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Portada del relato El hambre bajo la Alcazaba
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Fragmento:


Málaga, tan multicolor y ruidosa antaño, era ahora un silencio espectral. Las campanas de la catedral ya no marcaban las horas, y los relojes digitales hace semanas que murieron, pero Claudia aún podía calcular la hora según la luz tenue que apenas se colaba entre los muros ennegrecidos. Era mediodía, más o menos. Tres días atrás, una nevada había cubierto de blanco la cima de los Montes, algo rarísimo; y eso era una bendición y una maldición, porque el frío calaba los huesos y los muertos parecían menos activos, pero a la vez los últimos suministros escaseaban y nadie quería arriesgarse a largas caminatas debajo de un cielo helado, con la amenaza de cruzarse con alguna de esas hordas cansinas pero letales.

Duración: 12:51

El hambre bajo la Alcazaba
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Texto de ajuste de pausa.

14 de diciembre de 2020

El frío se había vuelto tan real como el miedo. En Málaga, donde rara vez el invierno pesa, ahora dolía. Dolía porque el calor de las calles se había evaporado, los cristales rotos de los bares de la Malagueta no ofrecían refugio, y hasta la brisa marina traía ese olor penetrante, mezcla de putrefacción y salitre, que nadie lograba olvidar. El puerto estaba silencioso y muerto, salvo por el lamento de las gaviotas, que también buscaban entre los despojos lo que quedaba por robar de los barcos fantasma que nunca más zarparían. Quien hubiera adivinado que los jubilados alemanes serían de los primeros, o que los ojos se volverían pronto al cerro, a la antigua Alcazaba, en busca de respuestas, o de una simple tregua en ese asedio infernal.

Hasta septiembre, los pocos resistentes habían optimistamente pensado en salvar algo, organizarse, resistir. Pero noviembre, lluvioso y cruel, había barrido las ilusiones: por cada humano que moría de hambre o frío, tres se levantaban como esas cosas, famélicas, errantes y cada vez más agresivas, a deambular en círculos, tropezando en las aceras, incapaces de entender nada salvo esa pulsión irrefrenable de atacar, desgarrar, devorar.

Claudia contemplaba la Plaza de la Merced desde una ventana del tercer piso. El edificio había sido saqueado tantas veces que apenas quedaban cortinas, ni muebles útiles. Varios cadáveres yacían en los rellanos, a medio devorar. Los suyos, por suerte, estaban abajo, dos pisos por debajo de ella, hacinados en el diminuto patio trasero que apenas servía ahora para almacenar las pocas morcillas, pan duro y latas de melocotón que habían logrado reunir a lo largo de finales de octubre y noviembre. Hasta dos días antes, Pablo se encargaba de la vigilancia nocturna, pero Pablo ya no estaba, una maldita salida en busca de leña por el parque de San Telmo había acabado en gritos, carreras, mordidas.

Málaga, tan multicolor y ruidosa antaño, era ahora un silencio espectral. Las campanas de la catedral ya no marcaban las horas, y los relojes digitales hace semanas que murieron, pero Claudia aún podía calcular la hora según la luz tenue que apenas se colaba entre los muros ennegrecidos. Era mediodía, más o menos. Tres días atrás, una nevada había cubierto de blanco la cima de los Montes, algo rarísimo; y eso era una bendición y una maldición, porque el frío calaba los huesos y los muertos parecían menos activos, pero a la vez los últimos suministros escaseaban y nadie quería arriesgarse a largas caminatas debajo de un cielo helado, con la amenaza de cruzarse con alguna de esas hordas cansinas pero letales.

A su grupo le quedaban apenas ocho personas: Nuria, la farmacéutica, que a estas alturas más bien era la madre de todos, cosía, cocinaba, incluso intentaba sonreír. Luis y Rafa, antiguos funcionarios del Ayuntamiento, que ahora sabían forzar puertas y buscar en sótanos y azoteas. Sonia y el pequeño Óscar, que no pasaba de los nueve años pero era ágil como un lagarto. Y luego estaba Samuel, el silencioso, un nigeriano enorme cuya única palabra en español —“sí”— se había convertido en un chiste recurrente y cruel. Los otros dos, Inés y Manolo, apenas hablaban ahora. Parecían envejecidos diez años desde el verano.

En el patio, bajo una lona improvisada, Nuria cocinaba la última sopa de lentejas, usando agua recogida de la lluvia y la leña de un viejo cabecero de cama destrozado. Mientras, Claudia repasaba mentalmente las rutas de escape: la calle Carretería ya no era viable, tras el derrumbe de la peluquería; la plaza de la Constitución, infestada. Solo quedaba ir hacia Gibralfaro, a través del laberinto de callejones que zigzaguean entre el Teatro Romano y la Alcazaba. Pero esas calles, a pesar de estar medio vacías, transmitían algo peor: el eco de los gritos, el recuerdo del caos, la sospecha de ojos que aún acechaban en la penumbra.

Aquel día no hubo asamblea. Nadie quería hablar de estrategia, ni del “día después”. Nuria bajó con la sopa, repartió apenas media tacita para cada uno. Óscar miró el cuenco con expresión resignada; ya no preguntaba por su madre, que seguramente yacía donde los bomberos del El Palo la habían intentado rescatar sin éxito. Inés, que había sido maestra, hojeaba un libro mojado, dibujando letras invisibles con el dedo en el aire, como si fuera una cita secreta con otra vida. Manolo miraba la pared, ausente.

La tensión llegó con algo tan tonto como unos pasos. Al principio, parecían pisadas blandas, desganadas, como si un grupo de turistas con resaca intentara regresar a sus hoteles. Pero el ritmo era errático y, poco a poco, se convertía en un arrastre pastoso. Claudia vio a Samuel moverse, posar la oreja contra el muro. El nigeriano hizo un gesto: dos, no más de tres. Ella agarró el cuchillo de cocina y se asomó por la rendija de la puerta. La calle estaba vacía… no, no estaba: dos figuras, un hombre y una mujer, avanzaban vacilantes, con la ropa empapada y mordisqueada, sangre seca en el pecho. Uno tenía aún la pulsera de hospital. El típico andar arrítmico, la cabeza inclinada. Zombis. No eran muchos, pero, en el silencio del invierno, cada paso zombi sonaba como un cañonazo.

Luis, que hasta hacía dos meses era incapaz de matar una cucaracha, ya sabía qué hacer. Armados con lo que había, abrieron la puerta, veloces y coordinados. Samuel empujó el primero, Claudia decapitó a la mujer; el hombre cayó tras un golpe torpe de Manolo. Todo fue rápido, profesional. Ya lucían como cazadores, no como civiles derrotados.

—Limpiar, rápido —ordenó Manolo.

La sangre, mezclada con agua de lluvia, formaba charquitos oscuros. Rafa arrastró los cuerpos al callejón trasero, donde el hedor no podría ser peor que el de los cubos de basura en descomposición que nadie recogía desde agosto. Nuria cubrió las bocas de los niños. Ya sabían que era necesario, ya nadie apartaba la vista, pero los más jóvenes seguían palideciendo.

Fue entonces cuando Claudia vio la mochila que colgaba de uno de los zombis. Mojo, sí, y maloliente, pero intacta. Contenía una barra de pan casi fresca (alguien había horneado hacía muy poco), varias latas de atún en escabeche (oro puro) y una caja grande de medicamentos varios. Narcóticos, paracetamol, algunas jeringuillas. Nuria soltó un sollozo nada disimulado. Aquello era, para Claudia, la extrañeza total: ya no lloraban por muertos ni por el terror, lloraban por un puñado de analgésicos caducados.

La pregunta inevitable no tardó: ¿quién había horneado el pan, de dónde venían esos zombis? Durante la noche, mientras el viento batía los postigos, Luis y Rafa, incapaces de dormir, debatían en voz baja.

—Son del hospital civil. Allí quedan vivos —dijo Luis.

—O de la Trinidad, puede que alguno hornee aún —insistió Rafa.

—¿Y si hay un grupo grande? ¿Y si hay niños?

—No podemos arriesgarnos a más, bastante con nosotros.

A la mañana siguiente, Claudia fue la primera en decidir: irían a buscar al origen del pan. No era una decisión, era una condena. Ya no había otra salida. Si no se movían, morirían de frío o hambre. Sonia, pese a su miedo, también estuvo de acuerdo. Luis se armó con un palo de golf rescatado de la casa de un inglés en Pedregalejo. Samuel cargó a Óscar en hombros, el niño no protestó: ambos parecían disfrutar secretamente de esa tarea de exploradores, como si, al menos por unas horas, fueran otros niños jugando a buscar un tesoro en vez de huir de la muerte. Nuria les ató pañuelos a la cara, por el olor, por el frío, por todo.

Callejeando por la vieja ciudad, tomaron rutas impensables meses antes: azoteas, patios traseros, escaleras carcomidas; evitaron calles abiertas y avenidas, pues a menudo allí sonaban los lamentos más graves, los verdaderos problemas. Llegaron hasta la Pastelería La Canasta. Allí, tras la verja de hierro, hubo vida: una silueta, un viejo panadero armado con un hacha, cuatro mujeres y dos perros flacos, casi transparentes por el hambre. Al principio, desconfianza total. El panadero apenas abría la boca, las mujeres tampoco. Pero los niños, como solo los niños pueden, empezaron a hablar, y lo demás fluyó.

El trato fue simple: dos latas de atún y la medicina a cambio de pan fresco, quizá de algo de manteca, algunos dulces que aún resistían sin ponerse rancios. El viejo panadero, don Emilio, explicó su método: había horneado con leña de muebles viejos, robada de pisos abandonados por el centro; solo podía hacerlo cada tres o cuatro días, y a veces la masa la preparaba a oscuras, con agua que arrastraba algún sabor a hierro. Pero era pan, pan de verdad, y eso transformaba lo imposible en posible.

Claudia y Nuria regresaron corriendo casi felices. Al día siguiente, repitieron la operación, organizando turnos y señales con los pocos que quedaban en los portales vecinos. Como un hormiguero humano, la pequeña comunidad fue extendiendo el comercio, intercambiando lo poco que había: un libro infantil, una navaja rota, tres pilas gastadas, un abrigo de segunda mano. Los zombis, en esos días fríos, ralentizaban los movimientos y apenas atacaban: parecían ecos de un antiguo terror. Por una semana, el miedo cedió al trueque.

No todo era felicidad, claro. Al tercer día, un grupo de saqueadores irrumpió en la plaza, buscando armas, buscando cualquier cosa. Eran cuatro, apenas armados con hierros y palos, pero iban dispuestos a matar. Claudia y Luis lograron esconderse en la cocina junto con Óscar, pero oyeron los gritos, los golpes, el rechinar de la vieja puerta. Samuel salió armado con el hacha, seguido por Nuria, y lograron repeler a los invasores a costa de la herida en el brazo de Samuel. Los saqueadores fueron devorados minutos después en la calle por un grupo de zombis que, alertados por el escándalo, llegaron como una tromba. Las lecciones eran inmediatas y crueles: no confiar, no dejar de vigilar, no dejar nunca la puerta abierta.

Las noches de diciembre se acompañaban de historias bajo una vela. Se hablaba de quienes habían visto las luces del faro del puerto titilar (¿otra comunidad allá, otro grupo luchando contra la oscuridad?) o de una caravana que guiaba burros por la carretera a Vélez, intercambiando sal y pescado por pan duro. Óscar fantaseaba con verlos y escapar, pero Sonia siempre le recordaba que Málaga era su casa y si la abandonaban, nunca la recuperarían. De vez en cuando, algún zombi solitario, atrapado por el frío y el hielo, se acercaba al portal. Los subían a la azotea, los dejaban congelarse allá arriba, lejos de la vista de los niños.

El invierno avanzó entre angustias. Cuando, una mañana, las nubes por fin dieron paso a la luz dorada, y el aire olió (¡aunque fuera por un instante!) no a muerte sino a pan tostándose y leña quemándose, Claudia lloró sin vergüenza. En la Alcazaba, según los rumores, otros grupos empezaban a fortificarse. Nuria soñaba con llegar allí: “Las murallas antiguas siempre han protegido Málaga”, decía como un mantra. Sonia, en cambio, prefería quedarse en la ciudad baja. “Aquí tenemos historias, aquí tenemos fantasmas, pero también recuerdos”.

El hambre siguía apretando, el frío continuaba, pero por primera vez en meses, la promesa del pan —ese objeto sagrado, cotidiano y milagroso— traía consigo la sensación de resistencia y de futuro. No sabían si sobrevivirían al siguiente mes, ni si los zombis serían menos o más, pero sí sabían esto: la solidaridad, el instinto de ayuda, el trueque y la paciencia, eran muros tan fuertes como las piedras de la Alcazaba. Cuando, desde la azotea, vieron a lo lejos una nueva pequeña columna de humo junto al Cementerio Inglés, supieron que no estaban solos. Contra todos los pronósticos, incluso en una Málaga muerta de frío y hambre, todavía nacía la esperanza.

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