Fragmento:
A las seis, el pequeño mercado bullía con actividad tensa. Los más afortunados llevaban conservas del invierno anterior, otros cambiaban medicinas, y algunos se agolpaban en torno a un anciano que tocaba una guitarra reconstruida con cuerdas de recambio fabricadas en la misma ciudad. De vez en cuando, se escuchaban gritos de los centinelas o el sonido distante de disparos, pero ninguno de los presentes se sobresaltaba demasiado; hacía meses que no temblaban ante esos sonidos.
Duración: 11:56
23 de noviembre de 2026
El sol tiñó de naranja mortecina los montes que rodean Málaga, filtrándose entre los huecos de antiguos bloques de pisos y lanzando destellos contra los restos oxidados de vehículos abandonados. Allí, donde una vez humeaban frituras y risas en los bares del casco antiguo, solo se oía el suave crujido de la sal sobre los edificios, y el susurro lejano del mar, tan cercano y tan ajeno para los supervivientes tras años de encierro y peligro.
Manuel, de unos treinta y cinco años, caminaba encorvado a lo largo de la muralla improvisada construida cerca de la antigua estación de tren María Zambrano. Las fortificaciones de acero corrugado, madera reciclada y alambre de espino formaban una línea irregular que definía lo que los supervivientes llamaban la “Nueva Málaga”. Alguien había pintado con carbones la palabra “ESPERANZA” en una de las planchas, aunque las lluvias la habían devorado casi por completo.
Por radio, al amanecer, llegó la última noticia: un grupo nómada había intentado forzar la entrada por la zona de Guadalmedina, según los observadores de la Torre del Puerto. Manuel no era soldado de vocación, pero los últimos seis años lo habían templado para todo, y como muchos, había terminado echando mano de armas improvisadas y aprendiendo a confiar solo en los rostros conocidos. Los otros, visitantes inesperados, podían ser cualquier cosa: carniceros, esclavistas, saqueadores, o, con algo de suerte, sólo otro grupo de desdichados buscando refugio.
El asentamiento malagueño, ahora habitado por unas doscientas almas, era una rareza en la región. Tras el colapso y la llegada de los zombis, la mayoría de las grandes ciudades de la costa se habían vaciado, tragadas por hordas de infectados en los primeros meses. Pocos eran los que creían real la supervivencia de un asentamiento estable en un lugar de paso tan codiciado. Pero la geografía había sido una aliada: entre el mar, las colinas y un puñado de túneles fortificados, los líderes del asentamiento, agrupados en el llamado Consejo del Faro, habían logrado mantener a raya a las hordas y a los peores humanos.
Manuel entró en una de las torres de vigilancia —antiguamente el local de una inmobiliaria—, donde Ángeles, la jefa de exploradores, estaba limpiando el cañón de un viejo rifle. "¿Cómo está el perímetro?", preguntó, sin levantar la vista.
“Tranquilo por ahora. Los de la Junta dicen que los nómadas se han retirado después de ver el refuerzo en el río”, respondió Manuel. La mujer negó con la cabeza, pasándose un mechón de pelo gris por detrás de la oreja. Había perdido a su hijo mayor en un ataque tres años atrás, y desde entonces la dureza le fluía por la mirada. "Habrá que reforzar el retén en Puerta Málaga".
Ambos salieron a la azotea, sorteando sacos de arena. Desde allí divisaron el delta del río Guadalmedina, donde el reflujo del mar había descubierto restos de puentes antiguos. Más allá, el centro de la ciudad era una inmensidad de escombros, tierra yerma y zonas en las que aún se adivinaban los patios andaluces, hoy cubiertos de maleza y chatarra.
“Esta noche toca guardia. Nos turnamos en grupos de cinco; el Consejo teme un ataque simultáneo de zombis y humanos”, anunció Ángeles. Manuel asintió. Nadie olvidaba la incursión de la primavera pasada, cuando una alianza de bandas se coló por los túneles y envenenó el agua antes de ser repelidos.
Mientras tanto, en la Plaza de la Merced, el corazón del asentamiento, la vida intentaba retomar cierta normalidad. Gente comerciaba trigo, sal y pescado seco, todo a la sombra de los muros del antiguo Museo Picasso. Los niños, muchos de los cuales nunca habían conocido un parque con columpios funcionales, jugaban entre cajas vacías y escombros, inventando juegos de supervivencia a falta de juguetes reales.
A las seis, el pequeño mercado bullía con actividad tensa. Los más afortunados llevaban conservas del invierno anterior, otros cambiaban medicinas, y algunos se agolpaban en torno a un anciano que tocaba una guitarra reconstruida con cuerdas de recambio fabricadas en la misma ciudad. De vez en cuando, se escuchaban gritos de los centinelas o el sonido distante de disparos, pero ninguno de los presentes se sobresaltaba demasiado; hacía meses que no temblaban ante esos sonidos.
Entre la multitud, Manuel divisó a su hermana Lucía, cargando una caja con tomates secos y un pequeño bote de miel. Lucía era la encargada de la cooperativa agrícola instalada en las terrazas de un hotel abandonado. Se acercó y se abrazaron, entrelazados por ese breve momento de afecto que tan caros resultaban desde el fin de todo.
—Esta semana la cosecha fue decente —dijo ella—. Los invernaderos han resistido la plaga de escarabajos y la sequía. Pero necesitamos bicarbonato para una de las mezclas.
—Habla con Omar. Su grupo trae cargamento de Vélez cada quince días —contestó Manuel—. Todos confían en él, aunque yo sigo temiendo que un día no vuelva.
El crepúsculo caía cuando el sonido familiar de las campanas resonó en todo el asentamiento, señal de una reunión urgente del Consejo del Faro. Poco después, en una estancia fortificada al pie del Castillo de Gibralfaro, se reunieron los líderes y los representantes de las diferentes cuadrillas: cazadores, agricultores, centinelas y, últimamente, hasta algunos de los jóvenes que se encargaban de las nuevas escuelas rudimentarias.
Juana, la presidenta del Consejo, una exprofesora universitaria de semblante férreo, tomó la palabra. —Hemos conseguido establecer contacto por radio con Nerja. Informan de que han logrado cerrar el puerto y expulsar a una horda entera. Los de Marbella, en cambio, han sufrido una escaramuza con nómadas del interior, y gran parte de su grano ha sido saqueado.
El ambiente se cargó de una mezcla de esperanza y rabia, típica de todas las reuniones. Cada noticia buena traía, inevitablemente, su contrapartida amarga; en tiempos de reconstrucción, las victorias y derrotas se entrelazaban como olas en la playa.
—Vamos a necesitar ampliar la producción de municiones —prosiguió Juana—. Y las incursiones a la zona industrial de Polígono Guadalhorce han de reanudarse. Hay informes de que allí todavía quedan materiales importantes.
—¿Y qué hay de la infección? —preguntó uno de los centinelas, visiblemente inquieto—. Han vuelto a verse cuerpos recientes reanimados por el Paseo Marítimo.
—Desde hace meses el peligro zombi es menor —respondió Juana—, pero la plaga sigue activa en cadáveres recientes. Nadie debe salir sin equipo de protección, y los entierros fuera de las murallas están prohibidos.
Entre los asistentes flotaba aún la sombra de lo que habían perdido. Fuera, la noche se espesaba, y sólo el resplandor de los pequeños fuegos mantenía a Málaga ligeramente separada de las verdaderas tinieblas. Era noviembre; el invierno despuntaba, y aunque la Costa del Sol era famosa por su clima templado, el frío ahora helaba los huesos de quienes no tenían mantas suficientes.
Al concluir la reunión, Manuel pasó por el improvisado hospital instalado en un antiguo supermercado. Su compañera, Laura, era una de las médicas. Estaba agotada, con el rostro afilado por el hambre y la tensión, pero sacó fuerzas para sonreírle cuando lo vio entrar.
—He oído que saldrás mañana con el grupo de recuperación —le dijo Laura mientras vendaba el brazo de un chaval que se había cortado con un vidrio.
—Sí, tocó expedición al Guadalhorce. Y tú deberías descansar más. —Se sentó a su lado mientras ella suspiraba, mirando la sala abarrotada.
—Ojalá sobrevivir fuera tan fácil como dormir —musitó ella, y ambos rieron quedamente, compartiendo el alivio de los que han encontrado algo parecido al amor en medio del desastre.
Esa noche, tras la cena de sopa aguada y pan duro, Manuel subió a la torre de vigilancia, con el fusil al hombro y un farol sordo. El viento del mar arrastró consigo rumores de yodo y el ulular distante de alguna criatura aún aferrada a la no-muerte. Miró hacia el sur, donde la silueta de África era apenas un susurro, y recordó historias que le contaba su abuelo sobre la emigración, las travesías, el horizonte siempre más allá.
Abajo, la ciudad respiraba tensa pero viva: grupos alrededor de fogatas, custodios revisando las trampas del perímetro, el rumor quebrado de un canto infantil. En otra época habría habido turistas en la playa, risas, verbenas en las plazas, ecos de fútbol y ferias. Ahora, los faroles colgados del árbol junto a la catedral proyectaban sombras que bailaban sobre las losetas agrietadas.
Podía ver a Lucía y otros agricultores descargando cestas recogidas al anochecer, justo antes de cerrar los portones. Más allá, sobre la loma, donde antes había palmeras y bancos, una antena de radio improvisada se bamboleaba al viento. Era la señal de vida en tiempos de muerte; cada noche, un operador intentaba enlazar con otros asentamientos: Motril, Almería, quizás incluso Marruecos si la atmósfera acompañaba.
Pero también era la señal de llamada para enemigos. Por eso la guardia era doble cada noche de transmisión. Por eso el sueño era siempre un lujo y un riesgo.
A medianoche, un disparo retumbó cerca del antiguo Muelle Uno, donde patrullaban voluntarios experimentados pero siempre expuestos a lo inesperado. Manuel corrió hacia el lugar, sabiendo que un solo tiro podía precipitar una catástrofe: el fogonazo delata, la sangre atrae. Al llegar encontró a Martín, con una antorcha en alto, y el cuerpo inerte de un hombre de pelo largo y ropas harapientas.
—No era un muerto —explicó Martín—. Intentó saltar por el canal, llevaba esto.
Le mostró un paquete de cartas y una caja de medicinas. La identificación llevaba el sello de una comunidad vecina. Tras revisar el cuerpo, dedujeron que era un emisario, quizás herido por bandidos, tal vez infectado. El pánico se apoderó de los presentes.
“Volverán a por la carga, o a vengarle”, profetizó uno de los patrulleros.
Amaneció entre tensiones. El Consejo tuvo que decidir: ¿retornar el cuerpo y la maleta, con riesgo de caer en una emboscada, o enterrar todo en secreto y prepararse para un posible asalto? La asamblea dividió opiniones. Ángeles, con su temple habitual, optó por lo primero: “Honestidad. Si ocultamos esto, ninguna alianza crecerá jamás. Así caerán todos los pactos, uno tras otro”.
Esa mañana devolvieron el cuerpo y la carga, atrincherados y armados, a la frontera del territorio. El aire era ácido, de pólvora vieja y miedo reciente. Pero ningún disparo sonó, ni gritos de odio. Solo el rumor cansado de una civilización tratando de resurgir entre cascotes.
De nuevo en el asentamiento, Manuel se permitió un instante sobre la azotea a observar el mar. Pensó en los muertos, en las ciudades perdidas, en las historias que apenas podían contar a los niños, y en el desgarro de un mundo nuevo, aún despiadado, pero donde por vez primera en mucho tiempo, la vida volvía a tener una pequeña oportunidad.
En ese instante, al borde de la luz de noviembre, creyó divisar dos cosas en el horizonte: una barcaza pequeña, quizás llegada de África, y al otro lado, en el remate de la Alcazaba, el humo de una hoguera. La señal convenida: “Estamos aquí, no estamos solos”.
Y esa sencilla certeza, mientras la Costa del Sol renacía entre cenizas y salitre, bastó para que Manuel dejara a un lado el arma, aspirara el aire nuevo y, solo por esa noche, se sintiera menos asediado, menos perdido, más humano.
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