Fragmento:
El puerto. Alfredo había oído historias: desde 2024 los zombis se refugiaban bajo los almacenes destruidos, incapaces de cruzar la Bahía de Biscayne, arrastrando lo que quedaba de sus cuerpos en la sombra de grúas oxidadas. Pero también circulaban leyendas sobre viejos yates y barcos de carga varados, llenos de materiales o incluso medicinas abandonadas: un botín que podía mantener vivo a un asentamiento, o condenarlo si caía en las manos equivocadas.
Duración: 14:08
12 de Septiembre de 2026
Miami había cambiado de cara tantas veces en su historia que mucha gente empezó a decir que sobrevivir era su verdadero destino. Pero nadie, ni los más viejos cubanos que llegaron huyendo del comunismo, ni los nietos de los turistas neoyorquinos, ni siquiera esos locos que organizaron el último Ultra en 2020, podrían haber previsto cómo lucía el sur de la Florida seis años después del inicio del apocalipsis zombie.
Miami ya no era la ciudad de selfie sticks y cruceros anclados en el puerto al amanecer. Ahora era una larga herida, partida entre lo que quedaba de los vivos y las mareas de muertos que todavía gemían al otro lado de las barreras. Desde la caída de las grandes urbes y el resurgir de los pequeños asentamientos rurales, la costa atlántica había logrado algo inaudito: una franja de ciudades medianas, desalojadas y amuralladas, entre el mar y los Everglades, se había convertido en un mosaico de comunidades fortificadas. Miami era la joya de la corona, aunque la joya estaba muy lejos de brillar.
El oeste de la ciudad, desde la Pequeña Habana hasta el Doral, eran tierras sin dueño: entre marismas, ruinas industriales y restos de zombis que se apartaban por el calor brutal y la escasez de presas. Solo grupos de carroñeros, antiguos saqueadores y exiliados de otros asentamientos osaban vivir allí, en edificios fantasmales y mansiones saqueadas. La vida, en realidad, volvía a latir en un largo muro gris de concreto, metal reciclado y contenedores apilados entre North Miami y Coconut Grove, lo que los nuevos habitantes llamaban "la Muralla".
Alfredo llevaba un mes sin salir al exterior, haciendo inventario en los talleres de Little Haiti junto a su grupo. La suya era una labor menos gloriosa que la de los milicianos, los agricultores o los exploradores—ellos fabricaban armas improvisadas, balas, herramientas, hasta arpones de pesca para quienes se atrevían a ir a la costa. Pero esa mañana, lo despertaron los golpes urgentes en la puerta de acero: tres golpes cortos, dos largos, una pausa, el código que solo usaban cuando algo fuera de rutina había sucedido en la Muralla.
La muchacha que traía el mensaje aún tenía el cabello húmedo por el rocío de la madrugada. “Eligieron a tu grupo,” dijo, “para la próxima expedición. Van al puerto.”
El puerto. Alfredo había oído historias: desde 2024 los zombis se refugiaban bajo los almacenes destruidos, incapaces de cruzar la Bahía de Biscayne, arrastrando lo que quedaba de sus cuerpos en la sombra de grúas oxidadas. Pero también circulaban leyendas sobre viejos yates y barcos de carga varados, llenos de materiales o incluso medicinas abandonadas: un botín que podía mantener vivo a un asentamiento, o condenarlo si caía en las manos equivocadas.
Así comenzó el día. Alfredo y otros seis artesanos, ninguno con experiencia militar seria, caminaron por el bulevar Biscayne, escoltados por dos milicianos mayores y un guía silencioso, Lázaro, que conocía como la palma de su mano tanto la ciudad destruida como las reglas no escritas de los nuevos tiempos. Llevaban mochilas, armas caseras y una radio rudimentaria, para avisar al puesto más cercano si encontraban problemas serios.
“No hay zombis nuevos —explicó Lázaro mientras acercaban a la primera barricada,—pero si oyen disparos... corran. El ruido aún atrae a los rezagados.”
Donde una vez hubo glamour y brillo, el paisaje ahora parecía una pintura borrosa: el viento arrastrando basura y palmeras secas, murales desteñidos de grafitis con fechas y nombres de caídos, el suelo agrietado por el sol constante y el descuido. Donde aún quedaba algún recuerdo de la ciudad que fue, era bajo la forma de ruinas peligrosas: viejos clubs nocturnos envueltos en maleza, edificios de apartamentos con sus fachadas ya vencidas, vehículos oxidados quemados y abandonados en medio de la calle.
En el puerto, el silencio era total. El aire olía a sal, mugre y algo más: la pestilencia indudable que acompañaba a los muertos, incluso a los que ya no podían levantarse. Avanzaron reptando entre contenedores, atentos a cualquier movimiento, hasta llegar al muelle principal.
El guía fue el primero en divisar el botín: una hilera de pequeños veleros atados entre sí. “La tormenta los arrastró el mes pasado. A lo mejor hay algo útil,” murmuró. Los demás sacaron linternas y palancas improvisadas, listos para la exploración.
El primer bote sólo tenía en su interior basura seca: ropas, mapas turísticos, álbumes fotográficos y algún recuerdo marchito de la vieja Miami. En el segundo hallaron una reserva importante—latas selladas, una caja de antibióticos y algo de combustible. En el tercero, el último de la hilera, el horror.
No había zombies, no todavía. Solo cuerpos, evidentemente muertos sin conversión: una familia entera, con ropa de pescador y armas al lado. El aire era espeso, y el grupo optó por salir igual de rápido que había entrado.
De regreso, mientras cargaban las bolsas con lo recuperado, escucharon primero los ladridos de un perro. Alfredo se tensó: ningún animal había sobrevivido tanto tiempo sin volverse salvaje, y los perros solían anunciar la presencia de humanos peligrosos. Lázaro alzó la mano, ordenando silencio, y todos se ocultaron detrás de un camión oxidado.
De entre los escombros emergió un niño magro, de unos ocho años, con un perro sarnoso que lo escoltaba y una pistola apuntando temblorosa. “No me tiren,” dijo en inglés. “Solo busco comida. No soy ladrón.”
El grupo intercambió miradas. Cada encuentro era una potencial sentencia de muerte o adopción forzosa. Pero Alfredo sintió una punzada—en el Runrún interno, esa mezcla de costumbre y culpa que le dictaba en quién confiar, pensó que valía la pena arriesgarse.
“Estamos aquí con permiso de la Muralla,” soltó, en voz baja. “¿Vives aquí?”
El niño negó. “Vengo del otro lado del río. Los de allá no dejan pasar. Dicen que aquí quedan cosas buenas.”
Lázaro, ya menos sospechoso, bajó el arma y sacó de su mochila una lata de frijoles. Al ver al crío y su perro abalanzarse sobre la comida, supieron que no mentía. El grupo decidió que, a cambio de comida, él los guiaría por los alrededores, aprovechando su pequeño tamaño y velocidad.
“¿Cómo te llamas?” preguntó Alfredo.
“Elías.”
***
Al alba, ya de regreso con su botín, cruzaron el límite entre el puerto y la zona segura. En la entrada, un mural reciente cubría toda la cara norte de un antiguo edificio de oficinas, pintado sobre la publicidad borrada de un casino: mostraba una familia levantando una nueva cosecha, rodeada de muros y armas apuntando hacia afuera, pero con el sol saliendo a sus espaldas.
Era el símbolo de la nueva Miami: resistencia, trabajo, vigilancia constante.
Alfredo lo miró largamente. Pensó en lo que había costado llegar a ese punto, a más de una década del inicio del fin. Sus padres, exiliados cubanos de los años 80, jamás habrían imaginado que volvería a vivir en una ciudad amurallada, defendiendo la tierra con balas recicladas.
Un ingeniero agrícola los saludó con el conteo de costumbre: seis adultos, un niño nuevo y un perro, solo un herido superficial (uno de los milicianos tropezó y se hizo una herida menor). El suministro de medicinas y comida fue recibido con alegría medida: aún había tensión en el ambiente, una desconfianza que difícilmente se iría pronto. En tiempos donde cada boca adicional era tanto un riesgo como una esperanza, nunca era fácil tomar la decisión de dejar entrar a uno más.
El consejo del asentamiento, reunido en la antigua biblioteca reconstruida, interrogó a Elías. Hablaba poco, pero cuando uno de los sabios le preguntó por qué había insistido en cruzar, su respuesta fue demoledora: “Allá afuera, solo hay zombies y hombres malos. Aquí, por lo menos, hay luz en la noche.”
Lázaro se ofreció como tutor temporal del niño, el perro fue aceptado como ayudante de seguridad y el grupo de Alfredo recibió su paga en comida y herramientas. Pero ese día, al crepúsculo, todos sabían que la vida era menos segura pero también menos solitaria.
***
La rutina del asentamiento era exacta y severa. Quienes no trabajaban en la defensa patrullaban canales, reparaban molinos eólicos, o se encargaban de la educación de los niños. Desde el descubrimiento de bancos de semillas en una de las mansiones saqueadas de Coral Gables, pequeños huertos urbanos comenzaban a florecer en terrazas y patios interiores.
Los niños, nacidos en la nueva época–conocidos como ‘los renacidos’–recibían instrucción dos horas diarias, aprendiendo a leer en viejos manuales de supervivencia, a usar armas, a cuidar animales, y sobre todo a identificar los gritos de los hambrientos y los vivos por igual.
Elías, el niño encontrado, fue asignado al grupo de Alfredo en la reparación de generadores. Mostró una habilidad innata para reparar pequeños motores, y pronto se hizo imprescindible en la gestión del débil sistema eléctrico de la Muralla. El perro, apodado Coliflor por alguna razón que nadie terminó de entender, servía de alarma en los patrullajes nocturnos.
El trueque, regulado por tokens impresos en cartulina y sellados por el consejo, había reemplazado por completo al viejo dólar. Los nuevos ricos poseían reservas ocultas de penicilina, municiones, semillas raras, o videocasetes donde los niños descubrían el fútbol, el mar y los árboles, mundos que para ellos eran leyendas.
Una tarde de septiembre, mientras reparaban el cableado de un viejo transformador, Alfredo se animó a preguntarle a Elías si había oído hablar de la Legión, la banda de saqueadores del oeste, famosa por atacar caravanas y vender prisioneros en los dominios del sur de la Muralla. Elías calló, luego negó con la cabeza. Después, murmulló:
“Solo una vez los vi. Tenían banderas negras y motos grandes. Cuando atacan, no dejan nada salvo humo en el cielo.”
Por la noche, junto al fuego, Lázaro relató lo que sabía sobre aquellos días al principio de la catástrofe. “Dicen que Miami cayó y resucitó tres veces. Primero por los zombis, luego por los saqueadores, y después por los suyos propios”—señalando a los niños—“los que aprendieron a crecer en medio de los muertos”.
***
Los domingos eran días de feria. Cerca de Wynwood, bajo los murales pintados una y mil veces, se negociaba el precio de la sal, el arroz cultivado en los techos, el aguardiente de caña y los cuadros pintados por los que aún soñaban con ganar algo más que la próxima comida. A veces, algún viajero llegaba con cuentos de una fortaleza en Orlando, o de caravanas rumbo a Tampa, pero casi nunca se fiaba nadie de sus historias.
Ese domingo, Elías y Coliflor detectaron algo extraño: ramas frescas y marcas en la arena cerca de una puerta secundaria de la Muralla. Elías avisó de inmediato. La patrulla se desplegó y descubrió a un joven herido, con la pierna vendada de manera desesperada, y rastros inequívocos de haber sobrevivido una emboscada.
Había sido atacado por la Legión. Traía noticias sombrías: un grupo de saqueadores planeaba un ataque a gran escala, aprovechando que muchas milicias estaban fuera limpiando sectores de North Miami Beach. La ciudad debió afrontar, de pronto, la amenaza de otro tipo de horda.
El consejo dispuso toque de queda, reforzando sentinelas y distribuyendo armas entre los ciudadanos. Alfredo, que hasta ese momento había preferido las sombras de los talleres, se encontró formando parte de una unidad improvisada, armado con una escopeta de fabricación casera y el miedo cosido en las tripas.
El ataque llegó antes del amanecer del martes, no con la teatralidad hollywoodense de cabalgatas o música atronadora, sino con el sigilo y la brutalidad de los desesperados. Las alarmas —una secuencia de campanadas de hierro— precedieron al tiroteo. Se peleó casa por casa, patio por patio. Elías, con Coliflor, salvó a una anciana arrastrándola por un atajo secreto que sólo los niños conocían.
La batalla fue breve pero costosa. Trece muertos, diecisiete heridos, pero la Muralla resistió. Los saqueadores fueron repelidos al oeste. De los capturados, uno aceptó quedarse, tras semanas de presión, aceptando las reglas del consejo—nadie despreciaba un par de brazos extra, ni siquiera de los enemigos más recientes.
***
Tres días después, el consejo otorgó a Elías y su perro la distinción de ‘guardianes del asentamiento’, una moneda de metal grabada con un sol naciente que en la nueva economía, confería derecho a doble ración semanal. Alfredo fue nombrado jefe del taller de reparaciones—nuevo estatus, más comida, aunque menos tiempo para soñar.
La vida en la Muralla era dura, pero tenía un ritmo seguro: cosechas, patrullas, trueques, batallas intermitentes y celebraciones cortas. El miedo a la muerte sólo lo remedió, poco a poco, la certeza de la compañía humana.
La vieja ciudad yacía dormida, más allá de los muros y los ríos. La nueva Miami seguía creciendo. Un día, quizá, los zombis serían solo un mal recuerdo, y no mucho después, las bandas de saqueadores también. Pero hasta entonces, cada niño rescatado, cada perro salvaje domesticado, cada noche de luces encendidas más allá del alcance de los muertos, era prueba suficiente de que la humanidad, aun maltrecha, no se había rendido del todo en la ciudad de la Muralla.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.