Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Brote
Portada del relato El último sol de Florida
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Hoy quedamos once. Los nombres son importantes; los repito en mi cabeza todas las noches como un mantra, como si recordarlos me ayudara a creer que todo esto tuvo una razón. Tony es un cubano de sesenta y tantos, mecánico naval, que insiste en que la clave está en los barcos. Camila, la madre joven, enfermera; Fabián, su hijo, pequeño y silencioso; Clara y Evelyn, hermanas hondureñas que se niegan a hablar de todo lo que dejaron atrás; Hakeem, que atravesó medio Estado huyendo a pie desde Orlando cuando la autopista se llenó de muertos; Luisa, que era maestra de inglés en Little Havana y tiene la voz más calmada que he escuchado jamás; Mike y Alejandro, que construyeron el primer refugio en el Mondrian, y yo. El último, el número once, es un perro, Chocolate, que sobrevivió a todo, incluso al hambre y los mordiscos de los otros perros salvajes durante el verano caluroso.

Duración: 11:16

El último sol de Florida
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

3 de Diciembre de 2020

Me llamo Daniel Rodríguez y escribo estas líneas porque no quiero que mi memoria se oxide en este páramo de cadáveres y concreto. Si alguien encuentra este diario, quizá sirva para recordar cómo era, cómo fuimos cayendo, cómo intentamos resistir aunque todo parecía perder sentido. Hoy, sentados en lo alto de lo que solía ser el Hotel Mondrian, entre la bahía y el mar, miramos Miami arder bajo un frío irreal, perder sus palmeras y sus colores y convertirse en la tumba de sus hijos.

Es invierno, aunque aquí, en el sur de la Florida, invierno nunca fue una palabra demasiado seria. Pero ahora importa. Por primera vez se siente el frío: el aire parece que corta la piel y, según dice Tony —nuestro improvisado meteorólogo—, la temperatura baja hasta los seis o siete grados. Puede sonar ridículo para quien venga de Nueva York o Boston, pero las casas, los refugios, y las ropas de aquí nunca estuvieron preparados para esto. Nadie lo estaba, ni para el frío ni para la muerte.

Antes, en noviembre, teníamos que lidiar con el calor sofocante, las lluvias y la niebla que salía del asfalto después de las tormentas. El hedor a podredumbre se mezclaba con el olor a aceites y mariscos rancios de la Bahía de Biscayne. Ahora eso es un recuerdo. El frío ha traído otro tipo de silencio, uno más profundo. La ciudad está llena de cadáveres; apilados hasta los techos de los carros en calles principales, atigrados entre los bloques de apartamentos, flotando en los canales como peces antiguos. Dicen que en las ciudades del norte los muertos están quietos gracias al hielo. Aquí solo disminuyen, se mueven menos, a veces se quedan en un rincón durante horas, congelados en el gesto de atacar o de pedir ayuda.

Hoy nadie salió a recolectar comida. Es demasiado peligroso. Ayer regresó solo la mitad de los que fueron por provisiones, y lo que trajeron apenas alcanzó para un par de días: latas de frijoles, bolsas de arroz húmedas, un par de botellas de agua (su sabor rancio, con matices metálicos, a nadie le importa ya). Camila propuso que comiéramos en turnos, salteándonos un día si es posible, pero tiene un hijo de seis años y es obvio que comerá lo que le toque aunque ella pase hambre.

El invierno aquí mutó la forma en que sobrevivimos. Las hordas de zombis ya no cruzan por el Venetian Causeway como antes. Lo intentan, pero la mayoría cae al agua helada y no pueden salir. Los gritos —esos gemidos desgarrados— han disminuido hasta volverse esporádicos. No es consuelo. El frío también ralentiza nuestra sangre, el ánimo, la capacidad para planear el futuro. La escasez se vuelve cada día más urgente.

A veces me pregunto cuánto tiempo podremos soportarlo. El grupo con el que estoy se formó en los primeros meses, cuando las cosas empezaron a ir mal de verdad, en mayo o junio, en aquel refugio improvisado dentro del estacionamiento de la Universidad de Miami. Éramos veinte, médicos, estudiantes y algunos viejos trabajadores de la ciudad. Algunos desaparecieron cuando tratamos de llegar a Downtown, otros fueron devorados en Coral Gables durante una terrible tormenta, otros —los menos— simplemente se desvanecieron durante la noche, como si nunca hubieran existido.

Hoy quedamos once. Los nombres son importantes; los repito en mi cabeza todas las noches como un mantra, como si recordarlos me ayudara a creer que todo esto tuvo una razón. Tony es un cubano de sesenta y tantos, mecánico naval, que insiste en que la clave está en los barcos. Camila, la madre joven, enfermera; Fabián, su hijo, pequeño y silencioso; Clara y Evelyn, hermanas hondureñas que se niegan a hablar de todo lo que dejaron atrás; Hakeem, que atravesó medio Estado huyendo a pie desde Orlando cuando la autopista se llenó de muertos; Luisa, que era maestra de inglés en Little Havana y tiene la voz más calmada que he escuchado jamás; Mike y Alejandro, que construyeron el primer refugio en el Mondrian, y yo. El último, el número once, es un perro, Chocolate, que sobrevivió a todo, incluso al hambre y los mordiscos de los otros perros salvajes durante el verano caluroso.

Miami ya no es Miami. No se parece en nada a la ciudad que describen las viejas postales. South Beach es apenas un campo de huesos y palmas partidas, el malecón algo así como una frontera entre lo conocido y lo impensable. Hay barcos hundidos en la bahía, lanchas volcadas cerca de Star Island, nadando entre cadáveres que jamás pudieron salir del agua. El puerto fue uno de los primeros en caer, los cruceros convertidos en cárceles flotantes para turistas que pronto se devoraron entre sí, portando la peste de camarote en camarote. A veces seguimos oyendo gritos apagados desde alguna de esas naves oxidadas, pero Tony dice que es solo el viento.

El frío sí nos ha ayudado en algo: nos protege un poco de los plagados. Se mueven mal, sus articulaciones se endurecen, aunque algunos —los más frescos— todavía son capaces de correr cortas distancias para atrapar a algún desprevenido. La humedad hace que la carne se desprenda en jirones, que sus manos apenas puedan golpear las puertas. Pero han aprendido a esperar. Se quedan pegados a los ventanales, reconociendo voces, olores, cualquier signo de vida.

Hoy, Camila intentó encender una fogata en la terraza, usando madera podrida y pedazos de muebles de despacho. El humo olía a plástico y mezclilla quemada. “Hay que cuidar el fuego; va a traerlos”, le dijo Tony. Pero incluso el viejo dejó que la fogata siguiera ardiendo cuando vio el temblor en el labio de su hijo. El calor es tan raro como una palabra de cariño.

En la tarde salimos algunos a tomar agua de lluvia que habíamos almacenado en bidones. No es suficiente. Las tuberías están muertas; el agua corriente dejó de fluir hace semanas. Las viejas piscinas son imposibles: llenas de cuerpos, de algas, de materia fétida. Ayer, Evelyn intentó filtrar un poco de agua del canal de Brickell Key, pero el olor a gasolina y cadáver era insoportable. Nadie se atrevió a probarla salvo Mike, que ahora yace en un rincón, vomitando bilis y rogando a Dios que cese la fiebre.

La muerte ronda todo el tiempo. No se puede bajar la guardia ni un segundo. Hace dos noches, una horda logró colarse por la escalera de incendios lateral del hotel. Yo estaba dormido cuando escuché el primer grito —Clara, creo; el miedo se agarra con el nombre propio— y corrí descalzo hasta el pasillo. Los muertos habían subido lentamente, arrastrando los pies y golpeándose entre sí, pero el hambre los mantenía en marcha. Nos defendimos con palos, un martillo oxidado y algunas piedras. Al final pudimos rechazar el ataque. Tuvimos suerte; solo un mordisco leve a la pierna de Alejandro, que esta tarde presenta fiebre y mira a todos con ojos ausentes. Camila le cambia la venda y le da agua. Nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero sabemos lo que ocurre con los mordidos: tres días, cinco a lo sumo. O te matan antes o despiertas de otra manera, parte de la horda.

La noche es cuando más miedo tengo. Desde aquí, en la altura, veo la ciudad apagada, apenas algunos incendios que titilan bajo el viento. Escribo mientras tiemblo; no sé si por el frío o por el terror de quedarnos solos, de no sobrevivir a la próxima semana. Marchito los recuerdos: en este mismo hotel celebré cumpleaños hace solo unos años, bailé alguna vez, vi a los turistas lanzarse a las piscinas al atardecer. Ahora, el agua arrastra carne flotando y los salones de fiesta son fortalezas improvisadas, con muebles atrancando puertas y ventanas cubiertas con planchas de madera.

Me pregunto todo el tiempo quién tiene la culpa de esto. Escuchaba las noticias, hasta que dejaron de transmitir; primero en inglés, luego en español, luego solo unas voces militares que hablaban de un “campo seguro” en West Kendall, en Homestead, en Doral. Todos resultaron ser trampas o simplemente desaparecieron en el caos. Los aviones dejaron de sobrevolar la ciudad en octubre. El aeropuerto está vacío, cubierto de maleza y autos bloqueando el acceso. Nadie llegará a rescatarnos; ya lo sabemos todos.

Llevo horas escribiendo y pareciera que nada tiene sentido. Pero temo que si no lo hago ahora, si no lo narro como fue, cuando llegue mi fin —sea entre los dientes de un muerto o hundido en el mar— nadie sabrá cómo era el último diciembre de una ciudad que tanto amé.

Camila me dijo hace un rato antes de dormir: “El mundo ya cambió. Hay que tuitear en papel, Daniel.” Ella todavía sonríe a pesar de todo, aunque su hijo llora cada noche y pregunta cuándo veremos a papá, a los abuelos, a los amigos. Nunca supe qué decirle. Hakeem, que perdió a cinco hermanos en un día, sostiene al niño entre los brazos y le cuenta historias inventadas sobre la Luna. Evelyn y Clara arreglan las mochilas con lo poco que queda de nuestros víveres. Tony limpia su antigua pistola, que dispara una vez sí y tres no, pero la mantiene junto a la almohada como si fuera una reliquia de tiempos mejores.

Esta noche me costará dormir. El viento viene del norte, trae consigo un olor a yodo y metal, a muerte fresca. Florida siempre fue refugio para quienes huían del frío, para quienes buscaban playas infinitas y la idea de que todo podía durar para siempre. Hoy los muros del hotel parecen mausoleos y los pasillos rugen con ecos del pasado. Me siento al borde del abismo, viendo cómo la civilización se apaga un poco más cada día.

Si alguien lee esto en el futuro, les digo: lo intentamos. Amamos, nos peleamos, comimos juntos, lloramos y acechamos tras las ventanas esperando que los días pasaran rápido. Siempre miramos el mar con una mezcla de nostalgia y terror, pensado en lanzarnos a los cayos, a Cuba, a donde fuera. Pero nunca abandonamos Miami del todo. Aquí, entre los muertos y los sobrevivientes, seguimos siendo humanos. Seguimos escribiendo.

Saludo al sol, si es que llega mañana. Hace frío y tengo miedo. Pero mi nombre es Daniel Rodríguez, y este fue mi diciembre en la ciudad que nunca duerme.

-------

Nunca había escrito tanto de un tirón en mi vida. Mis manos duelen; estoy seguro de que mañana será igual o peor, pero tengo que seguir. Cada palabra es una barricada, un refugio mínimo contra el olvido. Por la mañana, si el frío afloja y los muertos se disipan, volveremos a intentar llegar a Wynwood. De ahí, quizá, a una de esas comunidades en Little Haiti que aún resisten. Nos arriesgamos por comida, sí, pero sobre todo por esa absurda esperanza de volver a ver la ciudad encenderse, aunque sea una sola luz, una sola sonrisa.

Cierro los ojos por ahora. Afuera siguen los ruidos: huellas lentas, respiraciones malolientes, rasguños en el concreto. La noche es larga. La ciudad está llena de historias aún no contadas. Miami, mi hogar, aguanta en la penumbra, esperando un nuevo despertar.

Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Septiembre zombie
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Brote

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.