Fragmento:
Esta mañana, mientras el sol apenas doraba los muros ennegrecidos de la Sagrada Família, he empezado un nuevo cuaderno de notas. Lo rescataron unos exploradores del grupo del almacén de Sant Andreu, entre legajos de una papelería saqueada hace años. Lo único que han traído en semanas, además de harina rancia y un par de cucharadas de sal. Dicen que los túneles del metro ya son casi impracticables; las lluvias de octubre echan a perder cualquier acceso subterráneo y el hedor bajo tierra es peor que los gritos de las últimas hordas. Pero al menos, volver a escribir en papel me da la ilusión de controlar algo. Y quizá… de dejar una crónica si el asentamiento, nosotros, caemos.
Duración: 09:27
14 de noviembre de 2026.
Esta mañana, mientras el sol apenas doraba los muros ennegrecidos de la Sagrada Família, he empezado un nuevo cuaderno de notas. Lo rescataron unos exploradores del grupo del almacén de Sant Andreu, entre legajos de una papelería saqueada hace años. Lo único que han traído en semanas, además de harina rancia y un par de cucharadas de sal. Dicen que los túneles del metro ya son casi impracticables; las lluvias de octubre echan a perder cualquier acceso subterráneo y el hedor bajo tierra es peor que los gritos de las últimas hordas. Pero al menos, volver a escribir en papel me da la ilusión de controlar algo. Y quizá… de dejar una crónica si el asentamiento, nosotros, caemos.
Nuestro poblado se construyó alrededor del antiguo mercado de El Born. Lo elegimos por su estructura de hierro fácil de reforzar y por tener una vista clara de la Via Laietana. Aunque la ciudad no es ni sombra de lo que fue antes de la plaga, Barcelona persiste envuelta en cicatrices. El Born ha cambiado: ahora las maderas robustas y los alambres rodean las entradas, torres improvisadas vigilan Puerta Nueva y hay vallas donde antes hubo terrazas. Dentro viven familias enteras, médicos reacios, vigías, agricultores, artesanos remendando lo poco que se puede salvar. Cuando llegamos, éramos treinta. Hoy, entre adultos y niños, no sumamos doscientos, pero en noviembre de 2026 somos una de las mini-ciudades amuralladas más grandes de la zona.
Amaneció frío: ahora el clima se aproxima cada vez más al invierno y yo, como responsable de la torre oeste, me las arreglo con una capa tejida de retales y una escopeta anticuada. La pólvora escasea, pero ahora hay cierto comercio. Esta mañana llegó una caravana desde Castelldefels con una caja de munición y frutas secas. Traían noticias: al sur, cerca de Sitges, otra comunidad acaba de ser asaltada por los saqueadores de los túneles, esos que bajan del Tibidabo. Los muertos recientes del ataque no tardarán en levantarse.
En nuestro asentamiento las noticias corren rápido. A media mañana, ya todos comentaban la caída de la residencia de Horta, donde vivía la conocida "Conxa" —una anciana que guardaba semillas, cuidaba huertos y enseñaba a los recién llegados a plantar en tiestos. Tres chavales partieron para comprobar la noticia. No regresaron al caer el sol. La preocupación caminaba de murmullo en murmullo, como un eco entre las bóvedas rotas del mercado y los tejados de Santa Maria del Mar.
Hoy, tras mi turno de vigilancia, bajé a la improvisada escuela cerca de la vieja biblioteca. No es más que un cuarto en penumbra, con colchonetas para que los niños no se enfríen sentados. Lo dirige Mara, antiguamente profesora de ciencias en un instituto de L’Hospitalet. Ellos aún dibujan zombis como monstruos, pero cada vez más les cuesta distinguir a los vivos de los muertos, con sus rostros quemados por el viento y los harapos remendados hasta lo irreconocible. Mara les habló de cómo funcionaban las señales entre los asentamientos. Desde hace unos meses tenemos códigos de luces y banderas para avisar del movimiento de hordas o de incursiones humanas. En el techo, colgado con alambre, cuelga el mapa garabateado del "nuevo Born": cada casa, huerto, almacén y fortificación señalada con chinchetas rescatadas.
Mi hermano Oriol cuida de los generadores a pedal. Se volvieron más valiosos incluso que las armas. Cada tarde un grupo acciona las poleas junto a la Puerta del Mar, extrayendo agua potable de un pozo que, milagrosamente, nunca se ha contaminado. Lo compartimos con otros núcleos menores a cambio de vigilancia extra. Los más valientes se ofrecen para recorrer la Via Augusta y llevar mensajes, siempre escoltados. Si bien parte de la ciudad es terreno seguro, atravesar la zona cercana a Plaza Catalunya es todavía arriesgado: entre los viejos escombros se ocultan tanto zombis residuales como bandas humanas. Los primeros apenas caminan, oxidados como muñecos rotos, pero los segundos son perfectamente capaces de acechar y matar por unas latas y una manta seca.
Desde la torre oeste, la visión de la ciudad es perturbadora. La Plaça del Rei es un yermo de polvo; la catedral, un esqueleto de piedra donde algunos se aventuran para recolectar agua de lluvia o buscar reliquias. Los turistas se fueron para siempre, y los caminos antes animados por bullicio y música callejera ahora son silenciosos. Un silencio sólo roto por disparos esporádicos, gritos lejanos, o los estremecedores traqueteos metálicos de alguna barricada que cede. Por las noches, apagamos todas las luces; sólo se permite una lámpara de aceite por sector, bien tapada para que no lo vean ni los ojos de los hambrientos ni los bandidos.
Después de comer —una sopa aguada con nabo y legumbres— me acerqué a la enfermería. Allí está siempre Miriam, nuestra médica principal. Sus manos tiemblan, pero sus palabras no. Nos contó que ha recibido señales radiales de baja frecuencia; parecen venir de Montjuïc, lo que apuntaría a la supervivencia de algún enclave militar allí arriba. Nadie ha tenido valor para acercarse, y la amenaza de las bandas nómadas que cruzan la ciudad impide organizar una expedición. Quizá los próximos días, si la situación aquí es estable, podamos enviar un mensaje codificado por lámpara.
Las noticias malas siempre llegan pronto. Antes del anochecer, dos vigías vieron una pequeña horda cruzar el Passeig de Sant Joan, arrastrándose, lenta pero letal. Son los infectados más antiguos: les cuelgan mechones de cabello, la piel gris les gotea y arrastran los pies con una lentitud inquietante. Ya no corren; apenas caminan, pero si caes en sus manos, no hace falta que seas mordido… el terror, la imposibilidad de moverse ante su empuje, basta para morir de pánico o herido al huir. Decidimos lanzarles piedras desde las alturas, no usar munición salvo que escalen una de las vallas. No lo hicieron. Cuando oscureció, desaparecieron hacia el puerto.
Me tocó el turno nocturno junto a Sara. Desde la altura, le pregunté si aún piensa en sus padres. Confiesa que lleva más de cinco años sin saber nada de ellos desde su huida de Sants. Hablamos, como cada noche, de la posibilidad de que las transmisiones radiales no sean sólo avisos de amenaza, sino intentos de organización entre asentamientos. Durante media hora, la estática ronca y corta es la única compañía. Luego, volvemos a la rutina: revisar el perímetro, escuchar el viento, vigilar las sombras que cruzan entre columnas y azoteas rotas.
De madrugada, un disparo resonó en la vieja calle de La Princesa. Salimos tres para rastrear, linternas a la altura de la cintura. No encontramos más que a Júlia, temblando junto a la farmacia todavía cerrada e inservible. Un hombre, dice, intentó asaltarla: llevaba el brazo cubierto de sangre y exigía comida a gritos, pero no era un infectado. Lo detuvo la amenaza de otro vigía que, desde el ático de una tienda de souvenirs, disparó contra la luna de un escaparate para asustarlo. Lo único que quedó del "asaltante" fue un charco de sangre y la certeza de que, aunque los zombis ya no representan el mismo peligro, los humanos desesperados siempre serán la amenaza más real.
La noche termina con un informe rápido de movimientos: dos de las bandas nómadas avanzan hacia el Hospital del Mar, probablemente para saquear algún depósito medicinal. Decidimos enviar un pequeño grupo para negociar antes de que la violencia estalle; llevamos algo de grano y ropa a cambio de acceso a las reservas compartidas. El trueque se ha convertido en la ley suprema. Aquí nadie cree ya en monedas ni en billetes; valen más los tornillos que puedan fijar una puerta o los tarros de cristal que permitan conservar semillas.
Hoy, mientras el mundo se apaga fuera de nuestros muros, la comunidad sigue su intento de reconstruir algo parecido a la esperanza. Las alianzas regionales se consolidan, aunque la desconfianza es tan sólida como nuestros parapetos. La noticia que más animó a la gente fue la llegada directa de un mensaje de Gràcia: han logrado despejar toda la Calle Verdi de infectados y abren paso a un pequeño mercado de alimentos secos y munición. Quizá no signifique mucho, pero es la primera vez que podremos enviar a nuestros niños a otra comunidad sin que el entorno sea un infierno absoluto. La idea de una feria protegida, de intercambios y hasta juegos entre niños, suena a leyenda.
Hoy cierro el diario bajo la luz mortecina de una vela de sebo. He recordado que hace más de seis años, en 2020, las calles eran ríos de gente y la fiesta del barrio era inimaginable sin música en cada esquina. Ahora cuento los días por la cantidad de aceite que queda y por las hileras de coles creciendo lentas a los pies de las torres. Pero muchas veces, mientras oigo los suspiros cedidos de las barricadas por el viento y el distante rumor de mareas en el puerto, quiero creer que Barcelona, como nosotros, sobrevivirá para volver a ser algo próximo al hogar.
Escribo esto con la esperanza de que alguien lo lea cuando todo esto termine, y que pueda decir: aquí viví y resistí, cuando la ciudad calló.
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