Fragmento:
No pasó mucho tiempo antes de que el primer explorador regresara. La caravana, aparentemente, no traía peligro inmediato. Estaba conformada por unas seis familias y dos carromatos convertidos en ambulancias de fortuna, tirados por caballos huesudos. El líder, un tipo robusto de acento cubano y manos curtidas, levantó ambas manos al llegar y gritó: —¡No venimos a pelear! ¡Traemos medicina! Queremos comerciar.
Duración: 11:30
14 de enero de 2024
El calor persistía en Miami incluso en enero, quizá un vestigio de un verano que se resistía a morir, o tal vez el capricho de un clima alterado. Desde la planta alta de la antigua Torre Emerald, Camila Cruz podía ver el perfil extremadamente cambiado de la ciudad: bloqueos improvisados con contenedores llenos de basura y escombros, carreteras agrietadas y cubiertas de vegetación salvaje, embarcaderos que otrora repletos de turistas ahora servían como puntos de observación o trampas. El agua de la bahía, turbia y extrañamente silenciosa, se infiltraba en algunas zonas, lamiendo los restos de lo que alguna vez fueron avenidas cuidadas.
Hacía exactamente dos años que Miami ya no era la ciudad de neón y salsa que Camila recordaba. La bahía de Biscayne, el Downtown, Coral Gables... todos esos paisajes que tal vez algún día regresaría a visitar, ahora se limitaban a nombres en relatos intercambiados entre los grupos de sobrevivientes junto a hogueras nocturnas.
Aquel 14 de enero amaneció con un leve perfume de salitre y destrucción. Camila frotó los cristales de sus lentes y echó un vistazo al mercado improvisado que se armaba dos veces por semana en la intersección del antiguo South Miami Avenue y la Calle Ocho. Era, por lejos, el evento comunitario más importante. Entre lonas rotas, cajas de madera, barricadas y los omnipresentes restos de coches, los habitantes del nuevo Miami hacían trueque de todo: arroz de dudosa procedencia, munición casera, frascos maltrechos de antibióticos o generadores eléctricos tomados de yates encallados.
Inmediatamente reconoció a varios rostros: Mireia, la española que había dominado el arte de desalinizar agua de mar a pequeña escala; Víctor, alguna vez taxista, que se había convertido en líder de una pequeña “milicia” armada con fusiles recortados y lanzas; la pareja de ancianos polacos, que habían encontrado refugio en el sector menos dañado de Brickell Key y fabricaban pan duro usando cualquier grano que conseguían.
Camila no tenía una “oferta” tan valiosa. Su saber radicaba en la medicina de urgencias. Había sido interna en el Jackson Memorial cuando los primeros muertos comenzaron a caminar, y supo que su verdadera utilidad era saber cuándo amputar, suturar o negociar. Por eso, su “puesto” no era una mesa sino una esquina, con una manta extendida, una caja con bisturís esterilizados y las manos listas. Las primeras horas estaban siempre ocupadas con quienes traían heridas abiertas, infecciones, piel desgarrada por las huellas de alguna pelea o escape atropellado.
Esa mañana, la noticia llegó con pasos precipitados. Un muchacho, unos dieciséis años, irrumpió en el mercado. Tenía las ropas manchadas y casi sin aliento: —¡Vienen de la autopista 836! ¡Una caravana grande!— gritó.
Nadie necesitaba preguntar qué clase de caravana. Desde hacía meses, el rumor era constante: grupos grandes de saqueadores, otros sobrevivientes desesperados, bandas armadas, y aún, ocasionalmente, hordas de zombis arrastrándose en masa cuando el calor les otorgaba movilidad.
Camila miró a Víctor de reojo. Él, con sus cuatro “milicianos”, rápidamente subió a una vieja pickup. Los disparos no se escuchaban con frecuencia ya: la munición se conservaba para ocasiones realmente graves. Así que llevaron un par de ballestas, machetes y un rifle con mira (del que los rumores decían que sólo quedaban tres balas). El mercado se llenó de tensión. Finalmente, una sensación casi familiar recorría la atmósfera: la posibilidad de que todo podía irse al infierno de un momento a otro.
No pasó mucho tiempo antes de que el primer explorador regresara. La caravana, aparentemente, no traía peligro inmediato. Estaba conformada por unas seis familias y dos carromatos convertidos en ambulancias de fortuna, tirados por caballos huesudos. El líder, un tipo robusto de acento cubano y manos curtidas, levantó ambas manos al llegar y gritó: —¡No venimos a pelear! ¡Traemos medicina! Queremos comerciar.
Una bocanada de alivio recorrió al grupo y, como era habitual, la transacción se realizó bajo la atenta mirada de guardias y exploradores. Camila fue invitada a revisar la medicina: encontraban amoxicilina, paracetamol, algunos tubos de morfina rescatada de algún hospital en ruinas. Tomó una caja de pastillas y miró el sello: Johns Hopkins, fecha de vencimiento: octubre de 2023. Dudó, pero en el mundo actual, el vencimiento era lo de menos.
—¿Cuánto por esto? —preguntó a la caravana.
—Harina, sal, ese generador chico en la esquina —replicó el líder.
Camila no era quien decidía esas cosas, pero todos sabían que la medicina ahora era, junto con la pólvora, la moneda más preciada. Después de una negociación rápida pero tensa, el intercambio se selló y la caravana siguió camino, quizás a Homestead, quizás a Tampa, nadie lo sabía con certeza.
Mientras el mercado se iba disolviendo, el sol de mediodía caía a plomo. Camila dejó su puesto y caminó hacia el sector de los generadores. Allí funcionaba la “cafetería”, un barril oxidado reconvertido en hornillo de leña y un puñado de bidones que hacían las veces de sillas. Se acomodó, sirvió una taza de agua algo tibia y se sentó frente a Mireia, que tejía una red con jirones de ropa de hospital.
—¿Te has enterado? —preguntó Mireia en voz baja—. Dicen que en Las Olas encontraron un laboratorio. Que aún hacen pruebas con la plaga.
Camila arqueó una ceja. Hacía meses los rumores sobre “laboratorios militares secretos” recorrían las comunidades. Algunos creían que científicos del CDC, o del propio ejército estadounidense, aún buscaban una cura desde sótanos impenetrables en los Everglades.
—¿Y qué si es cierto? Dudo que lleguen hasta nosotros —respondió Camila, sin ocultar el cansancio.
Mireia apretó su red.
—Sólo espero que, si encuentran algo, no lo usen para crear una nueva arma.
El presentimiento era compartido. Si algo había aprendido la vieja Miami era que, tras la catástrofe zombie, los humanos podían ser tanto o más peligrosos que los cadáveres ambulantes.
*
La tarde traía, con el sopor del sur de Florida y el zumbido de insectos, la oscura promesa de una noche difícil. A medida que el calor descendía y las luces del atardecer teñían de oro sucio los edificios arruinados, Camila se sumergió en las rutinas de supervivencia: revisar vendas; esterilizar lo poco de equipo médico que quedaba; planificar guardias junto a la improvisada muralla de contenedores.
Fue entonces cuando una alarma rompió el tedio. Rápidos toques de campana: tres, seguidos de dos. Era la señal para “movimiento hostil”, pero no masivo. Camila tomó su mochila—con dos vendas limpias, un cuchillo de mango roto y una prenda de repuesto—y bajó corriendo hacia la barricada sur, donde South Miami Avenue desaparecía en un mar de maleza y automóviles oxidados.
Allí encontró a Víctor y a sus hombres cuadrándose junto a la valla. A lo lejos, entre las sombras doradas, una figura solitaria andaba trastabillando hacia ellos. Todos tensaron las armas mientras, en un reflejo instintivo, los que sabían manejar ballestas se apostaban tras los autos.
La figura se detuvo a una decena de metros, levantó ambas manos y gritó con voz cascada:
—¡Ayuda! ¡Por favor!
Camila no esperó para salir corriendo, cubriéndose tras un ventanal arrancado de un viejo camión. Al acercarse, vio que se trataba de una adolescente, cubierta de sangre seca, muerta de hambre y en un estado febril.
—¿Algún mordisco? —preguntó Víctor tensando ya su machete.
Camila inspeccionó a la chica con cuidado. Las heridas no eran ni frescas ni presentaban los síntomas clásicos: no había hinchazón negra, el pulso estaba rápido pero no arritmico. Un simple corte profundo en la pierna derecha.
—No parece infectada, pero necesitaré curarla aquí mismo.
Los demás miraban inquietos. Cada contacto nuevo era un riesgo, pero el código de la comunidad era claro: ayudar si no había signos de infección.
Camila aplicó la venda mientras la chica, temblando, murmuraba:
—Salí de Hialeah hace cuatro días… Mi familia… eran demasiados… Nunca dejaron de venir.
Su voz se apagó. Alguien ya la llevaba hacia el hospital improvisado—la planta baja reforzada del hotel Four Ambassadors—y otra vez volvió la calma tensa.
Fue entonces cuando una de las más antiguas del asentamiento, doña Marta, se acercó a Camila. Traía consigo una cesta tejida con tallos de palmera: naranjas verdes, no del todo maduras, pero valiosas como el oro.
—Están diciendo que pronto vendrán más —comentó en voz baja—. De las afueras, de los pantanos, de donde los zombis ya casi no caminan.
—Siempre vendrán más —replicó Camila, con una sonrisa triste. Doña Marta la miró fijamente.
—¿Viste a la niña? —preguntó—. Una generación que ya casi no conoce escuelas, ni parques, ni música.
Camila asintió. Llevaba meses notando ese fenómeno: niños cuyos recuerdos sólo consistían en el gris de barricadas, el bullicio nervioso de mercados y la letanía nocturna de oraciones apresuradas. La infancia ahora era un lujo perdido.
*
La noche descendió con la velocidad de siempre, apenas precedida por esos minutos en los que el cielo pasa del naranja podrido al violeta profundo. Desde el balcón de la torre Emerald, Camila y otros tres integrantes de la comunidad mantenían la guardia. Abajo, el resto de los supervivientes compartía una sopa caliente hecha con arroz, raíces y agua sazonada con lo poco que quedaba de las reservas del mercado.
Mientras observaba la bahía, Camila pensó en el futuro. La ciudad, con todas sus ruinas y cicatrices, parecía resistirse a morir; los zombis estaban cada vez más lentos, más podridos, pero seguían representando una amenaza soterrada. Los humanos, en cambio, cambiaban, se adaptaban, negociaban, traicionaban, creaban acuerdos temporales y luego volvían a empezar.
Los rumores sobre laboratorios secretos, nuevas plagas, la posible regeneración de algún gobierno en Tallahassee o incluso en Cuba, alimentaban las noches de insomnio, pero la realidad era mucho más inmediata. Sobrevivir al siguiente asalto. Prepararse para el siguiente invierno, aunque en Miami el frío era siempre relativo. Mantener el mercado en funcionamiento.
Miró al grupo de niños que rodeaban a Doña Marta mientras ella contaba, por enésima vez, la historia de la construcción del Puente de la Calle Ocho, exagerando los héroes, conviertiendo los zombis en monstruos mitológicos y a los supervivientes en semidioses. Camila pensó que, aunque el viejo Miami había muerto para siempre, algo nuevo se estaba gestando en medio de las ruinas: una persistente y testaruda voluntad de vivir, de reconstruir aunque fuera con retazos, aunque todo lo que quedara fuera la memoria de una bahía ardiente, donde aún, en noches así, la esperanza volvía a ser posible.
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