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Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Islas de Esperanza
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Fragmento:


Durante cuatro años, Miami fue solo un espectro. Nadie se atrevió a regresar, ni siquiera a las zonas de playas. Pero en los dos últimos, con la lenta caída de los zombis más antiguos, pequeños grupos comenzaron a limpiar sectores, a levantar barreras improvisadas, a buscar entre los restos el mínimo de vida. Ahora, en julio de 2026, la ciudad ya no era un refugio ni un infierno, sino una posibilidad en reconstrucción.

Duración: 13:47

Islas de Esperanza
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Texto de ajuste de pausa.

18 de Julio de 2026

El calor de Florida era aplastante. Nunca antes, ni siquiera en esos veranos interminables donde la humedad y el sudor parecían engullir la ciudad, se había sentido así. Mucho menos después de seis años de infierno, entre los restos de lo que alguna vez fue la resplandeciente Miami. Ahora, la brisa del Atlántico traía más que sal y olores a algas: empaquetaba el recuerdo agrio del miedo, el hedor de los cadáveres en descomposición, y el perfume, cada vez más escaso, de la esperanza.

La bahía de Biscayne, antaño alarde turístico, reflejaba los rayos del sol como si burlara al apocalipsis. Entre los manglares habían encontrado refugio los que no lograron escapar a tiempo del avance de las hordas en el 2020. Al sur, el Downtown solo era una silueta carcomida, donde los esqueletos de rascacielos supervivieron entre las ruinas y los ecos de miles de disparos.

Durante cuatro años, Miami fue solo un espectro. Nadie se atrevió a regresar, ni siquiera a las zonas de playas. Pero en los dos últimos, con la lenta caída de los zombis más antiguos, pequeños grupos comenzaron a limpiar sectores, a levantar barreras improvisadas, a buscar entre los restos el mínimo de vida. Ahora, en julio de 2026, la ciudad ya no era un refugio ni un infierno, sino una posibilidad en reconstrucción.

Matt Gutiérrez se levantó antes del amanecer. Dormía en la planta baja del antiguo Miami Beach Police Department, edificio que, tras meses de sangrientas escaramuzas y limpiezas minuciosas, había sido convertido en el cuartel de la comunidad de la barrera, como llamaban ahora a la red de colonias improvisadas que se extendían desde South Beach hasta partes de Little Havana. No quedaba ni un solo departamento de lujo intacto; en su lugar, parches de huertos y barricadas de coches oxidados.

Debía reunirse con el grupo de patrulla antes de las seis. Era fundamental anticiparse a las hordas errantes, sobre todo con los rumores sobre un flujo inusual de infectados arrastrándose a campo traviesa desde el noroeste. En la habitación contigua se escuchaba a Paula, su compañera, recogiendo las armas. Juntos formaban parte del equipo que ese día debía revisar un sector clave: el acceso norte del Venetian Causeway, la vieja vía flotante sobre la bahía que ahora funcionaba como arteria principal entre los refugios insulares.

Mientras Paula cargaba su machete de fabricación casera y comprobaba el cargador de la escopeta, Matt pasó lista mentalmente de su equipo: botas reforzadas, hacha, radio de baja frecuencia y el colgante de tela roja que su hija le había bordado meses atrás, antes de que una fiebre fulminante se la llevara.

Salieron, saludaron a unos pocos rostros familiares, la mayoría marcados ya por la escasez, y avanzaron entre barricadas de hormigón y restos de buses calcinados. Un par de centinelas les cedió el paso. El amanecer era rojo y denso sobre la bahía.

—¿Crees que los rumores sean ciertos? —preguntó Paula, secándose el rostro, mirando de reojo las grúas oxidadas en el horizonte y a los pescadores que intentaban, desde el malecón, obtener la última comida decente del periodo de lluvias.

—Casi nunca lo son —dijo Matt, más por costumbre que por convicción—. Pero hace una semana encontramos cuatro cadáveres frescos cerca de Midtown. Todo es posible.

En la barrera, la información tardaba días en viajar de una comunidad a otra. Solo algunos operaban viejos walkie-talkies o radios. Las “noticias” llegaban cortadas, mezcladas con historias de caravanas saqueadas, ferias de intercambio y, con tono casi de leyenda, las grandes urbes siendo descontaminadas a costa de un esfuerzo titánico. Pero Miami no era prioridad para nadie. El sur de Florida había quedado demasiado aislado tras el colapso de las infraestructuras.

Al llegar a la base del puente, Matt alzó el puño y se agachó tras una barrera de escombros organizada cuidadosamente. Dos voluntarios estaban de guardia. Uno de ellos, un adolescente cubano-americano apodado “El Peque”, los saludó con nerviosismo.

—Nada raro hasta ahora, jefes —anunció—. Solo tres errantes esta noche. Ya están fuera.

—Bien —dijo Paula—, hay que hacer una ronda más amplia. Vamos por el lateral sur.

El grupo de cuatro avanzó, armas listas, atentos al menor movimiento entre los juncos y los coches hundidos. El día anterior, uno de los grupos de limpieza encontró una docena de zombis atascados en el lodo cerca del American Airlines Arena. La mayoría ya no corría; a veces ni respondían si no escuchaban ruido o sentían carne cerca. Pero eran peligrosos; al menor descuido podían morder un tobillo, arrastrar a un incauto bajo el agua.

Cruzaron el primer tramo sin incidentes, solo con el desagradable zumbido de los insectos y el olor pútrido que flotaba siempre en el aire. Las gaviotas, enemigas de la carne podrida hasta no hace tanto, ahora sobrevolaban agresivas, picoteando lo que los humanos dejaban atrás. La naturaleza se había adaptado a la plaga.

En la otra orilla, Matt divisó el primer asentamiento improvisado de Miami City: un grupo de quince a veinte personas moviéndose entre lonas, chatarra y un pequeño huerto de tomates y habichuelas. Eran los primeros en establecerse tan cerca del centro en meses. Algunos levantaron la mano saludando, otros mantenían las armas listas, desconfiados.

Matt costumbraba a hacer una parada allí para recoger información. Caminó junto a Paula hacia el jefe del campamento, un veterano de Vietnam, anciano pero con mirada dura.

—Han visto movimiento raro al norte del puente —anunció el viejo, sin preámbulo—. No son nuestros. Unos quince, puede que más, salieron de entre los edificios sobre la madrugada. No caminaban como zombis. Iban armados.

Matt intercambió una mirada tensa con Paula.

—Quizá sea la banda de saqueadores del barrio Overtown —susurró ella.

—O colonos intentando abrirse paso. Debemos averiguarlo —respondió Matt.

Era habitual que grupos hostiles intentaran penetrar las zonas controladas por los habitantes de la barrera. El saqueo era rutina, pero cada vez encontraban más resistencia y menos recompensas. Los cazadores más brutales sí que preferían los restos inexplorados del centro, aún plagados de zombis, pero si se acercaban tanto a la bahía podía ser una declaración de guerra.

Después de un rápido intercambio de suministros —sal, algunos frascos de antibióticos, semillas— Matt y Paula regresaron a la patrulla. Decidieron avanzar desde el costado oeste de la isla, siguiendo la antigua línea de tranvía, hasta tener un mejor panorama del norte.

El trayecto era peligroso. A pesar de los escombros, los pastizales y las ruinas casi lo dificultaban menos que los “errantes” (como llamaban ahora a los zombis que apenas podían moverse pero aún presentaban peligro en grupo). A mitad de camino, Paula tropezó con el muñón de un enrejado. Se oyó un crujido y, antes de que pudiera rodar hacia atrás, una mano huesuda emergió del barro y la atrapó por el tobillo.

La reacción fue automática: Matt levantó el hacha y, de dos golpes certeros, separó la mano del resto del cuerpo. El zombi apenas balbuceó un gruñido sordo. Paula, jadeando, lo remató con el machete.

El susto la hizo reír amargamente.

—No hemos conseguido olvidar el pasado —dijo, mirándolo a los ojos, piel de gallina bajo el sol—. Solo lo disimulamos mejor.

No era una época de hablar de emociones. Los dos guardaron silencio y avivaron el paso. Al final del recorrido, hallaron una barricada improvisada con barriles y alambres de púas, claramente reciente, al pie del puente de Julia Tuttle. Una señal inequívoca de que otros cazadores humanos estaban en actividad en la zona.

Decidieron no acercarse más. Lo prioritario era reportar el hallazgo y asegurar la defensa del refugio.

Al regresar a la barrera poco antes del mediodía, ya el calor era insoportable. El puerto improvisado estaba animado: pescadores, un herrero trabajando bajo una lona y un grupo de niños jugando entre montones de arena y plástico. Un mercado efímero había surgido cerca del muro: cambiaban maíz tierno por ferretería vieja, remedios caseros por pescado seco y una pequeña cantidad de agua potable.

Paula se detuvo, observando en silencio la escena. La vida, notó Matt, se resistía a morir.

Se reunieron con el consejo del refugio en una sala oscura y calurosa del viejo edificio policial. Allí, dos viejas impresoras de tambor —milagrosamente recuperadas por un grupo de ingenieros exiliados— servían para imprimir listas, manuales de siembra y boletines de seguridad. Cassie, la líder actual, escuchó el informe y frunció el ceño.

—No es buena noticia. Necesito que el equipo de defensa doble guardia junto al malecón al anochecer. Si logran cruzar, no tendremos un segundo aviso —ordenó.

—¿Qué hay del plan de recuperar la vieja biblioteca? —preguntó Matt.

—En espera —contestó Cassie, consultando una hoja garabateada—. Nos falta gente y municiones. Por ahora, la prioridad es mantener abiertas las rutas de intercambio con Key Biscayne y el canal del sur.

Las discusiones se alargaron. Estos microgobiernos improvisados estaban plagados de tensiones: quién tenía derecho a un generador eléctrico, quién controlaba los hueros, si se debía o no aceptar nuevos refugiados, cómo regular el comercio de semillas o antibióticos. A ratos, la vida parecía menos peligrosa entre zombis que entre humanos hambrientos y desesperados.

Por la tarde, Matt y Paula acompañaron una caravana de mulas equipada con mantas, sal, herramientas y dos rifles oxidados. Debían cruzar a una de las colonias de la Isla Fisher, donde habían construido una pequeña presa hidráulica y lograron, por primera vez en cuatro años, bombear agua potable a un grupo de cien personas. Cruzar la bahía era siempre un riesgo: los rezagos de grupos hostiles, emboscadas de zombis aún activos en los sótanos y, peor, la posibilidad de traiciones locales.

Nada ocurrió hasta llegar a la isla. Más niños jugaban aquí, una docena de mujeres lijaban madera, un grupo de hombres desmontaba, pieza a pieza, el esqueleto de un yate para construir rústicas patrulleras. La comunidad de Fisher era el orgullo de la barrera: habían logrado organizar turnos de defensa, formar una escuela improvisada y, gracias a un puñado de pescadores cubanos y haitianos, habían transformado algas en fertilizante.

Matt entregó el cargamento, recibió de vuelta una bolsa de semillas de arroz y un saco de baterías viejas para recargar, y acompañó a la jefa local, Maritza, en la ronda de vigilancia.

—Los ven todo el tiempo —dijo ella, señalando al horizonte, hacia el Downtown aún infestado, donde asomaban las ruinas ennegrecidas del Bayfront Park y la vieja torre Freedom—. Pero cada vez son menos. Lo que nos preocupa ahora ya no es el pasado. Es el hambre.

Caminando entre los cultivos, Matt vio llegar a un grupo de adolescentes. Uno traía un pequeño botín de la incursión matinal: una vieja radio y un volumen carcomido de encuadernación dura.

—¿Libros? —preguntó Matt, sonriendo.

—Solo un par. Pero ya tienen lista de préstamo —bromeó Maritza.

La risa era un bien escaso. Se extendía entre los adultos como una señal de que la plaga podía dejar huellas, pero no aniquilar la humanidad. En la siguiente hora, Paula improvisó una clase de matemáticas en la playa para un grupo de seis niños, usando piedras y palos en la arena. Una de las niñas, Jessica, preguntó si el mar alguna vez volvería a llenarse de turistas.

—Quizá algún día —dijo Matt, con la certeza de que aquello era improbable pero, en su fuero interno, profundamente necesario.

El crepúsculo devoraba el litoral cuando las señales de alarma se encendieron en la radio portátil. Ruido en el canal norte del Venetian. Tráfico de personas y, a lo lejos, los primeros disparos.

Regresaron corriendo con la caravana, mientras se extendía el eco oscuro de la amenaza. No era una manada de zombis: era un grupo de saqueadores, flacos y desesperados, que buscaban comida y armas. Pequeños tiroteos, gritos. En minutos, otro trozo de esa frágil reconstrucción pendía de un hilo.

Pero la defensa de la barrera funcionó: mantuvieron la posición, socorrieron a un par de heridos, y forzaron la retirada de los atacantes. Los voluntarios festejaron no una victoria, sino la mera supervivencia.

Al cielo, una bandada de pelícanos surcaba la brisa como si lo viera todo. Matt, cansado, se sentó cerca de la orilla y miró la posta de sol anaranjada. Miami, pensó, era ya otra cosa. No era la ciudad de las luces ni la de los sueños rotos, ni la metrópoli de la desesperanza.

Era otra ciudad. Una ciudad en ruinas, sí, pero habitada por gente capaz de resistir y de recordar, aun cuando el tiempo y el horror amenazaban con tragarse la memoria. Al finalizar el día, mientras los niños se refugiaban bajo el único techo seguro, Matt cerró los ojos y pensó solo en una palabra: mañana.

Mañana habría que volver a empezar. Mañana sería otra lucha. Pero hasta entonces Miami seguía en pie, cargada de historias y cicatrices. Vivo, pensó. Por increíble que fuera.

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