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Portada del relato El último sol sobre la Bahía
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Fragmento:


Ambos sabían que en el último año las relaciones con Coconut Grove se habían vuelto tensas. Hubo un tiempo en que los supervivientes compartían información sobre cómo “limpiar” los canales de zombis deteriorados a base de trampas y lanzas caseras. Ahora, cada comunidad enviaba patrullas armadas no sólo para resguardarse, sino para intimidar a los vecinos.

Duración: 11:42

El último sol sobre la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

15 de noviembre de 2026

El sol de la tarde besaba las paredes desconchadas del antiguo Miami Children’s Museum, ahora convertido en una fortaleza improvisada. Afuera, el viento hacía que las palmeras se inclinaran, sacudiendo entre sus hojas el polvo y la sal que flotaban en el aire desde hacía años, desde que las olas de no-muertos habían golpeado la ciudad hasta reducirla a esqueletos de concreto y acero. Hacía meses que la última horda importante había sido avistada a diez kilómetros hacia el oeste, y el asentamiento alrededor de Watson Island vivía un momento de relativa tranquilidad. El nuevo Miami era apenas una sombra de lo que fue, un mosaico fortificado de sobrevivientes, campos improvisados y la certeza paranoica de que la muerte aún rondaba, aunque ahora caminara más lentamente.

Esa tarde, Elena subió al tejado, cruzando las literas alineadas donde dormían noventa y tres personas, la mayoría niños y ancianos. Desde arriba, la ciudad muerta era un laberinto de calles promontadas, edificios convertidos en mausoleos y canales de agua sucia donde los cocodrilos y los cuerpos flotando competían por el título de depredador más temido. Si uno entrecerraba los ojos, era fácil recordar los yates y lanchas amarradas al puerto, la música en Ocean Drive y el bullicio de los turistas; pero esa nostalgia era un lujo para quien tuviera tiempo de llorar. Elena no lo tenía.

Había ruido en la radio. A veces llegaban avisos en código Morse desde las comunidades del norte, enclaves nietos de los refugiados cubanos que, como sus antepasados, buscaban un sitio mejor en Florida. En la frecuencia de las 17:00, como cada tarde, una voz pastosa informaba sobre un tren blindado que avanzaba desde Orlando, con provisiones y gente armada. Nadie sabía de cuántos vagones constaba, si era real, o si era solamente otra historia para levantar ánimos. En Miami, la realidad era negociable.

Elena acomodó el fusil sobre la barandilla del mirador con manos seguras. Cuando uno ha disparado a suficiente gente y suficientes cadáveres, esa línea divisoria entre ambos se desdibuja. Ella había aprendido a no preguntar a los forasteros cómo murieron sus antiguos compañeros; si estaban vivos era porque sabían matar o porque sabían esconderse. Ningún superviviente podía permitirse el lujo de la inocencia.

Unos pasos subieron detrás de ella. Era Carlos, cojo pero astuto, su segundo al mando en la defensa del asentamiento. Se había ganado la confianza del grupo tras haber saboteado una caravana de saqueadores que amenazaba con tomar el puerto de Miami Beach, cuando aún se podían ver los letreros de colores y la arena no estaba infestada de huesos.

“Los barcos han vuelto,” dijo con voz baja. Siempre hablaba así, como si temiera que los muertos escucharan desde el agua. “Traen tres supervivientes y lo que parece munición. Pero hay un problema.”

Elena se giró despacio, escrutando su rostro curtido.

“¿Problema humano o problema muerto?”

“Ambos,” respondió Carlos. “Uno de los sobrevivientes viene de Coconut Grove. Juran que los del Orange Market están tramando algo. Dicen que han dejado morir a tres pueblos para quedarse con sus cosechas.”

Era la vieja historia de siempre. Ahora que las hordas se consumían y los asentamientos comenzaban a prosperar, la amenaza ya no solo era de los zombis, sino de los humanos. Con cada cosecha, con cada bolsa de grano, resurgía la ambición. Cada líder local era un pequeño señor de la guerra disfrazado de alcalde. Miami no era la excepción.

Elena se pasó una mano por la trenza apretada. A sus treinta y pocos años, ya sentía el cansancio de una vida doblegada por la supervivencia. “¿Han visto movimiento inusual hacia el sur?”

“Solo algunas fogatas,” señaló Carlos. “Pero no descarto que estén espiándonos. Los del Grove quieren el acceso al puerto, y tú sabes que los de Opa-locka preguntarían después de disparar.”

Ambos sabían que en el último año las relaciones con Coconut Grove se habían vuelto tensas. Hubo un tiempo en que los supervivientes compartían información sobre cómo “limpiar” los canales de zombis deteriorados a base de trampas y lanzas caseras. Ahora, cada comunidad enviaba patrullas armadas no sólo para resguardarse, sino para intimidar a los vecinos.

Elena bajó la mirada, balanceando decisiones. “Cuando lleguen los barcos, interroguen a los nuevos. Si tienen información útil, que se queden; si no, que sigan camino. Vigila el almacén esta noche, no quiero que la ‘distribución’ de comida acabe siendo otro saqueo encubierto.”

Carlos asintió, bajando al nivel inferior. Elena observó el horizonte, donde los restos de la ciudad, como corales sumergidos, parecían dormitar bajo el martillo del sol. El mar, antes azul brillante, era ahora gris sucio, donde ni los delfines ni las sirenas de los rumores se aventuraban. Era difícil imaginar que una vez Miami fue sinónimo de lujo. Ahora era sólo una palabra más de resistencia.

La noche cayó temprano, como aquella primera vez hace seis años cuando el caos se desató y el gobierno estatal colapsó en apenas tres días. El grupo de bienvenida aguardó tras los restos de un contenedor de carga, cerca de la orilla, linternas apenas encendidas y las armas disimuladas bajo mantas mugrientas. Los barcos se acercaron sigilosos, impulsados más por remos que por motor. El olor a sudor, a pólvora, a pescado rancio y miedo llegó con ellos.

Los recién llegados eran dos hombres, uno de ellos un adolescente apenas mayor de quince, y una mujer de unos cincuenta, curtida y con una venda ensangrentada en la pierna. El más viejo era quien tenía la información que Carlos mencionó. En cuanto pusieron pie en la isla, los interceptaron y los condujeron hacia una de las viejas salas del museo, ahora convertida en sala de mando y hospital improvisado.

Elena entró, apoyando la espalda contra la puerta. “¿Nombres, asentamientos, motivos?”

El hombre carraspeó, con las manos aún temblando. “José Martínez, de Coconut Grove. Este es mi hijo, Daniel, y ella es Maggie, enfermera de Matheson Hammock. Venimos porque los del Orange Market mataron a los míos. Les quitaron las reservas de arroz y soltaron una horda atrapada en la 27 avenida para cubrir su fuga.”

La acusación encendió murmullos. Todos sabían que los saqueadores humanos soltaban zombis en los caminos para distraer y diezmar a otras comunidades.

“¿Por qué no quedarse allá? ¿Por qué nosotros?” preguntó Elena.

José apretó los labios. “Aquí tienen puerto. Los de Market van a quererlo. Tienen armas, las tomaron el mes pasado tras una redada en Little Havana. Si no nos unimos, los perderán todo, ustedes también.”

Maggie intervino, voz ronca: “He visto demasiadas veces lo mismo. Al principio son zombis, luego son saqueadores. Pero ahora…”

Elena arqueó una ceja. “¿Ahora?”

“Ahora hay hombres peor que los muertos. Porque los muertos sólo quieren carne; los otros quieren poder.”

Un silencio se apoderó de la sala. Afuera, la guardia hacía inventario de municiones. La balanza de la justicia pendía de una cuerda podrida.

Esa noche fue larga. Elena caminó entre los pasillos del museo, recordando las exhibiciones de dinosaurios y astronautas que alguna vez maravillaron a los niños. Ahora los únicos cuentos eran de balas, hambre y muertos ambulantes. Miró las lámparas de queroseno colgadas de los techos, escuchó las respiraciones inquietas en la oscuridad, los sollozos de los niños que nunca habían visto la electricidad ni una pantalla encendida.

A la mañana siguiente, reunió a su consejo: cinco adultos, entre ellos Carlos, Maggie y un ingeniero viejo que antes diseñaba acuarios para hoteles de lujo. El plan era peligroso pero necesario. Si el Orange Market avanzaba, pronto no habría nadie que pudiera detenerlos.

“Usaremos los canales. Desplazaremos a un grupo de exploradores hasta el puente de Brickell, después rodearemos por el sur. Vigilaremos sus movimientos y, si es necesario, usaremos la pólvora que fabrican en los talleres de Flagler Street. No más esperar el siguiente ataque,” dijo Elena.

Los primeros asentimientos fueron dubitativos, pero la decisión se tomó. Maggie ofreció tratar a los heridos, y Daniel –el joven, apenas un chiquillo endurecido por el horror– se ofreció como guía.

Durante las siguientes horas, el asentamiento se preparó. Las armas pasaron de mano en mano: pistolas reparadas mil veces, machetes de mango recortado, lanzas hechas con astas y cuchillas de cocina. Cuerda, anzuelos, binoculares viejos. A veces, la única ventaja era conocer el sector. Los caminos por los que antes caminaban turistas hoy eran campos minados de escombros y huesos.

Avanzaron en parejas, bordeando las rutas bloqueadas. El hedor a descomposición persistía sobre los canales de Venetian Islands, y los restos de zombis atrapados en redes oxidadas servían de advertencia: aún quedaban focos de infección, y un solo mordisco seguía siendo sentencia de muerte. Pero aquellos hongos blanquecinos en los cuerpos, la putrefacción avanzada, indicaban que la amenaza era menor que antes. Hasta el terror más grande se desgasta, pensó Elena.

Cerca del Biscayne Boulevard divisaron una columna de humo. Era el Orange Market, acampando junto a la entrada del túnel, atrincherados detrás de autobuses volcados. Varios centinelas custodiaban la barricada.

Elena envió a Carlos y a la enfermera a rodear por el este. Un disparo ahogado resonó; alguien había tropezado, desencadenando un breve tiroteo. Gritos, órdenes – el caos de la guerra miniaturizada, la violencia inevitable. Elena disparó una sola vez; el hombre que custodiaba la barricada cayó sin un quejido. Su grupo aprovechó la confusión: avanzaron, tomaron el campamento, capturaron a dos invasores y dejaron ir a los demás, desarmados.

En menos de una hora, el Orange Market abandonó la zona, jurando venganza. El asentamiento de Watson Island había resistido. Al regresar, Elena permitió una celebración breve. Había pescado, pan de yuca, agua tibia. Un niño de ocho años tocó un tambor improvisado y, por unos minutos, la miseria cedió lugar a la esperanza tímida.

En la noche, Elena caminó hasta el borde de la bahía. Miró el perfil de la ciudad mutilada recortado por la luna. Los vivos habían prevalecido otra jornada. El corazón de Miami latía todavía, aunque cubierto de cicatrices.

En las semanas siguientes, los asentamientos vecinos enviaron mensajes en clave, felicitando la resistencia, proponiendo rutas de intercambio y promesas de alianza. Las primeras páginas escritas a mano llegaron desde Wynwood: “Alerta de horda cerca de Doral. Caminan lento, pero aún matan.” “Envía medicinas, ofrezco arroz.” Los códigos de señales entre asentamientos, encendidos con lámparas discretas en las noches, se convirtieron en la red nerviosa de la resistencia.

En Miami, al empezar el invierno de 2026, lo impensable comenzaba a ocurrir: la ciudad, mutilada, se articulaba de nuevo. El recuerdo de los zombis se convertía en cuento de advertencia. El olor del mar regresaba con brisas de cambio.

Elena, en el tejado del museo, observó cómo los primeros brotes de una nueva civilización se abrían paso entre las ruinas, y prometió que no permitiría que la oscuridad volviera a tragarse aquellos destellos de vida. Había sol en Miami, todavía, y algún día todos volverían a celebrarlo.

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