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Portada del relato El reino sombrío de Orlando
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Fragmento:


Esta mañana era diferente. Alex tenía una misión y portaba el mensaje doblado en cuatro partes, atado al interior de su chaqueta de mezclilla desgastada. Era un papel verdadero, impreso en una de las nuevas imprentas de papel reciclado. Lo leyó de nuevo, sus ojos entrenados para memorizar en segundos las líneas de comunicación:

Duración: 11:09

El reino sombrío de Orlando
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2028

Alex despertó con el sol rojizo asomando entre los restos oxidados de una noria gigantesca, las jaulas colgando como jaulas de pajaritos muertos. La brisa matinal traía consigo un olor a humedad, madera podrida y ese tenue rastro de descomposición que, con los años, se había vuelto el telón de fondo de la vida diaria. Un destello de luz jugaba entre los árboles torcidos del antiguo Lake Eola Park; cisnes salvajes nadaban en el agua oscura, más silenciosos que nunca, huyendo de cualquier humano y de los otros, los rezagados que aún vagaban cerca del agua movidos por reflejos animales.

Para Alex, Orlando era una ciudad de fantasmas y oportunidades; un paisaje donde cada edificio abandonado podía ser trampa o refugio, según el azar. Atrás habían quedado las hordas interminables de hace años, cuando la gente aún huía de la muerte, y las colas para acampar en un antiguo estadio eran tan largas como las de los parques temáticos en una era perdida. Ahora, pocos jóvenes como él se aventuraban a moverse entre las “Zonas Limpias”, aquellos sectores que patrullaban los grupos armados y donde la vegetación se había abierto paso entre asfalto y cemento gracias a la ausencia humana.

Esta mañana era diferente. Alex tenía una misión y portaba el mensaje doblado en cuatro partes, atado al interior de su chaqueta de mezclilla desgastada. Era un papel verdadero, impreso en una de las nuevas imprentas de papel reciclado. Lo leyó de nuevo, sus ojos entrenados para memorizar en segundos las líneas de comunicación:

“El taller de la antigua Colonial Drive ha logrado fabricar las primeras 50 herraduras nuevas para caravanas. Oferta: pólvora negra, alimento seco, semillas. Intercambio seguro a medianoche. Señal, bandera azul.”

Si lo conseguía, podría abastecer una semana más a su pequeño asentamiento en lo que fuera el estacionamiento cubierto del Dr. Phillips Center. Allí, junto a una docena de adultos y varios niños, sobrevivían intercambiando comida, información, herramientas y protección con otras comunidades.

El día comenzó con el habitual patrullaje alrededor del parque. Orlando Central era una de las “Zonas Limpias”, pero nadie bajaba la guardia. Los viejos caminantes seguían atrapados entre los escombros de los centros comerciales –Alex aún recordaba aquella vez que un grupo de ellos apareció a pleno mediodía, saliendo en silencio de las puertas vueltas ruinas del Fashion Square Mall–. Sin embargo, en 2028 ya casi todos tenían las piernas torcidas, los uniformes de empleados irreconocibles tras años de putrefacción y las mandíbulas rotas en extrañas muecas sin sonido. Aun así, bastaba un descuido para que una mordida cambiara la suerte de cualquiera. Había aprendido a no confiar en las apariencias; a los nuevos, dicen, los delataba el olor menos intenso, la mirada perdida y el hambre feroz.

Bajo el brazo, Alex llevaba una linterna de dinamo, una pistola de fabricación artesanal y varios cuchillos. La moda ahora era llevar camisas de manga larga a pesar del calor: las mordidas en el antebrazo seguían siendo la muerte segura. Fue bordeando la Avenue, cuidando de no alterar a las aves ni hacer ruido entre los charcos. Los restos del antiguo tranvía estaban cubiertos de hiedra y graffiti nuevo; hacía mucho que los artistas habían dejado consignas de desesperanza, pero recientes pinturas mostraban consignas de resistencia y mapas crudos indicando rutas seguras hacia Winter Park y Maitland.

El ruido del mercado emergente era inconfundible. Tiendas de campaña hechas de lonas de atracciones, banderas improvisadas con logotipos de parques y montañas rusas a lo lejos, decorando el horizonte. En playa Lake Underhill, familias de sobrevivientes protegían a sus hijos enseñándoles a limpiar, despellejar y cocinar cualquier ave o pez que pudieran pescar con trampas. Aquí, los niños aprendían los saberes nuevos: a reconocer el olor del zombi viejo, a improvisar armas con caños y madera, a hacer trueque sin ser estafados.

Mónica, la líder del grupo del lago, recibió a Alex con una sonrisa cansada. La mujer tenía una pierna ortopédica hecha con partes de electrodomésticos y cables de bicicletas. Su conversación fue rápida y precisa: el papel doblado, una breve señal con la palma y la advertencia ineludible.

“Ten cuidado en Colonial Drive. Los del taller son duros y no todos creen en los tratados. Si llegas tarde, ni te molestes en entrar. Dicen que un grupo de nómadas fue visto anoche cerca del Orlando Executive. Llevan lanzas con puntas de acero y un perro extraño.”

El vacío dejado por años de conflicto no solo era físico; también resonaba en los rostros y precauciones de cada sobreviviente. Alex asintió, agradecido solo por la advertencia. Sabía que los humanos ahora eran más peligrosos que los muertos y que aquí, entre las ruinas de la fantasía, nadie perdonaba flaquezas.

El trayecto a Colonial Drive era un ejercicio de soledad y tensión. La vegetación cubría buena parte de las aceras, y los semáforos, largos sin luz, parecían más esculturas posapocalípticas que señales de orden. En el paso por Mills 50, Alex se detuvo a escuchar los susurros de radios de baja frecuencia: nombres de asentamientos, ofertas de intercambio, advertencias sobre bandas forasteras que merodeaban por la autopista I-4.

Se acercaba la hora de la reunión acordada. Alex observaba con nostalgia la fachada destrozada de un local de comida rápida, ahora atiborrado de barriles de agua y cajas de municiones. En la entrada del taller, una bandera azul ondeaba suavemente. Se escondió tras un contenedor, esperando ver el movimiento interno antes de anunciarse. Un hombre de barba hirsuta salió, seguido de una sombra baja, y ambos alzaron sus armas improvisadas ante su presencia. Alex levantó las manos y mostró el papel: “Sigo la señal. Intercambio.”

La tensión se disipó ligeramente. Lo dejaron pasar después de un cacheo. Dentro del taller, el aire olía a grasa y cordita. A lo largo de mesas improvisadas, hombres y mujeres trabajaban ensamblando pequeñas herraduras, pesando pólvora negra y ordenando piezas de hojalata. Un chico adolescente tarareaba una melodía antigua, ajeno al nerviosismo, mientras llenaba prácticas bolsas con semillas de calabaza.

El líder, conocido como Frank, se acercó, firme y sin perder de vista sus manos. Frank era uno de los pocos sobrevivientes con experiencia militar previa. Su rostro estaba marcado por cicatrices viejas mal curadas y ojos de un azul glacial.

“Cincuenta herraduras, una caja de plomo y pólvora, y cinco paquetes de comida seca. ¿Tienes lo prometido?”

Alex asintió y mostró su bolsa: un botiquín con vendas, jeringas reusables, alcohol y antibióticos. Frank paladeó el botín con dedos expertos, revisando dos veces cada vial. Hizo una seña de aprobación.

“Te doy un consejo, muchacho. Cuando regreses, no cruces la terminal de autobuses. Un grupo de saqueadores ronda por allí. Hubo disparos esta mañana. Usa la ruta hacia Azalea Park; la vieja autopista está más tranquila ahora.”

Terminó el trato, y Alex pudo sentir el pulso del taller: el ruido ensordecedor de forjas pequeñas, el olor metálico de pólvora y sudor, la mirada vigilante de aprendizas y obreras en cuclillas. Este microcosmos de trabajo, de producción incipiente, era apenas un germen de civilización que luchaba por permanencia. Lo más emocionante era sentir que al menos durante unas horas, Orlando resurgía con esfuerzo brutal de las cenizas, reconstruyendo economía, liderazgo y cierta sensación de futuro.

A la salida, las calles estaban más oscuras de lo habitual. En esta época, la mayoría de los grupos organizados habían restaurado el uso de lámparas improvisadas, aún así nadie encendía fuego a cielo abierto. A veces, la luz atraía más problemas que soluciones.

Alex avanzó por caminos secundarios, subiendo y bajando entre montones de escombros, sendas abiertas entre antiguos lotes de automóviles y ruinas de concesionarias. No escuchó el ruido de los saqueadores, pero aguzó el oído por si algún zombi joven, recién caído, rondaba tras algún árbol.

Pronto, un grupo pequeño apareció en la distancia: tres figuras con capas de plástico atadas al cuerpo, armados con lanzas y un perro de aspecto salvaje. Se movían sigilosos, mirando de reojo a cualquier sombra. Alex se encogió en un cruce y esperó a que pasaran. El perro olfateó el aire, pero el grupo siguió, caminando hacia el este, quizás buscando otro campamento para asaltar.

Cuando por fin llegó al Dr. Phillips Center, el ambiente era febril. Dos niños jugaban a imitar a los vigías, saludando con palos afilados desde una barricada de bancos. Dentro, el grupo debatía con ansiedad: un asentamiento en el Altamonte había sido atacado; se rumoreaba que habían perdido todo su grano y dos vehículos. Sin embargo, las buenas noticias llegaron con Alex. Sacó las herraduras, dejó caer la pólvora y, casi sin proponérselo, las miradas de todos cobraron un asomo de alegría.

Mónica repasó el lote y, satisfecha, le palmoteó un hombro.

“Noches como esta son las que justifican despertar cada día. Esas herraduras significan más movimiento. Esas semillas, más comida. Y esa pólvora, protección.”

El grupo se sentó cerca de los bidones de agua, y Alex relató su viaje. Otros compartieron historias del día. Un chico contó que en lo que fuera el Universal Studios, una comunidad había recuperado un almacén con lámparas solares. Una mujer informó que el gran equipo de carpintería de Winter Garden podía reconstruir puertas y escudos de madera con grabados decorativos.

La noche en Orlando era ahora más propicia para el trabajo que para el sueño. Guardias rotaban el vigía en turnos de tres horas. Adultos limpiaban armas y afilaban cuchillos. En el silencio, se oía lejos el eco de algún disparo perdido, quizá una advertencia, tal vez último suspiro de otro grupo menos afortunado.

Mientras el sol asomaba tímido tras las ruinas de la ciudad, Alex subió una vez más al tejado del estacionamiento. Desde allí veía la ciudad rota y, sin embargo, llena de vida en sus puntos de luz: fogatas clandestinas, reflejos de lámparas recargables, banderas improvisadas con colores nuevos, paredes recién pintadas.

Así, Orlando se debatía entre la desesperación y el renacimiento, caminando al filo entre el miedo y la esperanza. Desde su puesto de guardia, Alex pensó en el viejo mundo, ese del que sus padres le contaron recuerdos cada vez más borrosos: un mundo de luces, juegos, lágrimas y dulces, cuando las calles estaban llenas de turistas y el único monstruo era la soledad.

Ahora, el monstruo tenía mil nombres y rostros. Pero también, cada día, Orlando aprendía a sobrevivir un poco mejor al monstruo y a sí misma. En la distancia, un cisne solitario surcaba el lago Eola, deslizándose en silencio. Por primera vez en muchos años, Alex se permitió la esperanza de que, lo que quiera que viniera después, al menos habría alguien para contarlo.

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