Incubación
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Septiembre zombie
Portada del relato Ecos en la Isla Muerta
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El mar estaba en calma esa mañana, por primera vez en semanas. Las olas, inexistentes, reflejaban el cielo gris y pesado como un espejo roto por salpicaduras. Desde la cima de la muralla al oeste de Vila, Víctor ojeaba la superficie con los prismáticos anticuados que guardaba como oro desde hacía tres años. El viejo faro de ses Salines emergía entre la bruma, una silueta demacrada por los bombardeos de los primeros años, ahora convertida en la atalaya más vigilada de la nueva Ibiza amurallada.

Duración: 11:17

Ecos en la Isla Muerta
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

18 de noviembre de 2026.

El mar estaba en calma esa mañana, por primera vez en semanas. Las olas, inexistentes, reflejaban el cielo gris y pesado como un espejo roto por salpicaduras. Desde la cima de la muralla al oeste de Vila, Víctor ojeaba la superficie con los prismáticos anticuados que guardaba como oro desde hacía tres años. El viejo faro de ses Salines emergía entre la bruma, una silueta demacrada por los bombardeos de los primeros años, ahora convertida en la atalaya más vigilada de la nueva Ibiza amurallada.

Detrás de él, los ruidos del día a día comenzaban a mezclarse con los susurros de la brisa: el retumbar metálico de las compuertas del mercado del Dalt Vila al levantarse, el repiqueteo de los martillos en alguna de las torres de vigilancia, el mugido de dos bueyes en los huertos improvisados donde antes crecían clubs y fiestas. La vida en la isla era otra, desconocida hasta para quienes llevaban allí desde antes de la catástrofe. Ibiza aún olía a sal y a pino y, a veces, si soplaba el viento del sur, al cemento polvoriento de las ruinas y la carroña insepulta más allá de los muros.

Víctor, capitán del turno este, bajó las escaleras de piedra casi sin mirar, echándose la bufanda de lana sobre el cuello huesudo. Era noviembre avanzado y el frío atenazaba huesos y pensamientos. Se cruzó en el umbral con Lorea, la jefa de la milicia, una vasca granítica que jamás había creído en la esperanza sin fusil.

—¿Alguna señal? —preguntó Lorea, secándose la frente, sudorosa pese al frío.

—El mar está limpio. Ni chalupas ni cuerpos flotando desde Formentera. Pero hay humo en el este, quizá en Santa Eulària —respondió Víctor, sabiendo que cada novedad era una invitación a la paranoia.

—Ignóralo. Puede ser solo una quema de garrapatas en algún paraje aislado. ¿El niño?

Víctor sonrió de lado. El niño era el mensaje urgente de esa mañana y el motivo de su vigilia. Lo encontraron tres días antes, aullando entre las salinas de ses Feixes, con la piel negra de costras y los dientes casi azules del frío. “Humano”, había repetido hasta el infinito. Huía, o eso decía, de “las ratas y los monstruos”. Era pequeño, quizás ocho años, desnutrido pero vivo.

—Sigue en la enfermería del convento. No ha dicho mucho más.

—Vigila a los del consejo. Ya hablan de sacrificarlo si no colabora —masculló Lorea, su voz un susurro lleno de rabia.

Ibiza vivía en esa cuerda tensa donde la compasión y la sospecha se confundían. Las hordas zombis ya no eran como antes, pero la infección aún recorría el mundo allí fuera. Las noticias llegaban a cuenta gotas por radio, entrecortadas, llenas de alarmas. La mayoría de las grandes ciudades de la península eran inabordables: cadáveres amontonados en las avenidas, nieblas verdes sobre hospitales desechos y rumores de ejércitos tribales. Pero la isla resistía. Pequeña, aislada y ahora bien organizada, Ibiza era un punto luminoso entre mares de muertos. Demasiado pequeño, pensaba Víctor a menudo, para sobrevivir sin ayuda, y demasiado codiciado como para ofrecerla sin precio.

Bajó hasta la plaza central, donde el mercado se abría como cada mañana bajo lonas cosidas entre palmeras mutiladas. La mesa de trueque era un hervidero de gente: agricultores de Sant Joan cargaban con cestos de hortalizas moradas, los curtidores de Santa Gertrudis traían pieles y más allá, la milicia supervisaba los carros con sacos de sal, el tesoro que ahora mantenía el equilibrio de la economía local. Aquí la sal no era solo condimento: era antiséptico, conservante, moneda de cambio y dote de boda.

Víctor abordó a Marta, la médica de guardia, para saber del niño. Ella, ojerosa y ferrosa como siempre, solo negó con la cabeza.

—No tiene fiebre. Heridas viejas. Come lo que puede pero no duerme bien —explicó—. Está asustado, pero no distinguimos el trauma de la infección en estos casos.

—¿Alguien lo reconoce?

—No. Ni es de aquí ni de los núcleos conocidos. Quizá llegó en patera, como otros, o lo tiraron por la borda.

Víctor asintió. El mar seguía trayendo fantasmas, incluso seis años después del colapso. Casi todas las semanas aparecía alguna barca derivando, a veces con doble fondo y cargada de armas, drogas e infortunio. Otras veces, solo huesos y mochilas vacías.

El consejo de ancianos se reunía ese día. En la nueva Ibiza, el “consejo” era un eufemismo para un equilibrio de poder precario: cinco representantes elegido por un sistema semiclandestino, mitad democracia, mitad linaje y méritos de guerra. Allí estaban Clara, la ganadera; Nenad, el serbio ex-mecánico que reconstruyó el generador; el sacerdote Jaume, cuya iglesia ahora servía más de archivo y escuela que de templo; Belén, la curtidora de pieles, y Kevin, el inglés que organizaba las caravanas entre comunidades. Víctor era la voz militar y, a fuerza de balas, su palabra pesaba.

La discusión ese día giraba en torno a la posible reactivación de una pequeña hidroeléctrica en Cala Llonga, inutilizada desde la última gran tormenta. Pero la tensión ondulaba bajo la superficie: la cuestión del niño los dividía. Clara y Belén abogaban por mantenerlo bajo observación; Jaume, de dejarlo en custodia en la iglesia; Nenad, siempre práctico, sugería “quitarse problemas antes de que crezcan”. Solo Kevin, curtido por tantas naufragios, propuso integrarlo a una de las casas colectivas, “para que vea que aquí no mordemos… o casi”.

Mientras hablaban, Víctor sentía cómo la realidad de la isla era ahora un equilibrio sutil entre cerrar demasiado y abrirse a la posibilidad de renovación. Sin niños, la comunidad no sobreviviría mucho tiempo; pero un caso de infección dentro de los muros podía destruirlo todo en cuestión de días.

Por la tarde, el viento del sur trajo un olor denso y extraño. Al principio parecía simplemente el aroma familiar de algas podridas, pero pronto el alerta se extendió: el olor traía ecos de carne putrefacta y humo.

Los observadores del este, apostados en los restos del antiguo hotel de lujo que asemejaba ahora a una fortaleza medieval, dieron la voz: una caravana humana, caminando en fila, se acercaba desde la carretera costera. No eran zombis, ni tampoco grupos armados. Andaban despacio, envueltos en mantas y plásticos, arrastrando carros improvisados y niños pequeños. Una cincuentena, quizás menos.

La alarma no tardó en correr por la isla. Los refugiados eran una rareza: la mayoría de los días, los forasteros eran un riesgo y, sólo a veces, una esperanza. Rápidamente, la milicia armó posiciones en la entrada sur, entre los viejos pinos y los taludes de tierra apisonada.

Víctor y Lorea se apostaron al frente, fusiles amartillados. Kevin llegó jadeante desde el puerto.

—¡Deja que hablen! —insistió él.

Los recién llegados envistieron la mirada de Víctor con ojos cansados, pero sin el brillo febril que delataba a los infectados. Traían consigo una carta, escrita en cuatro idiomas, firmada por el cacique de una “Nueva Comunidad” en la costa de Valencia. Pedían asilo. Ofrecían mercancía: medicinas de laboratorio, latas en conserva, gasolina.

El consejo deliberó durante horas. Asilar significaba arriesgar la frágil estabilidad de la isla: más bocas que alimentar, más manos que trabajar… pero también más posibilidades de intercambio, de establecer rutas protegidas y, más importante aún, de no perecer en la endogamia y la soledad. No aceptar podría convertir a la comunidad de Ibiza en un rincón olvidado, condenado a la misma extinción lenta que la península.

Aquella noche, entre vapores de caldos recalentados y el chisporroteo de leña húmeda, se selló el pacto. Los recién llegados serían examinados por Marta y sus ayudantes. No pasarían el muro hasta que la cuarentena trazada, marcada con cuerdas de sal y antorchas, terminara. Racionarían alimento; ayudarían en los huertos y talleres mientras fuera posible.

El niño, que hasta entonces había contemplado todo en silencio desde la ventana del convento, pidió verlos. “Quiero encontrar a mi madre”, dijo. Lorea le permitió asomarse, tras rejas y cristales. Nadie lo reconoció entre los forasteros.

Lentamente, la vida de la isla se reorganizó en torno a los recién llegados. El miedo y la esperanza tejieron lazos invisibles: algunos de los refugiados sabían reparar motores, otros cultivaban tomates resistentes, y una mujer rumana, Ana, demostró talento para organizar a los niños en la ahora improvisada escuela del convento. Ibicencos y forasteros se miraban de reojo, como animales en un corral demasiado pequeño, aprendiendo a confiar lo suficiente para sobrevivir pero no tanto como para bajar la guardia.

Las noticias por radio seguían siendo desconcertantes: se hablaba de una posible alianza entre ciudades amuralladas en Mallorca y comunidades costeras de Catalunya. El comercio de sal ibicenca, oro líquido en las costas devastadas, crecía. Llegaban rumores de que los zombis, ya genuinamente deteriorados, eran menos rápidos pero aún mortíferos al caer la noche. Algunos días, el eco de estampidos lejanos recordaba que Sa Talaia, el punto más alto de la isla, era aún frontera, y que el mundo no era, ni sería ya, un lugar seguro.

De noche, Víctor subía al viejo faro con una lámpara de aceite. Miraba el mar, que ya no era una invitación a la aventura, sino un muro líquido que separaba la vida de la muerte. A veces, entre los ruidos de la naturaleza y las explosiones ocasionales, creía escuchar las risas de las noches antiguas, cuando las discotecas iluminaban la playa y los turistas daban sentido a una economía fugaz. Ahora, Ibiza era otra: una fortaleza rota, un milagro improbable, un faro en la oscuridad.

A la mañana siguiente, mientras el sol despuntaba tras los islotes, el muchacho y Ana, la refugiada, aparecieron cerca del huerto con una docena de niños más. Habían limpiado una parcela, plantado las patatas traídas en la última caravana, y dejado flores en el viejo altar de la escuela. Entre las flores, una nota escrita con lápiz tembloroso: “Gracias por dejarnos quedarnos. Somos humanos”.

A Víctor lo invadió una tristeza inmensa, y también un principio de esperanza que no se atrevió a compartir con nadie. Sabía que el futuro seguiría siendo incierto, violento, siempre al borde de perderse. Pero aquella mañana, Ibiza, la isla sitiada en medio del mar de muertos, vibraba con la obstinación de la vida. Los rumores y terrores lejanos quedaban, por un momento, ensordecidos bajo el rumor de niños jugando otra vez, como si nunca hubiera existido el fin del mundo.

Incubación
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Septiembre zombie

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.