Septiembre zombie
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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Incubación
Operación ocaso
Portada del relato Cenizas sobre la Bahía Biscayne
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Fragmento:


Hoy es un día de mercado, y la tensión se nota en el aire. Gente de Coconut Grove, un par de caminantes desde Opa-Locka y algunos comerciantes de Little Havana han venido con canastas de plátanos, huevos rescatados de gallinas semisalvajes, pescados secos capturados en la costa y hasta un puñado de libros viejos. Unos niños, descalzos, recogen balas de 9mm ofrecidas en intercambio por botellas de combustible casero. A pesar de las precauciones, la amabilidad se extiende solo hasta donde alcanzan las miradas armadas. Aquí la desconfianza es ley, como la sal en el aire y la ruina bajo los pies.

Duración: 14:18

Cenizas sobre la Bahía Biscayne
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2026

El sol se ponen tras los esqueletos oxidados de los rascacielos de Brickell, y la sombra de los edificios caídos se extiende por la bahía, tiñéndola de un gris enfermizo. El viento lleva consigo un olor mezcla de sal, hierro y podredumbre, mientras las aguas turbias del canal reflejan las ruinas de un Miami irreconocible. La gran ciudad costera, que una vez fue santuario de turistas y millonarios, ahora es solo un vestigio dentado en el horizonte, una colección de muros improvisados, casas saqueadas y avenidas cubiertas de vegetación salvaje. Hace años que la naturaleza reclama las calles: las palmas crecen retorcidas entre las grietas del asfalto, iguanas gigantes toman el sol en los escombros, y bandadas de aves invasoras anidan en las torres deshabitadas. Aquí y allá se reconocen rastros de la civilización antigua: una valla publicitaria derrumbada que aún muestra, emborronada por el moho, a una modelo en bikini con un pie anfibio y una pistola de bengalas.

Cuando llegó la plaga zombie, casi siete años atrás, la ciudad reventó por las costuras. Los lujosos condominios y barrios cerrados no servían de nada cuando hordas de infectados bajaban por la I-95, atravesando Little Haiti, Downtown y Wynwood, arrastrando consigo a vivos y muertos por igual. Una vez que la zona sur de la Florida fue declarada perdida por el ejército federal, los que pudieron huyeron por las caóticas Autopistas Palm y Tamiami en busca de promesas de campos más seguros. Solo quedaron los olvidados: trabajadores ilegales atrapados por el idioma y la pobreza, ancianos, pequeños clanes de cubanos, haitianos, venezolanos y portorriqueños que conocían bien el arte de resistir el hambre y el miedo. Sobre ellos, sobre los desesperados, recayó la tarea de sobrevivir bajo las peores condiciones que los Estados Unidos han conocido en décadas.

Ahora, en la última recta del 2026, sobreviven en una ciudad que es mitad fortaleza y mitad cementerio. Miami Beach, El Doral, Hialeah y Coral Gables son nombres que apenas designan grupos dispersos de refugios, estaciones de trueque y milicias amateurs más hambrientas que disciplinadas. Por la noche, la gran bahía y sus canales se cubren de niebla y cánticos que llegan desde asentamientos flotantes montados sobre casas-barco y remolcadores, justo al borde del mar, donde la brisa ayuda a mantener alejados a los rezagados carniceros que aún deambulan por tierra.

La vida, en este punto, es una negociación entre la amenaza constante y la esperanza intermitente.

***

Me llamo Julián Restrepo y tengo treinta y tres años. No recuerdo bien el último día normal; a veces sueño con rutas de comida rápida, con el aroma de los cigarros electrónicos en la playa y la música de los convertibles en Ocean Drive, pero el presente es muy distinto. Hoy, mi mundo se reduce al Fort Redención, una fortaleza improvisada a partir del antiguo Miami Children’s Museum, en la isla Watson, justo en medio de la bahía. El museo tenía muros sólidos, depósitos amplios y buenas vistas en casi todas las direcciones, por eso, hace ya tres años, un grupo de sobrevivientes lo reclamó tras limpiar a los zombis amontonados en la exhibición de trenes en miniatura. Desde ese día defendemos la isla como si de ella dependiera el futuro de todos los que quedamos.

El consejo del fuerte, una mezcla de ex policías, un par de maestras, cuatro marineros y una anciana que fue chef de renombre, rige con mano dura pero sensata. Todas las noches hay reuniones en la sala de proyecciones, alrededor de una lámpara de queroseno custodiada como si fuera oro. Allí se discuten raciones, problemas de salud, nuevas reglas de refugio y, sobre todo, qué hacer con los extraños que piden asilo al otro lado del puente levadizo.

Hoy es un día de mercado, y la tensión se nota en el aire. Gente de Coconut Grove, un par de caminantes desde Opa-Locka y algunos comerciantes de Little Havana han venido con canastas de plátanos, huevos rescatados de gallinas semisalvajes, pescados secos capturados en la costa y hasta un puñado de libros viejos. Unos niños, descalzos, recogen balas de 9mm ofrecidas en intercambio por botellas de combustible casero. A pesar de las precauciones, la amabilidad se extiende solo hasta donde alcanzan las miradas armadas. Aquí la desconfianza es ley, como la sal en el aire y la ruina bajo los pies.

En ese entorno mi labor es, sobre todo, buscar recursos y mantener los lazos con otros refugios. Pero también, en días como hoy, ejercer de mediador entre las facciones más agresivas: los comerciantes de armas y munición, algunos jóvenes curtidos que sólo conocen la guerra, y los viejos cubanos, que sueñan con cultivar mangos y caña como sus abuelos en los umbrales de la ciudad.

La amenaza zombie todavía existe. En las noches cálidas —cada vez menos frecuentes en invierno— los pocos que quedan vagan en grupos dispersos por el centro, especialmente cuando la luna llena inunda la bahía y el aire se vuelve casi líquido de humedad. Ahora no son hordas imparables como en los primeros años, sino pequeños grupos, peligrosos sobre todo porque pueden ocultarse en ruinas y sótanos esperando la siguiente víctima incauta o desesperada.

Para nosotros, sin embargo, el verdadero peligro son los humanos. Hay saqueadores especializados que se desplazan en lanchas rápidas, bandas de ex militares que reclaman impuestos de paso, e incluso “caballeros de la noche”, como se hacen llamar, armados con lanzas y revólveres oxidados, que patrullan los antiguos puentes y asaltan a cualquier infortunado sin protección suficiente. Las alianzas entre refugios son frágiles, determinadas por la última escasez, el reciente rumor o la más reciente traición.

Esta noche, entre las hogueras en la playa del museo, el mercado está a punto de cerrar cuando una campana —hecha con una vieja señal de tránsito— repica cinco veces. A los pocos segundos, los balseros de la comunidad flotante de Star Island aparecen: tres adultos y dos adolescentes remando con fuerza en un catamarán improvisado. Sus luces de queroseno parpadean, reflejándose en el agua lodosa. Todos nos ponemos en guardia, aunque sabemos que los forasteros rara vez llegan con malas intenciones: el mar filtra a los peores y solo los más hábiles sobreviven a los caimanes, a los escombros, a las corrientes caprichosas de la bahía.

Una de las balseras, una mujer curtida en cuero y cicatrices, levanta algo envuelto en manta: es un niño pequeño, paliducho y aterido. La comunidad murmura. La chef, doña Marta, exige explicaciones. “Se perdió en el mar hace dos días —dice la mujer, llamada Xiomara—. Lo encontramos flotando cerca del puente de Venetian, apenas aferrado a una tabla. Es de ustedes, del fuerte”. Alguien reconoce al niño: es el hijo menor de un par de horticultores que hace una semana salieron a pescar y nunca regresaron.

Una delegación corre a buscar a la madre, y en medio de sollozos, el consejo debate qué dar a cambio de la vida devuelta. Es el tipo de negociación a la que estamos acostumbrados: pescado seco, dos machetes y media caja de cebollines a cambio de una vida humana. Los balseros sonríen porque saben que, aquí y ahora, eso es justo.

Ya entrada la noche, estoy apostado sobre el tejado del museo con mi binoculares, observando las luces distantes. Las antiguas autopistas son ríos secos, ocupados de vez en cuando por caravanas de comerciantes o alguna horda zombi despistada. La ciudad, extendida como una mancha de petróleo, suda recuerdos. A veces me pregunto cómo era realmente el Miami anterior: las fiestas, los huracanes en verano, los campus universitarios llenos de chicos en patineta sabiendo que el futuro estaba asegurado. No queda nada de eso. Incluso si logramos encender algún generador y tocar un viejo disco, la sensación de pertenencia al mundo de antes se escapa como el humo.

La nueva Miami está definida por la resiliencia. La gente aprende a hacer medicamentos fermentando moho, a destilar agua con paneles quemados de autos solares, a tratar heridas con polvo de carbón vegetal y rezar para que el tétanos no les visite justo antes del amanecer. Los adolescentes, que crecieron con la plaga como telón de fondo, son expertos en fabricar códigos de señales con linternas, a esconder reservas de comida en sótanos sumergidos y a saltar a nado entre islas para evitar a los depredadores humanos y inhumanos.

Al amanecer, el rocío cae sobre las piezas económicas de nuestro refugio: paneles de madera, colchones raídos y mochilas acribilladas por la intemperie. Se siente el frío más de lo habitual. En la orilla, alguien ha clavado un letrero improvisado: “Comunidad Watson. No se negocia con saqueadores. Se paga en arroz, medicinas o semillas”.

Mi tarea esa mañana es acompañar a un pequeño grupo al antiguo puerto de Bayside, cruzando el canal principal en dos lanchas. La idea es simple: recuperar una caja de semillas que, según un rumor, fue depositada por el consejo de una comunidad del sur. Es probable que todo sea una trampa, pero incluso ese pequeño riesgo es preferible a quedarse quietos y ver cómo el hambre diezma a los nuestros.

El muelle, rodeado de estructuras caídas y maleza, tiene la quietud de una tumba. Los zombis aún viven en la memoria: los rastros de sangre vieja, mordidas en puertas metálicas, cuerpos secos aplastados por autos volcados. Pero el peligro real es encontrar, tras una esquina, a una banda armada y silenciosa, o toparse con una casa llena de trampas para incautos.

En la zona quedan menos de doscientas personas, y cada encuentro involuntario puede significar una alianza o un exterminio. Las conversaciones son rápidas y llenas de claves aprendidas: referencias al “puente azul” (en realidad, el antiguo puente de MacArthur, ahora pintado a mano por patrulleros juveniles), señales de humo al mediodía, saludos realizados con ambas manos abiertas para mostrar que uno va desarmado. A veces tenemos suerte. Así fue como conocí a Mateo, uno de los jóvenes ingenieros que ahora lidera un grupo de mecánicos dedicados a reparar generadores de corriente, salvando así la poca electricidad que se produce y que alimenta radios, reflectores, desalinizadoras… cosas que hace una década parecían baratijas inútiles.

Hoy, en Bayside, la suerte está de nuestro lado. Encontramos la caja esperada en una sala de espera completamente oxidada y cubierta de matorrales. Dentro, legumbres secas y algo que no esperábamos: dos paquetes de cartas fechados y una Biblia forrada en piel. No se habla de religión, excepto en susurros, pero el hallazgo tiene peso. Mateo sugiere repartir las cartas entre los líderes de comunidades aliadas. El grupo asiente: toda palabra escrita es oro.

De regreso al refugio, divisamos a un grupo de figuras cruzando el puente. No son zombis; el andar tiene propósito, y portan mochilas. Uno alza la mano en señal de paz. Me preparo por si es una trampa, pero dejan que nos acerquemos. Son gente de Edgewater, un asentamiento rival que la semana pasada desterró a tres saqueadores de armas. Nos cuentan que la horda más grande ha descendido hacia Coconut Grove, arrastrando a un par de bandas de humanos entre peleas y gritos. Eso significa unos días de relativa calma para nosotros, pero también implica que, desde el sur, pueden venir refugiados o bandidos desaforados buscando rapiña.

Cerca del mediodía, cuando el sol castiga las ruinas sin piedad, tocamos tierra en nuestra isla. Los niños corren a buscar la caja de semillas y el consejo del fuerte declara un día festivo. La comida, siempre escasa, se reparte medio racionada, y la chef prepara una sopa de pescado seco como para celebrar la buena suerte.

En la tarde, mientras juntos leemos algunas de las cartas (mensajes desesperados, esperanza en párrafos flojos), la radio chisporrotea y oímos una transmisión lejana: “Bahía de Tampa, aquí refugio Naranja. Comunidades costeras, reporten movimiento de hordas. Hoy, día quince de noviembre de veintiséis. Paz y trueque." Nadie responde; solo podemos transmitir códigos de señales mediante linternas —aún así, la transmisión confirma que hay otros allá afuera, luchando, respirando, contagiados del mismo instinto de supervivencia.

Ya en la noche, sobre la terraza cubierta, niños y adultos escuchan relatos de los ancianos: las leyendas de una ciudad alegre, los viejos hoteles de South Beach, los escándalos en la arena y los martinis bajo la luna. Los jóvenes solo sonríen a medias; apenas pueden imaginarlo. Para ellos, Miami es y será una ciudad fortificada, partida en islas, recorrida solo de día, decorada con murallas de chatarra, señales pintadas con tiza, la palabra "seguridad" escrita sobre el miedo.

Pero la esperanza persiste, a pesar de todo. El mar sigue trayendo historias y vida. Alguien dice que, en una pequeña isla de los cayos, los manglares se han multiplicado y gente de todas las etnias cultiva arroz y frijoles juntos. Otros aseguran que un día, los zombis finalmente serán un mal recuerdo y Miami, la ciudad rota, será una ciudad viva otra vez, aunque diferente.

Quizá sus muros jamás caigan, y tal vez nunca vuelvan las playas abarrotadas ni las fiestas bajo las palmeras eléctricas. Pero mientras haya un grupo que se reúna cada noche bajo la lámpara oxidada, compartiendo historias y vigilias, Miami nunca caerá del todo.

El último refugio junto al mar persiste —con miedo, con hambre, con esperanza— bajo el sol inclemente y el rumor constante del Atlántico, esperando el día en que la ciudad vuelva a pertenecer a los vivos.

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