Fragmento:
La ciudad, o lo que quedaba de ella, estaba fragmentada en sectores vigilados: el centro histórico, la zona portuaria y varias barriadas donde las casas habían sido reforzadas con planchas de metal, ladrillos nuevos o muros improvisados a partir de vehículos oxidados. La Alcazaba era el núcleo de la autoridad emergente, y en sus patios mudéjares resonaba otra vez el bullicio de la organización: mercados de trueque, consejos de defensa, escuelas improvisadas y hasta pequeños templos para las nuevas religiones que habían surgido de la necesidad y el miedo.
Duración: 11:58
7 de diciembre de 2026.
La brisa del Mediterráneo traía un aroma salado y frío que se colaba a través de las fisuras de la muralla restaurada a toda prisa. Había amanecido gris sobre Málaga, como si el cielo aún guardara luto por una ciudad que nunca terminaba de sostenerse del todo a sí misma. Ese invierno, el primero realmente seguro para la mayoría desde que el mundo se había torcido, prometía frío, viento y hambre, pero también una sensación nueva y precaria: esperanza.
Casi no quedaban zombis dentro del perímetro de la Alcazaba y su entorno; los últimos, convertidos en masas de carne putrefacta y movimiento apenas perceptible, habían sido cazados en los meses de verano por los equipos de limpieza, formados por jóvenes robustos y veteranos endurecidos. La infección seguía acechando en la Costa del Sol, en las esquinas oscuras de los hoteles abandonados y en los túneles de la estación de tren, pero ya no dictaba el ritmo de la vida. Los enemigos más temidos, ahora, eran los humanos llegados del interior, nómadas, tantas veces más peligrosos, desesperados o directamente violentos.
La ciudad, o lo que quedaba de ella, estaba fragmentada en sectores vigilados: el centro histórico, la zona portuaria y varias barriadas donde las casas habían sido reforzadas con planchas de metal, ladrillos nuevos o muros improvisados a partir de vehículos oxidados. La Alcazaba era el núcleo de la autoridad emergente, y en sus patios mudéjares resonaba otra vez el bullicio de la organización: mercados de trueque, consejos de defensa, escuelas improvisadas y hasta pequeños templos para las nuevas religiones que habían surgido de la necesidad y el miedo.
A media mañana, Esteban salió del edificio que llamaban La Capitanía, una antigua sala de exposiciones reconvertida en puesto de mando. Había dormido mal, preguntándose si esa jornada sería tranquila o si el sonido de algún disparo rompería la ilusión de normalidad. Era uno de los responsables del “Consejo Ciudadano”, una asamblea irregular en la que nadie recelaba de la democracia directa mientras conservara un fusil cargado bajo la mesa. Su ropa era tan remendada como la de todos; abrigo verde militar, pantalón vaquero de demasiadas vidas, botas prestadas por algún difunto, gorra de lana con la visera caída.
Se detuvo a contemplar la vista desde la terraza alta. El puerto, limpio de zombis pero no de viajeros dudosos, hervía de actividad. Barcazas y pequeños pesqueros acudían allí, trayendo mercancía de otras ciudades costeras ahora también reconquistadas, o al menos habitadas por supervivientes organizados. En el horizonte se intuían los palacetes de la Malagueta, muchos con ventanas tapiadas y algunos con viejos letreros que aún ofrecían jazz en directo u horarios de ferris ya extintos.
El mercado funcionaba desde el amanecer, junto a la Plaza de la Merced: mujeres y hombres ofrecían pescado seco, garbanzos, granos de trigo, pequeños frascos de aceite y—más valioso que todo—madera cortada de los montes para quemar en los hornillos y mantener a raya el frío extraño que ese invierno parecía decidir quedarse en la Costa. Un par de niños corrían cerca de los estantes, casi felices, persiguiéndose entre bolsas de harina y cubos llenos de restos de algún botín agrícola. Los niños eran el motivo por el que muchos aún peleaban, por los que se reconstruía la ciudad y se hacía guardia por las noches.
Los consejos eran diarios y a menudo agotadores: debates sobre el reparto de recursos, estrategias para mejorar la muralla de la Alcazaba, discusiones a gritos sobre el acceso al agua potable desde los aljibes que aún funcionaban. Esteban se había acostumbrado al tono áspero, a la desconfianza mutua, pero aquella mañana había decidido cumplir con una obligación pendiente: supervisar la llegada de la caravana del interior.
Se les esperaba antes del mediodía. Provenían de Campillos y Antequera, trayendo grano y algo de carne seca a cambio de sal, medicina y pequeñas herramientas de metal que los forjadores del taller de Huelin producían con constancia de relojero. La llegada de cada caravana era siempre tensa, porque a veces traían noticias, a veces peligros, y no pocas veces enfermedades ante las que la comunidad luchaba a ciegas.
La noticia había volado cuan rápido lo permitía una ciudad sin redes eléctricas ni internet, pero sí con vendedores de secretos y correo a caballo: días antes una horda de saqueadores había intentado tomar Archidona, y el rumor, cierto o no, era que se movían rumbo a la costa, tal vez buscando hacerse con uno de los pocos generadores eléctricos que seguían en funcionamiento. Uno de ellos, un tesoro legendario, se encontraba en Málaga, resguardado en el sótano de la vieja Comisaría de Plaza de la Marina. Era la joya de la ciudad, la promesa de poder encender luces más allá del anochecer.
El jefe de la caravana era Donato, un tipo con manos ásperas y rostro flaco, que vestía una capa hecha de retales y un sombrero de piel de cabra. Viajaba escoltado por dos mujeres armadas con escopetas, y un par de adolescentes con lanzas hechas a partir de antiguas pértigas de limpieza urbana.
Esteban bajó a la calle empedrada, donde le esperaban Lucía, la maestra de los niños, y Saúl, responsable de la defensa. Lucía portaba una sonrisa cansada y un libro extraño bajo el brazo: una copia manuscrita de un manual de botánica que usaba para enseñar a los pequeños qué plantas podían comer y cuáles temer. Saúl, ex guardia civil, aún lucía la insignia pegada al pecho, aunque el uniforme estaba desteñido y era blanco fácil de bromas: “La ley ha muerto, amigo”, solía decir Esteban. Saúl respondía: “La costumbre es difícil de matar”.
—¿Sabemos qué traen esta vez? —preguntó Lucía, acercándose y apretando los hombros de la bufanda.
—Dicen que grano, pieles y dos terneros, si han sobrevivido al viaje. —contestó Esteban. Sabían que un animal valía docenas de vidas, podían alimentar semanas o servir para arar las huertas reforzadas en los patios interiores.
La llegada de la caravana desató la atención de los habitantes de los barrios reacondicionados. Los vigías desde las torres de la Alcazaba silbaron su código—tres notas cortas, una larga—y poco a poco la plaza se llenó de miradas. Viajaban en un carro de madera, tirado por una mula escuálida, más hueso que músculo. Las ruedas, reparadas con gomas de bicicletas viejas, marcaban surcos sobre la gravilla suelta. A su lado, tres cazadores malagueños se aproximaron en silencio, vigilando cualquier gesto extraño.
Donato descendió del carro con un movimiento grácil, entre el respeto y el cansancio.
—Salve, ciudad de los vivos. —musitó, no sin ironía, al ver la muralla, las lanzas improvisadas, el calor tímido entre las ventanas con ropa colgada y baldes de agua recogida por la lluvia.
—Salve, caravana de los que resisten. —replicó Esteban, invitando a acercarse bajo la vigilancia de Saúl y su escopeta de dos cañones. Se saludaron con las palmas abiertas, costumbre después de aquellos que llegaron una vez ocultando mordeduras. Ahora nadie estrechaba manos sin antes mostrar que la piel estaba limpia.
Mientras los hombres descargaban costales de grano y sacos de piel, Lucía habló bajo con Donato sobre las lluvias, los incendios recientes en Colmenar y las noticias sobre el nacimiento de gemelos en Almogía, una rareza celebrada como milagro. Un pequeño grupo de niños observaba, fascinados, el ternero que mugía débilmente y se negaba a separarse de su madre. Los infantes ya sólo recordaban los zombis como cuentos crueles; para ellos, la vida era hambre y esperanza y la extraña alegría de jugar entre ruinas doradas por el sol del sur.
El mercado se animó a la llegada de mercancía fresca. Un herrero pidió intercambio por un cuchillo casi nuevo, una curandera trocó ungüento de romero por unas cuantas cebollas. Las mujeres mayores, cabeza cubierta con pañuelos, cuchicheaban noticias sobre el próximo invierno, el rumor de que en Granada habían restaurado parte de la antigua línea eléctrica, y el temor de que las sectas del valle de Guadalhorce se hicieran más audaces.
Esteban tomó a Saúl aparte.
—¿Qué hay de los saqueadores? —preguntó.
—Vimos señales al norte, en la carretera de Casabermeja. No estaban cerca, pero las huellas eran frescas. Mejoramos los puestos de vigilancia en el Monte Gibralfaro y en el cementerio de San Miguel. Si deciden acercarse, lo sabremos con tiempo.
—Y el generador, ¿permanece intacto?
—Custodiado día y noche. El acuerdo se mantiene: sólo se enciende para emergencias médicas y para la imprenta.
La imprenta: el mayor orgullo reciente del Consejo. Habían logrado, tras innumerables horas de trabajo, restaurar un pequeño taller de impresión en un bajo junto al Museo Picasso. Su producción era limitada, pero ya circulaban entre las comunidades vecinas los primeros manuales de supervivencia, hojas con noticias y hasta los carteles de las próximas asambleas. La palabra escrita volvía a contagiar el deseo de futuro.
Antes del atardecer, una alarma sonó distinta a las habituales: dos notas graves, disonantes. Los vigías de la torre vieja del castillo señalaban movimiento al este. No era una horda de zombis—las patrullas sabían distinguir entre el ruido de muertos y el de hombres. Esta vez se trataba de un grupo humano de unas seis personas, que avanzaba con dificultad arrastrando un par de mulas. Traían banderas blancas hechas a partir de sábanas raídas.
Un silencio expectante recorrió el mercado. Los guardias cerraron el paso, las mujeres ataron a los niños junto a ellas o los empujaron hacia el claustro del teatro romano, convertido en refugio para emergencias. Esteban avanzó serio, sus ojos azorados.
El grupo era una familia mal vestida, harapos, sucios, pero vivos—y con los gestos pacíficos de los que sólo buscan pan y cobijo. Habían sobrevivido a base de frutos del campo y carne de animales cazados por suerte. Traían consigo solo un mensaje: la última horda muerta fue vista hacía más de un mes, encallada cerca de Fuengirola. También traían rumores sobre la llegada de hombres armados desde Sevilla, “los hombres rojos”, una banda famosa por pintar cruces rojas en sus ropas y atacar de noche.
El Consejo reunió a los mayores, los más sensatos, esa noche en la alcazaba. Se discutió la acogida de los recién llegados; se debatió la creación de códigos de señal para invasiones humanas, el refuerzo de las rutas de patrulla y la vigilancia de los pasos a la ciudad. Lucía pidió aprobar la fundación de una escuela permanente para los niños y niñas, propuesta que fue secundada por Donato y apoyada, al final, por la mayoría.
—Sin niños, esto será sólo una tumba. —dijo. Y la frase fue recogida por las voces de otros.
La reunión terminó tras un acuerdo de repartir nuevas tareas, reforzar la vigilancia nocturna y organizar una feria de intercambio para celebrar la llegada del invierno. Al salir, Esteban se detuvo junto al paseo de la muralla y respiró hondo. Percibía la fragancia, amarga y marina, de la vida que resistía. A lo lejos, en la negrura del mar, relucía la silueta de un pesquero con una luz encendida, promesa de que el mundo, aunque transformado hasta la médula, no desaparecería si ellos sabían protegerlo.
En la Plaza de la Merced, una niña sentada sobre una piedra dibujaba en el suelo con un palo. Cuando Esteban pasó, ella le sonrió con la simpleza de quien sólo teme lo que sabe nombrar.
—¿Qué dibujas? —preguntó él.
—Una ciudad con luces —respondió la pequeña— y gente dentro.
El invierno vendría duro, pero aquellas noches la brisa del mar era menos hostil y el alba tenía, a los ojos de los resistentes, un resplandor que no era sólo frío. Era, por primera vez en años, la premonición de un mañana.
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