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Fragmento:


Era casi mediodía. En el aire flotaba un olor denso: mezcla de pan tostado, algas marinas de los filtros con que purificaban el agua, y queroseno de los generadores que alimentaban la sala antiviral del hospital de campaña.

Duración: 10:57

El eco de la plaga
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Texto de ajuste de pausa.

16 de noviembre de 2026

Sofía se asomó por la rendija de la muralla improvisada que rodeaba la estación de tren María Zambrano. El reflejo del sol otoñal abrasaba la chapa oxidada y los paneles de hormigón que hacía apenas un año los vecinos y refugiados de media Andalucía habían levantado en torno al barrio adaptando viejos autobuses, contenedores de barcos y sandwicheras de blindaje. Ya no quedaban zombis a la vista, pero ninguno se fiaba: el peligro no era mensurable, podía emerger en tumulto tras una esquina o asediar bajo la neblina de la mañana.

Desde la vigilancia, Sofía divisaba la costa: la bruma del mar y el perfil de la ciudad antigua, ahora tiernamente renacida bajo un nuevo corazón de vida temerosa y pragmática. Organizados por turnos, los centinelas llevaban camisetas de equipos de fútbol, chalecos antibalas retales, alguna gorra improvisada. La radio a pilas chisporroteaba a veces con voces de otros puestos, mensajes crípticos y señales de alarma codificadas.

Era casi mediodía. En el aire flotaba un olor denso: mezcla de pan tostado, algas marinas de los filtros con que purificaban el agua, y queroseno de los generadores que alimentaban la sala antiviral del hospital de campaña.

Tras meses de relativa tranquilidad, la amenaza más grave ya no venía solo de los cadáveres flácidos que alguna vez infestaron las playas y avenidas, sino de las variantes nuevas del virus Z, mutaciones capaces de doblegar incluso a quienes durante los primeros años tuvieron suerte o resistencia. El Hospital Civil era ahora un baluarte biotecnológico, el epicentro de la lucha antiviral de la Costa del Sol, dotado de un laboratorio semioculto en su sótano y protegido por una milicia, los Antiviralistas.

Sofía era una de ellos, de las primeras en llegar desde Nerja, tras haber dejado atrás a su padre –convertido en un zombi lento y solitario– entre los naranjales de la Axarquía.

—Vuelve, Sofía. Han llegado cargamentos —la voz de Samuel, su superior, sonó tras ella.

Cruzaron por la zanja de entrada, saludando a un par de soldados ex-policías que llevaban los trajes blancos desechables de recuperación quirúrgica, ahora cubiertos de pintura azul y eslóganes de supervivencia. Desinfectaron sus botas en las cubetas y entraron en la zona de cuarentena, donde era obligatorio ducharse brevemente con cloro diluido.

El Hospital Civil, amarillo y macilento, conservaba la pátina de un pasado de saberes perdidos. Grupos de aprendices de médicos –apenas formados, muchos adolescentes con una pasión inesperada por los libros de anatomía y los protocolos antiguos de vacunas– bajaban escaleras entre murmullos y olor a alcohol sanitario reciclado.

La central antiviral era una sala profunda iluminada por lámparas LED ensambladas a partir de farolas urbanas y piezas rescatadas. En una de las cabinas de presión negativa, yacía el nuevo cargamento: tubos de ensayo, viales de penicilina artesanal y, lo más importante, dos entregas de "Antivir-11", el último avance de la resistencia humana en esta guerra viral.

Sofía dedicó unos segundos a repasar el protocolo en el panel hidráulico: doble guante, mascarilla de carbón activo, gafas. El pulso se le aceleró. No era miedo exactamente, sino una anticipación fruto de la crónica del desastre; veía en su memoria retazos del primer verano, cuando surgían infectados entre las multitudes de la feria y las carrozas del carnaval. Ahora, la verdadera feria era la de los vivos y su lucha por seguir siéndolo.

—¿Novedades en el Muelle Uno? —preguntó ella al químico, Justo, un tipo menudo, lleno de tics y con el ceño siempre fruncido.

—Ayer abatieron a dos saqueadores. Intentaban robar y comerciar con falsos viales de Antivir. Nos han pedido más controles y nos han traído muestras de una variante nueva. Dicen que les late el estómago como si llevaran un animal, que infectan mucho más deprisa.

Sofía asentía, comprobando sensores, pensando en los informes recientes: grupos de saqueadores que usaban el miedo a su favor, extorsionando a colonias menores en Teatinos y El Palo, y caravanas con animales de carga atacadas en los márgenes del Guadalmedina.

—No tenemos margen de error —dijo—. Si esta cepa entra, ni la muralla ni el arsenal servirán.

Un murmullo de consuelo recorrió el laboratorio cuando llegó la noticia de un éxito: al otro lado del escritorio, la bióloga Leonia, italiana, desterrada de Roma cuando cayó en manos de una horda en 2020, había logrado aislar una proteína de los anticuerpos de un superviviente de Algarrobo. Tal vez eran inmunes, o tal vez solo afortunados. De cualquier forma, cada gota de sangre y cada informe eran oro líquido.

Hoy tocaba separar y purificar los compuestos del tan ansiado Antivir-11, inyectar la nueva fórmula, y vigilar a los voluntarios en las cámaras estancas de la UCI fortificada. Nadie confiaba del todo en ningún antiviral; la historia recogía más mártires que salvados, pero la esperanza residía en la perseverancia.

Además de los zombis, la principal amenaza era el miedo: miedo a la mutación, a los infiltrados que simulaban síntomas, a la policía interna que patrullaba buscando sabotajes, miedo a las promesas de laboratorios secretos vendiendo inmunidad por oro o mujeres, miedo a las sectas apocalípticas que predicaban el fin en las ruinas del Teatro Cervantes.

—¿Tienes noticias de tu hermano, el de Huelin? —preguntó Samuel en voz baja.

Ella negó con la cabeza. Todas las mañanas se repetía la rutina: buscar noticias en la radio de baja frecuencia, dejar mensajes codificados en el punto de encuentro seguro de la antigua playa de Misericordia, observar desde lejos las columnas de humo que a veces brotaban de esa zona, mezcla de hogueras de supervivientes y crematorios improvisados.

Al fondo del hospital, junto a la ventana tapiada, un voluntario tosió. El sistema de alarma pitó: temperatura de 39°C. Automáticamente, Sofía y Leonia se enfundaron sendos equipos de aislamiento y sellaron la puerta. El protocolo dictaba aislar, registrar síntomas y monitorizar el tiempo de reacción a Antivir-11. Pero el chico, un estudiante rescatado de los túneles de la Alcazaba, que tenía ahora la mirada perdida y la piel perlada de sudor, suplicó en voz baja:

—No me dejéis a solas. Sé lo que hace la fiebre. Prefiero que me pegáis un tiro.

Sofía se comprometió, con una promesa hueca, a que le mantendrían semi-sedado y vigilado. Sacaron dos viales y los inyectaron en el suero intravenoso, casi como quien recita una oración laica.

Mientras esperaban, Samuel se les unió. Miraron a través de la ventanilla cómo el chico temblaba, pero no gritaba. El día avanzaba despacio; el calor era cada vez más denso, el aire, aun filtrado, tenía un regusto a cerrado y desconfianza.

La tarde llegó con noticias peores: una caravana había sido asaltada entre Benalmádena y Málaga. Tres mulos robados, un sobreviviente, cuatro desaparecidos y una bolsa de antivirales perdida entre los algarrobos. Tecnicamente, la medicina era más valiosa que el pan o la pólvora. De hecho, en los mercadillos del nuevo centro histórico, “antiviral” era sinónimo de salvación y de moneda de cambio.

El consejo de milicias se reunió en el sótano blindado. No tenían más que veinte viales de Antivir-11 y solo sabían fabricar cinco al mes, con suerte, cuando los químicos conseguían derivado puro de penicilina y componentes inmunogénicos. Había que elegir entre reforzar a los centinelas que defendían las puertas, inmunizar a los niños de las comunas escolares o apostar por los agricultores que mantenían viva la producción de verduras y garbanzos en los invernaderos recuperados de la Vega.

A Sofía le tocó defender la vacunación infantil. “Cada niño vivo, cada maestro, es un ladrillo en el muro del futuro”, insistió, evocando a su propio hijo, perdido en la avalancha de 2022 y que, en sueños, seguía apareciéndosele entre las palmeras desiertas del Parque de Málaga.

La noche avanzó tensa. Sobre los tejados, los focos giratorios señalaban cualquier anomalía con haces de luz. Los perros guardianes ladraron una vez, dos, luego cesaron. A lo lejos, en la curva de La Rosaleda, se escucharon disparos aislados: seguramente una escaramuza entre saqueadores rivales, o –peor– algún grupo frustrado de infectados recién muertos tratando de abrirse paso hacia las luces.

Sofía regresó al laboratorio. Leonia dormitaba sobre un manual de virología y Justo alimentaba el generador con aceite reciclado. Aproximadamente a la una de la mañana, la alarma volvió a sonar: el chico aislado presentaba fiebre más baja, pero brotes de sangrado leve en los labios.

El informe fue inmediato: “Posible respuesta positiva, pero mutación desconocida. Recomiendo incremento de dosis. Urgente seguimiento”.

“Sofía”, la voz de Leonia la retuvo mientras preparaba la siguiente dosis, “a veces me pregunto si vale la pena. Si no estamos solo ganando tiempo para que la próxima ola sea aún peor”.

Ella no respondió; toda la ciudad estaba suspendida en ese dilema desde hacía cinco inviernos. Pero en la mirada de los agricultores, en la tímida risa de los pocos niños que correteaban dentro de los muros y en el brillo terco de las sirenas aún activas, se adivinaba una voluntad de futuro.

A la mañana siguiente, la muralla seguía intacta. No hubo nuevos casos de fiebre. El chico sobrevivió, al menos por ahora. Los voluntarios del hospital, exhaustos, dejaron lista la remesa de antivirales y actualizaron el código de señales para advertir a los asentamientos cercanos de la variante detectada.

El recorrido de Sofía terminó ese día viendo cómo los rayos del sol cruzaban las estatuas de la Plaza de la Merced, ahora convertida en fértil huerto comunal. Un grupo de chiquillos jugaba al fútbol con una pelota hecha de lonas viejas y cinta adhesiva, vigilados de lejos por soldados con fusiles y, en lo alto de la iglesia, la antena de radio emitía en código:

“Zona antiviral, sin incidentes graves, muestras disponibles, informes positivos. Málaga resiste”.

Y quizás eso era todo lo que quedaba por hacer: resistir, adaptarse, buscar constantes contramedidas, confiar en que la ciencia ganara la partida final o, al menos, ofreciera una tregua suficiente para que la idea de un nuevo mundo pudiera germinar entre los olivos y los restos de la vieja urbe. Porque al fin y al cabo, sobrevivir en Málaga, a estas alturas de la plaga, era también una forma de desafiar la historia y de escribir con sudor y vacunas los primeros bocetos del mundo que algún día volvería a llamarse humano.

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