Fragmento:
Dejó a los centinelas y bajó al patio central del Bastión. Dos filas de adolescentes entrenaban con lanzas frente a una tarima donde la bandera blanca y azul flameaba manchada de tierra. No eran soldados: eran pescadores, estudiantes de arte que jamás volverían a ver una exposición, inmigrantes de Marruecos y Rumanía atrapados aquí por la desgracia universal. El Bastión de la Esperanza, lo llamaban, burlándose a veces. Pero era cierto que, al menos, allí vivían más de quinientas almas y algunos viejos sabían aún organizar el campo, curar una herida, fundir metal, fabricar pólvora y hacer medicinas con febrícula e hierbas. En el Bastión no se moría de hambre todos los días.
Duración: 11:31
16 de noviembre de 2024
La mañana del 16 de noviembre de 2024 fue gris y húmeda en lo que quedaba de Málaga. Una llovizna polvorienta había caído durante la madrugada, tiñendo de cenizas y lodo los escombros del Muelle Uno y tapando con una costra de suciedad los grafitis desvaídos de las fachadas. Más allá de lo que antaño fue la alegre Alameda Principal, relucía la silueta terrosa de la gran muralla. De un lado, la ciudad deshabitada, a medias derruida y preñada de trampas. Del otro, una de las mayores fortificaciones humanas que había visto Andalucía desde la Guerra de la Independencia: el llamado Bastión de la Esperanza. Málaga, la ciudad alegre junto al mar, era ahora una fortaleza viva, atrincherada junto a la Costa del Sol, rodeada por cientos de caminantes torpes y hambrientos, y asediada aún más cruelmente por bandas y rumores de guerra civil.
Isabel recogía su fusil y se ajustaba la guerrera de cuero, vieja y remendada decenas de veces, mientras recorría los adarves. Había escuchado disparos distantes durante la noche, ecos que rebotaban entre las ruinas como si el mar los devolviera. “Al otro lado del Guadalmedina han visto otra horda”, le había susurrado Pedro al alba, mientras compartían el último mendrugo de pan. “Dicen que vienen de Rincón de la Victoria y que arrasan con todo a su paso.”
Al final del muro, junto a la garita sur, varios milicianos observaban con prismáticos los barrios bajos de El Bulto y Huelin. Por momentos, el ojo entrenado podía captar cuerpos tambaleantes entre los coches carbonizados. Las hordas grandes ya no eran frecuentes como al principio; los muertos más viejos apenas se sostenían en pie y las hordas más grandes se arrastraban por las avenidas con lentitud desesperante, pero la infección nunca desaparecía. Cada cuerpo fresco, cada muerte violenta -y en Málaga seguían siendo frecuentes-, podía renacer convertido en una amenaza.
A lo lejos, por los tejados desteñidos del Perchel, salía humo. Isabel apretó el gatillo de su Mauser, heredado de otra generación de guerras. El humo rara vez significaba algo bueno.
Dejó a los centinelas y bajó al patio central del Bastión. Dos filas de adolescentes entrenaban con lanzas frente a una tarima donde la bandera blanca y azul flameaba manchada de tierra. No eran soldados: eran pescadores, estudiantes de arte que jamás volverían a ver una exposición, inmigrantes de Marruecos y Rumanía atrapados aquí por la desgracia universal. El Bastión de la Esperanza, lo llamaban, burlándose a veces. Pero era cierto que, al menos, allí vivían más de quinientas almas y algunos viejos sabían aún organizar el campo, curar una herida, fundir metal, fabricar pólvora y hacer medicinas con febrícula e hierbas. En el Bastión no se moría de hambre todos los días.
Por eso, esa mañana reinaba una extraña tensión en el aire, mezcla de miedo y expectativa. Llegaban noticias de que, semanas atrás, una caravana de la Axarquía lograba cruzar los montes con un convoy de caballos y mulas, trayendo medicinas y sal a cambio de herramientas y trigo. Un milagro, decían. Estos rumores crecían por los pasillos oscuros, prendían fuego al ánimo de los cansados.
Sin embargo, otros hablaban de grupos nómadas, armados con escopetas recortadas y machetes, que atacaban asentamientos, saqueaban y, a veces, arrastraban personas consigo. Decían que en Vélez algunos habían sido crucificados como advertencia.
Isabel caminó hasta la sección de intendencia, una antigua nave industrial reconvertida en centro de distribución. Allí se oían voces tensas, el ruido de las raciones repartidas, el clamor de niños esperando trozos de pan duro. Junto al depósito de agua, el comandante Jardeón —un viejo guardia civil de rostro harte y bigote blanco— discutía con una mujer baja y enfadada, la jefa de logística.
“Los caballos de la última caravana están a punto de reventar”, decía ella, furiosa. “No tenemos forraje, Jardeón. La gente está más débil. Si sale otra expedición al campo y falla, nos quedamos sin opciones hasta la próxima luna.”
Jardeón la miró como quien sabe que nunca hay buenas respuestas.
“Si nos atrincheramos, la gente se pudre aquí. Si salimos, puede que no regresemos. Es así. Escoge a los mejores. Y diles que quien vuelva, vivirá como rey al menos dos días…”
Isabel saludó y pidieron silencio. El comandante le hizo una señal.
“Hoy tú llevas la escolta”, dijo, simple.
Así empezó la misión de aquel 16 de noviembre: Isabel, tres veteranos curtidos, dos aprendices de dieciséis años recién ascendidos a milicianos con las manos temblorosas, y una mula llamada Pepa, flaca y peluda pero aún fuerte. El objetivo era sencillo: cruzar los suburbios del oeste, llegar a El Palo por la antigua autovía, intercambiar semillas de remolacha y algunas medicinas elaboradas en la iglesia de las Angustias a cambio de harina y sal.
Se prepararon, cada uno con un fusil, algunos cuchillos, una bolsa de monedas viejas más valiosas por convertir en proyectiles que por su valor, mapas dibujados a mano y un puñado de ansiolíticos de farmacia.
Antes de partir, Isabel subió a la parte alta de la muralla para ver la ciudad desde lo alto. Desde allí, Málaga era hermosa en su horror: las olas rompían entre bloques de hormigón, los hoteles de la Malagueta derruidos, las grúas oxidadas sobresalían de las arenas invadidas por maleza. Las antiguas viviendas de lujo —ahora vacías, saqueadas hasta el último grifo— formaban un telón de fondo grisáceo, recortado contra las nubes bajas.
Gritaron en la puerta. Tocaba moverse. La verja chirrió como una carcajada metálica, y salieron al mundo.
La expedición avanzó sin prisas, cruzando calles vacías cubiertas de coches desventrados. Los pocos muertos que deambulaban apenas les prestaban atención: estaban delgados, raquíticos, con la piel tirante y amarilla como viejas fotografías. Los evitaban, abatiendo solo a los más peligrosos —los que aún conservaban movilidad— con una lanza en la base del cráneo.
Atravesaron el barrio de Nuva Málaga. Las paredes estaban marcadas con señales antiguas: flechas hacia refugios ya saqueados, palabras como “VIVOS”, “AGUA”, “CUIDADO”. Toda una arqueología reciente, cada símbolo un grito olvidado.
En las puertas de una antigua farmacia, un cuerpo reciente yacía sobre una silla de ruedas. La piel aún rosada, la mirada muerta. El doctor Pedrosa, uno de los que iba con Isabel, bajó la vista.
—Murió hace pocas horas —murmuró, casi en reverencia—. ¿Enterramos?
Isabel calculó el tiempo. Suspiró.
—No hay tiempo, doctor. Si aún resucita, no irá lejos.
El grupo se detuvo junto a una gasolinera. De una ventana surgió una sombra: un niño de no más de ocho años, harapiento, con la cara negra de hollín y miedo en los ojos, les apuntaba con un cuchillo oxidado.
Nadie se movió. El doctor avanzó despacio, las manos abiertas.
—¿Vienes de La Trinidad?... ¿Estás solo?
El niño no respondió. La lluvia fina le corría por las mejillas. Finalmente, bajó el cuchillo y se dejó caer.
Lo recogieron, envolviéndolo en una manta. Uno de los aprendices, Jaime, miró a Isabel.
—¿Qué hacemos si aparecen más… de ellos?
—Entonces corremos. Siempre corremos.
Invierno llegaba temprano ese año, y las nubes pesaban sobre las casas. Cruzaron carros de supermercado repletos de basura, signos de antiguos saqueos. En cada esquina, restos quemados de barricadas contaban historias de resistencia fallida.
En la rotonda de Los Guindos, una furgoneta volcó la noche anterior. Junto a ella, cuatro cadáveres humanos yacían bajo la lluvia. Uno de los cadáveres, con heridas recientes, empezó a moverse. Sin dudar, Isabel usó la lanza.
Siguieron adelante, con el río seco del Guadalhorce al fondo. Allí, el terreno se abría, la maleza crecía entre postes caídos. No había nadie. Solo una pareja de perros famélicos, que huyeron cuando los vieron venir.
Llegaron a El Palo poco antes del mediodía. Allí, en una antigua escuela hecha fortín, los recibieron con métrica desconfianza. Un hombre de melena gris y piel surcada de tormentas les apuntó con un fusil Remington.
—¿De dónde venís? —gritó, voz rota—. ¡Aquí no queremos problemas de Málaga!
—Traemos medicinas —Isabel levantó ambas manos, mostrando un tarro con pastillas de penicilina de fabricación casera—. Necesitamos harina y sal. Y hay un niño…
El líder hizo una seña y se acercaron otros dos tipos armados y una mujer embarazada con ojos de guerrera. Discutieron entre susurros. El trueque se hizo rápido: harina, sal, un poco de aceite, a cambio de medicina. El niño se quedó, después de un rato, en brazos de la mujer. Todos aceptaron, con la resignación intacta de estos tiempos.
El regreso fue más tenso. El doctor Pedrosa sudaba frío, atento al ritmo de su propio corazón. “No soporto más matar”, murmuró a Jaime entre dientes, “pero, si no lo hacemos, no llego a ver el sol de mañana”.
En las afueras, cerca de un supermercado saqueado, se oyó un grito. Una bandada de gaviotas huyó de un tejado. Isabel miró, atenta. Era una familia que huía de un grupo de muertos, cuatro zombis recientes, mucho más peligrosos. “¡Corran!”, gritó ella. Pero no hubo tiempo de ayudar: la familia desapareció entre las ruinas y los gritos murieron rápidamente.
Al llegar a la muralla, abrieron la verja tras golpear el código de clavos: tres, dos, tres. La respuesta fue inmediata. Adentro, los niños corrían junto a los carros con harina. La vieja Pepa recibió zanahorias. Fue uno de los escasos días de alegría: tres nacimientos esa semana, ninguna baja en expedición.
Pero todo seguía en vilo. Al anochecer, mientras compartían pan untado en aceite, los rumores seguían: bandas nómadas habían conquistado otro pueblo al norte. “¿Qué pasará cuando nos quedemos sin pólvora?”, murmuró Jaime. Isabel, exhausta, miró las llamas de la hoguera y no supo responder.
La vida era resistencia. Sus vidas, una sucesión de días y noches donde la esperanza era un pequeño incendio que nadie podía apagar del todo. La ciudad fortaleza miraba al mar y, al otro lado del muro, los muertos siempre encontraban la manera de recordarles que estaban allí, esperando.
En ese extraño invierno de 2024, Málaga sobrevivía a base de barro, hierro y miedo. Pero el Bastión mantenía sus llamas, y cada expedición era una promesa cumplida a los que no se rendían. Afuera, en la noche fría, el eco de los disparos y los pasos arrastrados era apenas el recordatorio de que el mundo aún estaba roto. Pero dentro, al abrigo de las murallas, surgían canciones, risas tímidas, niños que no conocían el viejo mundo. De alguna forma, brotaba vida. Y eso, para Isabel, era suficiente.
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