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Portada del relato Puertas de Sangre en la Bahía
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Fragmento:


Leandro se detuvo bajo los restos de un puente, con el resuello en la garganta y la espalda mojada bajo tres capas de ropa sucia y camuflada. Contó tres radios en los edificios—señales de que los centinelas seguían vivos—y esperó el paso del destacamento de la Caravana. Llevaba casi tres semanas esperando su llegada; un rumor en el mercado del puerto había puesto precio a un cargamento de medicamentos, y él había apostado su vida y la de otros para interceptarlo antes de que los grupos del sur se hicieran con él.

Duración: 10:58

Puertas de Sangre en la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2024.

La humedad lo era todo en Miami. A pesar de los meses de caos, las explosiones que destrozaron los rascacielos en el Downtown y las interminables noches donde cada sombra podía devorar tu vida, la humedad persistía, insidiosa, pegajosa, como una lengua de fantasma invisible que no abandonaría jamás esta ciudad.

Leandro se detuvo bajo los restos de un puente, con el resuello en la garganta y la espalda mojada bajo tres capas de ropa sucia y camuflada. Contó tres radios en los edificios—señales de que los centinelas seguían vivos—y esperó el paso del destacamento de la Caravana. Llevaba casi tres semanas esperando su llegada; un rumor en el mercado del puerto había puesto precio a un cargamento de medicamentos, y él había apostado su vida y la de otros para interceptarlo antes de que los grupos del sur se hicieran con él.

A la izquierda, las palmeras se doblaban sobre la avenida desierta. El sol de otoño, todavía fuerte por estas latitudes, brillaba en las láminas de hierro retorcido de los autos abandonados y en los huesos expuestos de algún muerto que, años atrás, debió huir sin suerte de un zombi ágil y despiadado.

A lo lejos, se escuchaba el zumbido de la bahía. Miami Beach no era ya la promesa decadente de fiesta y lujo: el mar corría lento y aceitoso entre masas de lodo y cascarones de yates saqueados. Los vidrios de las mansiones de ricos brillaban con el reflejo de incendios ocasionales, luces de asaltos recientes. El miedo lo mantenía todo en movimiento.

El grupo de Leandro eran solo seis esta noche. Mejor dicho, seis y medio si contabas al niño, Nico, que apenas rondaba los ocho y había aprendido a caminar en silencio junto a su madre, una muchacha venezolana de aspecto fiero llamada Dalia. Fosca, quien cargaba siempre el fusil a la espalda, era la más vieja—quizás treinta y cinco—y daba las órdenes. Juancho, un negro atlético de Little Haiti, era su sombra y la fuerza indiscutible en las cargas cuerpo a cuerpo. A ellos se sumaban Camilo, viejo pescador cubano, y Alina, rubia de origen polaco, que había aparecido una tarde antes de un ataque de saqueadores y nunca se fue desde entonces.

Se movían entre puestos de control y barricadas ocupadas por facciones de Miami Springs y Coral Gables, siempre evitando los suburbios infestados de zombis lentos pero peligrosos en la oscuridad. Por la radio, las noticias eran repetidas infinitamente por locutores exhaustos: caravanas moviéndose por la US-1, la marea zombi congregándose en los antiguos centros comerciales, fortificaciones nuevas en Hialeah, rumores de captura de un laboratorio intacto en Homestead.

Esa noche, su objetivo era interceptar la Caravana cerca de Overtown, donde los escombros de la estación de trenes formaban una encrucijada natural. Los mapas de Camilo dibujaban allí dos rutas posibles de paso seguro: un cruce improvisado protegía la vía de ataque de zombis y mujeres armadas con rifles artesanales.

“Diez minutos más y pasarán por aquí”, dijo Fosca, espiando desde los restos oxidados de un bus escolar.

Leandro asintió. Sacó la pistola, revisó el cargador oxidado. Cargaba dos balas reales, el resto eran vainas recargadas de dudosa efectividad. Se rascó con nerviosismo la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, recuerdo de una emboscada fallida el año anterior, y esperó la señal.

La madre de Nico lo sostuvo fuerte. El niño preguntó bajito: “¿Vendrán muchos malos, mamá?”

“Shh, no hables. Si escuchas disparos, corres donde yo te diga”, respondió Dalia.

No hubo tiempo siquiera de preparar el miedo. Oyeron el murmullo de voces en la lejanía y luego, el chillido de una horda. No era una: eran dos. Los focos de linternas, primero dispersos y temblorosos, comenzaron a saltar de lado a lado de la calle.

Desde arriba, una bengala roja iluminó la autopista, revelando siluetas moviéndose, primero rítmicas y humanas, después, a trompicones y con chillidos rotos. Trapos colgando, mandíbulas desencajadas, manchas negras de sangre en la ropa. La Caravana llegaba, con su escolta de motos y caballos encabritados, pero traían consigo la desgracia.

Fosca gritó la orden.

El grupo de Leandro saltó sobre la calle. Juancho empuñó la escopeta recortada e hizo tronar la primera salva. Los jinetes de la Caravana desenfundaron machetes y pistolas, disparando al aire para intentar dispersar a los zombis que ya rodeaban el convoy.

Entre disparos, gritos y motores, la confusión estalló. El hedor era más denso que de costumbre. La sangre formaba charcos oscuros sobre el asfalto y la silueta del Downtown, partido por incendios y años de abandono, parecía un fondo irreal: los arcos de los hoteles convertidos en ruinas, los paneles solares arrancados, vidrios quebrados como un bosque de espinas mortales.

Dalia gritó el nombre de Nico, que se soltó y echó a correr tras un conejo, perseguidos en segundos por un zombi de uniforme policial podrido pero aún sorprendentemente rápido. Leandro, sin pensarlo, soltó una de sus últimas balas, reventando el cráneo de la criatura justo cuando extendía un brazo sobre el niño.

Los jinetes retrocedieron. Fosca y Camilo aprovecharon la confusión para buscar la caja de medicamentos, señalada con pintura amarilla. La hallaron en una de las motos caídas, junto al cadáver reciente de un escolta.

En cuestión de minutos, la batalla se evaporó en nervios deshechos y un silencio peculiar, como si la ciudad toda contuviera la respiración. Las hordas de zombis, atraídas por el ruido, cercaron la intersección. No eran cientos, pero sí lo suficiente para que cada bala contara.

“¡Al canal! ¡Al canal!” gritó Leandro.

En formación caótica, el grupo y algunos miembros sobrevivientes de la Caravana corrieron hacia el borde del canal de Miami River, saltando sobre barcazas fantasmales y techos de chabolas improvisadas. Empujaban la caja de medicinas como si fuera oro. Dalia arrastraba a Nico, Alina cubría la retaguardia, disparando en ráfagas cortas hasta que su arma se encasquilló. Los zombis caían, pero siempre surgía uno más detrás del siguiente.

El agua olía a químicos podridos. Leandro se tiró primero, seguido por Camilo que, pese a la tos crónica y los años, buceó por debajo del primer bote. La caja de medicinas se hundió al instante, pero Fosca la amarró con un cable flotante y la remolcó entre restos de algas y grasa petrolera.

“Hay que llegar al taller”, gritó alguien. “¡El taller, al fondo de Wynwood!”

Nadando y arrastrándose, el grupo logró salir al otro extremo del canal, jadeando y con la ropa empapada de mugre y miedo. Desde la orilla, el humo de un incendio nuevo les indicaba que la situación en la ciudad estaba empeorando.

El taller era un edificio de metal reforzado, rodeado de contenedores y con una valla cubriendo los accesos. Se lo habían arrebatado a una banda haitiana meses atrás, y desde entonces lo usaban para esconder cargamentos valiosos y proteger a los niños, gatos, gallinas y cualquier persona que prometiera trabajar a cambio de comida.

Dentro, mientras Alina torcía la cerradura, la discusión sobre qué hacer con las medicinas comenzó de inmediato. Algunos querían huir a las lomas de Kendall, otros preferían negociar con las facciones de la Pequeña Habana; estaban las voces desesperadas que nombraban a familiares enfermos, y quien quería quedarse y resistir en Wynwood, fortificando el taller.

Leandro, empapado y agotado, se sentó al fondo, mezclándose entre el hambre, el sudor y las miradas de sobrevivientes. Afuera, la ciudad era una bestia fracturada, pero Miami nunca había estado realmente unida. La nueva norma eran las alianzas de día, las traiciones de noche. La supervivencia, sin embargo, era colectivamente indispensable.

Fosca, con la caja de medicamentos a sus pies, sentenció: “Esta noche nadie duerme. Mañana toca decidir, pero hoy salvamos a veinte o treinta. Repartimos turnos hasta el amanecer.”

En la penumbra, Dalia recostó a Nico con ternura felina mientras le tocaba la frente. El niño bostezó, ignorante, o quizás perfectamente consciente, de que la seguridad en Miami era solo la interrupción breve de una pesadilla infinita. Muy lejos se escuchaba el rugido persistente de la bahía y, entre el lamento de las gaviotas hambrientas, otra bengala roja ascendió por el cielo, iluminando las ruinas del downtown.

A la mañana siguiente, la ciudad parecía más quieta, sin embargo el peligro seguía latente, arrastrándose por las calles entre montones de cadáveres podridos y autos volcados. Camilo se arriesgó a asomarse al techo para revisar la situación. Los zombis estaban dispersos, menos activos debido al aire frío poco habitual en noviembre. Sin embargo, no podían confiarse. Todos recordaban historias de grupos estrellados contra puertas cerradas, muertos por la confianza.

Durante la mañana, una voz retumbó en la radio del taller, frágil pero clara: “Aquí base Alfa, puesto Sur de la Calzada, escuchamos disparos y fuego desde la Bahía, cambio. ¿Hay supervivientes? Repito, ¿hay supervivientes?”

Alina respondió, con el tono firme de quien ha perdido demasiado para mentir: “Aquí Wynwood, seis adultos, dos niños. Hallamos medicinas de la Caravana. Pedimos apoyo para refuerzos antes de intentar el cruce hacia el noroeste. Corta y cambia.”

La respuesta fue un suspiro de estática, seguido de una voz apagada: “No garantizamos ayuda. Hordas en la cuarenta. Cuídense.”

El invierno llegaba a Miami, y la bahía nunca había sido tan peligrosa ni tan opaca. Pero entre los sobrevivientes del taller de Wynwood, algo se sostenía casi intacto: solidaridad, simple y rugosa, hecha de turnos de guardia, pan de yuca quemado y un poco de esperanza improvisada. Había aprendido a vivir con el hambre y el recuerdo constante de los escombros de Collins Avenue.

Antes de dormir, Leandro apuntó en una hoja mugrienta, con una letra que temblaba por el frío y el cansancio:

14 de noviembre de 2024.

Sobrevivimos una noche más.

Quedan medicinas, quedan balas. Quedamos nosotros.

Aquí, en Miami, donde hasta el fin del mundo, el calor, la furia y la ternura no mueren nunca del todo.

Aferrados a esta trinchera en el trópico, bajo los disparos, bajo la amenaza de los muertos, los vivos aún se resisten a desaparecer.

En el silencio de la bahía, incluso después del apocalípsis, sobreviven historias.

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