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Portada del relato Sobre las Aguas Silenciosas de la Alcazaba
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Fragmento:


—Nada útil. Solo interferencias. Tal vez, en algún sitio, alguien todavía está transmitiendo, pero no desde aquí.

Duración: 10:45

Sobre las Aguas Silenciosas de la Alcazaba
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Texto de ajuste de pausa.

18 de diciembre de 2020

El aire era cortante, seco como el aliento contenido de los supervivientes. Desde lo alto de la Alcazaba, Juan podía ver el mar rompiendo contra los restos oxidados de barcos varados en el puerto, siluetas vacías donde antes se apretujaban los cruceristas y los turistas de ciudad. Ahora, ningún turista asomaría por la avenida Antonio Machado. Ni colores, ni bullicio, ni filas de maletas rodando sobre las baldosas. Solo la niebla helada de un diciembre sin Navidad, un frío extraño que parecía venir menos del viento marino que de las ventanas oscurecidas y las alamedas vacías.

Juan comprobó, una vez más, la pequeña radio de onda corta que colgaba de su cinturón. Electrónica militar reutilizada, nueces y una linterna de dinamo colgaban de la misma cuerda. La radio jadeó, repitió estáticos chirridos, pero ninguna voz le respondía desde la otra estación. La frecuencia militar se mantenía en silencio desde hacía ya cinco días, y ahora las ondas solo traían el rumor de ruidos distantes: a veces balbuceos en ruso, a veces el idioma secreto de los muertos, ese arrastrar de pies que, según decían los más religiosos, era como el rumor de un infierno caminante.

Bajó las murallas. El grupo que protegía la Alcazaba estaba formado por tan solo diecisiete almas, contando a Lucía, que apenas tenía quince años y custodiaba la entrada más baja con una ballesta hecha de piezas de persiana. Los antiguos accesos turísticos permanecían tapiados desde principios de octubre. Solo el pequeño huerto de la ladera suministraba algo de alimento fresco, pero tras dos heladas sucesivas en el mes, ya ni las patatas aguantarían mucho más.

Avanzó con cautela por el camino de piedra. Uno nunca sabía qué podía venir del túnel del Gibralfaro. Cualquier sombra podía ser un superviviente desesperado, un saqueador solitario o, peor, alguno de esos infectados que a veces, por puro azar, lograban escalar hasta la muralla. No eran rápidos, pero el frío no los mataba; simplemente los ralentizaba, congelando sus gestos infectos en una coreografía grotesca, como pájaros cubiertos de escarcha.

—¿Has oído algo, Juan? —susurró Marcos, apartándose de la zona principal donde la sardina sagrada del espeto, pintada años atrás por turistas, ahora era casi ilegible.

—Nada útil. Solo interferencias. Tal vez, en algún sitio, alguien todavía está transmitiendo, pero no desde aquí.

Marcos asintió. Era uno de los más antiguos del grupo, un hombre cuyo acento delataba raíces granadinas pero que, como muchos otros, había terminado en Málaga cuando la peste cortó las comunicaciones entre ciudades. No recordaba cómo había sido el primer brote, ni siquiera si había oído la alarma a tiempo. Pero sabía organizar guardias, sabía contar historias sobre la Guerra Civil —como si el horror de los muertos caminantes pudiese confrontarse con los fantasmas de la vieja España—.

El grupo, disperso, recogía las últimas hojas secas de los naranjos, cartones y trozos de sillas para alimentar las hogueras. Dentro de la Alcazaba, en una pequeña estancia que otrora fue almacén de herramientas arqueológicas, ahora dormían ocho personas. Los demás preferían las alturas: sentían más seguridad bajo las estrellas azules, rodeados por la piedra milenaria.

Aquella noche, el frío apretó. Juan encontró a Lucía acomodada sobre un saco de mantas húmedas, su aliento formando nubes finas en la oscuridad. Ella sujetaba la ballesta pero no tenía flechas: las últimas las habían gastado la semana anterior, cuando un pequeño grupo de no-muertos intentó trepar los muros tras oler el humo de la leña.

—Lucía, intenta dormir un poco.

—No puedo. —Sus ojos oscuros se clavaron en el vacío—. Tengo miedo a que no despertemos. Mamá también decía eso antes de… bueno, antes.

Juan asentó. Ya nadie preguntaba por los padres, y ningún adulto se atrevía a prometer nada.

—¿Crees que el invierno matará a los zombis? —preguntó ella.

—No lo sé. Los de las zonas frías parecen detenerse, sí. Pero no sé si 'morir' sería la palabra exacta. Quizá solo esperan, como piedras.

Un silencio. Lucía se movió bajo la manta, se acercó un poco.

—¿Tú viste la ciudad antes? —preguntó.

Juan sonrió, aunque sin calor.

—Sí, la vi llena. Feria en agosto, cabalgatas en la Alameda, museos atestados. La vi viva, y ahora… ahora está como una tumba bajo el mar.

A lo lejos, un rugido. No era humano: más bien el estrépito de un cajón de basura cediendo, o el aullido de algún perro salvaje que aún se aferraba a la vida entre el cemento roto. Juan encendió la linterna. El haz recortó siluetas extrañas en la noche. Pero no vio movimiento. Solo el reflejo lejano del agua en la fuente, esa fuente inservible que durante meses, tras los primeros apagones y heladas, aún brotaba, como si el agua pudiese ignorar el fin del mundo.

Esa noche durmió mal. Soñó con la calle Larios iluminada, con una lluvia de confeti y niños corriendo hacia los Reyes Magos, pero los rostros de los niños en el sueño estaban blancos y vacíos; cuando las carrozas cruzaban la rotonda, lanzaban caramelos envenenados. Al despertarse, el mal sueño persistía: ya no era posible distinguir la pesadilla de la vigilia.

Al amanecer, Rubén —el chico del Palo— le informó de que habían visto movimiento en el muelle. Juan se deslizó por las escaleras de piedra, tapándose el rostro con una bufanda mugrienta; el olor de los muertos llegaba a veces desde el puerto, arrastrado por el levante. A través de unos prismáticos medio rajados pudo distinguir formas humanas entre los contenedores del Puerto de Málaga, mucho más erguidas y rápidas que los infectados congelados.

—¿Vivos? —susurró Lucía, que se asomó con los nervios tensos.

—Puede ser. —Juan dudó—. Pero podrían ser saqueadores.

No había manera de saberlo. Los verdaderos muertos caminaban solos, desorganizados, arrastrando pies. Los vivos iban en grupo, con cautela: el miedo era la rutina, y los encuentros entre humanos a menudo eran más letales que los encuentros con el enemigo común. Los saqueadores, hambrientos y armados, habían asaltado dos veces la Alcazaba durante el otoño. Una vez lograron defenderse. La otra, perdieron al viejo Andrés.

Juan decidió esperar. Ordenó doble guardia, y a Rubén le ordenó vigilar la Plaza de Toros desde la esquina de Gibralfaro. Si eran hostiles, al menor signo harían sonar la campanilla y huirían hacia las galerías más profundas. No resistirían mucho, pero tampoco podían arriesgarse: el grupo, debilitado por el frío y la escasez, tenía más posibilidades de morir de hambre que de un mordisco de aquellos seres malditos.

Esa tarde descendieron al centro. Lo hacían solo bajo la mayor necesidad: buscar algo de comida, medicamentos, leña… o, como en esta ocasión, los milagros perdidos de algún supermercado antiguo. Cruzaron la Plaza de la Merced en silencio. El monumento a Torrijos estaba cubierto por escombros y graffitis, palabras desesperadas garabateadas con spray negro: “Resistid”, “Prohibido rendirse”, “Dios nos ve”. Nadie barría ya los restos de los árboles caídos.

En la farmacia de la calle Victoria, los estantes estaban casi vacíos, pero en la rebotica, entre cajones volcados, Marcos encontró una caja de analgésicos que celebraron como si fuese oro puro. En la trastienda, aún colgaba un poster de Semana Santa, con nazarenos en procesión. A Lucía le causó una punzada extraña, y se quedó mirándolo unos segundos, tal vez recordando algún año en que su familia salía a ver las procesiones.

El regreso fue aún más peligroso. Al doblar por la Aduana, vieron dos cuerpos. Uno era inconfundible: infectado, todavía movía un brazo helado, la carne azulada y rígida como si fuese de yeso. El otro, que parecía dormido sobre el mármol, era un adolescente. Unas latas vacías a sus pies. Había muerto, probablemente, de inanición o frío. Como muchos otros.

—No podemos cargar con él —susurró Juan, más para sí mismo que para los demás. Pero Lucía se arrodilló, rezó un Padrenuestro tartamudo y le puso una pequeña ficha de dominó en la mano. Era su costumbre: cada vez que encontraba un cuerpo humano no infectado, dejaba un objeto, como si con ello pudiera devolverle una pizca de dignidad o, quién sabe, convencer a Dios de que aún quedaban vivos capaces de compasión.

La tarde caía con premura invernal. Ascendieron rápido, las piernas entumecidas, el terror acechante. La Alcazaba brillaba con la luz anaranjada de la última hoguera. Era señal de que todo seguía en orden, de momento.

Tras la cena —apenas cáscaras de naranja y un trozo de pan mohoso—, los ánimos estaban bajos. Alguien propuso contar historias, como las noches del Gran Apagón. Aquellas historias se repetían: mitos de sobrevivientes que cruzaron desde Nerja hasta el puerto, leyendas de laboratorios militares ocultos en las sierras, rumores de un barco aún anclado en Melilla esperando rescatar a los que poseyeran la frecuencia correcta para establecer contacto.

Cuando cayó la noche, Lucía preguntó —como cada noche— si podrían sobrevivir hasta la primavera.

Juan la miró largo rato. Quiso prometerle algo, pero sabía que el invierno aún no estaba en su peor momento. Las provisiones eran pocas, y la ciudad seguía infestada: los cadáveres de los zombis se amontonaban en las calles, y si los humanos no morían de frío o hambre, podrían hacerlo si ponían un pie fuera del muro en el momento equivocado.

—Solo podemos intentarlo —le dijo finalmente—. Cada día es un triunfo. Cada día que amanecemos juntos, cada noche que dormimos dentro de la muralla.

Se quedó pensando, mirando por la ventana a las luces tenues del puerto, preguntándose si aún existía el mundo fuera de Málaga, si aquellos destellos lejanos eran de humanos o de muertos, si la radio volvería a crepitar trayendo la voz de otra Alcazaba, remota y esperanzada.

Afuera, el viento arrastraba ceniza y olor a mar. La ciudad temblaba, la humanidad se asía a los muros como a una balsa a la deriva. Pero aquella noche, en la inexpugnable fortaleza sobre Málaga, al menos diecisiete personas seguían resistiendo, negándose a ser parte de la desolación silenciosa que desde hacía meses envolvía al mundo.

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