Septiembre zombie
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
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Brote
Portada del relato El ocaso de la magia
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Fragmento:


Se abrió paso hasta el complejo de restaurantes junto al lago artificial. En uno de ellos, halló una despensa mejor resguardada. Trozos de pan duro, un par de latas de conserva, algo de mantequilla rancia. Un tesoro. Steven se comió la mitad allí mismo, sentado sobre el suelo, apenas reparando en el sabor. Fuera, el viento hacía chirriar los soportes de un antiguo toldo con oídos de Mickey.

Duración: 12:56

El ocaso de la magia
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Texto de ajuste de pausa.

16 de diciembre de 2020

El aire en Orlando estaba más frío de lo que Steven recordaba. El mismo aire siempre tibio, como un aliento dulce y pegajoso que, tiempo atrás, celebraba la cercanía de las fiestas con luces, canciones y una interminable procesión de turistas extasiados. Ahora, ese aire hedía a carne muerta, humo y el acero oxidado de automóviles abandonados por doquier. El invierno, inusualmente frío para Florida, había llegado antes de tiempo, y Steven lo sentía morderle los tobillos a través de la suela desgastada de sus botas. Caminaba con cautela por la International Drive, vigilando las sombras y evitando hacer ruido.

Algunos zombis deambulaban entre los autos varados, torpes bajo el influjo de las bajas temperaturas. Sus movimientos ahora eran lentos, casi patéticos; sin embargo, bastaba un descuido para que una docena se arremolinara detrás del olor de una piel viva. Las calles, antes saturadas de familias con orejas de ratón y globos flotando en el aire, se habían vaciado hasta quedar irreconocibles.

El invierno, pensaba Steven mientras avanzaba, era una bendición y una condena. Por un lado, lograba mantener a los muertos más lentos; por otro, hacía casi imposible encontrar alimento fresco. Hasta el agua era difícil de conseguir, pues las tuberías comenzaban a helarse y muchas fuentes estaban contaminadas con cadáveres caídos dentro.

Steven cargaba una mochila militar contra su espalda, con un poco de arroz, agua en una botella reutilizada y una pistola vieja. El cañón estaba astillado, pero aún podía disparar. En el bolsillo interior llevaba fotos gastadas de su esposa y su hijo pequeño, ambos muertos en las primeras semanas del brote, cuando la marea de muertos vivientes había arrasado su casa en Kissimmee.

Caminaba hacia la periferia de lo que un día fue Walt Disney World. Desde el colapso total, la gente de Orlando evitaba el parque. Las leyendas decían que miles de turistas y trabajadores habían quedado atrapados cuando se impuso el toque de queda definitivo. Los rumores hablaban de noches interminables de gritos, de atracciones que seguían encendidas, reproduciendo melodías chillones para una audiencia de cuerpos errantes. Steven sabía que, tras el caos, algunos supervivientes se habían apostado en el parque, saqueando los restaurantes y tiendas de regalos, pero casi todos habían muerto o desaparecido. Nadie esperaba quedar con vida mucho tiempo en un lugar que, antes, había simbolizado diversión y sueños.

Para Steven, sin embargo, era hora de arriesgarse. El último refugio donde había pasado seis semanas, una tienda de artículos deportivos cerca del Florida Mall, había sido asaltado dos noches antes por un grupo de saqueadores desesperados. Habían matado a dos de los suyos y robado sus últimas provisiones. No podía quedarse allí. Otros supervivientes hablaban de almacenes intactos en la zona de Epcot Center, de sótanos refrigerados quizá llenos aún de alimentos congelados. Steven no aspiraba a un futuro, solo a sobrevivir el invierno.

Cuando llegó a la reja principal del parque, la escena era dantesca. Cadáveres esparcidos, algunos humanos, otros medio descompuestos y ataviados con disfraces de personajes; una Minnie Mouse de cartón piedra cubierta de barro, su ojo pintado astillado y negro bajo la luna pálida. Algunas luces navideñas parpadeaban intermitente, alimentadas por los últimos restos de baterías de emergencia. El castillo de Cenicienta, al fondo, emergía entre la niebla como una ruina medieval. Steven traspasó un hueco entre la reja caída y se abrió paso, cuchillo en mano, avanzando entre los cuerpos para evitar pisarlos. El olor era nauseabundo.

“No te detengas. No mires atrás”, se repetía, como un mantra. Escuchaba el crujir de los huesos bajo la nieve incipiente. El suelo estaba resbaladizo y pensó en su hijo, cómo solía llevarlo sobre los hombros en Navidad, justo por esas fechas, cuando el parque se vestía de gala y el cielo explotaba en fuegos artificiales. Ahora el único resplandor era el ocasional fogonazo de una linterna o una hoguera encendida por algún otro superviviente.

Revisó la pistola y se adentró en la zona de Tomorrowland, donde las estructuras futuristas ahora parecían monstruos oxidados. Un par de zombis, con uniformes espolvoreados de medias desintegradas y coletas postizas, deambulaban en círculo bajo la entrada de Space Mountain. Steven los eludió moviéndose entre las columnas, hacia una de las tiendas de souvenirs. Recordaba haber visto, años atrás, la bodega de abastecimiento justo detrás.

La tienda estaba saqueada, pero la puerta trasera seguía cerrada con llave. Forzó la chapa con el cuchillo y una palanca, haciéndose cortar la mano en el proceso. Un hilillo de sangre cayó al suelo, y se apresuró a vendarselo con parte de su camiseta. Dentro, la bodega olía fuerte a cartón húmedo y moho. Lanzó una linterna al interior antes de entrar. No escuchó nada—los zombis, en frío, eran casi silenciosos. Tapándose la nariz, rebuscó entre los estantes. Nada de alimentos. Solo gorras, camisetas y llaveros, muchos cubiertos de heces de rata. Debía seguir.

Se abrió paso hasta el complejo de restaurantes junto al lago artificial. En uno de ellos, halló una despensa mejor resguardada. Trozos de pan duro, un par de latas de conserva, algo de mantequilla rancia. Un tesoro. Steven se comió la mitad allí mismo, sentado sobre el suelo, apenas reparando en el sabor. Fuera, el viento hacía chirriar los soportes de un antiguo toldo con oídos de Mickey.

El silencio del parque era sobrecogedor. De vez en cuando, un disparo lejano, quizá de algún otro carroñero. Steven evitaba los caminos centrales, optando por deslizarse entre atracciones menores y puestos de helado volcados. Recorrió el Circuit Speedway, deteniéndose en las oficinas de empleados, buscando algún botiquín. Allí, en un rincón, escuchó voces. Bla, bla, palabras atropelladas. Se acurrucó tras una mesa y observó con el rabillo del ojo.

Eran tres personas. Una mujer—jóven, pelo rizado y ropa varias tallas más grandes—y dos hombres, ambos armados con bates de béisbol y una escopeta. Registraban los casilleros, hablando en voz baja. El estómago de Steven dio un vuelco. Dudó: podía quedarse agazapado, dejar que terminaran y se marcharan. Pero el instinto de supervivencia le dictaba otra cosa.

―¿Quién anda ahí? —gritó uno de los hombres, apuntando la linterna hacia su escondite.

Steven se obligó a salir. Levantó ambas manos, aún manchadas de sangre.

―No quiero problemas. Sólo estoy buscando comida —dijo, la voz más ronca de lo que recordaba.

Los tres lo miraron con suspicacia. El hombre de la escopeta ladeó la cabeza, midiendo el peligro.

―¿Solo? —preguntó la mujer.

Asintió. No tenía sentido mentir.

―La mitad de lo que encuentres es nuestro, ¿sí? —dijo el otro hombre, bajando la voz—. ¿Tienes armas?

Steven dudó un instante, luego sacó la pistola despacio.

―Vieja, pero sirve —afirmó.

Se tensó el aire entre ellos. Finalmente, la mujer asintió.

―Ven. Hay algo de comida aquí. Compartimos si compartes.

No era una ganga, pero tampoco había opción. Se unió a ellos, rebuscando entre los gaveteros. Hallaron unos pocos paquetes de galletas y medicina caduca, además de un botiquín medio intacto. Mientras, la mujer cogió el brazo de Steven y revisó la venda improvisada.

―Eso puede infectarse. Ven, siéntate.

Mientras le echaba agua oxigenada, Steven la observó. Sus ojos parecían brillantes, no asustados. El menor de los hombres contaba la munición y el de la escopeta vigilaba la ventana.

―¿Local? —preguntó la chica.

―Kissimmee, pero antes… Chicago.

Ella asintió. Nadie preguntaba por el pasado antes del brote. Era irrelevante. Sonó un aullido lejano. Los tres supervivientes se miraron, prestos.

―Tenemos que movernos —ordenó la mujer, ahora evidentemente la líder—. Los muertos empiezan a moverse cuando baja aún más la temperatura. Huelen la sangre.

Steven, sintiendo de pronto el peso de la soledad y el cansancio, aceptó seguirlos. Se presentaron: ella era Rayna; los otros, Luis y Tomas. Habían llegado días antes desde su refugio en una gasolinera de I-4, saquearon los resorts de alrededor y pensaban quedarse un par de días buscando medicinas.

Juntos cruzaron el parque por zonas menos transitadas, sorteando grupos de zombis encallados por el frío. El lago brasado bajo el castillo estaba medio congelado. “Nunca pensé ver hielo en Disney”, musitó Tomas, sonrisa amarga.

Avanzaron entre la selva artificial de Adventureland. El grupo se detuvo en un antiguo centro de empleados, donde Rayna decía haber visto un generador intacto la última vez que pasó por allí.

Lo encontraron. El aparato funcionaba, aunque su depósito apenas daba para un par de horas. Rayna sugirió usarlo solo por la noche, para calefaccionar la sala del refugio y calentar algo de sopa. Se atrincheraron dentro, improvisando barricadas con escritorios y letreros de cartón. Luis, el más joven, intentó sintonizar una de las radios militares que aún transmitían, según algunos rumores.

La noche cayó densa y fría. Encendieron el generador por instantes, sólo para calentar suficiente agua. Compartieron comida y, por primera vez en semanas, Steven sintió calor en el estómago. Hablaron poco. Afuera, los rugidos y gritos amortiguados de los muertos hacían bramar los ventanales. Se turnaron vigilando.

A la madrugada, un ruido seco les despertó. Golpes contra la puerta. Luis revisó por el ventanuco y se apartó enseguida.

―Son muchos… Demasiados. —El sudor le perlaba la frente.

Steven recogió su pistola. Rayna sacó un machete.

―A la azotea —ordenó ella.

Unidos, ascendieron por la escalera trasera. Los zombis, alertados por el olor o el calor, empezaban a rodear el edificio, lentos pero incansables. Steven ayudó a Rayna a subir por la trampilla, mientras Tomas y Luis pasaban el equipaje. Desde arriba, la vista era surrealista: miles de cadáveres, algunos vestidos aún de turistas, otros de empleados, convergían perezosos por las avenidas y pasillos del parque.

Rayna buscó en su mochila una pistola de bengalas y disparó al cielo nocturno. El rojo iluminó el castillo y la marea de muertos. Por un momento, el parque de los sueños volvía a brillar, sin espectadores reales.

―Quizá alguien vea la señal —dijo Rayna, más para sí que para ellos.

Les quedaban pocas municiones y el frío se hacía insoportable, pero al menos estaban juntos. Steven, por primera vez en meses, dejó de pensar en la muerte. “Aún hay razones para resistir”, pensó.

Amaneció entre sombras. Los muertos seguían abajo, pero menos activos. Luis sugirió cruzar el lago una vez que el hielo estuviera más firme, para llegar a la zona de tiendas donde había visto, semanas atrás, sacos de arroz y herramientas. Steven se ofreció a ir con él.

A mediodía, aprovecharon la menor actividad para cruzar. El hielo crujió bajo sus pasos, pero resistió. Para cuando llegaron a la otra orilla, Steven se detuvo un instante y miró atrás. El castillo de Cenicienta asomaba tras la neblina, mitad ruina, mitad símbolo. Pensó en su hijo, en su esposa, en las risas olvidadas, y prometió que, si lograba sobrevivir, sería para que otros volvieran a conocer la magia, aunque fuera en un mundo devastado.

Regresaron cargados, justos a tiempo. Al caer la tarde, la horda se dispersó. Rayna, Steven, Luis y Tomas planearon salir de allí al día siguiente, rumbo a una comunidad de supervivientes en Lake Buena Vista. Nadie habló de futuro más allá de una semana, pero compartieron comida, calor y vigilancia.

En la última noche, Steven se asomó a la azotea. Miró el horizonte enrojecido, más allá del parque, y supo que el mundo de antes se había ido. Pero en ese pequeño grupo, en esa improbable alianza bajo el frío y la muerte, se encendía una chispa de esperanza.

Quizá, algún día, Orlando volvería a ser tierra de sueños.

Pero para entonces, la humanidad habría aprendido que, incluso tras el invierno más oscuro, siempre queda la posibilidad de reconstruir. Aunque sea comenzando sobre las ruinas de un castillo de cuentos de hadas, en el corazón destrozado de la magia.

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