Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Brote
Operación ocaso
Portada del relato El largo regreso a Bayside
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El asentamiento estaba marcado por un sistema de banderines coloridos, cuya combinación era un código antiguo para avisar de cualquier anomalía: blanco para seguro, rojo para alerta, amarillo para zombi cercano, azul (que apenas se usaba ya) para incursión humana enemiga. Esa tarde, las banderas flameaban blancas y verdes, señal de tranquilidad y mercado abierto.

Duración: 11:10

El largo regreso a Bayside
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

17 de Julio de 2026

Las cigarras aún zumbaban desde el parque junto a la ensenada, una insistente y casi burlona demostración de que la vida perduraba en sus formas más simples, incluso en medio de lo que quedaba de la ciudad de Miami. Los veranos nunca dejaron de ser húmedos, opresivos, y ese julio a la mitad de la década postcolapso no era la excepción. Sobre el asfalto resquebrajado de Biscayne Boulevard, la vegetación había ganado terreno, cubriendo fachadas colapsadas y serpentinas de coches oxidados. Algunos tejados brillaban con remiendos improvisados, lonas que crujían bajo el sol, cables atados entre edificios erosionados por el viento salino del Atlántico. Era fácil olvidar que, antes, en esa ciudad, los autos deportivos rugían junto a la playa y las luces nunca se apagaban.

Julia se detuvo al filo de lo que fue Bayside Marketplace. El esqueleto del centro comercial persistía como un recordatorio irónico del consumo y el bullicio que una vez dominaron esa esquina de la bahía. Habían limpiado el sector el mes pasado, trabajando en turnos rotativos. Los zombis, en su mayoría ahora lentos, decrépitos, apenas mantenían el nivel de amenaza de antaño, pero nadie se confiaba: los cuerpos frescos todavía podían despertar, y bastaba una sola mordida para convertir un día plácido en una tragedia.

Ella apoyó el rifle sobre el hombro, ocultando el cansancio bajo la gorra descolorida que alguna vez fue roja, aunque el sol la había turnado rosácea y gastada. Caminó hasta los muelles, junto al esqueleto oxidado de las antiguas goletas turísticas. Vio a Santi y Héctor, su escuadra de confianza, izando la pesca del día desde un bote de remos readaptado con bidones para flotar.

—¿Tuviste problemas en Flagler? —preguntó Héctor, dejando caer un par de jureles en una nevera con hielo que alguna banda saqueadora había dejado atrás cuando huyeron de la última horda. Tenía la cara curtida por el sol, la mirada endurecida.

—Nada nuevo, solo un par de 'caminantes' en el lote del Citibank —respondió Julia—. Los limpié, los apilé con los otros. ¿Y ustedes?

—Un tiburón en la bahía —intervino Santi, sonriendo como si fuera una broma de mal gusto—. Casi perdemos la red.

Había que aclararlo: vivir en Miami cinco años después del inicio de la plaga implicaba aprender a temerle al mar tanto como a los muertos.

Bayside no era lo que había sido, pero se había ganado el nuevo nombre de "La Ensenada Segura". Cuando la pandemia llegó y lo viejo cayó, los primeros en quedarse se atrincheraron en edificios bajos, fortificaron ventanas con chatarra de Camachos y SUVs, y levantaron murallas de la madera que flotaba después de cada tormenta. Luego de años de idas y venidas, trueque con asentamientos tan remotos como Homestead y Opa-locka, y combates a muerte contra saqueadores del interior, la comunidad había sobrevivido y —por primera vez en mucho tiempo— lograba empezar a vivir.

Julia miró las nubes de tormenta al oeste. La temporada de huracanes ya había golpeado una vez en junio, y todos sabían que la ciudad podía ahogarse una vez más en cuestión de horas.

—Vamos —dijo—. Si no volvemos antes de que el sol baje, la abuela se va a preocupar.

Caminar por las viejas calles era recorrer fantasmas. Entre las ruinas del American Airlines Arena, ahora cubiertas por murales improvisados y parches de cultivos, los niños jugaban a las estatuas, imitando zombis que probablemente nunca habían conocido fuera de los libros y relatos. Algunas bicicletas oxidadas servían aún para desplazarse por las avenidas inundadas de raíces; el comercio era intenso en los días de paz. Pescado seco por judías, arroz por cartuchos de escopeta, ropa reciclada por sal; el trueque era la ley.

El asentamiento estaba marcado por un sistema de banderines coloridos, cuya combinación era un código antiguo para avisar de cualquier anomalía: blanco para seguro, rojo para alerta, amarillo para zombi cercano, azul (que apenas se usaba ya) para incursión humana enemiga. Esa tarde, las banderas flameaban blancas y verdes, señal de tranquilidad y mercado abierto.

Al pasar junto a la vieja cúpula de la estación del Metromover, saludaron a doña Nidia, quien cocinaba sobre el capó de un Tesla convertido en cocina de leña. Detrás suyo, las barricadas de acero y madera permanecían, decoradas con pinturas: la imagen de una iguana enroscada en torno a una flor de sol, símbolo local de resiliencia.

—Esta noche hay sopa de guayaba —avisó Nidia, guiñando un ojo rápidamente.

Santi suspiró con alegría—. Milagros sí existen.

Entraron al corazón de la comunidad, donde los jóvenes se turnaban para limpiar el canal y asegurarse de que los cultivos no fuesen saqueados por mapaches ni gaviotas. Algunos ancianos enseñaban a los más pequeños cómo filtrar el agua de lluvia, otros discutían la próxima reunión para organizar el relevo de vigilantes en la torre improvisada sobre la antigua noria del parque.

Del otro lado de la calle, junto a los restos de un muro grafiteado que mostraba la silueta de la bahía, un grupo regresaba del interior del Downtown. Traían consigo una carretilla llena de madera y algunas cajas de comida tomada de las bodegas abandonadas.

A Julia le tocaba esa noche patrullar el Barrio de la Pequeña Habana, al sur del asentamiento. No era la patrulla la que más temía: era el cruce de la avenida 8, donde a veces, tras la puesta de sol, se agrupaban los últimos zombis aún capaces de deambular en busca de cuerpos recientes.

Se encontró con Maritza, la lideresa del sector. Era una mujer de 50 años, robusta, cabello corto como clavos y sonrisa desconfiada, siempre lista a convertirse en orden o amenaza. —¿Pasaste por Brickell? —inquirió, sin perder el ritmo mientras tallaba un machete contra una piedra enorme que servía de banco.

—Bastante limpio —dijo Julia—. Aunque vi unos saqueadores por allá la semana pasada, vestidos como los del asentamiento de Coral Gables. No hicieron nada, solo miraron.

Maritza gruñó—. Cualquier movimiento me avisas. Y si no vuelves después del toque de campana, saldré por ti yo misma.

Dejó su mochila en la estación central: dos cantimploras de aluminio, el rifle, una daga afilada, dos latas de atún y tres cartuchos. Revisó la radio de manivela; a pesar de todo, las transmisiones seguían, aunque lejos de aquellos días en que “las noticias” eran algo más que reportes de intercambios de comida o advertencias de tormenta.

De noche, la ciudad era otra cosa. Desde la cima de lo que una vez fue el edificio SunTrust, el viento que soplaba desde la bahía traía el olor salobre y el rumor de las olas rompiendo contra lo que alguna vez fue la terminal de cruceros. Allá, a lo lejos, se divisaban parpadeos de luz: tal vez fogatas en otros asentamientos o incluso señuelos de bandidos. Julia no podía estar segura.

El sonido de un motor la sacó de su letargo. Era una rareza: ya no quedaban muchos vehículos funcionales. El rugido era tosco, intermitente, pero notablemente humano. Vio acercarse una furgoneta pintada de verde y amarillo, la marca del grupo de intercambio de Coconut Grove. Dos personas bajaron; una de ellas, una joven de cabello afro recogido, levantó las manos, mostrándose desarmada.

—Vamos de paso —gritó en español, en un tono que denotaba experiencia en evitar malentendidos—. Solo traemos tabaco y harina.

Julia descendió, rifle apuntando al suelo por las dudas. Intercambiaron nombres, noticias del canal de Okeechobee bloqueado por una familia armada, rumores de una plaga que reaparecía cerca del aeropuerto, y finalmente llegaron al protocolo: tres bolsas de tabaco por una bolsa de arroz, más protección por la noche bajo el resguardo de Bayside.

—No pueden quedarse mañana —advirtió Julia—. Habrá operativo en el Downtown. Salen por la tarde sí o sí.

La joven de la furgoneta asintió—. Solo queremos dormir tranquilos.

En algún momento avanzó la madrugada y la ciudad, cubierta de nubes pesadas, se volvió aún más irreal. Julia encontró consuelo repitiendo, como casi todos los supervivientes del nuevo Miami, los nombres de los lugares antiguos: el Vizcaya, Ocean Drive, la Pequeña Haití. Un mapa mental de lo que ya no era, fragmentos del mundo antes de los zombis.

Cerca del amanecer, Maritza la reemplazó en la patrulla. Julia caminó de regreso al mercado, los hombros romos, el cansancio pegado a cada hueso. Los mariscos habían llegado aquella noche, trueque con un grupo de pescadores de Miami Beach, que aseguraban haber visto una ballena muerta cerca de Fisher Island. El tráfico comercial crecía por las rutas limpias. Los talleres de hierro de Hialeah intercambiaban herramientas por libros y aceite, y de vez en cuando alguna comunidad traía nuevos retoños de frutas, diversificando los cultivos comunitarios.

Amanecía y los niños apilaban sus esteras en el suelo de lo que fue una tienda GAP, convertida ahora en aula. Una mujer entrada en años —que decía haber sido profesora universitaria— abría su cuaderno con hojas de papel marrón para mostrar a los pequeños palabras básicas: azul, esperanza, agua limpia, peligro; y nombres de partes del cuerpo, por si alguna vez necesitaban explicarle a un desconocido dónde les dolía.

En la plaza central, el consejo de ancianos debatía el nuevo plano de la ciudad. Un viejo arquitecto, ayudado por un par de aprendices, marcaba con tiza los límites de las zonas limpias, las áreas agrícolas y los puntos de observación. Julia se acercó con curiosidad.

—Las calles hacia el sur pueden empezar a abrirse —escuchó—. Si el grupo de Coral Gables coopera, podríamos limpiar otra cuadra en Brickell antes que termine el verano.

Por encima de ellos, una bandera improvisada ondeaba: azul, amarillo y verde, los colores de la ciudad renacida.

Quedaban problemas, por supuesto. Los grupos saqueadores resistían y, de vez en cuando, un cadáver fresco se levantaba, recordando que la plaga aún era amenaza. Miami seguía dividida en pequeñas zonas de control, alianzas frágiles y rutas de intercambio que podían romperse por el capricho de una tormenta o el hambre de un grupo desesperado.

Pero aquella mañana, sobre la bahía en calma, mientras las primeras chispas de luz rebotaban sobre el agua y el eco de las cigarras decaía, Julia sintió algo parecido a esperanza. Había visto morir y renacer la ciudad más veces de las que podía contar; había perdido a demasiada gente, luchado, temido, soñado. Ahora, aunque el mar amenazaba y los muertos acechaban, Miami respiraba, calles adentro y ensenada afuera. Y mientras el mundo seguía reconstruyéndose, paso a paso, el futuro parecía, aunque frágil, nuevamente posible.

Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Brote
Operación ocaso

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.