Operación ocaso
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Brote
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Caballos al atardecer
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Carmen dudó apenas un instante. “Por Esperanza, sí. Pero después tendré que dejarla descansar. No tenemos más bestias, y a pie seríamos carne fácil.”

Duración: 11:28

Caballos al atardecer
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

18 de julio de 2024.

Hacía años que en Málaga el sol abrasaba como ninguna otra fuerza capaz de sobrevivir al tiempo, más ahora, la ciudad entera parecía una cicatriz abierta bajo los cielos de julio. Atrás habían quedado las postales de playas repletas, los turistas perdiéndose entre los veleros y el aroma de espetos en las tabernas de la Malagueta. El mundo anterior, aquel que en los murmullos de los nuevos niños era poco más que un mito, se sentía irrepetible, inalcanzable incluso para la memoria. Afuera, entre los restos de palmeras y edificios agrietados, la vida nueva se abría paso a golpe de miedo, maña y una soledad feroz. Y también, a golpe de cascos.

Carmen, de apenas veintiocho años, volvía de la sierra a lomos de Esperanza, su yegua alazana, arrastrando tras de sí un pequeño carro con sacos de cebada y algunas botellas de agua recogidas en el manantial de Torremuelle. Desde hacía meses la ciudad se abastecía como en las mejores épocas de los antiguos arrieros, aunque los caminos hoy eran enemigos intransigentes: nunca sabías si tras cada curva podía saltar un grupo de saqueadores o el hedor inconfundible de una horda pudriéndose a pleno sol. El Caballo, decía Carmen para sí, es el guardián de los hombres que este apocalipsis dejó vivos.

La Alameda Principal, una franja fantasmagórica de asfalto y adoquines en ruinas, servía ahora de mercado ambulante, ruta de paso y, sobre todo, frontera. Al sur, hacia el mar, vagaban los últimos zombis, atraídos por el rumor de las olas y, quizá, por cierta nostalgia de cuando eran algo parecido a humanos que paseaban en bañador. Al norte, los asentamientos humanos se agrupaban como remiendos alrededor del Hospital Civil, la vieja Estación de Renfe y, más allá, algunas barriadas convertidas en fortalezas. En muchos de esos lugares, la única forma de llevar mensajes, alimentos o medicamentos era sobre el lomo de un animal. Las máquinas eran costosas de reparar, la gasolina de uso casi secreto. El caballo reivindicaba su trono perdido.

Carmen acariciaba el cuello sudoroso de Esperanza, agradecida. La yegua resoplaba, ajena al miedo, mientras el sonido de sus cascos era el único pulso constante bajo el cielo implacable del estío. Cada vez que cabalgaba sentía que renacía cierto vínculo con los viejos de la familia, aquellos de los que su abuela hablaba en tardes remotas, antes de que los zombis anegaran el Calle Larios y el mundo se fuera al garete. Cabalgar, para Carmen, no era simple tradición: era la única posibilidad de futuro.

El aire traía consigo el aroma ácido de la descomposición, ese tapiz invisible que cubría cada rincón de la Málaga abandonada. Cuando llegó a la altura de la glorieta del Marqués de Larios, vio a varios vigilantes armados apostados tras barricadas improvisadas. Saludó con una seña; la reconocieron al instante. Hacía semanas se preparaba una caravana con dirección al interior, hacia Antequera, donde el terreno plano permitía maniobrar a caballo y los ataques de zombis eran, en principio, menos frecuentes que en la apretujada Málaga urbana.

En la base se hallaban ya reunidos media docena de caballos, algunos tan famélicos que era difícil imaginar cómo podían soportar una jornada de viaje. Junto a ellos, un puñado de niños observaba embelesado cómo los adultos revisaban cinchas, comprobaban las patas y hablaban en susurros de posibles peligros. En este nuevo mundo los caballos eran leyenda viva, fuente de respeto y codicia a partes iguales. Hubo quien intentó robarlos, quien mató por poder montarlos, pero aquí la familia de Carmen los custodiaba con celo, como los monjes medievales sus manuscritos.

“¿Cuántos traes?”, preguntó una voz recia a su espalda. Era Julián, antiguo policía local, ahora jefe de los jinetes de patrulla. En otro tiempo, su único trato con los caballos habría sido en la Semana Santa, quizás durante las procesiones. Hoy era, simplemente, el hombre que aseguraba la red de comunicación vital entre los pequeños asentamientos desperdigados por la provincia.

“Cuatro sacos de cebada, dos de patata y tres de agua. Y he visto un bando de saqueadores cerca de Churriana. Llevan armas viejas, pero no parecen muchos”, respondió Carmen mientras ayudaba a descargar el carro.

Julián asintió. “Eso lo cambia todo. Si cortan el camino del río, necesitaremos desviar la caravana. Podrías llevar un mensaje a los del fuerte de la Térmica, ¿te queda fuerza a ti y a la yegua?”

Carmen dudó apenas un instante. “Por Esperanza, sí. Pero después tendré que dejarla descansar. No tenemos más bestias, y a pie seríamos carne fácil.”

El hombre sonrió, rascándose la barba incipiente. “Sin caballos, ya estaríamos muertos”, murmuró.

Le entregó un pequeño sobre envuelto en papel encerado. “Solo los códigos. Si te atrapan, quémalo.”

Carmen partió rumbo oeste bajo el sol ceniciento, bordeando el puerto hacia la Térmica, la antigua central que ahora funcionaba como refugio principal y almacén de armas improvisadas. A su paso, los esqueletos oxidados de coches y motos brillaban como fantasmas de una civilización que se extinguía a cada día. Casi podía escuchar ecos de bocinas, risas de turistas, el claxon de un crucero a punto de zarpar.

La yegua, entrenada para no espantarse, avanzaba con brío. Cruzar esas calles era un ritual peligroso: la más leve equivocación, el menor descuido, y podían verse rodeadas por una docena de figuras tambaleantes, esos zombis de piel curtida, ojos huecos y mandíbula abierta en un grito que ya no pertenecía a ningún idioma humano.

Todo cambió al doblar cerca del Museo Ruso. Dos cuerpos ladeados bajo una farola, ambos con el uniforme de patrulla de las recientes milicias civiles y un tercer cadáver muy cerca, la cabeza hecha pedazos por un disparo a quemarropa. Carmen descendió de un brinco, asegurando primero a Esperanza con rapidez. Miró en derredor: los saqueadores. Siempre merodeando donde olían debilidad.

No tardó en detectar movimiento entre los arbustos de un parterre seco. Se agazapó tras la grupa de la yegua, que relinchó con una mezcla de alerta y rabia. A los pocos segundos, un muchacho sucio y harapiento apareció, mostrando las manos en alto pero arrastrando un cuchillo en la zurda. Apenas tendría quince años.

“No dispares, por favor”, suplicó en un hilo de voz rasgado por la sed.

Carmen evaluó sus opciones en un instante. El chico era más peligroso de lo que parecía. Se arrimó a Esperanza y apuntó con el viejo revólver que tanto cuidaba. “Suelta eso y dime qué haces aquí.”

El muchacho obedeció, arrojando el cuchillo. “Buscamos comida, solo eso. Mi hermana está escondida ahí.” Señaló a un hueco entre dos contenedores. “No somos saqueadores, solo… estamos solos.”

Tras años de horror, Carmen conocía todos los matices de la mentira, pero también de la desesperación. Si el chico intentara cualquier cosa, Esperanza sabría cuándo defenderla. Revisó deprisa los cuerpos—el tercer cadáver, desangrado, tenía apenas el brazalete rojo de los guardianes del segundo anillo, quizá muerto hacía poco.

Un pensamiento claro cruzó su mente: todo el sistema de patrullas y trueques estaba fallando. Si los saqueadores atacaban tan cerca de la Térmica, ningún cargamento estaría seguro sin caballos, sin jinetes, sin gente capaz de atravesar esas calles como antiguos mensajeros del oeste.

Hizo una señal al chico para que sacara a la hermana. Una niña aún más pequeña, de cabellos sudorosos y ojos perdidos, salió del escondite. Carmen compartió parte del agua y un trozo de pan. “Podéis venir conmigo hasta la Térmica. Después tendréis que decidir. Es arriesgado seguir solos.”

La promesa de protección bastó para que el muchacho asintiera. A falta de otro caballo, la niña subió tras Carmen en Esperanza, mientras el hermano los seguía a pie apretando el paso.

Llegaron a la Térmica poco antes del crepúsculo, justo cuando la luz del fuego artificial —la electricidad precaria de unos generadores recuperados— iluminaba los muros reforzados de la central térmica. Unos cuantos hombres armados, curtidos y hoscos los recibieron, haciendo preguntas rápidas, señalando el peligro que acechaba por la autopista olvidada y el cauce seco del Guadalmedina.

Entregó el mensaje a la jefa del enclave, María, una antigua profesora de historia reconvertida en estratega de fortines. Las noticias eran malas: los saqueadores bloqueaban la entrada norte, y los zombis, aunque lentos por el calor, se arremolinaban en los patios del puerto, cortando toda vía hacia el mar.

“No hay otra forma”, suspiró María, “necesitamos reubicar la caravana por Santander hasta el Retiro. Solo caballos pueden entrar y salir en ese laberinto. ¿Te atreves de nuevo, Carmen?”

Ella asintió, sintiendo el peso de la mirada de la niña en su espalda. “Mientras Esperanza aguante, yo aguanto. Pero necesitamos más monturas. No es seguro viajar tan pocos.”

“Hay un grupo que está intentando domar caballos en los Montes de Málaga. Algunos, salvajes, descendientes de viejas yeguadas que escaparon de la invasión zombi. Si quieres, puedo enviarte con cuatro hombres. Podríais traerlos al enclave y asegurar rutas.”

La misión era suicida, pero también la única esperanza: aumentar el número de caballos significaba ganar movilidad, poder abastecer más enclaves, garantizar el leve resurgir de la civilización sobre las ruinas de la Costa del Sol.

Esa noche, acampados en la planta alta de la Térmica, Carmen compartió parte de su escasa comida con los hermanos. Conversaron bajo las estrellas, entre el ronquido apagado de los motores, el crepitar de alguna hoguera y, de fondo, el lejano eco de un zombi arrastrando su miseria por la playa.

La niña susurró: “¿Siempre hubo caballos?”

Carmen sonrió amargamente, recordando los cuentos de su abuela: ferias en la Axarquía, jinetes en la romería de El Rocío, caballos de tiro en las vendimias del Serranía. “Sí, pequeña. Fueron el corazón de la vida aquí. Luego los olvidamos, pensando que los coches y los aviones eran mejores. Ahora vuelven a salvarnos.”

El muchacho preguntó en un susurro: “¿Crees que un día acabará esto?”

Carmen miró la silueta de Esperanza, tendida en un corral improvisado junto a la sombra de otros caballos, y pensó en toda la sangre, el miedo y la firmeza que había presenciado. “Terminará, porque seguimos moviéndonos juntos. Y mientras haya quien monte un caballo en este mundo roto, habrá esperanza.”

Al amanecer, con el pulso del sol naciendo sobre la Alcazaba y las ruinas de la farola, Carmen y su pequeño grupo de jinetes partieron hacia los Montes de Málaga. El viento traía un nuevo perfume, un leve murmullo de los pinares. A cada paso, los cascos resonaban con la promesa de que ningún apocalipsis, por devastador que fuese, podría acabar del todo con la voluntad de avance. Entonces Carmen entendió, tal vez por primera vez de verdad, que en la supervivencia y en el renacer de la humanidad, siempre habría lugar para el galope de un caballo y la mirada limpia de alguien que decide no rendirse jamás.

A espaldas de la caravana, Málaga se desperezaba en una mañana polvorienta, medio muerta, medio renaciendo. Y entre ambas, el hilo secreto del caballo —la pura posibilidad de esperanza— avanzaba hacia el futuro, entre el miedo y la sed, la pólvora y la brisa. Porque hasta en el fin del mundo, a caballo, el hombre era algo más que una presa. Era, por fin, un mensajero del porvenir.

Operación ocaso
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Brote
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.