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Fragmento:


El invierno había llegado con todo su peso. Las bocas de los supervivientes temblaban mientras tomaban sorbos de agua aguada en botellas sucias. El hambre empezó a mostrar sus dientes —esa fiera aún más vieja que la plaga— y a dividir las calles y los bloques de pisos en pequeños feudos vigilados por ojos hundidos y manos callosas, uñas negras de mugre y miedo. La electricidad había desaparecido hace semanas; la voz de la radio, antes intermitente, ahora solo devolvía un silencio tan denso como la neblina que subía desde el Arroyo Culebro. Y en ese silencio no quedaba casi otra cosa que el rumor de los propios pensamientos.

Duración: 11:33

Ecos en la Periferia
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Texto de ajuste de pausa.

12 de Diciembre de 2020.

Era un invierno que nunca parecía ceder, húmedo y cruel, como solo Madrid sabe serlo cuando el asfalto brilla bajo un cielo de puro plomo y ni la luz ni la esperanza parecen capaces de filtrarse entre las nubes. En esas semanas del final del año, cuando los recuerdos del mundo “anterior” se arracimaban en la mente de los que todavía no habían perdido la cuenta de los días, Fuenlabrada era apenas un mosaico de sombras largas y edificios aferrados a la tierra por poco más que las raíces de la desesperación.

Habían amontonado los cadáveres en los patios de las escuelas, empujándolos con escobas, con las puntas de los palos de fregona, con la repugnancia creciente que ahora acompañaba cada movimiento. La sangre no se iba; se quedaba pegada, congelada en pegotes oscuros sobre las veredas, recordando sin palabras su obstinada presencia. De vez en cuando, alguna corriente de aire nocturna traía el olor dulzón y mineral de lo que quedaba tras la muerte, atravesando ventanas con láminas de colchón y cartón a modo de protección inútil.

No quedaban perros vagando por las calles. Los primeros desaparecieron en los días del colapso, o bien devorados o, peor, convertidos en alimento para las familias que habían jurado mil veces no caer tan bajo. Los gatos eran un recuerdo aún más antiguo, un suspiro que se retraía tras cada portón cerrado. Para entonces, hasta las ratas parecían haber aprendido a temerle a la negrura.

El invierno había llegado con todo su peso. Las bocas de los supervivientes temblaban mientras tomaban sorbos de agua aguada en botellas sucias. El hambre empezó a mostrar sus dientes —esa fiera aún más vieja que la plaga— y a dividir las calles y los bloques de pisos en pequeños feudos vigilados por ojos hundidos y manos callosas, uñas negras de mugre y miedo. La electricidad había desaparecido hace semanas; la voz de la radio, antes intermitente, ahora solo devolvía un silencio tan denso como la neblina que subía desde el Arroyo Culebro. Y en ese silencio no quedaba casi otra cosa que el rumor de los propios pensamientos.

Con el paso de las semanas, la locura empezó a esparcirse como un hongo invisible. No era aún la locura violenta de las bandas urbanas que desgarraban bloques enteros en otras partes de Madrid, ni la fanática de las sectas que ya murmuraban acerca del Juicio Final en los escombros de Leganés. En Fuenlabrada, la insania tenía otra textura. Era una bruma interior, pegada a los ojos, a las lenguas; una desconfianza persistente que se enredaba entre recuerdos de viejas fiestas patronales, entre chismes de escalera y la sombra de un mundo que ya no estaba. Algunos pasaban horas junto al ventanuco, contemplando los patios vacíos con una fijeza antinatural, como si esperaran que el cemento hablara. Otros —contados con los dedos— salían en grupos pequeños en busca de víveres, tan encogidos por el frío y el miedo que parecían fantasmas de sí mismos.

Los zombis apenas se movían ya. En el invierno, los que quedaban —con sus cuerpos congelados y sus gargantas selladas de escarcha— se arrastraban con lentitud torpe por las avenidas de la Avenida de España, buscando algo más por inercia que por cacería. Cuando se caían, se quedaban allí, con los ojos como huevos podridos mirando al cielo sin nubes. Era peor de noche, cuando de vez en cuando se oía el chirrido de un cuerpo chocando contra un cubo de basura, o el lamento sordo de alguno que se esforzaba por levantarse desde una zanja. Pero el verdadero terror era el hambre.

En el bloque de la Calle Francia, una comunidad de unas treinta personas, iban quedando menos. Se habían organizado; primero, con turnos de vigilancia y reuniones en lo que antes era un local de costura, luego, con palabras más duras, con listas de sospechosos. El miedo al otro era tan letal como el miedo a los caminantes; cuando desapareció la niña de la familia Hernández, todos sabían la verdad pero nadie se atrevió a ponerle nombre. Desde entonces nadie se arriesgaba a bajar solo al sótano, y por las noches algunos aseguraban haber visto figuras moviéndose detrás de los cristales, aunque nadie encendía una linterna para comprobarlo. La oscuridad era un pacto: nadie miraba, nadie denunciaba, nadie pedía ayuda.

Entre los vecinos, Rosalía, una mujer en la cincuentena antes amable, encarnaba como nadie el descenso colectivo hacia la locura. Había perdido a su hijo el verano anterior, arrastrado por una horda cuando intentaba conseguir agua de uno de los supermercados de Humanes. Desde entonces, la habían visto sentada frente al portal, murmurando oraciones en un hilo de voz, repitiendo cuentas de un rosario imaginario, mientras sus manos arrugadas desgarraban pedazos de tela de una vieja cortina. De vez en cuando, lanzaba miradas de odio sordo a quienes se le acercaban con preguntas demasiado insistentes. Nadie supo nunca por qué, una noche, aparecieron en la escalera dibujos hechos con carbón: líneas torcidas, rostros deformes con sonrisas dentadas y ojos vacíos. Algunos decían que eran retratos de las víctimas; otros aseguraban que era ella quien los pintaba mientras caminaba dormida, poseída por los espíritus de los muertos.

El hambre y el aislamiento fracturaron el grupo. Hubo discusiones que terminaron con sangre y gritos, al menos una vez. Un chico joven, Javi, logró acuchillar a uno de los veteranos del vecindario por una lata de judías blanca. Nadie ayudó a uno ni a otro: el tendido de alianzas y traiciones se volvió invisible, tan tupido y resbaladizo que cualquier paso en falso podía significar el final. A veces, a la luz incierta de una linterna cargada por horas moviendo una manivela, se reunían los más antiguos y discutían las reglas: “No salir sin compañía”, “No hacer ruidos innecesarios”. Pero entre palabra y palabra, una sombra indefinida palpitaba. La paranoia se transformó en la ley invisible que regía todas las relaciones.

Los rumores sobre la carne comenzaron en los días más fríos. Nadie los creía al principio, pero la mirada esquiva de algunos de los supervivientes bastaba para sembrar la duda. Se sospechaba que en el bloque de al lado, una familia había… bueno, había hecho lo que hacía falta para “sobrevivir un poco más”. El hedor ahogado, el despiece rápido de un cadáver reciente, el silencio sepulcral durante días. ¿Quién era culpable y quién inocente? Lo cierto es que, de madrugada, cuando el frío era insostenible, los chillidos de la locura sacudían las paredes: gritos en sueños, risas histéricas, palmas golpeando los postigos por razones que nadie podía explicar.

Algunas noches, Lorenzo, un antiguo bibliotecario, se sentaba en el rellano del tercer piso a leer fragmentos de textos arrugados bajo la pestilencia y la penumbra. Su voz subía, temblorosa, evocando versos de Kafka, de Poe, de algún volumen subrayado con mano férrea. Pronto, su auditorio se volvió escaso. Al cabo, la gente empezó a desconfiar de su lucidez, de las estampas retorcidas que relataba. ¿Estaba recitando historias de fantasmas o desvaríos personales? Una noche fría de mediados de mes, subió a la azotea con una linterna y un libro. Nadie lo volvió a ver. Algunos juraban que, desde la calle, podía verse su figura recortada contra el horizonte sucio, gesticulando hacia una multitud invisible en las sombras de Fregacedos.

No todo era desesperanza directa. Entre los tránsitos de miedo surgían pequeños destellos de una demencia casi alegre. Unos niños, que no entendían del todo la gravedad de la situación, inventaron un juego al que llamaban “la ruina”. Se trataba de correr por las habitaciones vacías del bloque, perseguirse entre risas y saltar sobre colchones raídos, tras lo cual uno debía quedarse quieto de pie, con los ojos abiertos de par en par, hasta que una voz invisible le ordenara moverse. Más de una vez, los adultos respondieron a carcajadas agrias por el sobresalto al descubrir esas figuras paralizadas en medio de la oscuridad. Era como si el delirio infantil hubiera devenido la única cuerda floja sobre la que caminar.

En los pasillos, las paredes sudaban humedad y miedo. Las sombras deformadas por las linternas contaban historias falsas; los sollozos detrás de una puerta mal cerrada se confundían con la brisa. Había noches en las que las familias despertaban sobresaltadas por las risas de los locos: risas desbordadas, viscosas, completamente antinaturales, como si una parte de la ciudad estuviera consumiéndose, enloqueciendo, alimentándose de sí misma. Se decía —lo decían incluso los escépticos— que Fuenlabrada tenía su propio espectro, uno que recorría los portales cuando la niebla lo cubría todo, recogiendo los pensamientos podridos de los desesperados y susurrando canciones antiguas a los que ya no tenían esperanza.

La escasez aumentaba con cada día. La última panadería había sido saqueada antes de que bloquearan con muebles las puertas de los supermercados del centro comercial Plaza Loranca 2. La primera vez que oyeron los pasos de los muertos en el interior derrumbado del centro, algunos se atrevieron a bajar al aparcamiento cubierto para buscar conservas. Pero la oscuridad allí era total, y lo único que trajeron de vuelta, además de un par de latas abolladas, fueron espasmos de puro terror que dejaron a una mujer sin habla durante semanas.

Dentro de este caos, la mente buscaba adaptarse. Algunos empezaron a ver patrones en las grietas de las paredes, en los círculos quemados del techo, o en los restos de ceniceros y jarras rotas desparramadas por el suelo. Uno aseguraba que los muertos —o lo que quedaba de ellos— solo se acercaban a los edificios en los que la gente hablaba en voz alta; otro, que los locos tenían su propio idioma, transmitido en los sueños y que, de aprenderlo, uno quedaba marcado para siempre. Algunos intentaban escribir, en cuadernos recuperados de un colegio saqueado, el testimonio de sus días. Al principio, los relatos eran lineales, prosaicos. Con el tiempo, las palabras se deslizaban hacia el absurdo: palabras rotas, frases sin sentido, nombres que no pertenecían a nadie. El miedo a la pérdida de la razón suplía al miedo al zombi, y a veces era peor. Había quien prefería enfrentarse a la muerte antes que quedarse solo con sus pensamientos.

Una noche particularmente infernal, cuando el viento rompía sobre las ventanas y los lamentos de los caminantes sonaban como una vieja radio desafinada, un grupo decidió organizar una vigilia. Encendieron velas, compartieron lo poco que les quedaba de coñac y hablaron de posibles planes de huida: atravesar Móstoles a pie, intentar llegar a lo que quedara de Alcorcón, buscar refugio en alguna fábrica abandonada cerca de Leganés. Pero enseguida la conversación degeneró, entre susurros y miradas enloquecidas. Una mujer, anciana, comenzó a reírse con un sonido agudo e inacabable, hasta atragantarse. Otro, sin motivo aparente, empezó a mover la cabeza repetidamente, golpeándose con la palma de la mano como si quisiera sacarse algo de dentro. La vigilia terminó en un caos de sollozos y peleas; algunos se aporrearon la cabeza, otros se rasgaron la ropa. Nadie recordaría al día siguiente quién empezó, solo el sabor a sangre y lágrimas, y el eco de una palabra silbada: “ruina”.

Y mientras tanto, fuera, bajo el cielo sin luna, los zombis seguían entre los cascotes y los coches oxidados. Más quietos que vivos, pero siempre presentes. Sus cuerpos destrozados eran la metáfora misma del barrio: persistente, difícil de aplacar, mucho más difícil de erradicar. Había una lógica tremenda en el hecho de que, en ese diciembre interminable, lo único que todavía moría era la mente de los que estaban dentro. Cada esquina de Fuenlabrada temblaba bajo el peso de una locura nueva. En cada cuarto dormía la semilla de un delirio apenas contenido. Al día siguiente, vendría otro frío, otro grito, otra ráfaga de ansia hambrienta devorándolo todo. Y el eco, inevitablemente, repetiría en la memoria de cada uno la única certeza: no había mundo afuera, solo la carne y la mente cruzando juntas, de puntillas, la delgada línea de la cordura.

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