Fragmento:
Nos movemos entre los bancales de cultivo donde brotan zanahorias retorcidas, tomates pequeños, y un poco de yuca. Cada metro de alimento es defendido con trampas y cercado improvisado. Fuera, tras la doble valla de chatarra y sombreadores, empieza el dominio ambiguo: una zona repleta de huesos, carcasas de autos y, a veces, cadáveres caminando.
Duración: 11:03
21 de noviembre de 2026
Cuando el sol sale sobre la bahía de Biscayne, aún logra arrancar destellos azules en el mar, como si nada hubiese pasado. Desde la cima del viejo hotel convertido en puesto de observación, puedo ver el mosaico de ruinas, torres semiderruidas y avenidas inundadas que una vez fueron el corazón vibrante de Miami. Aquí y allá, los restos del antiguo lujo—yates volcados, vehículos deportivos oxidados, fachadas de vidrios partidos donde una vez hubo palmeras—recuerdan el espejismo del paraíso perdido.
Pero ahora, en este noviembre del 2026, la ciudad es otra. Y la vida de quienes la habitamos, un relato de resistencia constante.
Me llamo Camila Márquez, y tengo veintiocho años. Llegué a Miami poco antes del cierre de fronteras, cuando los últimos vuelos comerciales aún despegaban desde Bogotá y nadie creía que el brote se extendería tanto. Vine reuniéndome con mi padre, que por años reparó motores en un taller de Hialeah. Jamás pensé que terminaría quedándome a vivir aquí, y mucho menos entre los escombros, entre ruidos de disparos lejanos y chicas al pasar junto a grupos armados con más miedo que fe.
Hoy, la alarmita del reloj de cuerda—nuestro tesoro más preciado—me despierta a las cinco en punto, todavía a oscuras. En la Ciudadela, como llamamos al grupo de edificios amurallados en lo que fue Brickell, la energía eléctrica es racionada con mano de hierro y solo los puestos clave reciben luz durante la noche.
En el tablero del comedor comunitario, un anuncio hecho en papel amarillo y tachado con retoques dice en mayúsculas: RONDA APPLE TREE 2 – GUARDIA EXTERIOR SUR – TURNO 1. Los apodos aquí reemplazan nombres; la desconfianza se volvió norma, sobre todo después del ataque de los saqueadores el pasado junio. Yo soy APPLE TREE y los minutos antes del amanecer me pertenecen, junto a tres compañeros: el curtido Domingo, cubano de cejas tupidas y músculos de roca; Brittany, una chica de Kendall que jamás sonríe y carga un machete hecho con hoja de cortacésped; y el niño—le decimos así porque apenas tiene quince—que nunca revela su apellido.
Nos movemos entre los bancales de cultivo donde brotan zanahorias retorcidas, tomates pequeños, y un poco de yuca. Cada metro de alimento es defendido con trampas y cercado improvisado. Fuera, tras la doble valla de chatarra y sombreadores, empieza el dominio ambiguo: una zona repleta de huesos, carcasas de autos y, a veces, cadáveres caminando.
La ronda es metódica. Observamos—no solo para cazadores de carroña o zombis rezagados, sino rastreando huellas de otros humanos. Una de las reglas de 2026 en Miami: no temas tanto a los muertos, sino a los vivos desesperados.
Hay silencio, es un buen signo. El viento trae olor a sal y a marisma, mezclado con pestilencia de la laguna artificial que formó el colapso de los drenajes.
—¿Pensaste alguna vez que llegaríamos tan lejos? —susurra Domingo en español, como si los años se le notaran solo al hablar de esperanza.
—Nunca —le respondo, mirando el perfil de los rascacielos cubiertos de graffitis en los que ahora se cuelga la ropa a secar.
Hoy es un día importante. Se espera la llegada de la caravana desde Homestead, cientos de kilómetros al sur. Han estado despejando viejas autopistas de zombis rezagados y rumores dicen que traen fertilizante, sal y repuestos para el generador.
A media mañana, Maritza, nuestra líder y a ratos dictadora, nos reúne en la plaza ovalada, donde antaño los turistas fotografiaban la escultura de bronce del delfín saltando. Ahora, la escultura está casi oculta tras sacos de arena y bidones. Maritza, menuda, firme, dispara órdenes con voz tensa:
—La caravana avisó al campamento de Little Haiti esta mañana. Llegan antes del mediodía. Nadie sale, rondas extras en todos los accesos y almacenen armas largas en los puntos rojos.
No existe la palabra “negociar” aquí. Se trata de mostrar fuerza y, sólo entonces, establecer trueques. Nadie olvida el episodio de Coral Gables, cuando una delegación fue masacrada por una banda que robó desde aspirinas hasta zapatos.
Mientras preparo mi fusil heredado—una reliquia de la policía convertida en pieza de artesanía—pienso en cuántos más estarán aguardando la llegada de la caravana. El sonido de motores lejanos es tan insólito ahora que atrae más riesgo que alivio.
Algunas mujeres organizan el hospital improvisado; otros, como Brittany, reparten cuchillos y piedras envueltas en telas entre los niños mayores. Me sorprendo al ver a la anciana Heloísa ordenando frascos de alcohol y gasa. Ella sobrevivió a los dos primeros años de horror, alimentándose en un supermercado saqueado, hasta que los nuestra la encontraron.
A las diez, el horizonte del sur ofrece la imagen inolvidable: tres camiones de carga, polvorientos, rodeados por jinetes en caballos flacos y un convoy de bicicletas. Banderines amarillos ondean desde los techos como señal de paz. El último examen: nada de cuerpos arrastrando, ninguna figura tambaleante entre el grupo, ni los pequeños gestos que delatan a un recién infectado.
Los niños, instruidos para no acercarse, sólo miran desde la barrera. El cruce es tenso; tras saludos de manos llenas de nervios, las puertas de hierro se abren. Entran. Identifico a Juan, el líder: hombre tostado por el sol, barba espesa y ojos inquietos. Traen sacos de sal gruesa, bidones de gasolina, sacas de semillas. Nosotros les mostramos cajas de municiones fabricadas en talleres caseros, frascos de antibióticos salvados de clínicas y dos radios de corto alcance que lograron reparar.
La negociación se extiende casi una hora. Maritza y Juan ofrecen cifras y miden mercancía como expertos. No hay risas, ni promesas; sólo ventas frías.
Cuando terminamos, un altercado menor: uno de los jóvenes de la caravana sorprende a un niño de la Ciudadela robando una manzana del cargamento. Gritos, una amenaza de cuchillo; por un momento, el polvorín de ansiedades podría estallar. Pero Maritza domina la situación: castiga al niño asignándole limpiar los letreros del perímetro durante una semana y ofrece a cambio media ración extra de leche en polvo a los visitantes.
Respiro. Aprendimos que la autoridad dura, aquí, es preferible a la violencia sin freno.
Algunas manos trabajan distribuyendo la sal para secar carne de caimán y pescado capturado en los canales. Vuelvo a mi ronda, comprobando que las trampas no hayan sido alteradas, que las alambradas sigan en pie. La memoria de los enemigos humanos persiste más allá de la propia amenaza zombie.
Justo antes del ocaso, mientras el calor golpea los ventanales de lo que fue una joyería de lujo, subo otro nivel en el edificio-protector con el niño, quien me confiesa su nombre: Orlando. Es la primera vez en semanas que usa otra palabra que no sea “sí, señora”. Recién ahora, con la caravana marchándose y la tensión rebajada, los rostros se relajan.
—¿Por qué no te escapas? —me pregunta él, mirando hacia la bahía.
—¿A dónde? —respondo, y sonrío. Más allá de las luces parpadeantes, todo es agua, y ruinas, y peligro.
Me cuenta de su hermano, perdido en los primeros meses, y hace preguntas sobre el mundo antes: “¿El mar era azul? ¿De verdad había luces en todas partes? ¿Se podía ir a la playa sin miedo a ahogarse en una autopista inundada?”. La nostalgia es una herida nueva; él pertenece a la generación sin memoria.
Cuando vuelvo a mi habitación, la comparto con dos mujeres mayores. El sonido de las radios—que ahora transmiten, a veces en fragmentos, noticias de otros asentamientos—llena el aire de promesas: en Jacksonville lograron ampliar una presa y alimentar a 300 personas; en Tampa, el último brote de zombis fue controlado con éxito al inundar avenidas.
Anoto en mi cuaderno: “Nos aferramos a la rutina porque el caos afuera, si lo miras demasiado tiempo, puede tragarte. Pero algún día, quizás, volveremos a pescar en la bahía y reiremos los domingos. No sé cuándo será, pero lo sueño”.
La noche en Brickell trae una calma difícil de conquistar. Por las ventanas sin vidrio, el fragor de las ranas —cuyo croar se ha multiplicado con las inundaciones— acompaña las horas. En la zona norte aún se escuchan ecos de disparos; rumor de un enfrentamiento con saqueadores que quedó pendiente desde hace tres días.
Miro mi mochila; adentro, siempre lista, la linterna, la cuerda, un cuchillo, dos latas de conserva y la fotografía ajada de mi familia en Bogotá, de otra vida. Cada miembro de la Ciudadela tiene su propia bolsa así, “por si toca correr”. Nadie baja la guardia. Sabemos que la tranquilidad aquí es negociada y transitoria.
Cerca de medianoche, una alarma: una luz roja titila arriba en la azotea y los soldados improvisados corren a sus posiciones. No es ataque, sino señal de una radio amiga: los asentamientos de Coconut Grove y Key Biscayne han visto movimiento de una horda pequeña aproximándose.
Se activa el código de señales recién establecido: tres linternas encendidas pintan haces en la niebla para advertir a los más alejados. Es una coreografía ensayada en el último año, cuando al fin logramos coordinar a los distintos grupos de supervivientes. Si todo falla y la horda entra, el protocolo es claro: repliegue, defender el vivero, asegurar niños y ancianos en el sótano del banco blindado.
Esta vez, la amenaza pasa de largo, movida por ruidos en el cauce nuevo del Miami River. El alivio es silencioso pero palpable: no habrá muertos esta noche.
Cuando al fin me tumbo sobre el colchón improvisado, la ciudad a oscuras murmura historias de quienes se rindieron, de los que siguen luchando, de promesas y pérdidas. Pienso en el futuro: en la posibilidad de reconquistar barrios, alcanzar algún día las líneas eléctricas de las Everglades, establecer escuelas en los cascarones de antiguos centros comerciales.
Dejo mi cuaderno abierto. Escribo: “Sobrevivir no es suficiente. Quizá llegue el día en que nuestros nietos volverán a cruzar la avenida con bicicletas, sin miedo al rugido de los motores de guerra o al gemido de los muertos. Ese será el verdadero triunfo: aprender a vivir de nuevo sobre las ruinas”.
En Miami, bajo el sol y rodeados por aguas traicioneras y memoria quebrada, resistimos. En cada ronda, en cada intercambio, en cada silencio compartido, vamos sembrando el frágil sueño de un nuevo comienzo sobre las cenizas del paraíso perdido.
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