12 de noviembre de 2026
El aire sobre Málaga, en noviembre de 2026, olía a pólvora, humo y sal. Desde la colina de la Alcazaba, los restos de la ciudad se extendían hasta el mar, que todavía lucía azul en los atardeceres despejados. Ya no quedaban cruceros en el puerto, ni turistas en la playa de la Malagueta, ni risas en el Muelle Uno. Todas esas cosas pertenecían a una era que solo sobrevivía en la memoria de los más viejos, y que para los niños, como Elena, estaba teñida de leyendas poco creíbles.
La ciudad no era lo que fue, pero seguía en pie, reclamando su existencia. Las murallas, amplificadas con chatarra, alambradas y mallas de obra, protegían un núcleo donde los supervivientes comerciaban, dormían y soñaban. El río Guadalmedina apenas era un hilo, pero en sus orillas crecían huertos y parcelas que los defensores custodiaban con fusiles reconstruidos y ballestas tan artesanales como letales. Las murallas de la Alcazaba se habían convertido en el principal refugio para quienes aún resistían el apocalipsis zombi y la violencia de los grupos rivales.
Esa mañana de noviembre, Alejandro subió la cuesta de la calle Alcazabilla empujando un carro de ruedas chirriantes. Elena, su hija de diez años, iba sobre el carro, leyendo una hoja doblada de un cuadernillo: era una de las copias mimeografiadas del “Manual de Supervivencia de la Costa”, el librito con instrucciones básicas que todos los niños debían aprender.
—¿Por qué tenemos que quedarnos dentro del recinto, papá? —preguntó Elena—. Ha pasado casi una semana desde que vimos al último caminante fuera de las murallas. Los zombis se están yendo.
Alejandro suspiró, mirando las cicatrices de la ciudad: la catedral, dañada por incendios, el Teatro Romano invadido por zarzas, el ruinoso edificio del Ayuntamiento que ahora servía como almacén comunal.
—Porque los zombis no son el único peligro —respondió—. ¿Recuerdas lo que dijeron anoche en la radio? El grupo de saqueadores que cruzó desde Vélez-Málaga. Y además, siempre hay algún rezagado en las ruinas.
La rutina de Alejandro era sencilla. Por la mañana ayudaba con la vigilancia en uno de los puestos sobre el muro que asomaba a la plaza de la Merced; después, transportaba frutas de los huertos y, con un poco de suerte, pescado seco traído por las caravanas del puerto. Por la tarde colaboraba con el mantenimiento de los generadores eléctricos; por la noche, informaba a los del consejo de cualquier novedad. En la Málaga de 2026, casi nadie tenía un solo oficio.
Esa mañana, al llegar a la puerta principal, un par de milicianos los examinaron, atentos por si llevaban síntomas. El protocolo no era tanto por miedo a la infección —ahora rara vez se daban casos dentro del núcleo fortificado— sino por los recuerdos horrorosos de los primeros meses, cuando un solo mordisco podía acabar con decenas de personas en cuestión de días.
Málaga había resistido. Algunos decían que por el clima, que disminuía la actividad de los zombis en verano. Otros que fue gracias al mar, que impidió grandes desplazamientos de hordas. Pero Alejandro sabía que fue por el tesón de quienes eligieron no rendirse ni huir. Muchos habían muerto limpiando los barrios desde Huelin hasta El Palo. Habían perdido amigos, hermanos, casi toda la familia. Habían pagado caro cada palmo de terreno libre de no-muertos.
Con Elena a su lado, Alejandro cruzó la plaza, entre tenderetes de trueque y puestos resguardados por lonas reutilizadas. Había de todo: conservas, sal, harina de maíz, balas de escopeta, paquetes de medicamentos caducados, pilas. La gente circulaba atenta, armada y desconfiada. Algunos vigilaban desde los tejados. En los últimos meses, la actividad comercial se había incrementado y había menos peleas, pero todos sabían que la violencia podía estallar por un trozo de pan o un envase de penicilina.
En el centro de la plaza, el Consejo de Asentamiento de Málaga —una mesa compuesta por representantes de las comunidades más numerosas— tenía su caseta. Se encargaban de organizar la defensa, decidir el uso de los generadores de energía, administrar justicia. La justicia era básica: si robabas alimentos, trabajabas doblando el riego nocturno. Si herías a alguien, el exilio. Si tratabas de provocar una infección, la muerte.
Alejandro dejó a Elena en la pequeña aula improvisada del mercado, donde un hombre mayor, antiguo profesor de Historia, impartía clase a una decena de niños. Mientras tanto, él siguió su recorrido hacia la zona del trueque. Allí se reunían los delegados de los asentamientos rurales que rodeaban Málaga. Desde Coín, Torrox, Álora, llegaban a lomos de mulas o en bicicletas armadas con piezas de chatarra, a veces protegidos por pequeños destacamentos armados.
Aquel día la tensión se mascaba en el ambiente. Los rumores de una escaramuza entre dos bandas —uno de los grupos nómadas que cruzaban el litoral y una patrulla de la milicia local— habían llegado temprano. Lo que más inquietaba a todos era que, en el último ataque, habían desaparecido dos niños y un camión entero de provisiones.
—¿Lo han escuchado? —preguntó Javier, uno de los “arrieros” de Rincón de la Victoria—. Dicen que los saqueadores de Vélez tienen contacto con bandas del interior, y traen consigo caminantes enjaulados para soltarlos entre los muros.
Alejandro no respondió. Había aprendido que, en la era de la supervivencia, los rumores valían poco pero las advertencias eran de vida o muerte.
—Anoche vimos luces en la sierra, —añadió Luis, otro comerciante, ajustándose el fusil—. Nada bueno ocurre allí.
El Consejo había tomado la decisión de reforzar la vigilancia en los accesos de la ciudad; además, el médico jefe, una mujer uruguaya conocida como “la doctora Paula”, había solicitado ayuda para recibir más suministros médicos, porque la última epidemia de tétanos casi mata a una docena de niños. Se estableció que quienes salieran de las murallas para buscar champiñones o recolectar agua de lluvia tendrían escolta armada.
Pese al miedo, la vida continuaba. Hacia el mediodía, el cielo se cubrió de nubes y el viento del mar trajo olor a algas podridas. En la muralla sur, Alejandro subió a hacer turno de guardia. Desde allí divisaba la catedral, la silueta rota del hospital Civil, y más allá, los barrios fantasmas. En las calles, las hordas ya solo eran un rumor esporádico. En verano, los no-muertos se dispersaban, en invierno se agrupaban más en las grandes zonas de sombra y humedad, como los sótanos del Corte Inglés.
Alejandro llevaba un machete oxidado, una lanza improvisada y una pistola de nueve milímetros con solo tres balas. Había aprendido a valorar las armas contundentes por encima del ruido de los disparos. Un mal disparo podía atraer a los rezagados. Sus compañeros revisaban cada día las trampas en los alrededores: alambres, zanjas, lanzas encrustadas en los accesos más transitados. Era un juego macabro y constante de gato y ratón.
Desde el parapeto, mientras intentaba ver si se acercaba alguna caravana, Alejandro notó una pequeña columna de humo junto al jardín botánico. Se tensó.
Unos minutos después, percibió el destello de un espejo: la señal convenida por los exploradores cuando descubren peligro grave. Silbó a los otros.
—¡Alerta en la zona oeste!
Bajaron corriendo por la rampa interior. El jefe de defensa, un hombre robusto y calvo llamado Bono, tomó el altavoz a pilas.
—¡Todos a sus puestos! ¡Refuerzos en Puerta Oscura!
Mientras el mercado cerraba apresuradamente, Alejandro corrió a buscar a Elena. La niña había dejado la clase. Él la encontró bajo los soportales de la plaza, ayudando a dos ancianas a guardar sacos de harina en la despensa.
—Papá, ¿es un ataque? —preguntó ella, tomándole la mano.
—No lo sé. Quédate conmigo.
La tensión se apoderó del recinto. La gente se organizó rápido. Quince años de guerra y plaga habían afinado los reflejos. El perímetro se reforzó con barriles rellenos de escombros. Las milicias armadas, mujeres y hombres, fueron tomando posiciones en las troneras y los torreones. Desde la torre más alta, un vigía lanzó tres destellos de linterna hacia la carretera de Antequera, activando así la red de señales de los asentamientos. En cuestión de minutos, todo el círculo cercano a Málaga sabría que la ciudad estaba en máxima alerta.
El humo persistía, y pronto se divisó a un pequeño grupo que avanzaba entre los matorrales, arrastrando un carro. No eran zombis; se movían con cautela, acarreando algo pesadísimo. Se detuvieron a medio kilómetro de la muralla, y desplegaron una bandera blanca improvisada: una sábana manchada de barro.
Alejandro y varios milicianos apuntaron con sus armas, hasta que, tras mucho deliberar en el consejo, permitieron que dos avanzaran hasta el portón.
—¡Solo dos! ¡Sin armas visibles!
Lo que llegó fue una mezcla bizarra y esperanzadora: una pareja joven con una vieja radio y una caja de madera. Habían viajado por tres días desde un asentamiento perdido en Ronda, cruzando caminos infestados y bandas hostiles, buscando ayuda. Traían semillas recuperadas de un banco genético improvisado: trigo, guisantes, tomate, cebollas, y lo más valioso de todo, un sobre con decenas de semillas de aguacate, un tesoro para quien supiera su valor en estos nuevos tiempos.
“Queremos comerciar,” explicó la mujer, de acento firme y piel curtida, “pero también necesitamos refugio. En Ronda están arrasando los grupos del norte, y solo somos veinte. Sé que aquí hay gente fuerte y comida. Los nuestros también saben construir defensas.”
Alejandro miró a su alrededor: al consejo, a los milicianos, a los niños que miraban en silencio. No era la primera vez que los asediados se veían obligados a tomar decisiones así. Cada nuevo grupo era una esperanza y un peligro.
Finalmente, el representante del consejo, una mujer de la Trinidad que toda Málaga conocía como “La Jefa”, alzó la voz.
—Aquí no se rechaza a nadie que quiera sumar y trabajar, —dijo—, pero nadie entra sin someterse a revisión y dejar las armas en la puerta.
El trato se cerró ante todos. Las semillas se guardarían en el sótano del Centro Pompidou, hoy reconvertido en granero. Los recién llegados serían asignados a turnos de trabajo y vigilancia, igual que todos. La radio serviría, quizás, para captar alguna emisión de otras zonas libres —la legendaria Sevilla, de la que a veces llegaban mensajes en clave Morse.
El humo en el horizonte se disipó. La tarde avanzó y el sol invernal empezó a caer sobre las ruinas de la ciudad. Alejandro y Elena, sentados en el pretil de la muralla, miraron hacia el mar. A lo lejos se oía el rugido de los generadores. El futuro era incierto, pero por primera vez en mucho tiempo, la comunidad de Málaga tenía semillas para plantar, una radio para escuchar, y una noche más para sobrevivir.
Bajo la luna, los niños dormían en literas hechas con palets. Los adultos hablaban en susurros, haciendo balance de los víveres y de los turnos armados. Y en la sala del consejo, junto a un viejo reloj de torre que nadie había conseguido reparar desde 2020, La Jefa anotaba en un cuaderno:
“12 de noviembre de 2026. Málaga resiste. El miedo ha cambiado, pero no la esperanza.”
Nadie en la ciudad lo sabía, pero justo al norte, un grupo de saqueadores tramaba asaltar la muralla antes del amanecer. Y al sur, en la oscuridad del mar, unos pocos pescadores refugiados preparaban su última red para el día siguiente, sin saber si obtendrían alimento o serían devorados.
Pero esa noche, por unas horas, Málaga fue una isla de luz y de humanidad en medio de las cenizas. Y eso, en 2026, ya era casi una victoria.
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