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Portada del relato Murallas al Mar: Málaga 2026
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Fragmento:


Marina apretó con fuerza el saco de tela atado en la cintura. Adentro llevaba vendas esterilizadas, un pequeño botiquín y algunas semillas recién encontradas en un edificio abandonado la semana anterior. Era una de las sanadoras del grupo, y su trabajo era mantener con vida y optimismo a los niños y ancianos refugiados en el interior de la Alcazaba. Había aprendido a no mostrar miedo, aunque dormía siempre con la mano en el mango del cuchillo y el oído atento a cualquier grito —los humanos podían ser peores que los monstruos si creían que había algo que ganar a la fuerza.

Duración: 12:16

Murallas al Mar: Málaga 2026
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Texto de ajuste de pausa.

28 de Noviembre de 2026

Si hay algo que nadie habría imaginado en los años dorados de Andalucía es cómo la bahía de Málaga, famoso hogar de turistas y playas repletas, acabaría transformándose en un bastión olvidado frente al Mediterráneo gris. Antes, las laderas estaban coronadas por urbanizaciones blancas y terrazas, y era el aceite de oliva, el vino dulce y el bullicio de la Feria lo que llenaba el aire. Ahora, en el otoño helado del 2026, solo persisten las voces rudas del nuevo orden, los pasos vigilantes en el empedrado de la Alcazaba, y el rumor lejano de las olas mezclado con gritos cada vez más raros, distantes e inhumanos.

La ciudad había resucitado lentamente tras años de un infierno que parecía no terminar nunca. Nadie se atrevía a hablar abiertamente de esperanza, sabiendo cuán fácilmente podía ser arrebatada por el giro de una llave mal cerrada, por un hierro oxidado atravesando la carne, o por el pestilente gemido al otro lado de las murallas. Málaga era ahora una fortaleza pegada al mar, sus calles interiores jubiladas de coches y tráfico, inhabitado su centro histórico salvo por patrullas y algunos pocos centinelas. El resto, los vivos, se refugiaban en la periferia o, como la comunidad de la Alcazaba, elegían los monumentos antiguos para resistir el invierno y los ataques.

En las mañanas, la vida comenzaba con el tañido grave de una vieja campana a la entrada del castillo. Gabriel, el jefe de los centinelas, había sido maestro de historia, y quizás por eso insistía en mantener rituales y horarios casi monásticos. A las seis tocaba la campana. Media hora más tarde, las puertas de la muralla exterior se abrían para dejar salir a los recolectores y exploradores, armados con lanzas y, algunos afortunados, con machetes y rifles fabricados en talleres improvisados. Había amanecido brumoso, el mar azul invisible bajo una capa de nubes bajas, y la humedad impregnaba la ropa y el ánimo. Nadie se quejaba en voz alta. El murmullo de las colinas cubiertas de escombros, la silueta ennegrecida de la catedral a lo lejos y la mole silenciosa del puerto servían de decorado mudo.

Marina apretó con fuerza el saco de tela atado en la cintura. Adentro llevaba vendas esterilizadas, un pequeño botiquín y algunas semillas recién encontradas en un edificio abandonado la semana anterior. Era una de las sanadoras del grupo, y su trabajo era mantener con vida y optimismo a los niños y ancianos refugiados en el interior de la Alcazaba. Había aprendido a no mostrar miedo, aunque dormía siempre con la mano en el mango del cuchillo y el oído atento a cualquier grito —los humanos podían ser peores que los monstruos si creían que había algo que ganar a la fuerza.

Bajó la cuesta resbaladiza, acompañada de Samuel y la niña Lucía, que se había convertido en la sombra fiel de la sanadora desde que sus padres desaparecieron en el invierno del 2024. Era una mañana rutinaria, de esas en que el miedo parece haber desaparecido sólo porque el peligro ya no grita cerca sino que acecha como una nube oscura en el horizonte. Cruzaron el mirador sobre los Jardines de Puerta Oscura, donde las estatuas cubiertas de algas y suciedad se erguían como centinelas de un tiempo que había acabado.

“Hoy toca inflación en la zona este”, dijo Samuel, cargando una ballesta improvisada. Sus palabras tenían el tono de quien de verdad cree que el peligro puede medirse por barrios. “Por la rosaleda nos dijeron que vieron movimiento hace dos noches.”

Marina asintió en silencio y continuaron por la antigua Calle Alcazabilla, hoy solo un esqueleto de su gloriosa vida anterior. A cada lado, fachadas mutiladas, balcones caídos, y grafitis de advertencia escrita con sangre seca. El grupo se movía rápido —nunca más de cinco minutos en la calle, nunca sin vigía—. Nadie quería terminar como la pareja que se atrevió a buscar agua en el antiguo teatro romano, devorados antes de que nadie pudiera auxiliarlos.

Se adentraron por una travesía lateral, entre naranjos raquíticos floreciendo fuera de temporada. El silencio era espeso y, por un instante, el maullido de un gato se escuchó tan claro que los tres se agacharon por instinto. Samuel se adelantó, comprobando el siguiente solar antes de dar la señal de todo despejado.

La misión era sencilla: conseguir más material sanitario en el antiguo consultorio de la Calle Victoria, uno de los pocos centros médicos todavía intactos, aunque saqueado mil veces y vigilado otras tantas. Solo se atrevía a entrar quien tenía suficiente coraje —o desesperación—, pero el riesgo valía la pena. El botiquín de Marina estaba ya vacío salvo por agua oxigenada y dos gasas.

La entrada estaba bloqueada por tablones, pero Samuel tenía el pico de hierro preparado y, con la ayuda de Lucía, lograron apartarlos en silencio. Marina pasó la primera, farol en mano, repitiendo la oración silenciosa que tantas veces había pronunciado en los últimos seis años: “Entra, observa y sal. Sin ruido. Sin residuos. Sin dejar rastro.” Las linternas tiznaban las paredes de moho verde, las camillas volcadas, el suelo manchado de lo que no era ya posible identificar. Avanzaron despacio, controlando cada rincón, cada sombra. Había aprendido a distinguir el olor de un zombi dormido —lo describía como carne húmeda y metal oxidado— y, aunque no lo sentía ahora, el miedo seguía latiendo en sus sienes.

Encontraron poco: ampollas de antibiótico, un rollo de vendas y un paquete de paracetamol casi intacto. Era mucho para los tiempos que vivían.

Cuando salieron, el sol ya se levantaba tras las nubes y la ciudad parecía recobrar vida por un instante. Un soplo de aire fresco rozó sus rostros, una caricia breve antes de regresar a la penumbra del refugio. Por la Calle Larios, aún vacía, avanzó un grupo armado: no eran zombis, sino otra patrulla de la comunidad vecina de El Palo, distinguidos por las gorras tejidas y las lanzas brillantes al sol. Se miraron de lejos. Los pactos eran frágiles, pero el silencio se respetaba. Solo en la noche, si uno derrochaba confianza, se podía acabar muerto por una flecha humana y no por una mordida.

De regreso en la Alcazaba, Gabriel los saludó con su habitual seriedad. Había reunido a los mayores para decidir cómo organizar la defensa esta semana. —De hoy en adelante, —anunció para todos—, duplicaremos la vigilancia en las murallas sur. Los grupos de Fuengirola han intentado cruzar por allí dos veces en tres días. No vamos a ceder terreno.—

Entre los presentes, una joven morena de voz dura levantó la mano. —Debemos establecer señales con los pueblos de la sierra como acordamos—, dijo. —Con las bengalas verdes sabrán que hay paso seguro.—

Esa fue la clave para sobrevivir en Málaga: la cooperación, a veces tácita, a veces desesperada, entre grupos que antes del fin del mundo solo se habrían mirado de reojo en las colas del supermercado.

Por la tarde, la lluvia fina apareció como un eco lejano de normalidad. Los tejados viejos canalizaban el agua a bidones que luego servían tanto para consumo como para el huerto interior. El huerto era el corazón de la comunidad: allí, los niños y abuelos cultivaban patatas, nísperos y calabazas tras muros altos. Era el único lugar donde la risa volvía, donde la esperanza nacía en brotes verdes bajo la atenta mirada de los vigilantes.

A veces, por la noche, cuando la ciudad se sumía en el silencio, algunos se aventuraban al mirador más alto de la Alcazaba. Desde allí podía verse todo: la gran mancha oscura sobre callejones repletos de escombros, el puerto invadido por la niebla y el mar, tan inmenso como ajeno. Marina subía a menudo, acompañada de Lucía, para contarle historias del viejo mundo.

—¿De verdad había luces en cada casa? —preguntaba la niña, grandeza y asombro en los ojos.

—Sí. Y había música en las calles y gente bailando en la playa toda la noche.

—¿Y los monstruos?

—No, Lucía. Los monstruos llegaron después.

A veces intentaban describir la vida de antes, cuando bastaba cruzar una esquina para encontrarse con un puesto de helados, o cuando el olor del pescaíto frito marcaba la llegada del verano. Ahora, esos recuerdos eran tan borrosos como las luces lejanas de una ciudad perdida.

Pero no todo era derrota. Las alianzas regionales estaban surgiendo, como se había visto en la reunión de septiembre entre los sobrevivientes de Málaga, Vélez y Alhaurín. Compartían semillas, truequeaban herramientas y, sobre todo, información: señalaban con códigos secretos las vías aún transitables, los edificios libres de infectados, las rutas donde el agua era potable. Comunicarse era una victoria. El poder del lenguaje, de una palabra susurrada al oído correcto, salvaba vidas tanto como las flechas.

Lucía crecía entre leyendas, aprendiendo a distinguir la mentira del rumor y el peligro de la prudencia. Samuel le enseñaba a afilar lanzas, Marina a sanar heridas y Gabriel a leer los mapas antiguos, tratando de intuir, entre viejas calles y avenidas desconocidas, el Málaga que podría renacer. Había calor humano en la Alcazaba, fragmentado e inseguro, pero suficiente para que al caer la noche una hoguera clandestina calentara las narraciones de los más viejos, que contaban la historia del mundo y sus finales, para que los niños —nacidos después del colapso— supieran que existió una vez otra forma de vida y de esperanza.

En uno de esos anocheceres, con la tormenta rebotando sobre las tejas de la muralla, una vieja radio militar capta una señal débil. Una voz, en catalán primero y luego en un español entrecortado, informa de la caída de una horda al norte y del restablecimiento de una línea regular de comercio de cereales desde Motril. Los líderes de la Alcazaba se reúnen de inmediato. Hay excitación, pero también miedo: cada nueva apertura, cada viaje, representa tanto la promesa de un futuro como la amenaza de una nueva traición, de otra emboscada, de algún paranoico dispuesto a arrasar todo por agua o comida.

Gabriel toma la decisión: dos exploradores, con cartas selladas en latín aprendido de los viejos manuales de supervivencia, irán a buscar el punto de encuentro relatado por la voz misteriosa. Samuel es uno de ellos. El abrazo de Mariana al despedirse es seco, envuelto en esa mezcla de temor y esperanza que define la vida ahora. La expedición señala la continuidad: aunque sólo una de cada cinco misiones así regresa con éxito, las noticias traídas valen oro. “Si tardáis, os daremos por vivos,” jura Gabriel, como promesa ancestral.

Veinticuatro horas después, Samuel vuelve. Cansado, sudoroso, sin apenas palabras. Pero con una bolsa de cebada y cartas que relatan la existencia de otros refugios: incluso referencias remotas de Cádiz y, todavía más increíbles, la mención de embarcaciones saliendo de Gibraltar.

Ese es el verdadero cambio. A finales de 2026, Málaga no solo sobrevive. Lentamente, sobre sus ruinas y sus cicatrices, aprende a aliarse, a negociar, a confiar. El mar, testigo y barrera, deja de ser sólo límite y amenaza, y vuelve a ser camino y promesa de futuro.

Nadie sabe cuánto durará la frágil paz, ni si algún día volverán los monstruos en grandes hordas o si, poco a poco, el mundo realmente será de aquellos que resisten día tras día. Pero mientras tanto, al menos esa noche, en la Alcazaba, se permite el lujo de soñar: en la escuela recién construida junto a la muralla, los niños copian palabras en pizarras de madera, y una nueva generación aprende a conjugar “futuro”—algo que, hasta hace poco, parecía haberse extinguido para siempre.

Ese es el mayor triunfo de Málaga bajo las estrellas: no el de la victoria total, sino el de volver a imaginar —siquiera por un momento— la vida, la dignidad y la esperanza.

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