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Fragmento:


Carmen y yo nos pegamos a los muros destartalados. Entre la calle y el mar, los zombis acechan, lentos pero incansables. Si notan movimiento, la marea crece en segundos. Doblamos la esquina con cautela, susurrando el código que usamos los cuatro: golpes leves en la tubería cada cinco minutos. Si suena una vez, todo bien; dos veces, hay peligro; tres, huida inmediata.

Duración: 12:27

El eco del hambre: Málaga tras la plaga
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2020

La ciudad de Málaga, ahora irreconocible, tenía otro sonido. Atrás quedaban los ecos de turistas riendo en la Plaza de la Constitución, el bullicio de pescadores comerciando en el puerto, y el interminable vaivén de coches que alguna vez recorrían la Alameda Principal. Málaga era un cadáver en pie como tantos otros, su alma consumida por el hambre, el miedo y ese constante rumor de gruñidos lejanos, mezcla de tormenta y pesadilla.

Era mediados de noviembre. El viento salino se colaba helado entre los huecos de los ventanales destrozados, azotando las fachadas de la Calle Larios donde, hace menos de un año, las luces navideñas eran promesa de esperanza y vida. Ahora, las luces habían muerto para siempre.

Me llamo Mateo Camargo, tengo 32 años y antes fui profesor de historia. Hoy, mi trabajo es sobrevivir.

Supervivencia no era solo esconderse de los zombis —aquí les decíamos los desencarnados o simplemente “Los Hambrientos”— sino también de los vivos. Para entonces, Málaga se dividía entre grupos diminutos que ocupaban escombros, bandas armadas que controlaban el acceso al puerto y a la estación de tren, y los que aún creían en la posibilidad de reconstruir algo parecido a una comunidad. Yo pertenecía a los segundos, aunque cada día dudaba más sobre el sentido de esa elección.

Mi refugio era un antiguo trastero bajo tierra en una urbanización de El Palo, compartido con una arquitecta cincuentona llamada Lucía, su hijo adolescente Adrián y una mujer mayor, Carmen, que había sido enfermera. Habíamos sellado la entrada con mobiliario, sacos de cemento y estanterías apiladas, dejando solo una rendija para airear, otra para vigilar —remojo de ojos y memoria— y un doble acceso por el desagüe, en caso de emergencia. Éramos una de las decenas de células desperdigadas por la Málaga silenciosa.

El día comenzaba persiguiendo el hambre. Despertamos bajo mantas mojadas por la condensación; no hay calefacción, solo el calor de los cuerpos, y ese invierno, inusitadamente severo, se colaba hasta los huesos. Carmen y yo salimos con las primeras luces. Nuestro objetivo, esa mañana, era la farmacia Mena en la Avenida Juan Sebastián Elcano. Había rumores de que aún quedaban cajas de antibióticos, aunque eso significaba atravesar varias manzanas expuestas.

Lucía nos reparte dos cuchillos de cocina. Las armas son escasas; la mayor parte del arsenal está en manos de bandas armadas en La Trinidad o El Perchel. Nosotros tenemos astucia y resignación.

—Si esta vez no hay suerte —dice Lucía, su mano temblando mientras ata el nudo en la mochila de Carmen—, mañana probamos los contenedores detrás de Santuario. Allí han vaciado menos, creo.

Nadie cree nada. Todo es posible y nada seguro.

Carmen y yo nos pegamos a los muros destartalados. Entre la calle y el mar, los zombis acechan, lentos pero incansables. Si notan movimiento, la marea crece en segundos. Doblamos la esquina con cautela, susurrando el código que usamos los cuatro: golpes leves en la tubería cada cinco minutos. Si suena una vez, todo bien; dos veces, hay peligro; tres, huida inmediata.

El sol de noviembre es áspero, desvaído. Escuchamos gemidos apagados desde un apartamento a media calle, donde una sombra deambula incansable, tropezando con los marcos de las ventanas. Aroma a orina y desecho humano llena el aire. Carmen avanza primero, su figura menuda esquiva los cristales rotos. Siempre dije que su edad era una bendición: los zombis sienten el vértigo de la fragilidad, persiguen antes a los jóvenes. Estos muertos, aunque ciegos, no han olvidado el hambre por la carne firme.

Al llegar a la farmacia, jadeamos. La puerta principal, desencajada, gime cuando la empujo despacio. En el interior, los objetos están revueltos, cajas abiertas, frascos rotos. Un calendario marcado en rojo por la farmacéutica —11 de marzo, “primer caso confirmado”— sigue colgado en la pared. Bajo el mostrador, hurgamos con manos febriles. Cualquier cosa sirve: tiritas, vendas, pastillas para la ansiedad.

Un sonido a mis espaldas me sobresalta. Giro y apuntando el cuchillo al vacío, descubro a Carmen hincada entre estanterías. Remueve una caja, saca dos blísters de amoxicilina y me lo enseña. Sonrío sin alegría.

Al regresar, escuchamos un disparo lejano. El eco nos hiela la sangre. No es zombi: son humanos.

Nos movemos deprisa, bordeando el hotel La Chancla, esquivando charcos oscuros de sangre seca. Al doblar la esquina final, veo un grupo extraño: dos adultos armados y una niña pequeña, de pie entre cadáveres. Ninguno parece herido. Cuando nos ven, ambos adultos levantan sus armas improvisadas, palos y una botella rota. Bajo el cuchillo despacio, los saludo.

—De aquí no sacarán nada. —Me adelanto, voz trémula pero firme—. Solo buscamos medicinas.

—Nosotros también —dice la mujer, curtida, edad indefinida—. ¿Sabéis si queda algo en la farmacia?

Carmen, valiente pese a los años, niega con la cabeza.

—Un poco de amoxicilina. Compartimos, si prometéis no seguirnos ni acercaros a nuestro refugio.

Ellos dudan. Ella mira a la niña. Al fin, accede. Nos acercamos lentamente, la desconfianza pesando más que el hambre. Los zombis no saben negociar, pero los humanos sí, y el miedo al otro es igual de mortal.

Esa tarde, ya a salvo, compartimos la penicilina y un trozo de pan seco con la mujer y la niña. Se llaman Ana y Nora. Llevan dos días sin comer más que galletas enmohecidas, carne de lata y agua de la lluvia. Les advertimos que no podemos alojarlas —nuestro refugio apenas sirve para cuatro— pero les señalamos casas vacías donde podrían esconderse y les damos parte de la medicina. No es generosidad, sino supervivencia: cuantas más alianzas, menos riesgos de que nos delaten a una banda o nos vendan por un gramo de azúcar.

Cuando vuelve la noche, Lucía se encarga de tapar la entrada. Adrián, que había pasado el día vigilando por la rendija con unos prismáticos de teatro heredados de su abuelo, nos cuenta que cerca del túnel del tren un grupo armado requisó víveres de otros refugiados. A la distancia, sólo nos llegan ecos —gritos, disparos, luego calma de nuevo, como un mar podrido que nunca deja de reventar las mismas olas.

Cenamos en silencio. Fondeados en la oscuridad, Carmen habla de su hija perdida, convencida de que está en Madrid; Adrián no dice nada, pero llora a veces por las noches. Lucía saca un sobre de cacao y lo mezcla con agua fría, nos reparte un sorbo. Sabe a metal, pero el gesto es calor.

—¿Cuánto más aguantaremos así? —pregunta ella, y nadie responde.

En Málaga, noviembre de 2020 es el mes donde la comida escaseó de verdad. Los supermercados están saqueados desde el verano; farmacias y droguerías han caído una tras otra. El panadero del barrio desapareció después de que destrozaran el horno trasero con una explosión. No hay luz. La última señal de móvil la detectamos una semana atrás: una llamada perdida de un número desconocido, solo ruido al otro lado. Ningún mensaje de socorro, ningún “Estado de excepción”.

Las noches son las peores. Por el puerto, se oyen sirenas lejanas que nadie recuerda haber escuchado antes del fin del mundo. Cuando el viento sopla tierra adentro, los cuerpos amontonados en las calles desprenden un hedor dulzón, y los “Hambrientos” merodean buscando lo imposible.

Surgen rumores todos los días: que en Gibralfaro una banda había levantado una fortaleza, cobrando entrada por protección; que en la estación de autobuses algunos lograron conectar brevemente un generador y vieron televisión, aunque solo estática y líneas blanquecinas; que al otro lado del río Guadalmedina, grupos armados quemaban casas para limpiar áreas y evitar que los muertos se escondieran dentro.

Esa noche, me toca guardia. Miro la calle desde la ranura. Bajo la negrura, las luces de las linternas cortan el aire, como barcos fantasmas a la deriva. Hay zombis, sí, algunos tambaleantes, desorientados, otros más ágiles, desgarrando bolsas de basura o arrastrando ropas de antiguos turistas. Pero, sobre todo, hay silencio. Málaga, la que conocí, se ha ido. En su lugar, un laberinto de miedo, hambre y memoria.

A las cuatro de la madrugada, un estruendo sacude la calle. Un camión, probablemente robado del polígono industrial de Guadalhorce, recorre el asfalto despacio, con faros improvisados. Varios hombres armados bajan, gritando órdenes. Se rumorea que esa banda controla la distribución de agua del acuífero subterráneo junto al puerto. Los vemos irrumpir en una casa, escuchamos disparos, luego chillidos. Los muertos, atraídos por el sonido, convergen como ratas. Los saqueadores salen corriendo, dejando a dos de los suyos detrás. Los vemos caer al suelo y, en minutos, ser devorados.

En algún rincón, sé que Lucía y Carmen han visto la misma escena decenas de veces. Adrián, dormido, remueve entre sueños el único libro que le queda: Las aventuras de Tintín, con las esquinas ya roídas por el uso y la humedad. Le prometí que, cuando todo pase —si es que pasa— aprendería a surcar el mar, construir un velero y navegar lejos, hasta “donde no lleguen los Hambrientos”. El chico sonríe, pero en sus ojos está el cansancio de quien nunca ha tenido juventud.

Me permito un momento, una pregunta absurda: ¿qué habría escrito Cánovas del Castillo, que nació en esta ciudad, si hubiera visto Málaga hoy? ¿Hablaría de resistencia, de épica? ¿O solo de muerte?

Las semanas pasan. Cada jornada es igual de dura que la anterior; otras tantas veces creemos que es el final. La rutina es una letanía: salir, buscar, negociar, temer. Un día, un grupo intenta robarnos. Son otros supervivientes, dos hombres harapientos con machetes. Les grito que tenemos a enfermos de la plaga; retroceden, todavía creen que el contagio es posible entre los vivos. No sé si reír o llorar. La desesperación es, en última instancia, el mejor escudo.

El invierno nos regala un respiro inesperado en diciembre: varias noches de frío intenso ralentizan a los zombis y, haciendo acopio de valor, forzamos la entrada de una vivienda abandonada. Hallamos allí maletas llenas de ropa, algunos potes de conserva y, lo más valioso, una radio de baterías. No logramos sintonizar nada salvo ruido blanco, pero Lucía insiste en esperar cada noche a las doce, “por si hay una señal”.

Nuestros rostros reflejan lo que queda de humanidad: arrugas nuevas, miradas cetrinas, ojeras profundas. Cuando comes mal durante semanas, los sentidos se agudizan para el peligro, pero se duermen para la alegría. No hay música. Hay, eso sí, un cierto sentido de familia forjada en la ruina.

Nuestros nombres importan, aunque nadie más los recuerde.

Málaga sobrevive. Nosotros sobrevivimos. Entre el hambre, el miedo y la muerte, mantenemos una chispa encendida: aprendernos cada día los nombres de las calles, inventar nuevas rutas de huida, memorizar los sonidos y los olores —de pan quemado, de sal y acero, de cuerpos y mar— para que, si un día regresa el mundo, podamos contárselo a alguien.

Esa es ahora la batalla: resistir un día más. No permitir que el olvido gane. Y aunque sé que al abrir la rendija cada mañana puedo ver mi propia muerte viniendo desde el mar —camuflada entre los desencarnados o bajo un chubasquero de un saqueador—, elijo seguir.

A pesar de todo, aún queda esperanza: el eco de una ciudad arruinada, el murmullo del mar, el susurro de los vivos negándose a desaparecer.

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