Fragmento:
Sergio puso cara de circunstancia. El trato era simple: alimentos secos, herramientas y un cultivo de semillas traídas desde Motril, a cambio de lo que la caravana traía. Loreto observaría desde la distancia, invisible pero vigilante. Dos guardianes apuntaban desde la balconada de la plaza, por si alguno de los negociantes sacaba pólvora antes de tiempo.
Duración: 11:52
19 de noviembre de 2028
Las campanas improvisadas repicaron en la madrugada, arrebatando a Sergio el poco sueño ganado entre las sábanas raídas. Cada madrugada, siempre a la misma hora, alguien recorría la muralla oriental de la mini-ciudad amurallada de Málaga para comprobar si los postigos se mantenían en su sitio, si las barricadas seguían en pie. Dormir en el post-apocalipsis era un lujo reservado sólo para los ajenos al miedo. Sergio, curtido después de casi una década en aquella ciudad en ruinas, ya se resignaba: la noche y el descanso eran incompatibles.
El viento salobre de la costa azotaba las almenas, arrastrando el olor siempre presente de los cuerpos descompuestos más allá del cauce, allí donde las patrullas no limpiaban. El mar, desde la alcazaba donde ahora vivía la mayoría, era una promesa y una amenaza: cada tanto, alguna balsa improvisada traía mercaderes o fugitivos del África saqueada, pero también infectados. Málaga, convertida en fortaleza, ya no era ciudad sino bastión, plaza de trueque y frontera de esperanza.
La comunidad malagueña llegaron a treinta mil antes de la Plaga; de ellos, sobrevivieron menos de mil, y ahora, en el pequeño feudo levantado entre la Catedral fortificada y La Malagueta tapiada, no llegaban a ochocientos. La última limpieza grande había sucedido en julio: un grupo de “limpiadores” liderado por Rubén “el Vasco” arriesgó la vida despejando la playa de los últimos “Cadáveres jóvenes” – los zombis recientes, más letales. El resto, los despojos de los primeros años de la Plaga, eran casi inofensivos: atrapados en pozos, acequias o enchidos de sal y herrumbre.
Sergio se puso las botas, frío en los huesos y tristeza en el pecho. Buscó su linterna de aceite – la electricidad sólo existía en la zona noble, donde los ingenieros restauraron antiguos generadores para el consejo. Bajó escaleras de piedra mientras pasaba el arco de la Puerta del Socorro, esquivando a los perros guardianes que dormían amarrados a las columnas. Afuera, la plaza de la Merced resistía como pequeño mercado techado con lonas raídas. Era día de intercambio: alguno traía garras de pesca, otros harina, otros garrafas de agua de aljibe.
En esa mañana de noviembre, Sergio tenía encargo: debía supervisar el intercambio con la caravana llegada esa semana desde Ronda. La noticia había corrido como semillas en polvo: los rondeños traían sal, pólvora negra y, según susurraban, libros. Los libros eran ahora objetos de deseo: quien tenía manuales de técnicas agrícolas, catálogos de plantas, guías de ingeniería, objetos de valor sentimental – todos podían conseguir acceso a las habitaciones calentadas de la Catedral, o puestos en la guardia.
El acceso a la feria estaba vigilado por las milicias de la Reina de Málaga, título pomposo pero no menos real de Loreto Arrabal, la mujer que llevaba siete años gobernando con puño no tan de hierro, sino de sentido práctico. Ella no negociaba con forasteros; eso lo hacían delegados de las tres principales familias fundadoras. Sergio era nieto de herrero; eso le permitía moverse entre los muros sin demasiados recelos.
La caravana de Ronda se instaló bajo toldos rotos junto a los restos del antiguo Museo Picasso. Sergio se presentó formal. Había aprendido a leer miradas aterradas sin descuidar las manos: el miedo al engaño era uno de los pocos temores comparables al miedo a los muertos andantes. Los rondeños eran cinco: tres hombres, dos mujeres, todos armados con viejas carabinas y machetes robustos. Llevaban atados cuatro mulos magros y una carreta. Abrieron el trato mostrando lo más valioso: dos barriles de sal, tres cajas de pólvora ennegrecida, un maletín desvencijado lleno de papeles.
Sergio puso cara de circunstancia. El trato era simple: alimentos secos, herramientas y un cultivo de semillas traídas desde Motril, a cambio de lo que la caravana traía. Loreto observaría desde la distancia, invisible pero vigilante. Dos guardianes apuntaban desde la balconada de la plaza, por si alguno de los negociantes sacaba pólvora antes de tiempo.
—Habéis cruzado media sierra a cambio de esperanza —murmuró Sergio mientras examinaba los libros del maletín—. ¿Qué buscáis exactamente?
El rondeño mayor, hombre de barba negrísima y acento cansado, respondió:
—Comida y metal. Nos hundimos en la montaña estos dos años. Se acaban las cabras. Hace falta mover tierra, abrir rutas que nos devuelvan al mar—Miró a los centinelas en la azotea—. Necesitamos aliados, no solo baratijas.
Sergio asintió, sacando uno de los libros: un manual de bombas de agua agrícolas de los años cincuenta, encuadernado con la piel de una cabra. Eso podía abrir surcos y vida en la zona de los huertos cercanos al Guadalmedina. El resto: papeles, cuadernillos, hasta un viejo cuaderno de recetas. Sin disimular la excitación, buscó a Loreto; la vio entre la gente, vestida con una capa de lana, su pelo plateado y el gesto firme.
—Tenemos lo que buscábamos —dijo Sergio—. Podéis quedaros en la Plaza hasta el anochecer. Hablaré con los guardias para que tengáis acceso a agua y algo caliente. No paséis más allá de la zona franca… ni lo intentéis. El cementerio vende sorpresas para los incautos.
Los rondeños sonrieron, pero no de felicidad: de cansancio y hambre. Uno de los jóvenes, cojeando, se ofreció a limpiar pescado con la comunidad a cambio de pan. Detrás, un niño de unos siete años miró a Sergio con una mezcla de miedo y admiración.
***
En la antigua taberna frente a la Iglesia de Santiago, Sergio se reunió con Loreto y dos guardianes. El trato era claro: pedirían a los recién llegados información de las rutas, intercambio de gentes, mensajes de otras ciudades. Desde que hace un año la radio volvió –tímida, intermitente, sólo por las noches– la comunicación había mejorado, pero la seguridad seguía dependiendo del espionaje y el rumor. Cuanto más sabían de las rutas libres de zombis y bandidos, mejor.
Loreto, con esa determinación descendida de generaciones de mujeres malagueñas, preguntó lo que todos temían:
—¿Cuánto durarán los muertos en pie? He oído que en Sevilla casi ya no aparecen, pero dicen que en Granada siguen saliendo cada semana… ¿Qué habéis visto?
El rondeño, bebiendo sorbos de café aguado, suspiró:
—Menos de los viejos. Los nuevos… los que mueren sin purificar el cuerpo, ellos caminan. Ya no son hordas. Más bien bandadas. Pero hay bandidos; ellos sí arrasan. En Antequera nos topamos con saqueadores disfrazados de soldados de la República. No dudan en robar niños, tomar mujeres. La peste… sigue, pero es humana antes que zombi.
La conversación giró alrededor de mapas hechos a mano, rutas, nombres de bandas, tachuelas marcando asentamientos entre las sierras. Loreto pidó al rondeño que dejara una copia del manual agrícola. Sergio se comprometió a intercambiar cuatro sacos de altramuces secos y una caja de clavos por el cuaderno de recetas: se lo darían a la cocina común.
***
La tarde fue lenta y calmada, algo inusual en noviembre. Sergio, aliviado, caminó hacia la antigua fortaleza del Gibralfaro, donde los jóvenes y los viejos se turnaban en las almenas con catalejos sacados de los despojos del puerto. Desde allí, se divisaba la ciudad amurallada, las franjas de cuerda que marcaban los campos cultivados cerca de la estación María Zambrano, y al sur, los restos óseos y herrumbrosos de barcos encallados. Cada tanto, un reflejo plateado sugería movimiento: mercaderes, o peor, saqueadores disfrazados.
Sara, la ingeniera más joven de la comunidad, le estaba esperando junto a los molinos de viento recién reinstalados. Por el acantilado, las aspas giraban lentas, generando la corriente que iluminaba parte del refugio común al anochecer. Sara le saludó con una sonrisa cansada.
—Demasiada calma, ¿verdad? —dijo, asegurando uno de los travesaños—. Mi abuela decía que el Mediterráneo nunca calla sin esconder tormenta.
—Tal vez la tormenta somos nosotros, Sara. Ya ningún muerto asusta tanto como unos vivos desesperados.
Sara le invitó a acompañarla, porque esa noche tocaba vigía. Sergio se encaramó en la plataforma, contemplando la línea lila del crepúsculo sobre el mar frío. A lo lejos, se veía el humo de tres o cuatro asentamientos; cada uno con sus luces parpadeantes, cada uno luchando su propia guerra.
La rutina era sencilla: observar, escuchar, encender una lámpara si alguna caravana pedía paso, disparar al aire si una horda se acercaba. Aquellas primeras masas furiosas, devoradoras de ciudades, ya no existían. Quedaban sólo racimos de cuerpos rotos en las zonas bajas, y uno que otro trueno de asfixia al encontrar un cadáver fresco.
Sara le tendió una libreta pequeña. —Éstos son los nuevos mapas —dijo—. Y estos los nombres de las rutas despejadas. Si sobreviven. Si nadie arrasa.
Sergio hojeó el cuaderno: Málaga–Ronda; Málaga–Motril; Atajos hacia Córdoba cruzando el monte. Anotaciones sobre pozos secos, campamentos humanos desaparecidos, pequeños triunfos donde “ya no caminan los muertos”.
—¿Piensas que algún día volveremos a abrir las puertas? —preguntó Sergio.
Sara suspiró. —Habría que soñar con trenes, barcos… Quizá nuestros nietos.
Ambos miraron el mar. Una barcaza, pequeña, arrojaba reflejo de fuego a cien metros de la costa. Alguien encendía una hoguera en su cubierta. Un pescador o un refugiado africano, acaso, pidiendo permiso para acercarse. Desde la cima del Gibralfaro encendieron la luz convenida: una linterna roja, indicando que podían desembarcar bajo escolta, pero no portar armas.
El vigía de la puerta vieja tocó una corneta de caracola. La señal del trueque, la señal de la tregua. Al pie de la fortaleza, las sombras se desplazaban: era la vida en la nueva Málaga, la que aprendió a sobrevivir entrando y saliendo de los cementerios, sembrando campos donde crecían margaritas sobre huesos viejos.
Antes del anochecer, Sergio volvió a la Plaza. Los rondeños dormían en círculo, protegidos. El niño del grupo, aún despierto, le miró desde el suelo. Sergio le acercó un paquete de pan negro, el último regalo de la ración.
—¿Os quedaréis mucho? —preguntó el niño.
—Sólo lo suficiente para recordar lo que se siente estar a salvo.
El niño abrazó el pan y se giró, murmurando algo que Sergio apenas entendió: “Gracias. Mañana aprenderé tus muros para mi ciudad”.
Debajo de las torres de la Alcazaba, bajo los cielos de un invierno viejo y nuevo, la esperanza era una palabra susurrada. Málaga sobrevivía, no gracias a los muros, sino a un pacto cotidiano de desconfianza, sudor y trueque. Y aunque la sombra de los zombis pesaba menos, el temor a otro humano era la marca de la ciudad eterna, la que resistía porque no podía desaparecer.
Los muertos, pensó Sergio observando la noche, nunca dominarán del todo Málaga. Aquí, quienes viven lo hacen con miedo, sí, pero también con la cabezonería quién no acepta ser pasado ni cadáver. La vida seguía. Era casi suficiente.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.