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Portada del relato El último refugio en Brickell
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Fragmento:


—Los más viejos apenas caminan, pero si cae un cuerpo nuevo al agua, los otros lo siguen como si olieran la sangre. Se están agrupando en el viejo Mall.

Duración: 11:39

El último refugio en Brickell
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Texto de ajuste de pausa.

25 de noviembre de 2025

El viento marino se colaba por las grietas de las persianas, trayendo consigo el salitre y el eco lejano de antiguas sirenas que, quemadas por años de silencio, apenas lograban distinguirse del murmullo de las olas. En las alturas del antiguo edificio de oficinas Santander, ahora rebautizado simplemente como “el nido”, los habitantes, unos trescientos supervivientes de varios grupos fusionados, aguardaban el amanecer en tensión permanente. A pesar de los años transcurridos desde que el mundo se había torcido, aquí en Miami, la amenaza nunca había dejado de susurrar a través del asfalto, bajo el agua verdosa de los canales, o entre las palmas caídas de Coral Gables.

Rogelio observaba desde lo alto del decimoquinto piso. Tenía la mirada endurecida de quien ha visto morir a demasiados amigos. Encendía entre sus dedos uno de sus tesoros más preciados: un cigarrillo armado a mano con tabaco de trueque y hojas secadas en los vestigios de un patio. Detrás de él, Nerea repasaba los mapas de las calles, marcando con tiza los movimientos de las últimas hordas de saqueadores y el camino que los zombis, cada vez más lentos pero aún letales en masa, utilizaban para desplazarse por la ciudad.

Las comunicaciones eran rudimentarias. Por la radio de manivela se escuchaba la señal del asentamiento de Hialeah, breve y nerviosa, preguntando si esta semana se produciría la caravana que llevaría alimentos secos, medicinas y, sobre todo, información. Los códigos de señales entre los diferentes puntos de control —antorchas, espejos, telas blancas o negras— servían para alertar de las hordas y del movimiento de grupos de bandidos que, tras cinco años de caos, parecían haber encontrado en el pillaje una forma de vida más segura que enfrentar los peligros de la reconstrucción.

Miami era una ciudad marcada por las aguas. Desde el colapso, muchas zonas del antiguo Downtown y Little Havana estaban permanentemente inundadas, los edificios convertidos en fortalezas, y las calles, en canales poblados por caimanes, peces y, a veces, cadáveres que por años quedaron a la deriva hasta pudrirse en el calor tropical. Unos pocos habían tratado de drenar las calles, revivir las bombas. Otros, como los habitantes del nido, se adaptaron al paisaje, aprendiendo a navegar las aguas en botes improvisados o cayucos de puertas y palets recuperados.

Era finales de noviembre, la humedad seguía alta, y las primeras lluvias del norte ya empezaban a enfriar levemente el ambiente. Rogelio bajó al cuarto donde almacenaban armas, municiones, un generador la mitad de las veces averiado y una serie de herramientas que eran la diferencia entre la vida y la muerte. Allí, junto a una mesa de mecánica, Luz revisaba un rifle oxidado, rearmando parte del mecanismo con piezas rescatadas de varios automóviles.

—¿Noticias de la costa? —preguntó Rogelio.

—Nada nuevo, —respondió ella sin levantar la vista—. Algunos dicen que los saqueadores de Coconut Grove han vuelto y bajaron ya hasta Little Haiti buscando comida.

—¿Y los zombies?

Luz se encogió de hombros.

—Los más viejos apenas caminan, pero si cae un cuerpo nuevo al agua, los otros lo siguen como si olieran la sangre. Se están agrupando en el viejo Mall.

Esa era su vida. Vigilancia y nervios, horas de planeación para cada expedición en busca de recursos. Sabían que afuera, más allá de sus muros hechos con acero, ventanales reforzados y barricadas de viejos escritorios, el mundo podía engullirlos en cuestión de minutos.

Aquel día, sin embargo, era especial. Un grupo de cinco debía salir. Había llegado la noticia, transmitida por señales de luz desde el techo de un edificio distante, de que una nueva horda avanzaba lentamente hacia el noreste, y que quizás, tras su paso, algunos supermercados sumergidos quedarían libres. Además, debían recoger una carga de medicamentos que algunas enfermeras de lo que quedaba del Jackson Memorial habían prometido intercambiar por harina y pilas.

Rogelio eligió al equipo: Nerea, por su memoria prodigiosa de las calles; Luz, por sus manos hábiles; Leo, que conocía los canales como la palma de su mano; Dani, hijo de pescadores cubanos, que aún creía poder sobrevivir entre los residuos de la ciudad; y a sí mismo, porque no podía pedirle a nadie más lo que no se atreviera él a hacer. Revisaron su equipo: machetes, arpones adaptados, un par de pistolas de nueve milímetros con menos de diez balas cada una, una linterna, tres radios y un bote con motor eléctrico de los que se recargaban a pedal.

El descenso fue meticuloso. Cruzaron las salas desiertas, pasaron junto a los dormitorios donde los niños jugaban al escondite entre escritorios vacíos o escuchaban, boquiabiertos, historias sobre la antigua Miami: los carnavales, Ultra Music, los atascos infinitos de la I-95. Para la mayoría, todo eso era ya leyenda.

Salieron por la puerta trasera, reforzada con planchas de acero. El agua les llegaba a la pantorrilla. Empujaron la embarcación hasta una corriente donde ya podían usar los remos. Navegaron en silencio, atentos a cualquier ruido más allá del chapoteo sordo. El canal estaba oscuro por los escombros: restos de tráfico, árboles caídos, latas, el esqueleto de un taxi amarillo invadido por peces tropicales.

A la altura de la torre Columbus, hallaron restos frescos: un chaleco ensangrentado —sangre nueva y caldosa— y huellas de locomoción torpe. Leo escaneó el área mientras los demás se preparaban para repeler cualquier ataque. Solo encontraron, más adelante, un pequeño grupo de “caminantes”, zombis que flotaban en el agua o se deslizaban entre maderas podridas, mirando en vano con ojos ya lechosos. Bastó con rodearlos.

Al llegar al supermercado Publix, lo que en otro tiempo fue un oasis de consumo se había transformado en un refugio temporal de ratas, iguanas y muerte. Forzaron la entrada, arrastraron algunas cajas, y Dani, siempre optimista, encontró conservas oxidadas y paquetes de galletas, todavía comestibles. Luz, mientras tanto, buscaba medicamentos genéricos en la trastienda. El botín era magro, pero entre las sombras, una voz quebrada gritó desde la zona de carnicería. Los cinco apuntaron sus armas a la figura: una mujer mayor, sucia, vestida con un uniforme de limpieza, sostenía una escoba rota como si fuera una lanza.

—Soy amiga, no disparen —balbuceó—. Hace días que estoy aquí, necesito ayuda.

Desconfiaron. En el nuevo Miami, todo ser humano era potencial enemigo, pero tampoco podían dejarla, no con la promesa de los medicamentos en juego. Nerea se acercó, lenta, en gesto de paz. La mujer contó que era Ana, antigua empleada del supermercado, y que tenía información sobre vías seguras al hospital. La convencieron de acompañarlos.

Una vez con medicinas, latas y el corazón más pesado que al salir, regresaron por el canal. A unos metros del refugio, cuando el sol despuntaba naranja sobre las ruinas, una explosión resonó en la distancia. Desde la azotea, algunos centinelas hicieron señales de peligro. Rogelio apuró al grupo, pisando el agua en la entrada. Una columna de humo emergía de una zona cercana a Overtown, antigua guarida de bandas, ahora campo de disputas entre grupos rivales.

Dentro del nido todo era revuelo. El consejo de líderes —personas elegidas por experiencia, carisma y, sobre todo, antigüedad en la supervivencia— se reunió de inmediato. El ataque no era de zombies sino de saqueadores humanos: uno de los grupos más peligrosos, armados con cuchillos, pistolas de fabricación rudimentaria y una ferocidad nacida de la desesperación. Vinieron hambrientos y con la certeza de que las reservas del nido eran considerables.

Rogelio instruyó: formación defensiva, puestos en las ventanas, vías de escape protegidas y el generador listo para activar el sistema de alarmas: un truco que consistía en encender varias luces de emergencia, señal para los pocos aliados en otros edificios de que se prepararan para ayudar o, al menos, crear un ruido suficiente para distraer a posibles invasores. Luz y Dani prepararon las trampas en los corredores: botellas con gasolina y mechas improvisadas, escaleras que se podían desencajar y toneladas de obstáculos puestas para frenar un posible asalto.

Los saqueadores avanzaron rápido. Treinta hombres y mujeres, algunos niños adolescentes, pasaron por los canales a nado, otros en pequeñas balsas. Gritaban, intentando intimidar. Nerea, desde arriba, disparó una bengala: era el último recurso para pedir ayuda a Hialeah. Sabían que nadie llegaría a tiempo, que estaban solos.

El primer intento de asalto fue torpe. Los invasores subestimaron las barreras. Algunos cayeron en trampas de clavos; otros fueron desalojados del primer piso con disparos. La batalla duró más de una hora, con gritos y ráfagas intermitentes. El humo se mezcló con la brisa de la bahía.

Finalmente, uno de los caer cayó en manos de los defensores. Era un muchacho flaco, de apenas dieciséis o diecisiete años, que lloraba al verse rodeado. Hablaba de un jefe más cruel y desesperado que él, de la falta total de alimentos en su grupo, de niños enfermos. Rogelio vaciló, pero Luz con voz firme recordó la máxima: sobrevivir no podía ser igual que volverse bestia.

El consejo decidió darles una advertencia: tomaron al muchacho, le dieron agua y un poco de pan, y lo enviaron de vuelta, con el mensaje de que Miami no tenía más espacio para la guerra entre hombres. Que la próxima vez, no habría piedad. Las familias del nido se atrincheraron, sabiendo que hasta que llegara la caravana de nutrientes y medicamentos, y que el trueque con otros asentamientos se hiciera fuerte, siempre vivirían en vilo.

Cayó la tarde. En la azotea, Rogelio y Nerea vieron a Ana, la recién llegada, ofrecer una oración breve por los caídos. Al fondo, sobre el horizonte, destellaban aún restos del incendio en Overtown. Un par de zopilotes, habitantes frecuentes de los tejados, giraban lentos sobre las aguas estancadas.

La vida seguía en fragmentos. Niños nuevos nacían en el nido, aprendían a leer con libros rescatados, creaban cuentos donde los caimanes eran héroes y las flautas se hacían con restos de tubos viejos. Cada día, los mayores repasaban las historias del mundo previo: relatos de parques repletos, playas llenas de turistas, abuelos bailando salsa, partidos de béisbol y tardes perdidas en cafeterías de la Pequeña Habana. Los pequeños, aunque escuchaban atentos, lo vivían como uno vive una vieja leyenda.

Esa noche, mientras el viento sacudía las ventanas, Rogelio escribió en un viejo cuaderno:

Somos los últimos, pero también los primeros. En las ruinas de la ciudad, bajo el sol y la sangre, volvemos a aprender lo que significa ser humanos.

Y Miami, sumida en la oscuridad y el silencio, volvía a dormir, decidida a resistir, a reconstruirse, a no olvidar nunca que el peor peligro no eran ya los muertos, sino el olvido de lo que significa vivir en comunidad.

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