Fragmento:
Vivo en una de las mini-ciudades amuralladas que los sobrevivientes han ido reconquistando sector a sector. Nuestra comunidad ocupa parte de Coconut Grove, protegida por un muro doble hecho de restos de veleros, automóviles apilados y planchas de concreto arrancadas al downtown. El muelle, antes abarrotado de yates y fiestas, sirve ahora como punto de observación y comercio. Los mercados clandestinos donde se vende de todo —desde medicamentos caducos hasta leña húmeda o cartuchos recargados— son el último esqueleto de la economía.
Duración: 13:31
10 de marzo de 2025
***
El sol asoma entre los restos de lo que antes era un lujoso rascacielos de Brickell, filtrándose a través de ventanales cortados por el tiempo y los impactos de bala. Desde las alturas, Miami parece una ciudad petrificada tras el vendaval de la devastación. El mar no ha cambiado. Sus aguas azules siguen besando la costa, reflejando ese cielo turquesa que hace años movía a millones a buscar diversión, hogar o refugio. Solo que el paraíso ahora tiene muros a su alrededor, y los turistas ya no llegan. En su lugar, los que caminamos estas calles sabemos que cada esquina puede ser la última.
Me llamo Santiago Ferrer y, aunque solo tengo veintiséis años, siento el peso de una vida cuyos recuerdos se pierden en la bruma de lo que fue. Para quienes nacimos cerca de aquí, Miami siempre fue ruido, luz, color y caos amable. Ahora, tras casi cinco años de guerra contra los muertos, lo que queda es otra cosa: disciplina, miedo y propósito.
Vivo en una de las mini-ciudades amuralladas que los sobrevivientes han ido reconquistando sector a sector. Nuestra comunidad ocupa parte de Coconut Grove, protegida por un muro doble hecho de restos de veleros, automóviles apilados y planchas de concreto arrancadas al downtown. El muelle, antes abarrotado de yates y fiestas, sirve ahora como punto de observación y comercio. Los mercados clandestinos donde se vende de todo —desde medicamentos caducos hasta leña húmeda o cartuchos recargados— son el último esqueleto de la economía.
Esta mañana, como cada mañana desde hace meses, la alarma del vigía rompe el aire húmedo y salobre. Es un bocinazo corto, dos segundos, señal de relativa calma. A veces suenan seis u ocho, cortos y rabiosos, y entonces todo el mundo se tensa. Pero hoy no.
El flujo de la vida se siente pausado y atento. Los niños corren entre las huertas improvisadas, donde las palmeras comparten suelo con matas de maíz y zanahorias. Los perros flacos ladran al aire. Una bandada de pelícanos planea sobre lo que queda de la US-1, picando peces bajo un puente destrozado. El mundo fuera de las murallas sigue siendo hostil, y ese paisaje de urbanismo canceroso es testigo mudo de cuántas veces nos creímos a salvo y no lo estábamos.
Me ajusto el machete en la cadera y reviso mi radio portátil, uno de esos milagros tecnológicos que aún funcionan gracias al ingenio de nuestros mecánicos y a las piezas que logramos rescatar de viejas tiendas electrónicas. La batería, cargada con solares, aguanta apenas unas horas al día. Me conecto con Enma, la jefa de exploración: su voz raspa en la estática.
—¿Listo, Santi? El grupo norte te espera en Bay Heights. Caminamos con la marea baja.
Bay Heights es el paso obligado hacia el sector Coral Way, donde supimos de una infestación reciente. Allí cayeron dos exploradores hace semanas. Salimos al alba, cuatro hombres, dos mujeres y una adolescente con el temple de guerrera. Las armas son remiendos: escopetas, bates, arcos caseros y tubos de acero. La pólvora es oro y las balas, bienes de lujo.
Avanzamos en formación cerrada, observando el mundo muerto y palpitante alrededor. A la derecha, algunas mansiones de los años veinte sobreviven, tapiadas y limpias, ocupadas a veces por otros supervivientes menos hospitalarios. Otras son mausoleos de quietud, con los cuerpos de sus dueños en posiciones desafiantes, protegidos tras rejas doradas a las que la muerte no pidió permiso para entrar.
Las palmas cocoteras han invadido patios y calles; la naturaleza empuja su revancha. Cruzamos un canal donde el agua salada se funde con el hedor de carroñas antiguas y algas podridas. Tres cadáveres de zombis, flotando hinchados y semidescompuestos, nos escupen el eco de una advertencia: aquí nadie baja la guardia.
En Coral Way, el grupo se separa en dos parejas, cubriendo entradas y ventanales. Diana, la adolescente, va pegada a mí, arco en mano, ojos abiertos como platos. Sabe lo que puede pasar si cometemos un solo error. Me siento responsable por ella. Su madre fue líder del grupo antes de morir mordiéndose la lengua para no atraer a la horda.
—Santi, allá —susurra, señalando con el mentón.
En el porche de una casa aparece uno de ellos. Zombi maduro, piel como pergamino, movimientos lentos pero erráticos. Lo olfateo antes de verlo: ese tufo dulzón de la podredumbre antigua. Damos un rodeo por la acera, aprovechando que los más viejos ya no nos detectan por el ruido, sino solo por el olor cercano. Diana clava una flecha en el cráneo del infectado. Cae sin hacer escándalo.
Al fondo, un grito. Enma y su compañero forcejean con dos saqueadores arrodillados sobre las ruinas del Publix. Los saqueadores se especializan en cazar humanos antes que zombis: son el lado oscuro de la supervivencia. Los enfrentamos con violencia contenida. Cuando todo termina, Enma sangra de la ceja, pero hemos recuperado la escasa mercadería y dejado claro un límite: esta zona es nuestra.
Miami parecía inerme, siempre, ante la saturación de tragedias: huracanes, pobreza, desigualdad, violencia, corrupción. Pero nadie previó esto. El miedo al clima, a la recesión, a la deportación, todo quedó eclipsado por el horror de la plaga. No importa de dónde eres o qué idioma hablas: aquí, sobrevives o pereces.
***
Esa tarde, el mercado abre en nuestra muralla sur. El trueque es febril. Una mujer intercambia antibióticos viejos por dos bolsas de arroz sucio. Un vendedor de tabaco enrollado a mano negocia, bajo la mirada de un par de exmilitares caribeños que ahora hacen de jueces y árbitros. Los líderes han inventado leyes nuevas: no se roba, no se viola, no se traiciona. El castigo es el exilio fuera del muro: seguro de muerte.
Los niños aprenden en grupos pequeños, alrededor de fogatas, sumando y restando con piedritas. Los que saben leer enseñan a otros niños a descifrar los restos de libros mojados salvados de bibliotecas oxidadas. Hoy traen un ejemplar infumable de Hemingway, y otro más útil de botánica práctica.
Por las noches, el miedo muta en nostalgia. Los ancianos cuentan historias de antes: de las playas llenas de cabinas, del sonido de Miami Bass en los barrios, del reggaetón vibrando en la Calle Ocho, de partidos de los Marlins, de filas para comprar ropa barata en Downtown. Los chiquillos, que apenas recuerdan nada de aquel mundo, se ríen sin entender.
***
El invierno trae calma relativa. Los cadáveres se aletargan, amontonados en los barrios olvidados del oeste, donde el concreto asfixia la vegetación y el aire nunca fluye. Cada semana, sin embargo, nuevos grupos de zombis, menos numerosos pero aún letales, se acercan desde el sur, empujados por la escasez de presas frescas en los Everglades.
Cada luna llena, se limpia el canal de la Pequeña Habana. Eligen a los más diestros con el machete y las lanzas caseras, se planifica la quema de cuerpos en la Calle 8, en medio de un hedor casi insoportable, para despejar rutas. Los bomberos han desaparecido, pero sus camiones, rescatados de desmalezadores y saqueadores, funcionan a medias y nos proveen agua dulce —codiciada como nunca.
He visto lo que queda de Coral Gables y su increíble vacío, sus fuentes cubiertas de lodo, sus carros de lujo podridos bajo la maleza. Los mapas comunitarios —hechos con retazos de papel y memoria— señalan las rutas seguras, los enclaves de enemigos, las casas con trampas y depósitos útiles. Todos sabemos dónde nunca pisar, por experiencia o porque allí ya murieron demasiados.
***
A veces llegan rumores de lugares donde aún hay científicos: laboratorios en los cayos, o viejas instalaciones militares en Homestead. Nadie ha podido confirmarlo, pero su sola mención mantiene la chispa de la esperanza. Las caravanas que llegan desde más allá de Broward traen historias de comunidades que han logrado limpiar sectores enteros y criar ganado al aire libre, pero aquí, la selva y la humedad se confabulan con la muerte para volver todo más arduo.
El consejo se ha reunido hoy. Son siete mayores y dos jóvenes: exprofesores universitarios, una médica del Jackson Memorial, un pastor evangélico y un cubano chiflado que antes era ingeniero de telecomunicaciones. Discutimos cómo proteger el muro norte y organizar una expedición a la pescadería de Bayside, donde, dicen, podría quedar algo útil guardado en cámaras frigoríficas subterráneas. Nadie sabe cuántos zombis quedarán allí, pero la posibilidad de encontrar conservas o un generador justifica el riesgo.
La noche cae rápido en la ciudad vacía. Nos turnamos en la vigilancia, atentos a los ruidos. El zumbido intermitente de generadores improvisados es la única señal de que la tecnología aguanta el embate de la oscuridad solo por orgullo. La última vez que intentaron asaltar la muralla, los saqueadores lograron abrir una brecha cerca de la antigua estación del Metrorail, pero una explosión controlada por los nuestros los alejó, quedando el teatro sin más espectadores que los murciélagos.
***
En enero de este año, nació el primer niño del asentamiento, después de casi dos sin alumbramientos. Los partos son riesgosos, los antibióticos escasos, y la vida vale más que cualquier arma o vívere. El llanto del bebé se escuchó fuerte, como una promesa en el caos. Lo llamaron Esperanza, y su madre, Lucía, ahora es protegida por todos. Cada nacimiento es una victoria contra la ruina.
Los cultivos exigen atención diaria. Hay un campo de boniatos y maíz cerca del estadio de los Marlins, protegido por alambres y perros entrenados para ladrar solo ante zombis. La salinidad de la tierra nos obliga a inventar formas de desalinizar agua. Los ingenieros reciclados trabajan en molinos pequeños: piezas de ventiladores, hélices de botes, de todo un poco, desde el ingenio y la urgencia.
***
En estas fechas, la peor amenaza se ha transformado. Más que los zombis —muchos deteriorados, lentos y predecibles—, son los grupos de humanos desesperados o crueles quienes acechan a los asentamientos. El viejo Miami, con su historia de pandillas, corrupción y violencia, ha mutado en una docena de facciones. Algunas viven saqueando, otras buscan establecer reinos propios.
Entre las palmas del Coconut Grove, nos mantenemos atentos. Una noche, llega una caravana hostil: vehículos reforzados con chapas y barras, hombres de mirada vacía y armas de fuego. Piden tributo: combustible, comida, medicinas, cualquier cosa. Nos negamos. Negociamos con gestos, dejando claro que no nos temblará el pulso. Recuerdo el pulso seco de la tensión, el miedo y la rabia. Finalmente, se van, dejando una advertencia que retumba más que las amenazas: “Si volvemos y no hay trato, no volverán a ver el amanecer”.
El consejo debate estrategias. Algunos quieren abrir tratos; otros, expulsarlos a tiros. La prudencia se impone: mejor comerciar antes que arriesgar la vida, al menos mientras no seamos más fuertes. La paz es frágil y efímera, y lo saben todos.
***
Un día, cuando la luz es perfecta y el aire huele menos a muerte y más a salitre, subo a la vieja azotea del Hotel Mutiny. Desde allí veo Downtown, silueta desafiante contra el mar inmenso. La brisa trae ecos de salsa y rock, ruido de bocinas y risas, fantasmas del ayer que nunca volverá. Miami, incluso putrefacto, conserva cierta belleza irredenta.
Miro hacia el puerto y veo las ruinas de los cruceros gigantes, encallados como monstruos varados. Los usamos de torres de vigilancia y almacén de chatarra. Cada tanto, un grupo de exploradores se atreve a cruzar Biscayne por lanchas oxidadas, buscando mercancía en los Cayos o en lo que queda de South Beach.
Quedan pocos días de tranquilidad antes de que las cosas cambien de nuevo. Quizá llegue la plaga otra vez, o una guerra entre humanos se desate por un cargamento de penicilina. Lo único seguro es que nada es seguro.
***
A veces sueño con las fiestas interminables del Hotel Eden Roc, con atardeceres rojizos en Key Biscayne y con goles celebrados en la calle. Otras, solo hay manos heladas asomando por alcantarillas oxidadas y el estrépito de sirenas inexistentes.
Vivir en Miami en 2025 es habitar la cuerda floja entre la esperanza y la desesperación. Nos inspira el mar y nos protege el miedo. Cada día es una apuesta; cada noche, una tregua. No sé si queda algún mundo allá fuera, ni si alguna vez curaremos la herida, pero aquí seguimos: sembrando, vigilando, soñando y, contra todo pronóstico, sobreviviendo bajo el sol implacable de la vieja ciudad del trópico.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.