad—. Pero también temen lo que hay fuera.

El Autarca asintió. Tenía el rostro surcado de arrugas y su voz, un suspiro.

—No es tiranía castigar la traición. Es necesidad. Abre la puerta al enemigo y seremos todos cadáveres.

—¿Y cuándo seremos otra cosa que supervivientes? —preguntó Carmelo, en voz baja.

Ramiro miró el horizonte. La primera luz del día nacía sobre el valle, tiñendo de naranja la vieja catedral.

—Cuando esta ciudad sea más que un refugio. Cuando dejemos de mirar cada sombra como una amenaza. Quizás nunca —añadió, con amargura—. Pero mientras las murallas se sostengan, todo depende de nosotros.

Carmelo calló, respetuoso. Ramiro siguió su ronda, aislado en sus pensamientos.

En los días siguientes, la ciudad se endureció aún más. El toque de queda se adelantó; las raciones, controladas con celo. Se patrullaban los túneles del acueducto romano y se bloqueaban las entradas secundarias. Nadie podía entrar o salir sin conocer a uno de los milicianos y portar un salvoconducto sellado. Las ejecuciones sumarias dejaron de ser insólitas: espías, saboteadores y desertores eran colgados en la plaza mayor, como sombrío ejemplo.

La nieta del Autarca, Vega, miraba esas escenas con los grandes ojos abiertos del asombro y el horror. Una tarde, se acercó a su abuelo mientras éste repasaba informes. Tenía una hoja de papel en la mano, garabateada con lápices de colores.

—Abuelo —dijo, inocente—. ¿Por qué hay hombres malos dentro de los muros?

Ramiro dejó la pluma y acarició su cabello.

—No todos los que hacen daño son malos, Vega. A veces, cuando no tienes nada, harías lo que fuera por comer o proteger a los tuyos.

La niña asintió, aunque sin comprender del todo.

—¿Y si algún día tú eres el hombre malo?

El Autarca tardó en responder. Al final, apoyó las manos sobre los hombros de la niña.

—Eso espero evitar. Pero si ocurre, prométeme algo: defiende a los tuyos, siempre. Y recuerda: las murallas son importantes, pero más lo es la gente que hay dentro.

Vega se marchó corriendo por el pasillo. Ramiro quedó inmóvil, con la certidumbre de que no era posible elegir entre ser salvador o tirano; sólo quedaba sobrevivir.

Esa noche, en la taberna de la Puerta del Sol —una vieja nave reconvertida en cantina—, el murmullo de la ciudad era un eco de inquietud. Había rumores de que en Segovia mandaba un déspota, de que la ciudad se había convertido en una fortaleza de miedo. Pero también llegaban historias de otras urbes arrasadas, de tiranos sanguinarios y caníbales, de pueblos destruidos por la debilidad o la traición.

Por encima de todo, en ese reino de incertidumbre, la voz del Autarca dominaba. Había aprendido que en un mundo de muertos, sólo el hierro y la disciplina podían mantener la esperanza viva.

Así, en el amanecer del año 2028, Segovia se alzaba como uno de los últimos baluartes del viejo mundo, con su Autarca vigilante en la muralla. Duro, implacable… ¿pero justo? Eso lo dirían los siglos. Por ahora, bastaba con sobrevivir otro invierno.

Y bajo el manto de las estrellas, mientras la ciudad dormía, Ramiro Durán seguía en guardia, sabiendo que la delgada frontera entre la tiranía y la salvación era la única línea que separaba a los vivos de los muertos.

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