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Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Rastros en la Bahía
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Fragmento:


Me despierta el olor a salitre y a gasolina vieja. La mañana es húmeda. Hoy, igual que ayer —y probablemente igual que mañana— reviso el inventario de lo que queda de la comida enlatada y en polvo. Lo hago con el mismo ritual diario, en el cobertizo que alguna vez sirvió de almacén para equipos de paddleboarding, ahora convertido en búnker, armario y cocina para cinco personas. El refugio lo montamos al pegado del canal, al norte de Little Havana. A veces creo que el cascarón sobrevivirá a todos los que dormimos bajo este techo.

Duración: 13:26

Rastros en la Bahía
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Texto de ajuste de pausa.

28 de noviembre de 2026

DIARIO DE ALICIA MORALES, MIAMI — DÍA 2382 DESDE EL INICIO

Me despierta el olor a salitre y a gasolina vieja. La mañana es húmeda. Hoy, igual que ayer —y probablemente igual que mañana— reviso el inventario de lo que queda de la comida enlatada y en polvo. Lo hago con el mismo ritual diario, en el cobertizo que alguna vez sirvió de almacén para equipos de paddleboarding, ahora convertido en búnker, armario y cocina para cinco personas. El refugio lo montamos al pegado del canal, al norte de Little Havana. A veces creo que el cascarón sobrevivirá a todos los que dormimos bajo este techo.

Hace cinco años, Miami ya era una ciudad abrumada por el agua y a ratos por la locura… Ahora, los peores de entonces se han aquietado: ni turistas, ni tráfico, ni fiestas. Los zombis siguen allí, sí, acechando especialmente cerca del Downtown algodonoso de humedad y abandono. Pero nuestra rutina es otra: controlar las rutas, preparar las defensas, intercambiar mensajes radiales y sobrevivir a los otros grupos. A estas alturas, los vivos nos damos más miedo que la plaga.

Salí al muelle de madera ruinoso, como hago cada día, con el fusil cruzado en la espalda. Los vecindarios cercanos han sido mayormente despejados, pero el silencio nunca es confiable aquí. El agua brilla con una quietud engañosa. Me siento vulnerable, con la ciudad extendida a mis espaldas como un cadáver imponente —rascacielos de cristal roído, palmas resecas, y la línea lejana del mar, masticando lo que queda de South Beach.

Por el canal navegan canoas, balsas improvisadas y, los días raros, un pequeño botecito robado que ni sé cómo sigue funcionando. Esta mañana, divisamos una caravana flotante: ocho figuras, todos armados, ondeando un trapo blanco al aproximarse. Hace meses, las alianzas con cualquier grupo nuevo se negocian arma en mano. Cuando la barcaza encalló en las piedras del margen, el primero en saltar fue un muchacho de unos veinte años. Voces tensas, el lento reconocimiento del otro antes de bajar la mira.

—Venimos de Opa-locka —fue lo primero que dijo el líder de los forasteros, un tipo larguirucho de pelo trenzado, con mirada de miedo crónico— atracamos aquí porque la marea está baja. Venimos a negociar, traemos harina y medicinas a cambio de herramientas buenas o algo de aceite.

Llamé a Jairo, quien tiene el don de la palabra dura pero justa, para mediar. Siempre se ofrecen lo mismo: suministros médicos, balas viejas, baterías, alguna novedad robada de otro enclave. Los días de comercio abierto son todavía peligrosos, pero más civilizados; hubo una temporada en la que disparar primero era ley. Ahora, tras la consolidación de algunas alianzas regionales y el establecimiento de códigos de señales, hasta los lobos intentan negociar. Las señales de humo desde Coconut Grove, los espejos en la bahía por la mañana, las bengalas nocturnas, quieren decir: “No disparamos… todavía”.

Esa tensión flota invisible, incluso cuando el intercambio transcurre sin incidentes. Tres tablillas de madera por cada bidón de aceite, cuatro tarros de judías a cambio de antibióticos caducados pero aún útiles. Cada artículo pasa de mano en mano, a la vista de todos, como si la confianza estuviera siempre en saldo negativo. Un niño de los suyos, la cara salpicada de pecas, miraba todo con cautela, tocando apenas el mango de un machete improvisado. Se parece a mi hermano, o al niño que era mi hermano, antes de que desapareciera en la primera escapada masiva hacia Homestead, por allá en el caos del 2020.

Anoche, mientras patrullaba con linterna de manivela, encontré un cuaderno empapado entre las piedras. Dicen que hace meses, los recolectores de los Cayos lograron recuperar imprentas, que ya circulan manuales con las reglas básicas de cultivo y primeros auxilios. Aquí nada llega fácil, pero alguien, en algún sitio, está escribiendo de nuevo. Quizá dentro de unas temporadas, contar la propia historia deje de ser un acto de rebeldía y se convierta en una tradición. Me prometí salvar ese cuaderno. “La memoria es la diferencia entre ser animal y ser humano”, le dije a Carla esta mañana.

Después del intercambio, subí a la azotea improvisada para revisar la línea entre la ciudad y el mar. El sol resplandecía sobre Biscayne Bay, pero entre las sombras, cerca de la antigua autopista 836, vi movimiento irregular: una docena de figuras arrastrando los pies, con trapos colgando, contornos de brazos demasiado largos y rostros fundidos. Los zombis de ahora son menos peligrosos, más lentos y débiles… pero aún capaces de enloquecer a una comunidad si logran acercarse. El hedor los delata a cien metros, cuando el viento viene del oeste. Pero en la humedad de Miami, algunos residuos flotan hasta las calles como bocanadas de podredumbre amarga.

Sonó el silbato de emergencia, señal convenida si las barreras caen o si detectamos movimiento inusual. Todos alzamos la cabeza. Carolina, la más joven del grupo, se echó a temblar; aún le cuesta recordar que no todos los muertos son iguales. Hace dos semanas, un grupo rival intentó abrirse paso quemando las barreras al sur, y en la confusión, las hordas entraron con ellos. Nunca supimos si actuaron a conciencia o fue error, pero la desconfianza nos mantiene aferrados al territorio.

La rutina, incluso aquí, es todo. Tras cortar leña y revisar las trampas en las entradas traseras, me tocó volver a radio. Como cada tarde impar, intenté establecer contacto con el enclave de Hialeah. Usamos el código Morse más elemental, dos palabras a repetir: “Tranquilo / Zona Segura”. Hoy, del otro lado, respondieron: “A salvo. Suministro a las 20h.” Esas pequeñas victorias son las que dan esperanza, pero siempre queda un regusto amargo: quién está escribiendo, quién sigue. El año pasado, nos enteramos que una banda de saqueadores seguía merodeando por el Miami River; se hacen llamar los Caimanes. Nadie quiere cruzarse con ellos en territorio neutral.

Apagada la radio, me senté frente al mural descolorido del almacén. Recuerda el viejo Miami: flamingos, palmeras y botes rápidos atravesando la bahía. El mural es más nuevo que la última línea del tranvía, pero más viejo que cualquier niño del refugio. El mundo anterior está tan lejos como ese océano pintado, y sin embargo nos vigila, nos susurra lo que fuimos y no podemos recuperar. A veces, los muchachos se quedan horas frente al mural, como si llenarse la mirada de esos colores equivale a no olvidar.

Comimos lo que quedaba de la jornada: arroz amarillo y algo de atún viejo, olvidado en los estantes hace quién sabe cuántos años. Se hace rezo antes de comer, una letanía breve que cada quien pronuncia con los ojos fijos en la comida, agradeciendo al azar, a la persistencia, a la rudeza de vivir un día más. Luego, los turnos de guardia: tres horas cada quien. Carla y yo compartimos el primero, desde la ventana que da al canal. Hay noches en que el viento mueve el agua y parece oírse música muy lejana, un eco de fiestas pasadas, hasta que el ulular se mezcla con gruñidos y jadeos de los caídos.

Mirando hacia las islas pequeñas —Star Island, Fisher, la sombra de los antiguos millonarios— pienso en los que quedaron atrapados en las mansiones, cuando comenzó todo. A veces, de noche, divisamos linternas titilantes en la distancia; hay rumores de que algunos de los “viejos ricos” aún sobreviven en torres fortificadas, pagando con oro y promesas la lealtad de grupos armados. Miami siempre fue ciudad de contrastes, y ni el apocalipsis ha eliminado del todo esa diferencia. Aquí, en el refugio, todo se comparte: comida, armas y esperanza, porque la miseria es demasiado grande para que el egoísmo tenga peso.

Esta tarde, después de la rutina, me acerqué al anclaje donde se amarran los botes. Un adolescente está soldando piezas de metal: quiere fabricar un pequeño molino de agua con partes de bicicletas. Necesitamos más energía para la radio y para la bomba que filtra el agua salada. El ingenio es la moneda del futuro, y los pocos con vocación de aprender aprenden de todos. Me quedé mirándolo, pensando que hace años habría estado en secundaria, preocupado por exámenes y uniforme.

Me preguntaron por mis padres; la pregunta viene de tanto en tanto, porque en este mundo las familias suelen estar separadas, los apellidos no sirven mucho más que para la memoria. Los míos desaparecieron con los primeros brotes, cuando las hordas cruzaron Brickell y arrasaron los hospitales. No los busqué, sobreviví. Ahora la familia es otra cosa: la gente que te cubre la espalda, que te cura, que comparte plan y miedo contigo en una noche difícil.

Anochece. El Canal Blackwater inconmensurable, la oscuridad demasiado densa incluso para los linternazos. El olor de la ciudad vieja y enferma se vuelve más penetrante a medida que el sol declina, pero también trae promesa de frescura, de una pausa en el aire caliente que rinde a todos. Desde coral Gables nos llega la noticia de que un enclave fue atacado la semana pasada: la patrulla de regreso no encontró supervivientes. Nadie llora mucho; pasados estos años, el duelo es casi un lujo. Hacemos recuento de balas y se preparan antorchas; el chillido distante de los caídos recuerda, cada tanto, que no es momento de confiarse.

Hoy, tocó despachar a dos del grupo para explorar la zona de Midtown, en busca de cableado y tubos para el molino y la defensa. El viaje es corto en distancia, pero eterno en miedo y silencios. Yo los acompañé parte del trayecto. Subimos por el Boulevard Biscayne, ahora invadido por la vegetación, con torres cubiertas de enredaderas y carteles oxidados. Por cada esquina, restos de autos apilados, pruebas de un éxodo que nadie terminó nunca. Las refriegas con otros grupos han dejado marcas: grafitis de advertencia, restos de barricadas quemadas. Nos movemos rápidos y en silencio; la ciudad enseña a los vivos a no dejar rastro, a pensar cada paso como si fuera el último.

De camino al regreso, cruzamos la antigua autopista, deteniéndonos varias veces al escuchar ruidos: arrastrar de pies, el sonido ahogado de un lamento. Vimos un zombi apoyado contra una puerta, imposible saber cuántos años llevaba ahí. El deterioro los ha vuelto insidiosos; parecen menos peligrosos pero siguen siendo letales. Bordearlos ya no es un arte, es una estrategia básica para toda vida social. Sabemos distinguirlos: los huesudos arrastran los pies, los “recién llegados” se mueven rápidos y a ratos parecen tener destellos de conciencia. Hay que temerles, pero también compadecerlos.

El retorno al refugio siempre es silencioso. Nadie pregunta, nadie relata los detalles: pesa más lo que callamos. Llegamos justo a tiempo para el cambio de guardia. Las noches son más tranquilas desde que reforzamos la puerta con vigas soldadas y clavos traídos de lo que fue una tienda Home Depot. Sin embargo, el temor se clava en la piel como el calor de agosto: siempre está allí. Lo único que calma: la certeza de seguir vivos y el ritual de escribir, aunque nadie lea.

Cada cierre del día es una lista de preguntas nuevas: ¿Mañana habremos hecho contacto con otro asentamiento? ¿Seguirá el mercado de Coconut Grove abierto bajo las mismas reglas? ¿Sobrevivirán todos los que cruzan la bahía para hacer trueque? ¿Cuándo retornará al menos una parte de la ciudad a su propia gente? No hay respuestas, solo el movimiento: viaje, trueque, defensa, memoria. Las marcas sobre las paredes del refugio cuentan los días, las ausencias, las pocas victorias y las muchas pérdidas.

Antes de dormir, repasamos el protocolo de emergencia: si entran por la puerta trasera, tirarse al canal; si caen los muros, reunirse junto al botecito y remar hacia el mar abierto; si la radio comunica una señal de auxilio, responder en menos de dos minutos. Nos repetimos las reglas como quienes ensayan una oración pagana. El pequeño Lucas me pide que le lea algo del cuaderno empapado; improviso, mezclando recuerdos y fragmentos legibles. Con cada frase, siento que el hilo de la esperanza se sostiene en la imaginación y en la terquedad.

Mientras escribo la última línea de hoy, escuchando el zumbido lejano de los generadores de los vecinos y el eco de las olas subiendo por el canal, pienso que lo imposible ya ocurrió: Miami cayó… y sigue viva, en estos restos humanos, en estos rituales, en esta lucha férrea por no dejarnos borrar, por no olvidar quienes fuimos y por insistir en ser algo nuevo, aunque todo lo viejo esté roto. En la ciudad fantasma, bajo el sol y junto al agua, la memoria sigue escribiendo su historia. Y si eso no es esperanza, no sé qué es.

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