Fragmento:
Escribo esto en la buhardilla de un edificio en el Perchel, cerca de la estación de tren. Compartimos el refugio con otros: Manolo, antiguo profesor de primaria; Lucía, enfermera del Clínico; Marta y Miguel, una pareja que arrastró a su hija de cinco años desde Torremolinos a pie; Almudena, jubilada; Iñaki, un vasco varado por la pandemia aquí; y conmigo va Ana, mi hermana menor, que aún llora algunas noches, aunque cree que no la escuchamos. Somos familia y tribu improvisada. Nos turnamos para ir en busca de comida y para hacer guardia.
Duración: 08:46
31 de diciembre de 2020
Hoy es la Nochevieja de un mundo que se ha vuelto irreconocible. Hace un año, Málaga estaba rebosante de turistas bebiendo en las terrazas bajo luces y guirnaldas, los bares del centro atestados de risas ajenas, y la plaza de la Constitución vibrando con la música y los brindis. Hoy, en cambio, solo escucho el viento que golpea los ventanales clausurados del piso donde me refugio junto a otros ocho supervivientes. El frío cala los huesos y la ciudad parece yerta, como si el Atlántico hubiera vertido su neblina helada sobre cada rincón y condenado sus calles al olvido.
La enfermedad llegó a Málaga poco después de Madrid y Barcelona. Los primeros noticiarios hablaban de brotes en hospitales, de pacientes enfebrecidos y fuera de sí, de médicos que hablaban de alucinaciones y agresión, pero aún con la vaga esperanza de que solo fuera un efecto más del dichoso COVID-19. Nadie imaginó lo que vendría. Para cuando las redes sociales mostraron vídeos de cadáveres tambaleándose por la Alameda Principal, ya era tarde.
Hoy Málaga está dividida en zonas fantasma y reductos humanos parapetados en estructuras antiguas: la Alcazaba, el castillo de Gibralfaro, algunas comunidades en los alrededores de la Universidad, y pequeños grupos desperdigados por Ciudad Jardín, El Palo o Huelin. Es curioso cómo el ser humano, en el abismo, busca instintivamente el abrigo de viejas fortalezas.
Escribo esto en la buhardilla de un edificio en el Perchel, cerca de la estación de tren. Compartimos el refugio con otros: Manolo, antiguo profesor de primaria; Lucía, enfermera del Clínico; Marta y Miguel, una pareja que arrastró a su hija de cinco años desde Torremolinos a pie; Almudena, jubilada; Iñaki, un vasco varado por la pandemia aquí; y conmigo va Ana, mi hermana menor, que aún llora algunas noches, aunque cree que no la escuchamos. Somos familia y tribu improvisada. Nos turnamos para ir en busca de comida y para hacer guardia.
El verdadero enemigo no es solo el hambre o el frío, ni siquiera los zombis. Es el silencio y el desánimo. Esta mañana he salido con Manolo y Lucía a husmear las casas desiertas de la calle Mármoles. Recorrer la ciudad es una lotería mortal: nunca sabes si girar una esquina supondrá encontrarte con una docena de los "caminantes", pegados unos a otros, balbuceando, sus ojos vacíos y las mandíbulas colgantes. La mayoría de ellos apenas se mueven con el frío. Al menos eso nos da ventaja.
Recogimos algunas latas de legumbres en una tienda vacía y un par de paquetes de arroz en un pequeño supermercado. El resto está saqueado, destruido, como si un ejército ya hubiera pasado antes, aunque sabemos que fue la propia desesperación de los residentes lo que lo arrasó todo. Por la tarde, mientras cocinaba, Almudena nos ha contado una anécdota de su infancia, de cuando la ciudad era cálida y alegre y uno podía ir a la playa en Nochevieja sin miedo: “En la Malagueta, los niños nos bañábamos incluso en invierno. A veces, las olas parecían tener vida, y ahora pienso que era una advertencia."
La comida escasea y el miedo es doble. No solo por el acecho de los infectados, sino porque se acaban los medicamentos. Lucía calcula cuántos antihipertensivos quedan, y ni hablar del insulinodependiente al que tuvimos que dejar atrás hace dos semanas cuando la farmacia de la avenida Fátima fue invadida por una horda. Sólo Ana duerme bien; al menos así parece. El resto, vamos envejeciendo en semanas.
Esta tarde, antes de que cayera la noche, subí con Ana a la azotea. Desde allí, Málaga sigue pareciendo bella, con la catedral asomando entre la niebla y las luces mortecinas de algunas casas que resistieron apagadas a la tormenta eléctrica de hace unos días. En los días claros, aún se ve el mar azul intenso. Pero hoy solo había negrura sobre la Costa del Sol.
Se acercan noches especialmente duras. El invierno ha matado a muchos zombis, o al menos los ha ralentizado hasta el punto en el que podemos atravesar el centro casi sin cruzarnos con ellos, pero el frío también está acabando con los supervivientes. Marta se queja de los pies hinchados y la tos de Miguel empeora. Lucía se pasa días entera frustrada, sabiendo que sin un hospital, poco puede hacer. Sólo nos asiste la esperanza de que los muertos se congelen antes de alcanzarnos.
He pensado en la cantidad de muertos que debe haber bajo las plazas, en la catedral, en los túneles del metro… A veces, los contemplo desde nuestro escondite, de pie bajo los portales o arrastrando los pies frente a la estación. Algunos están atascados en alcantarillas y garajes. Otros vagan sin rumbo hacia la playa, como hipnotizados por el rumor invisible de las olas.
Hoy debía ser día de celebración. En vez de uvas y brindis, esta noche haremos sopa de agua y los restos de un chorizo que encontramos hace semanas. Manolo propone hacer una especie de "campanadas" simbólicas, usando una linterna intermitente y tarareando canciones de antaño: "Un, dos, tres... ¡Feliz apocalipsis!", bromea. Todos reímos, aunque el eco que recoge la estancia es tenso y frágil como el hielo.
La radio militar apenas emite ya. Aun así, cada noche a las 22:00 intentamos sintonizar la frecuencia de emergencia. Hoy, una voz distorsionada, femenina, repetía: “Quedan restos de suministros en el hospital Materno. Precaución: actividad zombie alta.” Nadie aquí propone arriesgar el cuello. "Ni loca vuelvo por allí", dice Lucía, que reconoce la oscuridad en las ventanas del hospital igual que yo. A veces, los gritos de dolor llegan hasta nuestra calle.
En los últimos días, algunos sobrevivientes ajenos han intentado acceder al edificio. Normalmente los recibimos con desconfianza. El miedo a los "vivos" crece tanto como el pavor por los muertos. Hace unas noches, dos jóvenes trataron de forzar la puerta del portal. Por miedo, disparamos una bengala y se marcharon. El mundo sigue cambiando. Antes la solidaridad era ley; ahora la sospecha, la norma.
Me pregunto cuánto tiempo resistiremos. La Alcazaba, según rumores que escuchamos en la radio hace un mes, se ha convertido en una pequeña comunidad fortificada. Parece que han limpiado las calles cercanas y recogen agua de la lluvia. Pienso en arriesgarnos y probar suerte allí, pero Manolo insiste en que aquí conocemos cada rincón y cada escondite, lo que nos da ventaja. Almudena teme el viaje y se niega a dejar la ciudad. Miguel dice que no dará ni un paso más, y Marta, con su hija acurrucada como un animalillo, sólo pregunta si alguien tiene un poco de leche en polvo.
Esta noche, Málaga parece una ciudad de fantasmas. Hay corrientes de aire que se cuelan por todos los respiraderos y cada chisporroteo eléctrico es un aviso de que algo puede ir mal: una puerta que cruje, una sombra que se mueve, un lamento de mujer que podría ser cualquiera.
He aprendido —o he recordado— que los lazos humanos son lo único que nos mantiene cuerdos. Ana y yo pasamos la tarde haciendo dibujos en una libreta gastada, imaginando cómo será la ciudad en la primavera. Supongo que he heredado el optimismo de mi madre. No puedo dejar de pensar que, si aún vivimos, quizá, solo quizá, podremos llegar al verano.
El sonido de las campanas de la catedral no existe ya, pero a medianoche, improvisaremos una celebración privada. Cada uno compartirá su recuerdo favorito de un año extraño, y brindaremos por la vida, aunque sea con un vaso de agua, porque ni vino ni champán quedan en Málaga.
He descubierto que una de las cosas que más echo en falta, al margen de internet y comida caliente, son los olores: el pescado a la plancha en los chiringuitos, el perfume de azahar en primavera, hasta el hedor dulce y pegajoso del mar cuando empieza el calor. Ahora la ciudad huele a humedad, madera podrida, cuerpos y miedo.
Esta noche, desde la azotea, bajo la luna velada que apenas ilumina el puerto, intentaré dormir sabiendo que, quien llegue a leer este diario, sabrá que al menos en Málaga, incluso en la última noche del año, hay quien se aferra a la esperanza. El invierno y el hambre no nos han vencido todavía.
Mañana será un año nuevo de ruinas, pero mientras los zombis se agolpan entre los coches oxidados y la niebla siga flotando sobre el Paseo del Parque, aquí, aunque sea por cabezonería, insistiremos en seguir vivos, y eso, en estos tiempos, ya es un milagro.
31 de diciembre de 2020
Málaga.
Javier, superviviente.
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