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Fragmento:


Otra noticia corrió de boca en boca entre los mercados. Algunos pescadores de El Palo aseguran que han visto fogatas en la costa de Melilla. Eso hace soñar a los que aún recuerdan los viajes en ferry, imaginando que hay más supervivientes en otras orillas. Aun así, yo sonrío con escepticismo: generalmente, los cuentos que cruzan el mar crecen más grandes cuanto más se los cuenta.

Duración: 10:22

Niebla sobre el puerto
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Texto de ajuste de pausa.

18 de noviembre de 2028

Hoy me he levantado antes de que el sol asome por el mar. El cielo tenía ese color azul profundo que solo se ve cuando la costa está aún dormida, y Málaga —nuestra ciudad— respira, medio viva tras casi una década de horror. Llevo ya tres meses escribiendo en este cuaderno, uno de los pocos que quedan desde la vieja papelería en la calle Larios, esa calle que ahora nadie se atreve a cruzar a solas. Me lo regalaron los del grupo de trueque de Capuchinos, a cambio de unos sacos de harina que conseguimos extraer del viejo supermercado Día. Me dijeron que era bueno registrar lo que pasa. Que algún día, si resistimos, alguien querrá saber cómo fue reconstruir una ciudad entre cadáveres y futuro.

Las viejas pesadillas ya no me visitan tanto, aunque la sirena de las murallas aún nos vuelva tensos, como si el tiempo no hubiera pasado. El ruido en la ciudad ha cambiado: ya no son los disparos o los gritos de terror —al menos en el centro, al menos hoy—, sino el murmullo constante de los talleres, el martillazo en la herrería improvisada en la Plaza de la Merced, el relincho de los caballos de quienes llegan desde las comunidades de Rincón y Vélez a comerciar. A veces, cuando el viento sopla, llega un eco extraño desde el puerto: es como si la mar guardara los lamentos de los que se llevaron los muertos, arrastrados como plaga hacia el fondo, cuando aún creíamos que las olas podían limpiarnos de la peste.

No había terminado de despabilarme cuando la pequeña Julia entró corriendo a la habitación. Su cara sucia y sus ojos tan abiertos siempre me traen de vuelta del pasado. Nunca vio el mundo anterior —solo conoce las ruinas, los juegos en casas derrumbadas, la rutina de buscar agua y huir del peligro—. Hoy le ha tocado a su grupo la ronda de buscar leña por Gibralfaro. Le he recordado que no debe bajar por la ladera sur, que al otro lado del Castillo aún quedan zombis atrapados entre las enredaderas y los escombros de turistas petrificados. Ella asiente, acostumbrada a escucharlo a diario, como si fuera una ley natural.

He salido al patio a revisar mis trapas y el nivel del bidón de agua de la lluvia. El sistema de canalización que inventamos entre las terrazas de calle Victoria y la parte alta de la Trinidad sigue resistiendo, aunque el agua este año escasea y los invernaderos de plástico están al límite. Los huertos de las azoteas son verdes retazos de esperanza, pero la salinidad y la mala tierra los hacen productivos solo a duras penas. Me he agachado a comprobar los tomates. Hay dos lo bastante maduros como para dárselos a don Álvaro, el viejo profesor de la esquina, que estos días apenas sale de su cama. Hay rumores de una gripe, no de la plaga, pero el miedo es tan pegajoso como el frío húmedo de la mañana otoñal.

A mediodía, el compañero Esteban bajó desde el sector de la Catedral con un par de noticias importantes. Por primera vez en meses, la línea de comunicación —esa red de señales de bandera desde los altos y mensajes encriptados en radio— funcionó sin interferencias durante cinco minutos. Comunidades de Antequera confirmaron que también han conseguido limpiar la estación de tren y que pronto intentarán poner en marcha uno de los antiguos vagones a gasolina. Es solo un rumor, nadie cree que llegue a Málaga pronto, pero la imagen del tren rugiendo sobre el viaducto en el Guadalmedina nos mantuvo sonriendo, aunque sólo fuera un instante.

Otra noticia corrió de boca en boca entre los mercados. Algunos pescadores de El Palo aseguran que han visto fogatas en la costa de Melilla. Eso hace soñar a los que aún recuerdan los viajes en ferry, imaginando que hay más supervivientes en otras orillas. Aun así, yo sonrío con escepticismo: generalmente, los cuentos que cruzan el mar crecen más grandes cuanto más se los cuenta.

La tarde empezó con rutina: comprobar los ajos y las habas, pelar patatas junto a los sobrevivientes más ancianos, escuchar los planes de los herreros para reforzar la barrera del río Guadalmedina, donde a veces los zombis, engañados por las corrientes, quedan varados y se agrupan. Desde hace dos meses el caudal permanece baja y es fácil cruzar, por eso tenemos tres vigías en las ruinas del puente de Tetuán. No se han visto caminantes en días, pero nadie confía demasiado en la suerte; la nos enseñó que cuando olvidas el peligro, este te recuerda con dientes podridos y hambre infinita.

Después del almuerzo, un grupo de niños, sucios y despeinados, jugaron en la Plaza de la Constitución a fútbol con una pelota hecha de telas viejas y cordones. Nadie impidió el juego; necesitábamos el sonido de las risas para recordarnos que seguimos vivos. Los adultos los miran desde las sombras de los portales reforzados; todos llevan un machete colgando y la pistola de cerrojo que fabricaron los herreros este febrero. Está prohibido portar armas en público, salvo en casos de alarma, pero la desconfianza hacia saqueadores sigue. Hubo una pelea el domingo pasado por una caja vieja de medicamentos salvada del Hospital Civil; una mujer perdió dos dientes, pero otros mediaron. El Consejo de Barrio impuso dos jornadas de trabajo comunitario como castigo: fue lo justo, dicen, y la violencia se aplacó, al menos de momento.

El sol, aunque ya no tan fuerte en noviembre, nos obliga a organizarnos. Las tareas agrícolas y de limpieza en el sector protegido de Carretera de Cádiz solo se hacen entre las ocho y las doce del mediodía, y las de mantenimiento de murallas, justo tras la merienda, cuando el calor cede. Yo mismo bajé a supervisar la reconstrucción de la barrera de contenedores que define el límite sur, cerca de la antigua estación María Zambrano. Los muros son un invento tosco: planchas de metal, vallas, vehículos quemados y mucha madera, pero funcionan. Los pocos zombis que aún aparecen, capturados por tramperos o guiados por el hambre, pueden ser gestionados en grupo. Hubo un susto hace quince días, cuando una pequeña horda llegó arrastrándose desde Torremolinos, pero los nuevos rifles de perno y los barriles de clavos mantuvieron el control.

A media tarde, llegó a la plaza mayor la caravana de Vélez, con cinco caballos flacos y un carro lleno de sacos de trigo, aceite y botes de conservas caseras. Los recibimos con la ceremonia habitual: saludo de manos en alto, exhibición de los productos a intercambiar, y un par de horas de negociación bajo la mirada atenta de los milicianos armados. Samuel, el herrero judío del grupo, cambió cuatro juegos de clavos y tres hojas de cuchillo bien forjadas por un saco de harina. Alguien trajo dos corderos para cambiar por medicinas, y el trueque terminó con abrazos ásperos de quienes llevan años compartiendo la escasez. Hablamos de cultivar juntos campos entre la Axarquía y el interior, ahora que las rutas son cada vez más seguras y las hordas apenas quedan relegadas a las urbanizaciones fantasmas de las afueras.

Cuando anochece, los faroles de aceite titilan en las ventanas. El centro de Málaga, que fue luz y paseo, hoy es un espacio de sombras y vigilias. Nadie enciende una lámpara sin razón: la luz podía atraer a los errantes y, peor aún, a bandas de humanos cuya desesperación es más peligrosa que la de los zombis. Contamos las horas con la ayuda del reloj de la catedral, que milagrosamente sigue sonando cada tanto, gracias al ingenio de Tomás, un exrelojero que dedica los días a mantenerlo vivo con piezas improvisadas.

En casa, preparo mi cena: un poco de pan duro, queso hecho con leche de cabra, tomates y aceitunas. Me siento a la mesa con Julia, que ha regresado con leña y un par de palos torcidos que usaremos para apuntalar la ventana del baño. Ella me cuenta que hoy cruzaron una zona donde antes vivían perros salvajes, y que vieron a unos niños de una comunidad rival espiando desde detrás de unos coches volcados. Me dice que les lanzaron una piedra como advertencia y que ella tuvo miedo. La consuelo: las fronteras invisibles entre los barrios son tan frágiles como necesarias. Les hago prometer a los pequeños que siempre, siempre vayan en grupo. En mi interior, sé que el mayor peligro ya no son los zombis: es el hambre, la desconfianza, la posibilidad de que alguien más tenga menos que tú y por ello esté dispuesto a matarte.

He salido un momento al tejado. El aire huele a sal, leña y a humanidad. A lo lejos, las colinas que rodean a la ciudad parecen aún guardianes cansados. Distingo las fogatas de los otros sectores: cada una es una promesa de que no estamos solos, de que, aunque el mundo antiguo terminó entre gritos y sangre, este —con frío, penuria y esperanza torcida— puede, tal vez, construir algo distinto.

Esta noche organizaré mi ronda en la muralla junto a Mateo y Carla. La radio nos servirá de compañía. A veces, si logras sintonizar bien, puedes escuchar las historias de Granada, de Córdoba, de Sevilla resistiendo. O de las comunidades más allá de Andalucía. Hay palabras en francés, en árabe, en polaco. Me gusta pensar que, igual que aquí, alguien en Marsella o Tánger escribe su relato en un cuaderno encontrado.

Antes de apagar la lámpara de aceite, me detengo a mirar la foto vieja que sigue colgada en la pared: Málaga antes del fin, llena de turistas, luces, procesiones y jolgorio. Pienso en mis padres muertos, en los amigos que se quedaron en la calle La Unión, en los niños que nunca odiaron a la ciudad arruinada porque no supieron de otra. Y lloro, porque aún puedo hacerlo y porque, aunque seamos menos y vivamos peor, esta ciudad —herida y andrajosa— me pertenece de una forma que nunca lo hizo antes.

Si mañana llego a escribir otra vez, quizás cuente cómo rescatamos el órgano de la Victoria, o cómo los de la Trinidad dijeron que han encontrado una bodega cerrada llena de vino. Quizás, con suerte —y porque este invierno es más benévolo—, hable de la llegada de una caravana desde Sevilla, o de una noche tranquila como estas, en la que ni la sirena ni los alaridos turban el descanso.

Mañana será otro día en este mundo extraño. Pero, por la ventana abierta, puedo oír, más allá de la ciudad reconstruida, el latido lento de Málaga. Vencida, sí, pero nunca muerta.

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