Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato Las Últimas Llamadas desde El Palo
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Fragmento:


—¿Luis, cuántos crees esta vez? —susurró Ana sin dejar de mirar el humo.

Duración: 11:16

Las Últimas Llamadas desde El Palo
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Texto de ajuste de pausa.

20 de noviembre de 2024

La bruma de la mañana caía densa sobre Málaga, difuminando los edificios abandonados y amortiguando el murmullo lejano del Mediterráneo. En el puerto, donde antes bullía el turismo y las mercancías, solo quedaban los cascos oxidados de unos pocos barcos, la mayoría semienterrados en algas o con la cubierta astillada. En la Plaza de la Merced, un improvisado mercado fortificado surgía una vez cada dos semanas: tenía vallas de obra, carromatos de caballos roídos y hombres armados en los accesos, todos con miradas cansadas y nerviosas. Eran las ferias del intercambio, el mecanismo vital que mantenía con vida a los centenares –quizá más– de personas que quedaban en la Costa del Sol.

Esta era la ciudad de Luis Carrasco, tan distinta de la que recordaba. El viejo periodista, ahora en la cincuentena, nunca pensó que llegaría a ver el día en que Málaga se convirtiera en fortaleza y la gente mirara las sierras y el mar con más miedo que esperanza. Caminaba por la Alcazaba, cerca de la entrada vigilada, con una bolsa de arpillera colgada a la espalda y un rifle restaurado en posición de descanso. Las piedras, miles de años viejas, seguían en pie. Eso le daba ánimos.

Se detuvo al ver una señal de humo surgiendo en la zona de El Ejido, tras la universidad derruida. Una banderola blanca asomaba y, con ella, la certeza de que llegaban más supervivientes. Siempre era un acontecimiento. Málaga era ahora una ciudad de muros y puertas cerradas, donde los recién llegados debían ser desarmados y sometidos a cuarentena, y no solo por la amenaza zombie, sino por la aún más real del hombre desesperado.

En el mirador de Gibralfaro, convertido en puesto de observación y señales, esperaba Ana Rodríguez, una de las líderes de la comunidad fortificada. Era menuda y llevaba ropas remendadas, pero el revólver en el cinto y la cicatriz en la mejilla obligaban a respetarla. Junto a ella, los vigías rotaban los prismáticos viejos de mano en mano, escrutando el horizonte y comunicando con banderas o simples gritos cualquier movimiento alrededor de la muralla improvisada.

—¿Luis, cuántos crees esta vez? —susurró Ana sin dejar de mirar el humo.

Él se encogió de hombros.

—No pueden ser muchos. Nadie sobrevive en los barrios del oeste más de un día. Pero traerán noticias, seguro —expresó, y recordó la última vez que entró alguien desde el Puerto de la Torre: dos niños desnutridos y su madre —muerta a medio camino, por el frío—, que acabaron acogidos en el viejo hospital Civil, donde se concentraba ahora la escasa medicina.

Aquello le pesaba. Hacía años que no escribía crónicas, pero seguía anotando en un cuaderno, casi una superstición. Lo sacó un momento y escribió:

“20/11/2024 — Nueva columna de humo desde El Ejido. Tensión. Se escuchan disparos esporádicos en la zona de la antigua comisaría…”

El mercado de la Merced estaba en pleno flujo pese a la niebla. Pescadores improvisados, que se jugaban la vida cada amanecer entre zombies costeros y saqueadores, traían sardinas y bogavantes: la pesca había regresado a lo ancestral, lanzando redes y arpones sin motor ni luz. Otros ofrecían cebada crecida en terrazas elevadas, a salvo de plagas y de los monstruos; algún huerto escondido en las terrazas más altas. El producto más codiciado era la pólvora artesanal, embotellada en tarros de mermelada y escrita a mano: “mezcla fuerte, 3 disparos por frasco”.

Pero era el trueque de medicinas el que dominaba el encuentro. El último médico, un gallego expatriado llamado Casamayo, estaba sentado entre cajas de antibióticos mohosos, revisando llagas, gripes y los siempre temidos mordiscos. Solo en Málaga se había conseguido una cierta estabilidad: ya controlaban a los infectados en la mayor parte de la zona amurallada, y las patrullas podían entrar al casco histórico desde Trinidad hasta los viejos Baños del Carmen. El verdadero terror llegaba con el ocaso, cuando las hordas del extrarradio, envalentonadas, descendían hacia el centro.

Esa mañana, la novedad era un cargamento de sal, traído en burros por un grupo venido de Vélez. Luis miró fascinado la llegada de los animales, y el bullicio que se formó en torno al trueque. Desde su bolsillo, notó vibrar el viejo intercomunicador militar, uno de los pocos que quedaban funcionando.

—Atención, base. Movimiento confirmando en El Ejido. Cinco, repito, cinco figuras acercándose por calle Victoria. Alerta roja —la voz era de un adolescente, uno de los mensajeros más valientes de la ciudad, operando desde lo alto de la torre de la catedral.

—Entendido, Barba. Patrulla sur lista —contestó Ana, quien ya organizaba a dos voluntarios para interceptar a los recién llegados.

Luis decidió unirse a la patrulla de inmediato. Sabía que nunca se podía estar seguro de la procedencia o intenciones de los recién llegados. El recuerdo de una incursión anterior —un grupo que resultó estar infectado y desató una pequeña masacre— seguía sangrando en la memoria de todos.

Caminaron entre ruinas silentes, pasando mogotes de muebles apilados para bloquear accesos y coches reventados convertidos en barricadas. El aire olía a leña y a algo menos grato, rancio, mezcla de podredumbre y miedo. Pronto, divisaron a los cinco. Uno caminaba con dificultad, cojeando. Llevaban mochilas y bandanas blancas en señal de paz.

—¡Deteneos! ¡Dejad las mochilas y levantad las manos! — gritó Ana con autoridad.

Los forasteros obedecieron. Una vez revisados, se comprobó que eran una familia: madre, dos hijos adolescentes, el padre y una abuela muy anciana, piel quemada de sol. Todos parecían deshidratados y andaban con las ropas remendadas hasta la extenuación.

El padre, fornido y con barba de seis meses, habló primero.

—Venimos de Antequera. Arrasaron la estación; los muertos entraron de noche. Malagueños buenos, ¿tenéis refugio? Traemos algo para intercambiar —y alzó una pequeña bolsa con lo que resultaron ser semillas, feas y descascarilladas, pero semillas al fin y al cabo.

Aquello causó un revuelo. Las semillas eran ahora tan valiosas como las balas. Sembrar era el verdadero poder de cada comunidad, lo que permitía sobrevivir el invierno y, quizá, dominar la primavera.

Se los llevó directos a la capilla de la Victoria, convertida en enfermería. Por rutina, todos los que entraban pasaban las primeras 24 horas allí, para descartar síntomas de la infección y de la desesperación: no era raro que algunos fingieran estar cuerdos solo para robar o asesinar por la noche.

Por la tarde, en el mercado, la noticia de las semillas se extendió como el rumor de una posible temporada de frutas frescas. A cambio del refugio, la familia de Antequera entregó parte de su pequeño tesoro y recibieron comida caliente y caldos de pescado. Y sorbieron, entre lágrimas, hasta la última miga.

Luis, que había acompañado a Ana, presenció la celebración sobria: entre los presentes, algunos antiguos funcionarios municipales, ahora convertidos en organizadores del suministro y defensa, discutían cómo racionar y plantar. Había quien proponía reabrir los jardines de la Concepción, ya medio limpiados de muertos, para empezar una plantación mayor.

—Allí hay tierra buena —comentó uno de los horticultores, un exprofesor de biología de la Universidad de Málaga, que ahora lucía las manos ajadas de tanto cavar—. Llevaré a los nuevos allí en cuanto se recuperen.

Mientras tanto, el mar seguía golpeando la costa. Desde los miradores de Larios, se divisaban a lo lejos las viejas grúas del puerto, ahora torcidas como esqueletos. Pero la amenaza estaba más cerca. A medianoche, una columna de saqueadores trató de abrir brecha en la barrera del puente de Tetuán. La alarma saltó rápido, y las campanas de la Catedral, reconstruidas parcialmente, repicaron siguiendo el código de emergencia que todos conocían: tres golpes largos, pausa, dos cortos.

Luis se unió a la defensa. La escaramuza fue breve pero intensa: los saqueadores, exiliados de alguna banda del extrarradio, intentaron prender fuego a la barricada de palés. Se repelió el ataque a tiros, pero uno de los vigías fue herido en la pierna y tuvo que ser retirado en un carro improvisado. La familia de Antequera pasó su primera noche escuchando el fragor de los disparos y las voces luchando por sobrevivir.

Cuando amaneció, y la niebla se iba disipando, Luis subió de nuevo a Gibralfaro. Desde allí, Málaga parecía un animal herido, pero todavía vivo: las casas encaladas resistiendo en las lomas, las hileras de barricadas y los huertos ensayando el milagro de la cosecha.

Ana, la líder, se le acercó, limpiando la pólvora de las manos.

—¿Alguna vez pensaste vivir esto? —le preguntó, mirando la ciudad dispersa, iluminada ahora por un sol invernal frío.

Luis negó con la cabeza y, por un momento, imaginó el sonido de las olas cuando era niño, los acordes del Festival de Jazz, los turistas mareando por la Alameda. Ahora, solo el silencio y, en ocasiones, el repiqueteo fugaz de la esperanza.

—Sobrevivimos. Cuando el mundo caía, Málaga quedó. Somos pocos, pero estamos aquí —respondió con una media sonrisa, sacando su diario para anotar.

La emisora militar, instalada en la cripta de la catedral, zumbó. Una voz crepitó entre estática: era un mensaje de Granada, breve pero claro.

—Aquí Sierra Nevada. Han caído las últimas hordas. Solicitamos intercambio de semillas y pólvora. Respondan, Málaga… Cambio.

El mercado estalló en murmullos. Era la primera noticia en meses de otro enclave humano al este. Quizá era el inicio de algo más grande, alianzas, comercio, una red renacida sobre las ruinas.

Luis anotó, con letra temblorosa:

“Hoy, parece —por fin— que el mundo, diminuto y renacido, comienza a respirar. Málaga resiste. Granada responde. Puede que no estemos solos.”

La luz dorada de la tarde resbalaba por los jardines de la Concepción, ahora convertidos en campos de batalla moticultivos. Los niños, pocos y vigilados, jugaban a recolectar hojas y sostener carteles de advertencia sobre los caminos limpios de zombies. Una generación había nacido bajo el yugo del miedo y las armas, pero ya se vislumbraba en sus juegos la rebeldía de quien anhela reconstruir.

Cuando el día acabó, y las luces de hogueras parpadeaban en las colinas, Luis se quedó en la muralla una hora más, observando el mar. Oyó, como un eco remoto, el murmullo de una ciudad antigua que se niega a morir. Y por primera vez, en mucho tiempo, anotó una palabra que creía olvidada: esperanza.

Así resistía Málaga, en el invierno de 2024, entre muertos lentos, vivos despiertos y sueños que no se apagan nunca.

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