Fragmento:
De vez en cuando me asomo a la ventana, usando el catalejo de un viejo pirata que recogí en un puesto de souvenirs. Observo el lago Eola convertido en un jardín espeso y salvaje. Los patos que alguna vez fue símbolo de la ciudad, ahora están muertos o huyeron. El campanario sigue intacto pero de vez en cuando, entre las ramas y la niebla, distingo figuras tambaleantes atrapadas en el hielo del agua, o caídas en las orillas ––restos de quienes intentaron cruzar y no lo lograron.
Duración: 11:34
2 de Diciembre de 2020
El mundo solo existe en tres colores: gris, el de las nubes que ruedan heladas por un cielo sin esperanza; rojo, el de la sangre reciente en las aceras agrietadas; y verde, el de la vegetación tropical que intenta asfixiar todo lo que alguna vez fue humano en Orlando.
La niebla matutina se cuela entre los rascacielos y parques desiertos, envolviendo Lake Eola en un frío antinatural, impropio de un diciembre floridano, pero apropiado para el invierno del alma que ahora gobierna la ciudad. Hace semanas que los zombis, lentos y torpes en el frío, deambulan menos, acumulándose como residuos alrededor de los lugares altos y calientes ––restos de la magia de Disney, Universal, hoteles que ya no albergan turistas, solo muertos.
Me llamo Ángel y llevo 286 días sin salir de la suite del Fifteen East, una torre de cristal a pocas cuadras del centro, uno de los últimos edificios altísimos que aún alberga vida humana en Orlando. Aprendí pronto que, para sobrevivir, no solo debe uno protegerse de los cuerpos podridos, sino de las prisiones invisibles que se forman, despacio, dentro de la propia cabeza.
***
La suite ya no huele a alfombra nueva sino a miedo viejo, y a la humedad de la ropa sucia amontonada junto a la ventana. Todo lo valioso y comestible quedó bajo llave en la habitación principal. De tanto en tanto me aventuro a la cocina ––con pasos que suenan atronadores en el vacío–– en busca de algo, la mayoría de veces solo una excusa para verificar los pestillos y el generador.
Sonidos distantes: a veces tiros, a veces el aullido grave de un motor arrancando a varias cuadras, o el grito apagado de algún animal o persona. A menudo, solo silencio. Las paredes de esta suite están forradas de mantas, colchas y carteles viejos de parques de diversiones, cubriendo el aislamiento que me separa no solo de los zombis, sino de los vivos que se han vuelto más peligrosos que ellos.
Lo peor son las noches. Todo lo que he visto, todo lo que no puedo olvidar, se asoma con la oscuridad. Al principio calculaba el paso del tiempo al compás del generador, midiendo las horas que quedaban de gasolina. Cuando el combustible empezó a escasear, apagué el generador. Ahora dependo de una linterna de manivela y de velas improvisadas, hechas con aceite de cocina. La oscuridad ha terminado por comerse la suite y parte de mi mente.
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Hace meses que no veo a nadie de los míos. El último en irse fue Julio, cuando aún había esperanzas de que el refugio improvisado en el antiguo centro de convenciones resistiría. Yo elegí quedarme, impulsado por la certeza —absurda, en retrospectiva— de que quedarme quieto era más seguro, de que las paredes y los muros me protegerían de todo. Pero nadie advierte sobre los barrotes invisibles que forja el retraimiento, la manera en que el encierro transforma la mente en jaula con llave perdida.
Me levanto cada día empujado por la rutina. Pasar lista mental de los víveres: cuatro latas de frijoles negros, dos paquetes de fideos rotos, cinco botellas de agua, algo de café instantáneo. El placer de un sorbo caliente dura minutos, pero el café soluciona poco ante la fatiga que llevo en los huesos.
De vez en cuando me asomo a la ventana, usando el catalejo de un viejo pirata que recogí en un puesto de souvenirs. Observo el lago Eola convertido en un jardín espeso y salvaje. Los patos que alguna vez fue símbolo de la ciudad, ahora están muertos o huyeron. El campanario sigue intacto pero de vez en cuando, entre las ramas y la niebla, distingo figuras tambaleantes atrapadas en el hielo del agua, o caídas en las orillas ––restos de quienes intentaron cruzar y no lo lograron.
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Lucho, cada vez con menos éxito, contra la tentación de abrir la puerta y correr hacia la calle. Me repito que afuera hay peor muerte, pero a veces los gritos callados dentro de mi cabeza acaban derrotando cualquier lógica. La peor parte no son los zombis —que puedo evitar con suficiente astucia— sino lo que sucede cuando cae el sol y la mente se quiebra. Debo mantenerme ocupado: por eso escribo este diario, por eso narro en voz alta lo que veo, como si otro sobreviviente se escondiera conmigo tras la cortina.
Soñar duele. Cuando me dejo dormir, la mente me arroja recuerdos de antes de la plaga, de los días felices que pasé paseando con Mariana por los jardines de EPCOT, las noches de fuegos artificiales en Magic Kingdom, las risas de turistas que inventaban cuentos absurdos frente al castillo rosado. Esos recuerdos, una vez tibios y dulces, ahora son puñales en el alma.
Anoche escuché por primera vez en semanas la estática de una señal radial. Bajé a la recepción en busca de claridad; mi radio es vieja pero aún capta rebotes de frecuencias militares perdidas. Un mensaje, entrecortado, decía: “...refugio... hospital del sur... necesitar... víveres... ayuda urgente...”. Pensé en salir, intentar llegar. Pero la suite me retuvo, la costumbre de no cruzar la puerta fue más fuerte que el miedo o la compasión. La mente, entendí, construye barrotes más resistentes que el mejor acero.
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Mi rutina de prisión mental requiere rituales precisos: contar los pasos entre las habitaciones, repasar mentalmente las rutas de escape, ordenar las latas de comida por fecha y tamaño, hablar con mi Yo del pasado en voz alta para preguntar qué haría él en mi situación. Es desesperante saber que la única conversación inteligente que tendré hoy será conmigo mismo.
He aprendido a sobrevivir de retazos: cierro los ojos y me obligo a recordar detalles nimios de Orlando antes del apocalipsis; la sensación de arena caliente en los pies durante los festivales de música, el sabor a especias de los carritos callejeros junto al lago, la explosión de colores al caer la tarde sobre la noria de ICON Park.
Hace unos días me aventuré al corredor, con un bate de béisbol por única “llave maestra”. Oí pasos arriba, posiblemente otro sobreviviente o un grupo cazando víveres. No quise arriesgar: regresé de inmediato. Quise olvidarlo, pero ya no puedo borrar esa sensación de que comparto prisión con otros cautivos, tal vez más enloquecidos que yo.
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Los zombis apenas se mueven ahora; se agrupan cerca del Dr. Phillips Center, como si recordaran una función que ya nunca ocurrirá. Los veo tambalearse bajo la lluvia fría, tropezando con bancos arrancados y carros abandonados, sombras erráticas que en algún nivel —me aterra admitirlo— envidio, porque carecen de conciencia del encierro, de la prisión mental en que aún conservo la esperanza.
Me preparo mentalmente para el día en que deba salir. Si se acaban las reservas, si la radio deja de funcionar, si una tormenta sacude el Fifteen East y lo hace colapsar. Pero mi cuerpo se niega a actuar. Hace semanas que convivo con un miedo paralizante, algo que me mantiene apartado del peligro y de la vida.
A veces, reflexiono sobre lo que decían aquellos psicólogos en los primeros días del brote: que la pandemia generaría “fatiga emocional”, “despersonalización”, “fuga mental”. Ninguno imaginó que la verdadera epidemia sería la prisión interior del miedo, la costumbre de no arriesgar aunque eso signifique marchitarse en tus propios muros.
***
Esta mañana, el agua de las duchas desapareció. Supuse que era cuestión de tiempo, las reservas en los tanques ya no aguantan inviernos eternos y menos uso irregular. Saqué mis perneras de lana, guardadas como último recurso, y recordé cómo regateábamos con Mariana por estos mismos pasillos cuando las fiestas navideñas colmaban la ciudad. Extrañar duele. Extrañar a alguien que ya no está, incluso más.
Me asomo por enésima vez al mirador: veo refugios improvisados en la terraza del Amway Center, luces de neumáticos ardiendo en la distancia, y una figura —¿humana?— que hace señales con espejos desde la antigua salida de I-4. Es fácil dejar que la mente se interne por veredas sin retorno, imaginar que nada es real, que solo sueño tras un largo maratón de películas de terror.
Guardo mi cuaderno, lo vuelvo a abrir minutos después. Dejo una carta para quien llegue después. Cuento en ella lo poco que sé: Orlando ya no es sitio de magia, ni de parques temáticos, ni de sueños imposibles. Es una celda con ventanas rotas, habitada por fantasmas ––unos devoran carne, otros recuerdos.
***
La tarde se convierte en una mezcla de fulgor y penumbra, la luz reflejada en los vidrios rotos forma arcos inquietantes sobre las paredes acolchadas. El invierno es más cruel al caer la noche: mi aliento dibuja figuras en los espejos del baño y, en el vaho, escribo nombres de los que no sobrevivieron.
Horas después, mientras trato de dormir, oigo un golpe, seco y brutal, en la puerta de emergencia del piso. Primero es un estruendo lejano, después una retahíla de quejidos. Tardo mucho en distinguir si son humanos o zombis. Por costumbre, reviso que mis cosas estén listas: el bate, una linterna, la vieja foto arrugada de Mariana que guardo en la billetera.
El miedo me paraliza. Recuerdo el consejo inútil de mi abuelo: “Si tienes miedo, camina. El miedo se queda quieto, pero los vivos van adelante.” Me repito la frase como un amuleto frente al espejo, pero mis pies no se mueven. Escucho, con la linterna apagada, los sonidos disolviéndose en el eco del pasillo. La prisión se cierra aún más.
***
Cuando el sol de la mañana bate contra los vidrios, descubro que la puerta sigue intacta. Ninguno entró, ninguno se fue, solo quedó el silencio. Me siento más solo que nunca, aunque Orlando me rodee y la distancia apenas sea de unos pisos y tres calles.
El hambre apremia; calculo que la última comida será mañana. Debo decidirme, pero la cárcel mental que yo mismo armé no se deshace con palabras. Afuera llueve. Los zombis, apáticos, se pierden entre cortinas de agua. Echo de menos hasta a las palomas del Lake Eola, esas molestas mensajeras de los días felices.
Leo en mi diario la frase que escribí hace semanas: “No sigo vivo por valentía, sino por costumbre.” La reescribo sobre la pared, para no olvidarlo, o para que otros no lo olviden si alguna vez encuentran estos restos.
Me despido del día como siempre: me siento junto a la ventana, cuento los latidos del corazón, me imagino en la barca del lago, con Mariana. Imagino un mundo sin zombis y sin prisiones, pero cuando abro los ojos sigue todo igual.
La soledad es la verdadera plaga. La mente edifica sus barrotes con recuerdos y miedo, y el Orlando vacío detrás de la neblina no es más ni menos que el eco de mi propio encierro.
Cuando acabe el invierno —si es que alguna vez acaba— tal vez cruce la puerta. Tal vez encuentre a alguien más y, juntos, construyamos algo nuevo. O tal vez no. Pero ahora, la ciudad y yo seguimos siendo una prisión, dentro y fuera, y el mayor enemigo mira desde el reflejo tras la ventana.
La magia se ha ido, y solo quedan los muros, la niebla, y la lucha interminable por no dejarse consumir del todo por el silencio.
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