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Fragmento:


—¿Eran buenos tiempos? —preguntó el viejo profesor, apartando la manta que le cubría las rodillas.

Duración: 13:23

La última noche del puerto
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2020

Apenas quedaba luz cuando Francisco bajó la persiana reforzada del local, el antiguo quiosco de prensa de su tío en el centro de Málaga. El aire cortaba, frío y húmedo; incluso junto al mar la humedad se transformaba en escarcha en las noches largas de invierno. Francisco se pegó la chaqueta a los hombros y miró a su alrededor: la Calle Larios, desierta, la catedral perdiéndose en las sombras, la bruma comenzando a colarse entre los escombros del antiguo Museo Carmen Thyssen.

Málaga había dejado de ser una ciudad hace meses. Era un susurro de lo que fue, una boca abierta llena de ruinas, silencio y gritos a lo lejos. El invierno de ese año era distinto. En el aire flotaba la certeza de la muerte. Pero también, sorpresivamente, cierta calma: el movimiento de los zombis se hacía más torpe, pesado y lento con el frío. Muchos quedaban inmóviles al amanecer; los cuerpos se amontonaban por las calles, y la peste era casi peor que el miedo.

Atrás quedaban los días frenéticos del inicio: los primeros avisos de fiebre y ataques en hospitales, el colapso, los disparos en la calle, los saqueos salvajes. Francisco tenía treinta y cuatro años, pero su cara ya no pertenecía a 2020; era la de un hombre envejecido, con las mejillas hundidas y los ojos muy abiertos, al acecho. Llevaba el reverso de un marco de fotos bajo el brazo. Por las mañanas recogía lo que podía: nunca comida, hacía semanas que no encontraba ni una lata. Pero cosas útiles: candados, madera, cinta americana, algo de cable… y cosas menos útiles que, a veces, simplemente recogía por recordar. Hoy había sido una foto: su hermano y él, hace veinte años, en el Muelle Uno.

Regresó a la Biblioteca de la Alameda, donde se refugiaba con otros doce supervivientes. El edificio, simple y rectangular, de muros gruesos y altos ventanales protegidos por planchas metálicas y muebles volcados, era uno de los lugares más seguros aún en pie. Nadie se fiaba de las iglesias —los primeros asaltados durante el pánico—, ni de los supermercados. La biblioteca ofrecía en sus sótanos un refugio seco, con libros, con alguna que otra lámpara de queroseno y el consuelo extraño de tantas palabras amontonadas.

Luis, el exprofesor de Historia jubilado, le abrió el paso. Tenía setenta y pico años, llevaba dos meses sin afeitarse y la pierna vendada tras un mordisco superficial, un milagro de los que escasean. No había enfermado, pero no era el mismo desde aquello.

—¿Todo bien ahí fuera? —murmuró Luis, con tono de quien ya conoce la respuesta.

—No han cruzado la Alameda, estarán agarrotados por el frío o pasmados allá donde les haya pillado la noche —respondió Francisco—. He traído algo de madera, y… —mostró la foto, sin demasiada alegría.

—¿Eran buenos tiempos? —preguntó el viejo profesor, apartando la manta que le cubría las rodillas.

Francisco asintió, aunque no recordaba si alguna vez lo habían sido de verdad.

Por la entrada, Marta apareció con dos niños pequeños; Ulises y Sara, de siete y nueve años. Habían recogido agua de uno de los últimos grifos que aún funcionaban, cerca del parque de Málaga. Marta, siempre silenciosa, vigilante, dejó los cubos junto a la pared y recorrió la estancia con la vista.

—Están más quietos hoy —informó, apenas moviendo los labios—. Vi uno parado bajo una farola, parecía dormir de pie.

—No duermen, se congelan —corrigió Luis.

—No hay diferencia para nosotros —dijo Francisco, sentándose junto al ventanuco tapado.

Entre los supervivientes se había implantado una rutina extraña: por las mañanas, salidas rápidas; por las tardes, barricadas y recuento; por las noches, cuentos o lecturas en voz baja para los niños. El día era un compás de espera, solo útil para planear las próximas horas. Nadie pensaba ni a una semana vista; la esperanza era tan precaria y resbaladiza como el hielo de la fuente en la plaza.

Aquel 12 de diciembre, el frío forzó a todos a reunirse en el sótano antes de la caída total del sol. José, antes electricista y ahora improvisado mecánico, trajo piezas sueltas de un generador. Entre todos habían conseguido poner en marcha, de vez en cuando, una lámpara que duraba apenas minutos. Era suficiente: el fulgor naranja mantenía a raya los fantasmas de la oscuridad, al menos, durante un par de historias.

Ana, la más joven del grupo, propuso ese día leer el fragmento de un libro de Stevenson, “La isla del tesoro”. Francisco pensó, escuchándola, que era irónico: el tesoro, ahora, no era más que una estufa de gas vieja que solo funcionaba a medias y, sobre todo, comida. El combustible quedaba para ocasiones extremas.

Cuando terminó el capítulo, Nacho —el antiguo panadero— bromeó: “¡A ver si buscamos un cofre de latas de tomate en lugar de oro el próximo día!”. Las risas, por primeras, se mantuvieron más de medio minuto.

Pero el alivio duró poco: un golpe seco contra una de las planchas de metal de la planta superior les heló la sangre. Marta enmudeció, y los niños, acostumbrados, corrieron al rincón más alejado del acceso. Francisco y José se miraron.

—¿Seguro que está bien cerrada? —musitó José, encendiendo la linterna.

—Ayer vi a un par rondando el lateral, pero al caer la noche se quedaron quietos. Debe de haberse soltado alguna rama o… —pero ni Francisco creía sus propias palabras.

Los dos subieron reptando las escaleras. El interior del la biblioteca estaba oscuro, solo una ligera claridad lechosa entraba por la pequeña ranura. Pegados a la puerta, escucharon: golpes secos, acompasados, algo que arañaba el metal, el sonido característico y tembloroso de los dientes raspando.

José alzó la barra de hierro; Francisco apoyó la espalda contra la puerta mientras pensaba: “Si solo son dos y están entumecidos, quizás aguante. Si hay más y entran en calor…”

El ruido continuó. Decidieron esperar unos minutos. En una ciudad tan silenciosa, el tiempo se estira como goma, y los minutos parecen horas. Cuando por fin el ruido se detuvo, Francisco se atrevió a asomarse por una rendija. Distinguió figuras congeladas en la plaza, de pie, como estatuas. Los cuerpos desproporcionados, arena reseca cubriéndoles los brazos. No se movían.

Regresaron abajo, y Luis, que aguardaba ansioso, se permitió un suspiro.

—El invierno es nuestro aliado —declaró, como si intentara convencer a todos—. Ya no pueden correr, a veces ni siquiera pueden caminar. Morirán congelados, como un ejército sin pulso.

Ana sacudió la cabeza.

—Pero volverán en cuanto el calor regrese —repuso, sin querer alimentar ilusiones.

La realidad era esa: el frío traía un respiro, pero no una victoria. La ciudad tardaría meses, quizás años, en vaciarse realmente. Mientras tanto, cada día era una lucha. La comida —ese día, una sopa rala de arroz y agua— se repartía con cucharas escasas y con el grupo mirando, en silencio, a los niños. Dormían en turnos, acurrucados en mantas, sabiendo que, pese a todo, había quién velaba.

En la madrugada, Francisco se despertó sobresaltado: soñaba con la Catedral de la Encarnación, pero en su sueño, las campanas sonaban y en vez de repicar, chillaban. Nada diferente de la vida fuera de los muros. Forzó el oído: silencio. Solo los crujidos leves del edificio viejo, el gruñido lejano —real, soñado— de alguna bestia atrapada bajo el frío.

Cuando amaneció, las nubes ocultaban casi toda la luz, apenas un resplandor gris. Lo primero fue revisar la entrada. Las figuras seguían en la plaza: cuatro zombis parados, temblando apenas, la escarcha cubriéndoles las cejas y la ropa hecha jirones. Nadia, una mujer de origen ruso llegada a Málaga años atrás, se atrevió a salir con Nacho. Recogieron leña formando un círculo amplio; el peligro era constante, pero el premio valía la pena: unas ramas del parque, una maleta abandonada con una chaqueta de lana, latas aplastadas para volver a usar como tapas.

A media mañana, de la radio militar empezó a salir una señal distorsionada. Todos bajaron al sótano y se reunieron ante el aparato chirriante: una voz ronca, imposible de identificar, solo repetía un mensaje:

“Al sur de la ciudad, junto al puerto, hay paso seguro. Refugio para familias con niños. Repetimos: paso seguro.”

El grupo se agitó. Los niños, alertados, miraron a Marta y Francisco.

—Puede ser una trampa —dijo José, escéptico—, o un nido de zombis.

—O un grupo tratando de reunir supervivientes —replicó Nacho—. Si han limpiado el puerto…

Se desató la discusión, nerviosa y tensa. Algunas veces, otros grupos circulaban mensajes de ayuda falsa para atraer incautos o carne fresca, pero las noticias de un refugio, en pleno invierno y justo cuando la amenaza parecía controlada por el frío, era casi demasiado tentador. Luis alzó la voz, y la gente terminó callando.

—Tenemos dos opciones: esperar aquí y arriesgarnos a que se acabe la comida, o salir e intentar llegar al puerto. Cuesta decidir, sí, pero si permanecemos aquí, nos morirán los niños de hambre antes de que lleguen los primeros brotes de primavera.

Tomaron la decisión al caer la tarde, tras el recuento de provisiones —menos de dos días de comida real—. Marta, Francisco y José se ofrecieron como avanzada, llevando a los niños. Los demás, si no regresaban o no daban señales antes del mediodía siguiente, entenderían el mensaje.

Avanzaron en la penumbra helada, por calles desiertas, cruzando la Plaza de la Merced con los hombros pegados a los muros. El mar, a lo lejos, era un bloque gris plomo. Pasaron junto al Teatro Romano y la Alcazaba, cuyas piedras centenarias resistían igual que ellos el asedio del tiempo y los muertos.

Por el camino vieron cuerpos helados; algunos caídos, otros aún de pie, pero inertes, como postes mutilados. Los grupos de saqueadores evitaban el centro durante el invierno: era suicida enfrentarse a los muertos y al frío a la vez.

El puerto, tan vivo antaño, parecía una boca oscura. Sin embargo, al acercarse al Muelle Uno, divisaron puntos de luz: fogatas pequeñas, gente moviéndose en círculo junto a antiguos containers. Varios hombres y mujeres armados les hicieron señales, mostrando primero las palmas en gesto de no violencia. Hubo reconocimiento.

La avanzadilla se acercó cauta. Una mujer con gafas gruesas —la líder, dedujo Francisco— tomó la palabra:

—Bienvenidos. ¿Son todos ustedes? —preguntó.

—Solo los primeros —dijo Francisco—, hay otros diez en la biblioteca.

—Aquí tenemos algo más de víveres —explicó la mujer—. Usamos redes de pesca viejas, algo queda en los barcos atracados. Y los muertos… también aquí se han inmovilizado, la corriente de la bahía ayuda a contenerlos.

Por primera vez en meses, Francisco sintió algo en el pecho: esperanza o miedo, no sabría decir. Miró a los niños, que ya reían al calor de la hoguera. Supo que tendrían que tomar una decisión difícil. Pero por primera vez, Málaga ofrecía refugio. A su modo, seguía siendo un hogar.

El regreso a la biblioteca fue tenso. Nadie les siguió, ni de entre los vivos ni los muertos congelados. Al reencontrarse, la noticia devolvió energías al grupo, que se puso en marcha. Al caer la noche, desplazaron a los niños y abuelos primero, y antes del amanecer, todos se reunieron bajo la garita del Muelle Uno.

Aquella primera noche junto al puerto, el grupo compartió sopa y risas. Vieron el mar, negro y tranquilo. Por encima del murmullo del agua y el crujido de la escarcha, Francisco escuchaba las voces de los niños jugar, lejanamente, entre los containers. Un grupo de zombis quedó estático, como maniquíes, tras la verja oxidada que daba al paseo marítimo.

No sabían cuánto iba a durar esa tregua. Quizá solo días. Los víveres eran escasos y el invierno, despiadado. Pero algo en la mirada de Francisco, y de los demás, había cambiado. Buscaron maneras de reforzar el perímetro, de hacer hogueras sin humo, de usar redes y anzuelos improvisados.

Bajo la gran luna, Málaga respiró —por primera vez en muchos meses—, como si la ciudad misma intentase recordar lo que era la esperanza. Que sobrevivan los niños. Y cuando regresen los días cálidos, tal vez, contendrán una vez más a los fantasmas del invierno.

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