Fragmento:
Al salir a la avenida, el aire olía a pólvora lejana. Una columna de humo ascendía hacia la loma donde antes se alzaban bares y terrazas turísticas. “El Chino” se detuvo, cerrando los ojos por un instante para orientarse según el viento.
Duración: 10:59
26 de diciembre de 2025
El mar Mediterráneo era una mancha oscura y quieta en la distancia. La brisa que, en otro tiempo, habría traído el eco de risas y música sobre la arena de la Malagueta, ahora sólo levantaba polvo y el hedor de la descomposición estancada. La luz tenue, inmisericorde del invierno invernal, luchaba por penetrar los nubarrones grises que pesaban sobre la ciudad, y apenas lograba arrancar reflejos fugaces del asfalto agrietado y las ventanas de los edificios que flanqueaban el puerto.
Roberto emergió de entre los setos retorcidos del Paseo del Parque, oculto tras la hilera de ficus centenarios. Su mochila pesaba sobre los hombros una carga doble: la del poco pan rancio y la botellita de agua que había obtenido hacía días, y la de la responsabilidad de llevar a su grupo de vuelta sano y salvo a la fortaleza del Rectorado. Detrás de él, en silencio absoluto, lo seguían Laura y “El Chino”, un joven apenas veinteañero cuyas habilidades con la ganzúa y las cerraduras lo habían vuelto indispensable.
Sabían que bordear el centro era un riesgo. Desde hacía semanas, Málaga se había vuelto más segura en sus barrios altos amurallados, y quienes salían a las calles sabían que los vivos, los saqueadores y las bandas eran un peligro tan grande como los zombis, cada vez menos frecuentes, pero aún letales en las calles anegadas y en los bajos de las ruinas. Pero el peligro era mayor en las zonas abandonadas: el aire estaba reverberante, cargado de la memoria de lo que había pasado años antes, como heridas abiertas en los muros, en las puertas reventadas, o en los gritos amortiguados que a veces aún se escuchaban en las noches de tormenta, venidos del interior de los edificios decrépitos.
El grupo había partido al alba de su refugio. El Rectorado permanecía, gracias a muros improvisados de camiones y sacos de arena, como una de las pocas fortalezas de la ciudad. Allí vivían más de setenta personas, bajo la autoridad de la Doctora Sanabria, antigua profesora universitaria convertida en líder dura y, para muchos, despiadada. Su control férreo recaía sobre todos, pero en ese mundo destrozado la seguridad se pagaba con disciplina y sumisión. El objetivo de Roberto era sencillo: alcanzar la antigua Biblioteca de la Aduana, inspeccionar si quedaban libros útiles que pudieran servir para algo más que alimentar las estufas, y regresar antes de que anocheciera.
El paseo por la avenida era una procesión de silencio y atención crispada. No era solo el miedo a los muertos. Desde hacía meses, las bandas que merodeaban por el centro de Málaga, nacidas de facciones descontentas de la propia fortaleza, hostigaban a cualquiera que salía por recursos. Un disparo ocasional ecoaba a veces entre las cúpulas de la Catedral y la Alcazaba, recordando que una muerte podía no venir arrastrando los pies, sino vestida de humano y ansiosa por robar hasta una simple lata de sardinas.
Entraron en la Biblioteca al poco tiempo. Las estanterías, en su mayoría vacías o caídas, formaban un laberinto de madera astillada y polvo. El grupo avanzó husmeando entre los restos, tratando de distinguir entre las cubiertas polvorientas y los años de olvido. Había humedad y el aroma dulzón de los cuerpos en descomposición, lo que indicaba que, pese a la menor presencia, aún quedaban zombis ocultos en las sombras.
Laura fue la primera en darse cuenta de que no estaban solos. Un gemido apagado retumbó desde el fondo del pasillo y una figura tambaleante emergió de un rincón oscuro. No era la amenaza de otros tiempos: el zombi, vestido aún con una camisa de biblioteca, apenas conseguía arrastrar un pie tras otro, los ojos lechosos perdidos en la nada. Roberto no dudó. Sabía que el tiempo de los héroes había pasado. Un certero mazazo con la barra de hierro que portaba terminó el problema. Pero el ruido, pensó, podía llamar la atención de los vivos tanto como de los muertos.
Apresuraron la búsqueda. Laura, con ojos vidriosos, sostenía entre sus manos una novela de “Cien años de soledad”, y un manual de supervivencia agrícola que ella y Roberto consideraron un tesoro invaluable. Todo lo que se pudiera aprender sobre el cultivo, la conservación de semillas o la fabricación de herramientas era oro en el mundo destrozado de Málaga.
Al salir a la avenida, el aire olía a pólvora lejana. Una columna de humo ascendía hacia la loma donde antes se alzaban bares y terrazas turísticas. “El Chino” se detuvo, cerrando los ojos por un instante para orientarse según el viento.
—No es el puerto —comentó—. Es más arriba, por la Plaza de la Merced.
Roberto asintió. No podrían evitar pasar cerca si querían regresar con rapidez.
La noche caía cada vez antes en aquel diciembre de 2025. Sin una red eléctrica, con sus viejos amigos de la oscuridad -los zombis errantes- debilitados pero no desaparecidos, y bandas que cazaban como lobos, el miedo era una pieza más del nuevo orden social malagueño. Decidieron tomar la ruta del río Guadalmedina, cruzar por la pasarela oxidada y seguir al oeste. La movida los llevó cerca del antiguo mercado de Atarazanas.
El fragor de disparos y voces descontroladas aumentó cuando llegaron a escasos metros de la plaza. No estaban solos. Desde una esquina derruida, varias figuras emergieron, armadas, algunas encapuchadas. El líder, un hombre alto de barba negra y ojos febriles, alzó su arma improvisada, una escopeta recortada ensamblada con cinta adhesiva y restos de metal. Sus botas, ajadas y manchadas, crujieron al pisar los escombros. Llevaba colgado un colgante de San Rafael, y eso, en otro tiempo, hubiera dado confianza. Ahora era sólo la Marca de otra banda.
—¿Qué hacéis en el centro? ¿No sabéis que esto ya no os pertenece? —preguntó el líder con voz dura.
Roberto mantuvo la calma, interponiendo a Laura detrás suyo. “El Chino” ya preparaba en silencio su navaja, aunque todos sabían que no sería suficiente contra cinco hombres armados.
—Buscábamos libros. Nada de valor para vosotros. Sólo necesitas saber cómo plantar habas si quieres cruzar el invierno —contestó Roberto, mostrando el manual agrícola con lentitud.
El hombre rió, amargo.
—El conocimiento ya no alimenta a nadie. La comida tampoco va a sobrar cuando llegue la Semana Santa. Pero, quizás sirváis de algo para nuestro jefe en Granada. Ahora todo se mueve hacia allí, ¿sabéis? Los que mandan de verdad han hecho de Granada su fortaleza. Quien tiene la colina controla el valle —explicó, mientras uno de los suyos despojaba a Laura del libro y lo hojeaba sin ningún interés real.
Una corriente de viento arrastró consigo cenizas oscuras que olieron a leña húmeda y a humo de cuerpos incinerados. Nadie lo dijo, pero ambos sabían que en los días fríos los muertos, congelados, ya no deambulaban; pesaban en la memoria y en el silencio opresivo.
Mientras el grupo de asaltantes discutía el destino de los tres supervivientes, un bramido lejano, casi como el murmullo de una tempestad, se alzó sobre las ruinas de la ciudad. Era el sonido de una horda: no como antes, disgregada, impredecible, sino más lenta, crepitante, un avance de cuerpos moribundos, huesos resecos y trapos manchados moviéndose como un solo animal. Los propios bandidos titubearon.
—No puede ser... —susurró uno—. No quedan tantos.
Pero quedaban. Siempre quedaban. Cuando las paredes caían, cuando las rutas eran descuidadas, cuando la carne humana todavía olía a vida. Roberto lo supo en ese instante: Málaga seguía cargando con su maldición. A cada cosecha, a cada fiesta improvisada, la sombra del hambre, la amenaza espectral del pasado cernía sus dientes sobre el presente humano.
Aprovechando la sorpresa, “El Chino” lanzó su navaja. Hubo gritos, disparos y un caos súbito. Laura corrió, arrastrando a Roberto tras ella. Saltaron una valla oxidada y se lanzaron entre los coches calcinados, buscando la protección de la iglesia de San Juan, todavía en pie, aunque tan maltrecha como cualquier esperanza. Dentro sólo hallaron ecos y oscuridad.
El grupo de asaltantes no los siguió, debiendo enfrentarse a la nueva horda que, como una marea de cuerpos podridos, arrastraba todo a su paso. Por una rendija de la ventana, Roberto pudo ver el enfrentamiento. Las balas, tan escasas que casi nunca se desperdiciaban, llovieron sobre la masa. Alguno de los asaltantes cayó. Los zombis, cada vez más lentos, aún podían rodear, acorralar y hacer de la muerte un acto largo y abrumador.
—¿Tú crees en lo que dicen? —preguntó Laura en voz baja—. ¿Que en Granada están empezando de cero, que allí se levantan ciudades con muros de verdad y que la gente puede dormir sin tener miedo?
Roberto no respondió de inmediato. Observó la penumbra titilante, los frescos agrietados, los bancos de madera ennegrecidos por años de uso, por cuerpos durmiendo, por ocasionales hogueras.
—Creo que la esperanza viaja demasiado lejos a pie —murmuró al fin—. Granada, Almería, Sevilla… tal vez haya ciudades donde los zombis son un fantasma y no una amenaza. Pero aquí todavía somos sombras, mendigando calor junto a los muertos.
El eco de las palabras se perdió entre los arcos y la oscuridad. El grupo permaneció dentro hasta que la noche se impuso sin remedio. No encendieron fuego, ni cantaron, ni hablaron de sueños. Afuera, entre las ruinas de mercado, la batalla finalizaba. El frío fue el único guardián que les quedó, y en esa Málaga hecha de sombras, polvareda y restos de vida, sólo la obstinada voluntad de sobrevivir brillaba por un instante, frágil, como la llama de una vela en mitad de una tormenta.
Horas más tarde, cuando el peligro inmediato hubo pasado, los tres salieron despacio, moviéndose entre las calles empedradas, bordeando los montículos donde yacían hombres y monstruos indistinguibles, despidiéndose de otro fragmento de inocencia cada vez que saltaban un charco de sangre seca o una tumba improvisada entre los naranjos. No se atrevieron a volver a la fortaleza hasta que el alba empezó a clarear el cielo, trayendo consigo la promesa tenue de que, si sobrevivían otra jornada más, tal vez las historias sobre Granada, sobre un sur que aún recordaba la luz, no serían sólo cuentos de viejos junto al fuego.
Pero aún no era tiempo de sueños, ni siquiera de esperanza. Era tiempo de sobrevivir, de avanzar en la oscuridad, de buscar entre las cenizas rojas lo poco que aún merecía ser salvado.
Y así, en una Málaga partida entre el miedo y la supervivencia, la sombra de Granada se alzaba lejana, entre promesas y amenazas, brillando en la mente de los que aún se negaban a dejarse consumir por la oscuridad.
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