17 de enero de 2028
Un viento salado, impregnado de algas y óxido, recorría los restos destartalados del paseo marítimo de Bayside, levantando a su paso pequeños remolinos de papeles amarillentos que alguna vez anunciaron conciertos, rebajas y cruceros. Ahora servían para encender fogatas y cubrir roturas en las ventanas de quienes resistían entre las grietas de la antigua Miami, apenas reconocible bajo capas de vegetación desbordada y escombros. Al menos, pensaba Samuel mientras ajustaba su bufanda deshilachada, el invierno resultaba soportable aquí, mucho más que el frío feroz que escuchaban por radio azotaba a los refugiados en Chicago o Nueva York. Miami sobrevivía, incorregible y ardiente, incluso después de la caída.
Caminaba despacio, pisando cascotes aún húmedos por la bruma, atento al menor crujido, al murmullo de algún muerto viviente extraviado entre los restos del American Airlines Arena, o algún saqueador con sueños demasiado grandes. Ya eran pocos los zombis en la ciudad, la mayoría reducidos a manojos de huesos arrastrándose sin rumbo por avenidas rotas, incapaces de correr. Pero todavía existía la infección, invisible y letal, y, peor que los infectados, las bandas errantes que anhelaban poder en una ciudad sin ley.
Con el rifle colgado a la espalda y la bolsa de lona al costado, Samuel avanzaba siguiendo la línea quebrada del viejo Metromover, ahora un esqueleto de acero sobre el paisajismo salvaje de Downtown. Desde hacía un año, patrullaba esta zona junto a un grupo variopinto de supervivientes: algunos que nacieron en la ciudad y otros llegados en barcazas improvisadas tras la caída de Cuba, Haití y el Caribe. Los unía la convicción de que Miami renacería, aunque fuera como una versión encallecida y dura de lo que fue. Lo creían así todos en la Ciudadela —la comunidad que levantaron en los rascacielos de Brickell, fortificando pisos y puentes, revistiendo entradas con planchas de metal y alambradas de fortuna.
El día anterior, durante una de las primeras ferias de intercambio entre asentamientos —lo que en el viejo mundo habría sido insólito, pero en este nuevo era símbolo de esperanza— Samuel y otros tres miembros del consejo fueron convocados para investigar una extraña señal de radio recibida en los restos del hospital Mercy. Una voz, controlada y pausada, ofrecía compartir medicamentos y conocimientos médicos a cambio de libros y materiales para hacer papel. "Esperamos reconstruir más que nuestros cuerpos", repetía el mensaje, cada media hora, en un español claro matizado de acento colombiano.
La cita era para hoy, a las once, en la entrada de la antigua biblioteca pública del centro. Samuel, con el deseo y el temor en equilibrio, aceptó la misión. Algunos insistían en que podía ser una trampa, un grupo de bandidos o una secta más con promesas mesiánicas, pero él confiaba en la sensación —casi infantil— de que después de ocho años de infierno, alguien buscaba otra cosa más allá de la mera supervivencia: reconstruir y compartir.
Pasó junto al mural derruido de Wynwood Walls cubierto de musgo, ahora un tapiz natural atravesado por vides y helechos. Los colores, aunque desteñidos, todavía celebraban alguna fiesta olvidada, dando al paisaje una nota de alegría extraviada. En el silencio que reinaba —interrumpido apenas por el silbido de algún pájaro libertino y el tronar lejano de disparos en Overtown— cada detalle parecía magnificado, portentoso. Así reconoció la silueta de Melina, su compañera de patrullas, encaramada sobre los restos de un camión blindado, lo que alguna vez fue un intento desesperado de barricada policial.
—Llegas justo a tiempo, Sam —le susurró, bajando de un salto y ajustando el machete en el cinto—. Tenemos compañía.
Con ella venía Esteban, un cubano de sesenta años con la cara marcada de viejas heridas y la determinación de quien ha sobrevivido a la tempestad y la traición. El tercer miembro del grupo, la joven Ariel, miraba nerviosa hacia el peaje desierto de la Calle Ocho, la escopeta a punto de caramelo.
—Vimos movimiento cerca del estacionamiento. No eran lentos, así que humanos seguro. —dijo ella.
—¿Cuántos? —inquirió Samuel, estudiando las sombras largas que trazaban los restos de los edificios.
—Al menos cuatro. Uno llevaba algo como una bandera azul, pero no del todo clara.
Gruñó Samuel, consciente de las alianzas frágiles entre facciones en la ciudad. Algunas milicias recogían colores para distinguirse pero igual robaban, esclavizaban y mataban como cualquier salvaje, solo que con más método. La bandera azul le sonaba a Los Flotantes, un grupo migrante que hacía del contrabando de productos marítimos un arte; no eran hostiles, si no se les provocaba.
La biblioteca aparecía ante ellos maltrecha pero en pie, las columnas envueltas con parches de grafiti nuevo: mensajes de los supervivientes, oraciones, maldiciones y nombres de quienes ya no estaban. Se acercaron en fila, armas bajas pero preparadas. Samuel levantó la voz, con autoridad más aprendida que innata.
—¿Aquí la resistencia del Mercy? Venimos del Consejo de la Ciudadela.
Hubo silencio. Después, un hombre alto, espigado, con una bata raída sobre un uniforme azul apareció entre las sombras, las manos levantadas apuntando al cielo. Dos figuras más, una mujer de cabello trenzado y un muchacho adolescente, salieron tras él.
—Nosotros —dijo, con voz templada—. Están en el lugar correcto y a la hora pactada.
—¿Cuántos más traen? —preguntó Melina desconfiada.
—Solo nosotros. Los demás enfermos permanecen en el hospital, vigilados. Sabemos lo peligroso que es moverse con grupos grandes por aquí —replicó el doctor, que se presentó como David Osorio.
La diplomacia se impuso. Tras intercambiar saludos, revisaron los objetos llevados para el intercambio: pilas de libros logísticos y manuales, útiles para médicos, junto a sobres de papel reciclable. A cambio, los recién llegados extrajeron del fondo de sus mochilas antibióticos, vendas y pequeños frascos de jarabe. Para Samuel y su grupo, este simple acto equivalía a oro líquido, imposible de fabricar por sí mismos en laboratorios improvisados. Un trato justo y esperanzador.
Durante la transacción, Melina vigilaba los alrededores. El silencio parecía tenso, con la amenaza latente de que los Flotantes, o algún otro grupo, se animaran a irrumpir el acuerdo. Pero la mañana transcurría, inusualmente, con calma.
David pidió comprobar los manuales traídos, deteniéndose especialmente en uno sobre tipografía y encuadernación. "¿De veras saben hacer papel como aquí se explica?", preguntó con los ojos brillando de auténtica pasión. Era uno de los pocos que aún soñaban con cultura en medio de la barbarie, pensó Samuel.
—Tenemos una prensa Chander & Price en el piso 14 del Riviera Tower. Apenas logramos que funcione con pedal, y cortamos hojas a mano, pero… sí, estamos intentándolo —explicó Samuel, sintiendo de nuevo esa chispa de esperanza.
La mujer trenzada, Alicia, se emocionó visiblemente: —¿Imprimen algo más que avisos? ¿Libros?
—Por ahora, solo manuales y folletos de seguridad. Aunque… —Samuel miró a sus compañeros y vio la misma ilusión que sentía, difícil de explicar en un mundo donde imprimir era casi un acto heroico— queremos intentar más adelante con novelas cortas o relatos clásicos. No sería mala idea contar la historia de lo que pasó, para los niños que nacerán.
David sonrió, un gesto poco frecuente en esos tiempos: —Eso nos da esperanza. Lo necesitamos.
El grupo permaneció reunido por casi una hora más, compartiendo información sobre rutas seguras, posiciones de hordas residuales y hasta rumores acerca de una pequeña colonia en Key Biscayne que había repelido tres asaltos zombis con lanzas y fuego. Tomaron notas en trozos de cartulina, improvisando un mapa trunco pero vital, que luego copiarían en los archivos de la Ciudadela.
De pronto, un disparo lejano quebró la relativa paz del mediodía, y lo siguió una sucesión de gritos y el zumbido de balas perdidas. Se miraron, sabiendo que no quedaba mucho tiempo para risas o para el extraño y valioso intercambio de ideas. Samuel apretó el hombro de David, agradecido, y el grupo recogió con presteza los paquetes y se ocultó entre los matorrales y escombros, siguiendo sendas de escape establecidas.
El regreso al refugio fue tenso pero sin incidentes directos; a lo lejos, la bandera azul de los Flotantes ondeaba en lo alto de un camión, avanzando con cautela por la Gran Avenida. Samuel y los suyos eligieron tomar un desvío sobre el arroyo de Brickell, atravesando callejones angostos donde el sol, tan característico, caía en ráfagas limpias sobre el concreto erosionado.
Una vez en la Ciudadela, las alarmas estaban activadas: al menos dos bandas rivales se intercambiaban disparos en la zona de Edgewater, peleando por restos de gasolina y acceso a rutas marítimas. Ni siquiera la promesa de reconstrucción los salvaba del caos humano. En la sala principal, sin embargo, la calma era casi religiosa: niños sentados al pie de una fogata leían un folleto mal impreso sobre prevención de mordeduras, mientras dos mujeres cocinaban sopa con arroz y algas recogidas en la bahía.
La llegada del botín fue celebrada con una mezcla de alegría y alivio. Doña Leticia, la vieja enfermera de Hialeah, recibió cada frasco como si fuera un tesoro ancestral. Los libros traídos por David y su grupo, en cambio, fueron directos a las manos de los “tipógrafos” del consejo, quienes ya planeaban organizar nuevas ediciones.
Samuel se dejó caer en un banco improvisado junto a la ventana. Afuera, las palmeras remanentes del Miami ancestral resistían el embate de la brisa. Sobre los tejados medianos y las plantas desbordadas, pensó en la paradoja de vivir en ruinas y, sin embargo, atreverse a soñar con imprentas, escuelas y tratados de paz. Al fondo, la voz de Melina le llegó mezclada de realidad y anhelo:
—Sobrevivimos otro día. Imprimimos otro manual. Quizá mañana, una historia. Quizá pasado mañana, un mundo.
Sonrió Samuel, sintiendo el peso del rifle, el sabor metálico de la ciudad y la promesa, nunca muerta, de una vida mejor. Afuera, un rayo de sol arrancaba destellos dorados de las ruinas y, por un instante, Miami volvió a ser lo que siempre fue: promesa de renacimiento, incluso cuando el fin parecía definitivo.
El eco de pasos, risas y hasta una música lejana —alguien improvisaba una trompeta entre las ruinas de un hotel— le recordaban, por si alguna duda cupiera, que la civilización no moría: sólo mutaba. Y que, en el rincón más inesperado de la Bahía, bajo los ladridos lejanos y el pálido sol invernal, aún florecía la esperanza.
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