18 de Julio de 2024
El sol cae a plomo sobre Málaga, que arde bajo un verano abrasador y callado; la temperatura a mediodía supera los cuarenta grados y apenas se oyen insectos, menos aún se atreve una gaviota a planear sobre las ruinas humeantes del puerto. Han pasado cuatro años desde que el mundo se descompuso, inundando ciudades enteras de cadáveres que, en un principio, se alzaban solo para arrastrar consigo a los vivos por la misma espiral de hambre y muerte. Las cosas han cambiado: ya no es la infección desbocada lo que aterra, sino el hombre armado, el señor de la guerra que domina las rutas, la banda que traza cruces rojas en las puertas saqueadas, los mercaderes que trafican con medicamentos y pólvora en los pasillos oscuros de edificios que resisten de milagro.
Los gritos se han hecho infrecuentes. En su lugar, resuena el martilleo constante en el campamento de la Alcazaba, donde un centenar de personas ha convertido la fortaleza nazarí en el bastión más seguro del litoral malagueño. Las piedras de la muralla, reseca por el calor y la sal, portan trazos de sangre vieja y hollín. Quien esté aquí ha sobrevivido a los saqueos de la primavera, a las epidemias y a la marea de zombis que bajó del noroeste como una tormenta silenciosa durante la Semana Santa. Hoy, solo unos pocos cadáveres deambulan dispersos por la zona del río Guadalmedina, lejos de la fortaleza, y la mayoría de los muertos ya yacen apilados o reducidos a una sombra reseca sobre el asfalto.
En la entrada principal, dos centinelas vigilan protegidos bajo gorras sucias y gafas de sol—un chico de unos veinte años, Fran, y una mujer mayor cuya tez está curtida por el sol y el sufrimiento, Inés. No están especialmente atentos; en los últimos días, las caravanas han conseguido establecer una frágil tregua para comerciar con las comunidades del oeste, y la última manada de zombis fue eliminada por el grupo de asalto en la entrada a Calle Larios.
Fran lleva en el brazo una cicatriz que le cruza la muñeca de lado a lado, señal de una herida reciente y, para los más supersticiosos, augurio de mala suerte. Se encoge de hombros cada vez que su compañera le pregunta si nota escalofríos. Nadie ha caído enfermo en semanas, pero la paranoia nunca muere del todo.
—¿Lo ves?—pregunta Inés, apoyada en una lanza improvisada.
—¿El qué?
—El humo. Es de la zona del puerto. Han vuelto los del grupo de la Térmica. Van a hacer otra incursión.
Fran se relame los labios resecos. La Térmica es una banda de saqueadores procedente de lo que antes fue una central energética al oeste de la ciudad. Hace meses, robaron provisiones y secuestraron a dos niños. Nadie espera que traigan buenas noticias.
—Estaré atento —responde Fran, sin confiar en sus propias palabras.
En las alturas, casi en las bóvedas frescas de la Alcazaba, la vida tiene otro ritmo. La cocina comunitaria bulle; cuatro mujeres y dos hombres remueven grandes marmitas de agua con habas y arroz, lo único que han conseguido comerciar en las caravanas de este mes. Pepe, el jefe del asentamiento, habla en susurros junto a la radio de onda corta, aferrado a la esperanza de captar alguna señal militar, alguna noticia del exterior. Hace semanas que no reciben mensajes. La última vez, una voz en catalán advertía que el paso a Granada estaba cortado por un ejército de nómadas que recorría la antigua A-92.
Pepe aparta la radio, desanimado. Se frota los ojos. Junto a él, su hija de nueve años, Clara, garabatea en un cuaderno con lápiz.
—Papá, ¿por qué la tele no funciona nunca?
—Porque las cosas viejas también se cansas, como nosotros. Ahora usamos esto… —y le enseña la radio moribunda, sin mucho ánimo—. Algún día las cosas volverán como antes.
Clara no parece convencida, pero sonríe mientras dibuja un sol sobre la hoja.
Allá en la Plaza de la Merced, un grupo de exploradores vuelve de su ronda matutina. Son cinco: uno lleva arco, tres machetes y el último—un antiguo estudiante de medicina, Adrián—transporta una bolsa amarilla atada con tiras de ropa y grasa de bicicleta (no hay más bolsas plásticas desde hace más de un año). En su interior hay un pequeño botín: dos cajas de paracetamol, conservas halladas en una tienda húngara y, casi un milagro, cinco módulos solares pequeños que alguien cambió por tabaco un día antes.
La escena parece rutinaria, pero no lo es. El miedo al colapso huele a sudor y pólvora en cada conversación, y el silencio del mediodía es solo un espejismo. Los exploradores han visto carroñas entrecruzando los túneles del Metro, han escuchado a familias atrincheradas en los pisos altos de los edificios del barrio El Palo, han intercambiado disparos en la oscuridad de la zona industrial de Guadalmar. Siempre regresan, pero cada vez más flacos, nerviosos, con las cejas encrespadas y la risa difícil.
De vez en cuando alguien se atreve a subir al tejado de la catedral; desde allí, se divisan grandes áreas vacías y, a lo lejos, la línea humeante de varias hogueras, señales de grupos en movimiento o de nuevos asaltos. Bajo el reflejo del mar, fragmentos de barcos oxidados se mecen entre las algas. Los días del turismo y los cruceros parecen cuentos que se contaban solo para no pensar en lo real.
En la Alcazaba, la vida se ha hecho comunidad forzada. Las habitaciones se han reconvertido; la antigua sala de armas es ahora un dormitorio colectivo, las almenas se usan de miradores y las cocinas se han protegido con sacos de arena y metal. Los niños juegan con peonzas hechas de tapas y cuerdas, mientras los adultos reparan muros, fabrican lanzas o entrenan en grupos pequeños el uso de arcos y hondas.
Hoy, sin embargo, el miedo se nota en los pasillos. Al mediodía, una de las patrullas regresa corriendo. Al frente, Paco, un hombre enjuto y con bigote, trepa jadeando por la cuesta de la calle Alcazabilla.
—¡Vienen la Térmica! ¡Van veinte, quizás treinta! Armados, tienen un camión… uno militar...
Pepe llama a todos. No hay asamblea, solo un rápido conteo y distribución de las armas: cinco rifles de caza, tres arcos, menos de cuarenta balas y decenas de lanzas de hierro. Las mujeres y los niños se refugian en las torres interiores. Los hombres se organizan en las entradas, apostando francotiradores improvisados en los balcones. La atmósfera es densa, irreal.
Fran, tras recibir una de las carabinas, siente el sudor correrle por las sienes. No sabe si es miedo o calor. Inés le aprieta el hombro.
—No importa si tiemblas. Mientras apuntes recto.
La banda de la Térmica aparece en el primer recodo de la calle Victoria. El camión militar avanza lento, protegido por trozos de tablones soldados a la carrocería; media docena de hombres y mujeres va a pie. Gritan, disparan al aire. Uno de ellos arrastra a un niño que debió ser robado en alguna redada reciente. Otro lleva una bandera improvisada: una tela blanca ensangrentada.
Las dos fuerzas se observan. Desde la muralla, un grito retumba.
—¡Aquí no vais a entrar! ¡Ya no queda nada que robar!
La respuesta es una ráfaga de Kalashnikov y una nube de polvo. Las balas repiquetean en la piedra sin hacer daño. Dentro, los defensores—quinientas vidas concentradas en doscientos metros de fortaleza—respiran apenas y esperan escuchando el eco de su propio pánico.
El asalto dura media hora. Tiros breves. Mucho grito, mucho humo. Los atacantes intentan la entrada lateral, desbordando la verja oxidada; dos caen por flechazos certeros de las mujeres apostadas en la torre. El camión resiste brevemente la trampa de aceite en la cuesta y se detiene tras recibir un cóctel molotov casero. El caos es tal que apenas hay tiempo para llorar ni buscar heridos. Fran dispara dos veces sin ver adónde. Inés le arrastra hacia la sombra de una roca. Un proyectil roza el muro y deja una nube de polvo. El niño capturado logra huir entre los escombros y es arrastrado a la seguridad de los suyos por Clara, que ha escapado del refugio para ayudarlo.
Finalmente, la banda de la Térmica se bate en retirada. Dejan atrás un soldado muerto y una mujer desangrándose. Ningún defensor ha muerto, aunque hay muchos heridos. El camión, convertido en chatarra, será saqueado esa misma tarde por los jubilosos adolescentes del asentamiento que bailarán un rato entre risas nerviosas.
El ambiente que sigue es de resurrección. Nadie lo dice, pero tras años a la intemperie, cada pequeño triunfo se percibe como una fiesta. Inés abre una botella de vino rescatada de los sótanos de una vieja bodega. La comunidad celebra en círculos, contando historias—siempre hay alguien que recuerda los días de las procesiones, los turistas, el bullicio de la feria. Bajo la luna llena, la Alcazaba parece recobrar su antiguo brillo de fortaleza invencible: el eco de los cánticos sube hasta los torreones, y en la ciudad, por primera vez en años, se oyen palabras de aliento.
Pepe, sentado en un banco de piedra, observa a su hija reírse mientras reparte pan. La radio chisporrotea brevemente. Una voz, temblorosa, pide ayuda desde Torremolinos.
Fran, todavía aturdido, se limpia la sangre de la frente. Piensa en su hermano desaparecido, en los años que lleva sin saber nada de su pueblo en la Axarquía. Se pregunta si alguna vez saldrán del círculo de violencia. Pero, por esta noche, se permite creer.
Porque los rumores hablan de caravanas organizadas cruzando el país, de fortificaciones llenas de centenares de personas. Hablan de reinos, de líderes que negocian y no disparan primero. Hablan de que los zombis son menos y que, quizás, el mundo puede volver a girar.
Cerca del faro, un grupo de exploradores prepara una ruta para el amanecer. Tienen un mapa manoseado, una bolsa de pólvora artesanal y muchas esperanzas rotas. Pero llevan, sobre todo, un puñado de semillas guardadas en una caja de lata y la promesa de intercambiarlas con la próxima caravana.
La noche malagueña, cálida y eléctrica, termina envuelta en canciones viejas y promesas nuevas: no sobrevivirán todos, pero, por un instante breve, quienes están allí creen poder dejar para sus hijos algo más que la memoria del desastre.
Porque la vida, en la posguerra sin fin, resiste entre piedras, vino compartido, balas contadas y la luz tenue de una luna constante sobre la Alcazaba de Málaga, que mira al mar y, por fin, sueña volver a ser ciudad.
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