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Portada del relato Cenizas bajo el sol de Florida
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Fragmento:


—Puerta sur —dijo Greg, con la voz tensa.

Duración: 13:00

Cenizas bajo el sol de Florida
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Texto de ajuste de pausa.

18 de julio de 2023

El calor apretaba incluso bajo la sombra de los antiguos robles que limitaban la orilla del lago Eola. El aire tenía un cierto olor a humedad, mezcla de agua estancada, tierra y algo más agrio, más persistente: el hedor de cuerpos en descomposición llegados desde cualquier parte de Orlando arrastrados por el viento.

Aaron Morales se cruzaba de brazos frente a la muralla improvisada, una tapia de bloques, vallas de obras y placas metálicas oxidándose al sol. Sus botas dejaron huellas polvorientas cuando se apartó de la sombra. A su espalda, la gran Noria de Lake Eola todavía se mantenía erguida, oxidada pero completa, como un testigo mudo de una ciudad desaparecida. Orlando ya no era parque temático ni refugio para jubilados; era una trinchera en una guerra sin fin.

Las horas previas al anochecer eran especialmente tensas. Aaron, de treinta y pocos, miembro del consejo de supervivientes, ex técnico en sonido para eventos corporativos en Disney Springs, sabía que la noche traía movimiento: grupos errantes de saqueadores, bandas armadas de sobrevivientes y, claro, no-muertos, zombis, como preferían nombrarlos ahora, para evitar eufemismos o miedos de la superstición. La muralla protegía un perímetro apenas mayor al parque Eola y algunas manzanas cercanas, donde ahora vivían unas 600 almas, casi todos supervivientes de barrios residenciales que caminaron hasta allí buscando agua potable y cierto orden.

El día anterior, un grupo de niños había jugado junto a la fuente de los cisnes. Alguien les permitió corretear demasiado lejos, y uno de ellos fue interceptado por un infectado escuálido, que había logrado penetrar la frágil cerca oeste, la parte que daba al centro de la ciudad. Desde aquella tarde, las alarmas no paraban de sonar, literal y figurativamente. Sabían que el crecimiento de hordas en las afueras coincidía con la época del año: el calor aceleraba la descomposición, cierto, pero muchos cuerpos, aún conservados entre el asfalto y la sombra, podían seguir levantándose de improviso.

Aaron se acercó a una de las torres de vigilancia: una estructura de containers apilados y reforzada con placas de metal, donde Greg, el vigía mayor, observaba el horizonte con una mirada perdida y un amplio sombrero alemán en la cabeza, de esos que se encuentran al azar en el despojo de una ciudad.

—¿Algún movimiento? —preguntó Aaron con voz baja, procurando no asustar a los nuevos habitantes del refugio, que a menudo se inquietaban solo con ver a alguien en uniforme.

—Lo mismo de siempre —gruñó Greg, encendiendo un cigarrillo que olía a hojas secas más que a tabaco verdadero—. Humo en el horizonte norte, muy cerca del antiguo AdventHealth. Me imagino que son del grupo de King, escudriñando el terreno.

King era uno de los muchos 'señores' improvisados, bandolero famoso en el paso hacia el aeropuerto. Sus milicianos vestían colores chillones, como si todavía quedara algo de la moda urbana del Orlando precolapso.

—Si atacan esta noche, perderán gente —aventuró Aaron.

—Si no lo hacen, perderán respeto —dijo Greg, expulsando una bocanada de humo.— Hay quien dice que King ya ni siquiera manda. Alguien más joven toma las decisiones.

Un grito lejano cortó la conversación. Desde el sur, al otro lado de la muralla, resonó el tañido improvisado de una campana: una vieja bombona de gas, atada a un poste. Aaron y Greg se pusieron de pie a la vez.

—Puerta sur —dijo Greg, con la voz tensa.

***

En los viejos mapas, el sur de Lake Eola limitaba con la zona de oficinas, cafeterías, hoteles; ahora era territorio muerto, apenas algunas tiendas saqueadas y casas unifamiliares devoradas por vegetación. Al acercarse a la posición, Aaron vio a dos de los defensores mas jóvenes, Mariah y Dany, apuntando sus armas caseras más allá de la cerca, donde una silueta se agitaba confusamente.

—No disparen —ordenó Aaron, desenfundando su revólver, un vetusto .38 recargado con balas irregulares.

La figura avanzó, medio arrastrándose. Dany, con voz quebrada, preguntó:

—¿Será uno de los nuestros?

Aaron observó con el lente sucio de sus binoculares. Era un hombre viejo, temblando, cubierto por una chaqueta ensangrentada y ropa desgarrada. Caminaba como si no supiera cómo hacerlo, pero sin los chillidos animales de los zombis.

—¡Vivo! —gritó Aaron.— ¡Abran la compuerta pequeña!

Mientras la puerta lateral era abierta, varios curiosos se acercaron. El anciano cayó casi de rodillas cuando alcanzó la seguridad de la zona protegida. Una mujer llamada Yadira, antigua enfermera, saltó a ayudarle, mientras dos jóvenes buscaban agua.

Cuando el anciano pudo hablar, entre sollozos y toses, solo alcanzó a decir:

—La 436… vene... vienen… los muertos. Saquearon todos... grande tienda… disparos... muchos... no crucen la 436.

Nadie necesitó más explicaciones. La Ruta 436 era, desde hacía semanas, una zona prohibida, donde se habían perdido varias patrullas. Muchos sospechaban que una horda se desplazaba por allí, empujada por los saqueadores.

Después de atenderle, Aaron llamó a consejo en el centro comunitario, la vieja biblioteca de Eola Heights, ahora transformada en especie de ayuntamiento y refugio. Bajo el techado con huecos en el tejado, asistieron los habituales: Renata, la jefa de los cultivadores urbanos, Samuel (miliciano y ex policía), la anciana Maureen, que coordinaba educadores, y cuatro jóvenes voluntarios.

—El nuevo refugiado dice que la 436 está comprometida. King podría moverse hacia aquí empujando a los muertos delante suyo —expuso Aaron—. La lógica es perversa, pero conocida. Para saquear, primero limpian con zombis.

Renata asintió.

—Si empujan esa horda hacia nosotros, la muralla sur no los va a aguantar. Y... no tenemos suficientes armas, ni fuego. La munición no va a durar.

—Podríamos aprovechar los drones —sugirió Samuel—. Desde que reparamos el grande, podríamos distraer a la horda, atraerla hacia el lago. Si tenemos suerte, caerán en el agua y quedarán atrapados un tiempo.

Renata apretó los labios. Llevaba meses protegiendo sus parterres de tomates y batatas en la isleta interior del lago. No le hacía gracia convertirlo en una trampa.

—¿Y después? Eso solo nos compra días —dijo—. Si no hay ayuda, estamos rodeados.

Maureen, la mujer de cabellos plateados en trenza, levantó la mano con decisión.

—Si de algo sirve la vieja institución, deberíamos organizar el primer mercado cerrado. Convocar a las comunidades del norte, hacerles saber que estamos abiertos a intercambio. Que sepan que pueden venir aquí, defenderlo. Así, los atacantes pensarán dos veces en asediarnos.

La idea era arriesgada. Cualquier concentración atraía, directa o indirectamente, a los más violentos. Pero era cierto: los rumores sobre pequeños mercados protegidos iban creciendo desde hace meses. Algunos se mantenían dos o tres días antes de abandonar el sitio bajo amenaza, pero otros, los mejor organizados, habían creado auténticos puntos de referencia para las caravanas.

Después de una breve discusión y voto, se decidió.

***

Esa noche, la muralla vibró con música intermitente y el zumbido de un dron viejo, resucitado a partir de piezas de varias tiendas tecnológicas saqueadas. Desde el aire, la cámara enviaba imágenes borrosas: los zombis formaban lentos charcos, grupos desconectados. Más allá de la Ruta 436, podía distinguirse movimiento humano —luces improvisadas, antorchas en filas desordenadas—, probablemente los grupos de King.

Aaron, con el walkie en mano, coordinó el encendido de cuatro grandes hogueras al este, al borde del lago. El objetivo era desviar la atención de los infectados hacia el agua. Un puñado cayó por la orilla resbaladiza, tambaleándose, hundiéndose entre lirios y algas. El sonido de disparos secos, al sur, anunció que no todos serían despistados. El intercambio duró hasta pasada la medianoche y costó dos heridos: uno, mordido superficialmente en el brazo —que tuvo que ser aislado según el protocolo— y el otro con un balazo en el muslo, probablemente por fuego amigo en la confusión.

La mañana siguiente trajo calor y electrolitos en polvo, desayuno de campeones en la Florida postapocalíptica. Aaron caminó entre los escombros, donde el reflejo del sol hacía brillar los restos de lo que fue una zona de picnic sobre el pavimento agrietado. Los murales pintados por los niños en las paredes ahora servían para identificar las rutas seguras: azul para los cultivos, rojo para las calles exteriores, blanco para zona médica.

Durante el día, comenzó el rumor: alguien, entre los refugiados de las afueras, había traído medicinas de una farmacia intacta. No tardó en montarse una primera fila junto al antiguo quiosco de información, donde dos adolescentes con brazaletes de colores vendían o cambiaban aspirinas, cremas bactericidas y vendas a cambio de frijoles, harina, aguacates grandes y, en una ocasión, una palmatoria eléctrica.

Con la caída del sol —en la otra Florida, la de los parques y los turistas, esa era la hora dorada— llegó una caravana improvisada: seis personas de la comunidad de College Park, pupilos de una matriarca llamada Esther. Venían en bicicleta o a pie, protegidos por escudos hechos de letreros de tráfico y cascos de fútbol. Trajeron semillas, sal de un viejo depósito y, sobre todo, noticias. En su zona, King había recibido un golpe: una traición interna, dos de sus tenientes muertos, y un grupo de adolescentes alzados en armas en la zona de Altamonte. Lo más importante: la horda de la 436 se mantenía estática, solo moviéndose a impulsos.

Así empezó el primer día de mercado en Lake Eola. Mesas de residuos, mantas de colores, latas de comida rescatada y hasta un puñado de cigarrillos quemados a medias cambiaron de manos. Aaron observaba la escena desde el banco, sintiendo algo parecido a esperanza: ese era progreso, aunque desordenado, pequeño. Renata consiguió dos sacos de arroz por un botellón de fertilizante y tres ideas para mejorar la irrigación de sus cultivos en la isleta.

Pero la tensión nunca desaparecía. Al atardecer, una noche más, los vigías de la muralla detectaron sombras moviéndose sigilosas, más allá del radio seguro, entre árboles que alguna vez habían visto maratones y domingos familiares.

Aaron ordenó a todos regresar bajo techo. El mercado se disolvió en minutos. Los disparos no tardaron en empezar. Tres de los saqueadores, probablemente del grupo de King, intentaron penetrar la cerca, disparando al aire mientras arrojaban botellas incendiarias improvisadas. Respondieron desde la muralla con flechas—sí, de verdad flechas, hechas por los muchachos que utilizaban la madera de las viejas gradas de un estadio abandonado—, y tras un breve intercambio, los atacantes se retiraron. Pero no sin antes dejar una advertencia pintada a espray en la cerca: “Orlando es de los vivos, no de cobardes”.

Aquella noche, ante la hoguera en la plaza central, Aaron repasó lo ocurrido: en 24 horas habían visto la frontera entre la vida y la muerte, entre la supervivencia y la reconstrucción. Orlando, la ciudad que alguna vez fue sinónimo de magia, ahora formaba parte de otra clase de leyenda.

—¿Crees que algún día volverán los fuegos artificiales? —le preguntó Renata, a su lado, abrazada a una taza de té.

Aaron pensó en las luces, en el reflejo de colores dibujando el lago, en la multitud riendo.

—Quién sabe —dijo—. Pero aquí seguiremos. Cada día es una chispa.

Al oeste, con la luna asomando, el horizonte mostraba no castillos de cuento, sino la silueta recortada de la vieja Noria, oxidada pero imbatible. En ese parque fantasma, los supervivientes de Orlando aprendían, paso a paso, a reclamar el derecho a una nueva historia. Un desfile auténtico, aunque sin fuegos ni música, pero con la tozuda certeza de que la vida, a veces, es el mayor milagro.

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