23 de agosto de 2022
El calor de Málaga ese verano era abrasador, y las sombras escasas se colaban como lenguas temblorosas entre los muros desconchados de los pisos aún en pie sobre el barrio del Perchel. El rumor del mar, ese sonido antiguo que alguna vez fue sinónimo de vida, ahora arrastraba consigo oleadas de recuerdos rotos, lamentos que se colaban entre las calles, a veces confundidos con el sollozo cortado de los supervivientes.
Aquel martes por la tarde, la ciudad entera parecía crepitar. Desde hacía meses, la brisa traía polvo mezclado con el aroma ágrio de cuerpos en descomposición alejados por prudencia –o por miedo– hasta las inmediaciones de la autovía, allí donde los muros improvisados de chatarra y troncos bloqueaban todos los caminos posibles. Desde la azotea que usaban para vigilar la vieja Alameda Principal, Marcos distinguía los tejados apolillados del centro histórico y, al fondo, la silueta de la catedral levantándose con terquedad sobre el desastre.
Las calles estaban extrañamente desiertas esa tarde, salvo por un grupo de mujeres que, agazapadas bajo una lona, hacían trueque en lo que quedaba del mercado de Atarazanas: botellas de agua embotellada, algunas tabletas de antibióticos, pequeños sacos de arroz y tres pollos vivarachos encerrados en una jaula que aullaba de ansiedad y plumas.
La ciudad había cambiado irrevocablemente desde aquel marzo fatídico de 2020. "La enfermedad", como la llamaban algunos, barrió con toda la suavidad costera y la rutina amable de las tardes de espetos y cañas. Después, llegaron los meses del horror abierto: cadáveres inquietos tambaleándose por la Malagueta, gritos apagados en los portales, estampidas en la Estación María Zambrano cuando se supo que los trenes ya no iban a marchar nunca de allí. La llegada del invierno, el desmoronamiento de todos los planes, y el despertar amargo en la primavera siguiente.
Pero para agosto de 2022, Málaga era otra ciudad: silenciosa, marcada a fuego por el miedo, y sobre todo, fragmentada en pequeños reinos donde la supervivencia era privilegio de quienes aceptaban las reglas de los nuevos caudillos, los "señores del mercado", los milicianos de la Costa.
Marcos bajó con sigilo los escalones cubiertos de polvo y se dirigió hacia el improvisado centro de mando instalado en el interior del Museo Carmen Thyssen. Allí lo esperaba Esther, la dirigente del pequeño grupo que resistía en ese sector del centro, una mujer enjuta con profundas ojeras y el pelo recogido en un moño apretado. De sus arrestos dependía la supervivencia de unas treinta personas desperdigadas en lo que quedaba del centro: niños, ancianos, dos antiguos policías municipales y unos pocos jóvenes con energías casi intactas.
—¿Cuánto queda de agua potable? —preguntó Esther, directa, sin preámbulo, mientras Marcos se sacudía el sudor del cuello con la manga de una vieja camiseta.
—Esta mañana revisé los depósitos. Según mis cuentas, aguantamos tres o cuatro días más —contestó él, evitando los ojos de la mujer.
—Y después volveremos al pozo del hospital civil —terminó Esther, con una mueca. El hospital era un territorio dudoso, solo parcialmente despejado. Basurales envenenados, recuerdos y restos, todo envuelto en un hedor tan penetrante que era difícil respirar bajo las mascarillas improvisadas aún después de dos años.
—Mamá, han vuelto los del grupo del puerto. Están en la puerta —avisó un niño pequeño que asomó la cabeza desde la escalera del sótano, con una sonrisa tímida y la camiseta decorada con manchas que ya no lavarían nunca.
—Déjalos pasar, Diego. Que suban. —Esther desvió la vista hacia Marcos—. Quédate, por si acaso.
En menos de un minuto entraron tres figuras cargadas con mochilas y dos cajas de plástico. Eran supervivientes del grupo que controlaba el viejo puerto y las instalaciones de la Farola, refugio de docenas que habían logrado amurallar el espigón y montar una especie de aldea con tiendas improvisadas y barcas.
—Necesitamos hablar —dijo la líder, una mujer en la cuarentena, piel tostada, cabello cortado al ras del cráneo y ojos profundos como la noche.
En medio del salón improvisado, sobre una mesa de despacho rodeada de sillas de colegio, colocaron la mercancía: tres galones de gasolina, una bolsa de naranjas y dos cajas llenas de papel higiénico. A su lado, Esther depositó un saco de harina y media botella de amoxicilina.
—A cambio, necesitamos sal y aceite —explicaron los portuarios—. Y lo de siempre: noticias frescas de los caminos.
El trueque se llevó a cabo como una liturgia oscura y breve. Nada quedaba al azar. News, sin embargo, era lo menos frecuente en ese intercambio. Lo que sucedía en Málaga era un reflejo de una España devastada, incorporada a un nuevo mapa de confusos dominios humanos donde la comunicación apenas sobrevivía a través de radios antiguos y mensajes enviados con mensajeros precavidos.
—Un grupo nómada entró hace dos días por la ronda este —comentó una muchacha de la Farola, voz baja y rostro salpicado de pecas—. Robaron en los huertos periféricos y mataron a dos. Dejaron el cuerpo de Santi colgado en un olivo.
El silencio que siguió fue más amargo que todo lo anterior.
—¿Alguien sabe si han vuelto a asomarse por Pedregalejo? —preguntó Marcos, en voz baja, pensando en su padre, del que no tenía noticias desde la última incursión para recuperar herramientas y semillas.
—El grupo de allí resiste, pero están al límite —informó la de la Farola—. Mandan mensajes con espejos y humo. No se atreven a acercarse ni a los túneles ni al cauce del Guadalmedina. Dicen que las hordas de zombis se han vuelto menos veloces, pero hay más de los nuevos, esos que atacan sin aviso, sin dar tiempo siquiera a gritar.
Para muchos, las palabras "zombi" o "infectado" seguían siendo difíciles de pronunciar, como si nombrarlos fuera a traerlos, como los antiguos fantasmas de los pueblos andaluces que, antes del Apocalipsis, se aparecían solo en noches sin luna.
Tras el intercambio y aplastados por el calor espeso, los visitantes se marcharon en silencio. Estaba prohibido, por ley no escrita, quedarse más tiempo del necesario en el terreno de otros, ni mucho menos dormir fuera del círculo de muros levantados a pulso.
Esa noche, desde la azotea, Marcos observó cómo los últimos resplandores del crepúsculo teñían de rojo el mar. El paisaje era idéntico al cuadro que recordaba colgado en casa de su abuela: la Alcazaba erguida sobre la colina, la silueta insomne de Gibralfaro y, a lo lejos, las grúas del puerto inmóviles en su perfil de acero. Solo que ahora, la ciudad era una sombra de sí misma, y también sus recuerdos.
Málaga no era la ciudad alegre de veranos sin fin. Era una urbe sitiada, expulsada de la historia, donde la memoria de los tránsitos pasados servía, a duras penas, para reconstruir algo parecido a la esperanza.
El verdadero peligro, comprendió Marcos, ya no se escondía solamente en los infectados que vagaban por las zonas muertas de la Victoria o hurgaban entre las ruinas de la Facultad de Derecho. Era la nueva humanidad quien proporcionaba las amenazas más impredecibles: los nómadas sedientos de dominio, las sectas religiosas que anunciaban el inminente fin de los días desde una pérgola derruida cerca del Santuario de la Victoria, o los exmilitares armados escondidos tras barricadas de contenedores en la Plaza de la Merced.
Los amigos de verdad se contaban con los dedos de una mano y todos sabían que la traición o la desesperación podían acechar detrás de cada esquina.
A pesar del miedo, el pequeño grupo resistía. Sus rutinas eran monótonas pero vitales: por la mañana, cribar agua, recoger leña, patrullar el contorno de su refugio del Thyssen y vigilar los callejones por donde solían merodear los rezagados o los saqueadores. Antes, la vida era una línea recta: la escuela, el trabajo, un futuro. Ahora, el propósito era resistir un día más.
Esther, que nunca creía en milagros, empezó a organizar charlas en el sótano a la luz de velas, donde las familias compartían leyendas sobre la ciudad perdida bajo el mar, cuentos antiguos de tesoros escondidos en Gibralfaro y hasta el rumor de que había un túnel secreto bajo el río seco del Guadalmedina donde, decían, descansaban alimentos y medicinas traídos antes del Gran Colapso. No era verdad, pero regalaba a los niños una noche de sueños sin gritos.
Fue en esa atmósfera asfixiante de agosto cuando llegó el rumor que sacudiría la rutina de los supervivientes. Nadie sabía cómo apareció el mensaje, alguien lo habría transportado a pie desde los ruinosos juzgados de Torremolinos: "En el convento de las Carmelitas hay un laboratorio oculto. Curan a algunos enfermos. Si puedes, llega antes de que los hombres del Castillo lo controlen".
La noticia se extendió entre los restos de la ciudad como una llamarada. Sabían que los Castilleros eran la banda armada que dominaba el entorno del castillo de Gibralfaro y la fortificada plaza de la Merced, impunes y crueles, y que acercarse a ellos equivalía a la muerte.
Aun así, Esther se reunió con los pocos aún capaces de luchar. Debatieron una noche entera. La esperanza era un bien escaso y sus posibilidades aún más pequeñas. Finalmente, decidió enviar un pequeño grupo: Marcos, la joven con experiencia en botánica, y un ex guardia de seguridad al que todos llamaban "Papi", aunque a nadie le quedaba claro si alguna vez tuvo familia.
La expedición debía partir al alba, moviéndose entre las callejuelas delimitadas con cordones de ropa y señales de los grupos aliados, evitando los pasillos de las hordas, aprendiendo a distinguir el arrastrarse de los no muertos del ritmo inquieto de los vivos.
Los primeros tramos fueron sencillos: Plaza de la Constitución, zigzagueo por los soportales, descenso lateral por el Pasaje Chinitas. Pronto, sin embargo, el hedor y el silencio fueron tan espesos como la calima. Las ruinas del convento se dibujaban en la penumbra; sin luz eléctrica, todo era una masa de sombras y columnas rotas adornadas con plantas invasoras.
No hubo tiempo para pensar. Apenas se acercaron al patio interior, emergió uno de esos nuevos infectados: piel aún rosada, mirada vacía, las manos cubiertas de trozos de carne humana aún fresca. Marcos apuntó y disparó el viejo revólver. El ruido alertó a otros, y lo que era sigilo fue sustituido por locura. En un instante, la situación se volvió insostenible: cada rincón, cada sombra era una amenaza.
Corrieron y, en una fracción de segundo, el ex guardia cayó tras una emboscada brutal. Lograron salvaguardar a la botánica, que consiguió vadear el claustro y saltar hasta la puerta trasera, donde encontraron a dos sobrevivientes más: una enfermera y un joven con una radio portátil.
—No hay laboratorio, solo un botiquín y algo de morfina —le dijo la enfermera, mientras cerraban la puerta tras de sí.
Las expectativas se desplomaron. Persiguieron un mito y casi lo pierden todo.
De regreso al Thyssen, la frustración era palpable. Esther los abrazó y Marcos, agotado, dejó caer su mochila en un rincón mientras las primeras lluvias de agosto repicaban sobre los cristales rotos. No encontraron la salvación, pero la odisea cimentó una certeza: la comunidad debía replegarse sobre sí misma y proteger lo poco ganado con tanto dolor y sangre.
Esa noche, los supervivientes de Málaga escucharon por la radio de onda corta un mensaje en clave: en Antequera, a unos cuarenta kilómetros, un grupo había conseguido producir suficiente harina para alimentar a centenares. Era una noticia nimia, pero en ese mar de desesperación, un faro de esperanza ínfima.
Marcos observó las luces dispersas bajo las nubes, los hogares incendiados por el pasado, la vida que aún se negaba a extinguirse y, en la lejanía, el murmullo del mar pitando como un beso amargo contra las piedras del puerto.
Quizá la fe no estuviera en curar la plaga, sino en sobrevivir al odio, la traición y la mecánica terrible de la soledad. Málaga vivía, luchaba y recordaba. Hasta los fantasmas seguían aferrados a sus calles, porque sabían —como los vivos— que el olvido, en ese mundo seco y de cielos inabarcables, todavía no había llegado.
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