Fragmento:
Hoy tenía asignada la labor de supervisar el comercio en la feria semanal. Las ferias son una anomalía de prosperidad: gentes llegadas de Torremolinos, Antequera e incluso de lugares tan distantes como Granada, todas buscando intercambiar aquello que escasea en sus propios enclaves. Esta mañana, la entrada principal, junto al puerto, bullía de actividad. Caballos y burros atados a las farolas oxidadas, carros cargados con sacos de cebada o cajas de pólvora artesanal, y el inconfundible murmullo de los trueques apurados. Baja la vigilancia, porque aunque los zombis ya son solo una amenaza marginal, el hombre sigue siendo lobo para el hombre.
Duración: 12:12
18 de septiembre de 2027
Diario de Lucía Garrido, asentamiento de Málaga
Al despertar hoy, la brisa salada del Mediterráneo se cuela entre los tablones de mi ventana. Es un sonido familiar, casi reconfortante, que me recuerda los tiempos antiguos, cuando los amaneceres eran sólo promesa de un día más. Ahora, cada día cuenta, y ninguno es igual al anterior. Han pasado más de siete años desde que el mundo cambió, y Málaga, mi ciudad natal, es irreconocible, una mezcla de ruinas y esperanza, fortaleza y herida abierta.
Hoy, 18 de septiembre, el clima es suave, típico del final del verano andaluz. El calor ha menguado lo suficiente para hacer soportables las patrullas matutinas, pero también para recordarnos que pronto las lluvias podrán llegar y complicar la vida a los que aún sobrevivimos entre los muros. El asentamiento amurallado que administra nuestra existencia está edificado sobre el casco antiguo, extendiéndose desde el Teatro Romano hasta la Alameda Principal. La muralla, una amalgama de piedra, metal y madera reutilizada de antiguos hospitales y naves industriales, serpentea torpe entre las ruinas modernas y los restos de la antigua Málaga, frenando el avance de los pocos zombis que aún deambulan en las afueras y, más importante aún, disuadiendo a saqueadores.
Hoy tenía asignada la labor de supervisar el comercio en la feria semanal. Las ferias son una anomalía de prosperidad: gentes llegadas de Torremolinos, Antequera e incluso de lugares tan distantes como Granada, todas buscando intercambiar aquello que escasea en sus propios enclaves. Esta mañana, la entrada principal, junto al puerto, bullía de actividad. Caballos y burros atados a las farolas oxidadas, carros cargados con sacos de cebada o cajas de pólvora artesanal, y el inconfundible murmullo de los trueques apurados. Baja la vigilancia, porque aunque los zombis ya son solo una amenaza marginal, el hombre sigue siendo lobo para el hombre.
Como responsable del mercado, mi deber es doble: asegurar que nadie arme lío y que cada trato siga las reglas del “código de señales” firmado el año pasado entre los asentamientos. Diego, mi antiguo compañero de patrulla convertido en jefe de milicia, me acompañó en la ronda. Me sigue llamando “Sargento”, aunque ambos sabemos que los viejos rangos del ejército no valen ya ni su peso en sal. Hoy nuestro interés se concentró en un grupo llegado de Vélez–Málaga, que portaban herramientas de metal de sorprendente calidad, forjadas en talleres clandestinos según decían. Uno de los forasteros, un tipo macizo llamado Juanma, insistía en cambiar diez azadones por veinte balas y dos garrafas de aceite reciclado. Intento recordar si alguna vez la economía de Málaga funcionó así, a golpe de puño y trueque, pero los recuerdos se mezclan con lo que ya parece leyenda.
Mientras supervisaba el intercambio, vino Lucio, el guardia portón, para alertar de presencia de un grupo algo mayor: venían desde Rincón de la Victoria, con acento aún más marcado que el nuestro. En el pasado, el hecho no pasaba de lo anecdótico. Pero hoy, cualquier grupo nuevo puede ser amigo, amenaza, o ambas cosas. A Lucio aún le tiembla la voz cada vez que toca la campana de aviso; recuerda la Masacre del Carrefour—todos la recordamos. Hoy, sin embargo, sólo traían un carro con botellas del viejo vino dulce y un par de niños que nunca habían visto la ciudad. La escena, casi bucólica, logró arrancarme una sonrisa; tanto horror no ha matado todavía la ternura.
En la plaza de la Constitución, donde antes bullía la Feria de la Navidad y los turistas en tropel, hoy los puestos improvisados con lonas y cajones pintados de colores se amontonan como pequeñas islas de normalidad en medio del caos. Las abuelas venden hortalizas arrancadas de huertos urbanos, los chicos se pelean por un puñado de nueces, y siempre hay algún músico, rescatando una guitarra vieja, que entona “El sitio de mi recreo” para arrancar unas monedas, o, más probable, un mendrugo de pan. En uno de los extremos, los herreros han montado una herrería a cielo abierto; el olor a metal quemado flota sobre el bullicio como un estandarte de la nueva civilización.
Hoy, sin embargo, una amenaza menos visible nos ronda. Desde hace semanas, comentarios en la radio-frecuencia local hablan de movimientos de saqueadores que bajan desde las colinas, posiblemente nómadas expulsados de comunidades menos afortunadas, con poco que perder. Unos dicen que vienen de las ruinas de Córdoba, otros los ubican en los valles cercanos a la Sierra de las Nieves. La milicia del asentamiento se turna para vigilar, pero todos sabemos que en Málaga no vamos sobrados de armas ni de hombres.
A media mañana, se desató el primer sobresalto. Una columna de humo negra comenzó a elevarse a la altura de Peñón del Cuervo, rompiendo la monotonía azul del cielo. Los soldados apostados en La Farola encendieron el mecanismo de señales, alertando a todo el perímetro. El código: tres fogonazos cortos, uno largo. Incursión humana, no zombie. La feria enmudeció al instante, los forasteros tensos, las manos acercándose instintivamente a las armas improvisadas. Monté a toda prisa a la muralla oriental, junto a la vieja Alcazaba. De allí se avistaba la columna de humo y, a lo lejos, sombras moviéndose. Un grupo, entre ocho y diez figuras. Nada de hordas, pero en estos años, diez hombres armados valen cuanto un ejército. Diego mandó a tres patrullas a interceptar, mientras el resto aguardábamos en retaguardia. Todos los recién llegados ofrecieron sumarse a la defensa: aquí, la supervivencia une más que la sangre.
En ese tiempo muerto, garabateé las notas de este diario en mi libreta de tapas azules, el mismo cuaderno que usaba en la universidad. Me dan risa mis viejas anotaciones en inglés mal escrito, las listas de compra pre-pandemia, los horarios de los autobuses. Ahora apunto cifras de munición y registros de intercambio. Una vida entera cabe en un cuaderno, dos vidas si cuentas la anterior al apocalipsis.
Media hora más tarde supimos que los forasteros no eran saqueadores. Una caravana extraviada de Cártama, tres adultos y cuatro niños, uno de ellos herido, arrastrando un coche sin gasolina y un burro exhausto. Encendieron la hoguera para pedir ayuda y asar un viejo conejo. Diego se sintió aliviado, pero todos notamos lo cansado que está; carga la responsabilidad de cada muerte como si fuera la primera.
El comercio continuó, aunque cierta tensión flotaba en el aire. El miedo nunca se va, sólo se transforma. El recuerdo de los primeros veranos, con hordas de zombis arrasando las playas, las barriadas del este convertidas en fosas comunes, sigue anidando detrás de los párpados cuando cae la noche. Siete años después, la amenaza zombie se ha debilitado hasta convertirse en plaga residual, pero los miedos y los monstruos humanos nunca desaparecen.
Cerca del mediodía, mientras organizaba la retirada de los excedentes –acopio de arroz, sal, aceite y dos rollos de tela para lonas–, apareció Sofía, que lleva el orfanato improvisado en el antiguo Mercado Central de Atarazanas. Me pidió ayuda para conseguir más medicamentos; un brote de cólera amenaza a media docena de chavales. El hospital civil, ahora reconvertido en morgue, es poco más que un retén de enfermeros y farmaceutas con tres cajas de antibióticos y una fe inquebrantable. Le prometí que haría lo posible, incluso si tenía que arriesgar alguna patrulla para ir a algún otro asentamiento.
A eso de las dos, nos reunimos en el salón común de la antigua Diputación, ahora cuartel general y refugio de todo tipo de papelajos oficiales de la nueva Málaga. El consejo de líderes de asentamientos –cinco miembros que rotan cada tres meses– debatía la propuesta de abrir una feria nocturna, argumentando que aprovecharíamos el fresco y podríamos atraer a más comerciantes. Otra de las discusiones giraba en torno al inminente inicio del curso en las escuelas improvisadas. “Nuestros niños no han conocido el mundo viejo”, dijo el anciano Abuelo Ramón, maestro jubilado y memoria viva de Málaga. “Pero merecen conocimientos, normas y sentido del asombro.” De golpe, sentí el peso de la responsabilidad: estamos, por primera vez en años, construyendo futuro en vez de huir del pasado.
El siguiente tema amargó el final de la reunión: los rumores de fabricación de armas de fuego en los talleres de El Palo. Algunos temen que estas armas caigan en manos equivocadas, otros defienden que es necesario, ya que el peligro nunca se ha ido del todo. Málaga sobrevive gracias al equilibrio inestable: ni demasiadas armas, ni tan pocas como para ser presa fácil.
Por la tarde, caminé por el Paseo del Parque en dirección al puerto. La vegetación se ha adueñado de los senderos, los viejos bancos de hierro están oxidados y cubiertos de musgo, pero aún se ven niños jugando, grupos de adolescentes entrenando con lanzas, y alguna pareja sentada bajo la sombra, soñando con días mejores. Es la imagen de la nueva Málaga: herida, pero viva.
En la antigua terminal marítima, la milicia se ha hecho fuerte. Los barcos que antaño traían turistas son hoy fortalezas flotantes o, en el mejor de los casos, talleres improvisados. Aquí, mecánicos reparan generadores y desalinizadoras; algún científico loco ha intentado construir una embarcación eléctrica con restos de catamaranes turísticos. A veces imagino cómo sería lanzarse al mar en busca de tierras menos devastadas, pero sé de sobra que allá afuera sólo hay más ruinas, más recordatorios de todo lo que perdimos.
En mi ruta hacia la muralla norte, pasé junto a la fachada destrozada del Museo Picasso. El arte, reducido ahora a rareza de lujo; unas pocas pinturas rescatadas lejos de la humedad y la putrefacción, el resto saqueadas o perdidas para siempre. Aún así, la gente se reúne aquí cada luna llena, encendiendo velas y entonando canciones; un modo improvisado de celebrar que seguimos vivos, de recordar quiénes éramos.
En la guardia nocturna, las historias de siempre vuelven a circular: el sonido de un zombi solitario atrapado en las cloacas, los chismes sobre la tribu motera que merodea por Marbella, la leyenda de laboratorios ocultos aún investigando la cura, rumores cada vez más improbables. El miedo ahora no es al contagio –cada uno toma sus precauciones y sabe detectar los primeros síntomas– sino al día en que los humanos, divididos y armados, decidan obviar lo poco que nos une.
A medianoche, enciendo mi pequeña lámpara de aceite y apuro estas últimas líneas. Mañana volverá la feria, el trueque, la ronda a la muralla. Me pesa el cansancio, pero también la esperanza; lo peor ya ha pasado, dicen. Los zombis languidecen, la vida insiste. Nuestros mayores temían que el fin del mundo llegara por la peste; no imaginaron que, tras años de infierno, los hombres y mujeres de Málaga encontraríamos fuerzas para empezar de nuevo, reinventando la ciudad al ritmo de un sol que nunca dejó de brillar.
Cuando el estruendo de la antigua campana de la catedral retumba en la madrugada –el nuevo relevo de la guardia– me permito un pequeño orgullo: alguna vez, nuestra Málaga fue “la ciudad del paraíso”, y en medio de la barbarie, ese paraíso, a fuerza de tesón, comienza a brotar de entre las ruinas.
Sigo escribiendo porque necesito anclar la esperanza, dejar constancia de que aún somos capaces de algo más que sobrevivir. El futuro –el nuestro, el de los niños que nunca han visto un mar sin barricadas ni un parque sin alambradas– depende de que no olvidemos lo que fuimos, y todo lo que, a partir de estos muros, aún podemos ser.
Lucía Garrido,
Asentamiento de Málaga
Noche del 18 de septiembre de 2027
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