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Fragmento:


En medio de la rutina, el médico —Juan Millán, antes cirujano, ahora uno de los líderes de la comunidad— recibía el sol en la azotea cubierta de paneles solares rescatados. Allí, medía el crecimiento de las plantas medicinales y comprobaba la fermentación de lo que en otra vida habría sido solo jugo de caña, pero que ahora se usaba para desinfectar, y si sobraba, para celebrar. A sus cuarenta y seis años, Juan no recordaba ya bien la época en que el sonido más común era el de bocinas y reggaetón a todo volumen. Ahora, el silencio amplificaba el rumor de cualquier amenaza.

Duración: 12:15

Las Ruinas de la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

21 de julio de 2027

La brisa salada aún soplaba sobre los edificios en ruinas de Miami Beach, llevando consigo una mezcla de aromas que tanto recordaban a la antigua ciudad: salitre, podredumbre y, muy de vez en cuando, flores que brotaban entre el concreto partido. Amanecía sobre el Atlántico, pero ya nadie miraba al este esperando la llegada de un nuevo día. Los supervivientes de Miami guardaban sus fuerzas para la larga jornada bajo un sol inclemente y entre hordas cada vez más escasas pero aún letales.

En el antiguo distrito de Coconut Grove, la comunidad de la Ribera despertaba, si es que acaso podía llamarse así a ese sobresalto colectivo emergiendo del sueño intranquilo, cada vez que los guardias aporreaban las puertas reforzadas para el relevo en la muralla. Esa mañana, la alerta llegó antes de que el sol despuntara: dos caminantes, de los viejos, uno apenas arrastrando la pierna, el otro azotando la verja con lo que quedaba de sus brazos, atrapados y famélicos. Doris fue la primera en bajar desde la torre construida con restos de yates para hacer el informe matutino y apuntar en el registro de la puerta: “07:04, dos caminantes, despachados.”

La fuerza de la rutina era todo lo que mantenía el ritmo: registros, informes, inspecciones de los cultivos en el parque Kennedy, patrullas al borde de la vieja US1 donde aún a veces emboscaban bandidos del oeste de Coral Gables. Miami, otrora ciudad de luces y fiestas sin fin, ahora era una geografía de ruinas y silencios. La autopista, gobernada por la maleza y cortada en decenas de puntos, servía de arteria fantasma para las caravanas de trueque, vehículos oxidados tirados por caballos flacos y cubiertos de elementos improvisados: madera, lonas viejas, acero oxidado.

Desde el promontorio más elevado del enclave, casi donde antiguamente se celebraban desfiles del orgullo, se podía ver la extensión de la bahía y lo que quedaba de Downtown. Entre nubes de gaviotas famélicas, los sobrevivientes detectaban el movimiento de grupos: los que marchaban con disciplina y brazaletes azules eran las patrullas de la Confederación de la Costa, la alianza establecida tres inviernos antes entre Coconut Grove, Little Haiti y lo que quedaba de Key Biscayne. Los demás, forajidos, saqueadores o simplemente hambrientos, rara vez sobrevivían el día si cruzaban más allá de las barricadas.

En medio de la rutina, el médico —Juan Millán, antes cirujano, ahora uno de los líderes de la comunidad— recibía el sol en la azotea cubierta de paneles solares rescatados. Allí, medía el crecimiento de las plantas medicinales y comprobaba la fermentación de lo que en otra vida habría sido solo jugo de caña, pero que ahora se usaba para desinfectar, y si sobraba, para celebrar. A sus cuarenta y seis años, Juan no recordaba ya bien la época en que el sonido más común era el de bocinas y reggaetón a todo volumen. Ahora, el silencio amplificaba el rumor de cualquier amenaza.

La radio rudimentaria del enclave, reconstruida tras mil intentos y muchas piezas rescatadas de autos abandonados, zumbaba con transmisiones esporádicas. Un mensaje llegó esa mañana, reconocible apenas entre el chisporroteo:

“…Olivera… Key Largo… repitiendo, ayu— … Mayor amenaza… horda cruzando Cutler Ridge…”

La amenaza de una horda aún era un asunto serio, aunque los viejos sabían bien que los zombis ahora eran más lentos, más huesudos, devastados por el tiempo y el clima. Sin embargo, la infección permanecía: un descuido, una mordedura, un rasguño bastaba para condenar a alguien. Aún peor era el miedo de los humanos: las incursiones de los llamados Escorpiones, el grupo de saqueadores provenientes del oeste y del antiguo Hialeah, eran una ruina incluso mayor.

El núcleo de la rutina seguía girando en torno a la subsistencia: cultivos en terrazas, pesca reducida al máximo por la putrefacción de bahías, ganadería de cabras y algunas vacas milagrosamente sobrevivientes. En las antiguas aulas del Coral Reef High School, los niños aprendían lo que era plantar boniatos, ensamblar armas artesanales, resistir una emboscada. Muy de vez en cuando, la maestra Leticia, que antes enseñaba literatura, contaba historias del “Viejo Mundo”, entre risas y expresiones de asombro. Algunos niños pensaban que los aviones eran pájaros gigantes extintos y que las películas eran sueños colectivos grabados.

Doris bajó al centro comunitario, donde los adultos se habían reunido. La radio seguía escupiendo fragmentos de mensajes, y ya algunos hablaban con inquietud.

—No podemos simplemente ignorarlo —dijo Marlon, el herrero del enclave, un hombre con brazos hechos para cargar puertas blindadas o el cañón de agua de los molinos.

—No tenemos hombres de sobra —replicó Juan, consultando el registro de las últimas semanas—. La última vez que enviamos refuerzos, perdimos a tres en la emboscada del canal.

—Pero si la horda llega al sur, de todos modos nos afectará. Mejor ayudar mientras estén lejos, ¿no? —intervino Leticia.

La discusión se estancó. No era la primera vez; administrar recursos humanos era más delicado que medir semillas o defensas. La democracia directa de los primeros meses había cedido ante el liderazgo de quienes sabían organizar, negociar y, si era preciso, dar órdenes.

Aquella tarde, la decisión fue enviar una avanzadilla armada montando bicicletas reforzadas y los dos únicos caballos que quedaban sanos. Ellos portarían rifles de vieja data y lanzas improvisadas a partir de varillas de construcción. Los emisarios salieron antes de la caída del sol. Juan se quedó en la terraza, repasando los nombres de los que iban: Alejandra, la mejor tiradora; Orlando, joven pero experto en rastreos; y Fiona, que conocía más caminos entre los manglares que nadie.

Mientras ellos marchaban, algunos se atrevieron a cruzar a la torre de vigilancia de la US1 para examinar el horizonte con telescopios, atentos por si las columnas de humo anunciaran la presencia de otras comunidades o bandas hostiles. A lo lejos, más allá de lo que antaño fue la gran autopista elevada, comenzaba a perfilarse un cielo sucio y convulso, las nubes apretadas por la tormenta que subía desde el Caribe.

Esa noche se vivió entre guardias reforzadas y poco descanso. En las cocinas comunales compartieron una cena de arroz reconvertido con lentejas, y algunos niños se pelearon por conseguir el trozo de plátano frito, un lujo en esos días. Leticia aprovechó para contarles sobre el Hotel Fontainebleau, que, según ella, alguna vez brilló tanto que parecía una joya blanca desde el Atlántico. Los niños escucharon con fascinación, aunque para ellos, el hotel era apenas el cascarón devastado donde ahora vivían docenas de familias de la Confederación.

A la medianoche, la radio volvió a escupir un mensaje, más límpido esta vez:

“Olivera… atacando en Homestead… resistencia… ¡horda dispersa! Necesitamos más munición y refuerzos…”

El comité de la Ribera no se planteó ignorar aquel llamado. Las antiguas alianzas, por frágiles que fuesen, se habían forjado en la desesperación y la sangre. Si una comunidad caía, aumentaba la presión sobre las demás. No podían permitirse el lujo de la indiferencia.

A la mañana siguiente, les llegó una señal en forma de linterna desde el este, proveniente del canal. Era la señal convenida para pedir ayuda urgente: tres destellos largos, dos cortos. Juan reunió a los cinco mejores luchadores que quedaban en la comunidad y marchó hacia la barricada, justo al inicio del antiguo puente de Rickenbacker Causeway. Allí se encontraron con una docena de figuras andrajosas, exhaustas, pero no zombis: eran supervivientes de Key Biscayne, huyendo de un ataque nocturno de los Escorpiones que, aprovechando la distracción con la horda al sur, habían penetrado en la isla y saqueado todo lo que pudieron cargar.

Entre los supervivientes llegaba Manuel, de brazos fuertes y voz grave, conocido por haber dirigido la defensa de Crandon Park durante los peores meses de 2024. Habían perdido a muchos esa noche. Los niños sollozaban mientras las mujeres describían la brutalidad de los atacantes: asaltos, incendios, robo de alimentos y medicinas.

La noticia de la traición –porque los Escorpiones juraban lealtad a la Confederación, al menos en teoría– fue un golpe demoledor. Los mensajes de radio y los sobrevivientes eran claros: el peligro humano era ahora incluso peor que el de los muertos.

La mañana se tornó en consejo permanente. Las preguntas urgían: ¿huían hacia el Santuario de Coconut Grove más refugiados? ¿Era posible ayudar, o debían concentrar todas las fuerzas en defender lo poco que quedaba?

Leticia, en un momento de descanso, compartió con Juan una visión amarga.

—No creí que Miami sobreviviría tanto —susurró, la vista perdida más allá de la línea de manglares que marcaba la costa—. A veces me pregunto si valió la pena luchar.

Juan la miró con la mezcla de asombro, resignación y rabia habitual en los adultos de aquel mundo.

—Valió si nuestros niños llegan a adultos, si plantamos algo que crece. Si mañana logramos salvar a otro de los nuestros.

El argumento era viejo. Lo que no lo era tanto era la sensación de que, poco a poco, pese a la amenaza de las hordas y el filo de los humanos, la vida volvía a trabajar la tierra. Los arrozales improvisados cerca del antiguo Bayside daban para comer algo más que ratas y lagartos. Las lentejas florecían en los jardines colgantes de los rascacielos. Pequeños talleres surgían en los sótanos, produciendo cuchillos, herraduras y hasta rudimentarias ruedas de molino.

Esa tarde, Diego, dedicado a la cartografía de la zona, trajo noticias más esperanzadoras: en las ruinas de una tienda de artículos marinos, había hallado un viejo generador y piezas de radio. Quizás servirían para reforzar las comunicaciones de la Confederación, achicando el margen de sorpresa ante las bandas hostiles o las eventuales hordas.

Los días siguientes se sucedieron entre escaramuzas y alianzas. La expedición enviada hacia Homestead regresó tras su misión, maltrecha pero viva. Los zombis, segados por las trampas preparadas por los defensores del sur, nunca llegaron hasta Coconut Grove. Las bandas de saqueadores, tras recibir tenaz resistencia y ver reforzadas las murallas, se esfumaron en la noche, abandonando a su suerte a los rezagados en las ciénagas.

A medida que la temporada de lluvias avanzaba, “la Bahía” –como la llamaban desde otras comunidades– se convertía en punto de comercio y esperanza, un lugar donde los niños aprendían y los adultos traficaban semillas y pólvora, donde aún se podía jugar a la pelota en lo que quedaba de un parque. A veces, durante las vísperas, encendían fogatas con madera que llegaba flotando desde el mar y compartían recuerdos: una receta perdida, el nombre de una calle, una canción en una lengua que los niños ya no comprendían.

Miami, ciudad herida, latía aún como un corazón obstinado entre cadáveres y esperanzas. El peligro nunca dormía, la vigilancia nunca era suficiente, pero, con cada temporada, la vida se tejía nuevamente sobre las ruinas. Los muertos, al fin, se volvían solo parte del paisaje, una amenaza constante, pero ya no absoluta.

Y entre los resplandores febriles del amanecer, entre paredes desconchadas y muros reconstruidos, los supervivientes en Miami recogían la poca luz que ofrecía cada día, defendiendo su lugar en el mundo con garras y voluntad, tan tercos y vitales como las raíces que atravesaban las grietas en la acera. El futuro seguía siendo incierto, pero cada fogata encendida era una promesa. No sabían si habría un mañana mejor, pero aprendían, juntos, a sobrevivirlo.

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