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Fragmento:


—Lucía, hay movimientos al norte. No parecen zombis.

Duración: 10:48

Las Puertas del Amanecer
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Texto de ajuste de pausa.

17 de Noviembre de 2024

La tarde cae espesa y roja sobre Orlando, proyectando largas sombras sobre la puerta fortificada que separa la nueva ciudad de los oscuros restos del antiguo mundo. Más allá del muro –de vigas soldadas, vallas mecánicas y paneles recogidos de lo que antaño fue un centro de convenciones– el silencio es denso, hostil, como si el aire mismo supiera cuándo dejar de moverse.

Lucía González, de diecinueve años, camina por el pasillo elevado que bordea la entrada principal, con la carabina cruzada a la espalda y dos granadas de mano sujetas en el cinturón, revisando el turno de vigilancia. Se detiene a observar la plaza de acceso, una vez decorada por fuentes y jardines, hoy convertida en explanada despejada y llena de alambres de espino y bidones, rodeada de barricadas apiladas con toda la lógica que la desesperación improvisada permite.

Ha pasado casi media década desde la caída, y en esos cinco años las cicatrices de Orlando se han multiplicado al ritmo de los ataques. Desde su posición, Lucía puede distinguir tres grupos: los canosos, encargados de fabricar la pólvora en el ala sur; los forasteros, recién llegados y aún temblorosos, instalados bajo los toldos justo tras la triple puerta de acero; y los conocidos, los residentes, patrullando o charlando junto al comedor comunal, vigilando el ocaso con igual mezcla de esperanza y nerviosismo.

A su derecha, el muro parece infinito, aunque en realidad solo abarca menos de un kilómetro, reforzado con todo lo que las expediciones lograron acarrear de los restos del downtown. Del otro lado está la muerte, y la vida, ambas mezcladas e indescifrables; están los zombis, lentos pero letales, y están los hombres, saqueadores o nómadas, a veces peor que los primeros. Y está, sobre todo, el recuerdo de la ciudad que fue: Disney World ardiendo en los primeros meses, los parques convertidos en charcos de desesperados y luego en campos saqueados, los hoteles invadidos por cadáveres y el lujoso Mall en el que Lucía una vez se escondió entre maniquís.

La puerta fortificada es la joya de la corona, la única razón por la que el asentamiento ha sobrevivido. Se trata de una hoja de acero de quince centímetros de espesor, a la que los herreros añadieron un sistema hidráulico básico recuperado de una estación de bombeo industrial; se mueve torpemente, con un zumbido que hace dormir mal en noches tranquilas porque parece el gemido de un monstruo oculto. Por ahora, permanece cerrada.

Los vigías la han dotado de impronta sagrada. En sus costados, han pintado mensajes, algunos religiosos, otros meramente funcionales: “Solo Pasan los Vivos”, “No Abras sin Permiso”, “Confía pero Vigila”. Nadie la cruza sin el consentimiento del Consejo. Nadie, salvo Lucía esa noche.

Mientras el sol desaparece tras un cúmulo de nubes bajas, el ruido de pasos apresurados llega desde la torre de mando; un chico, Pablo, sube jadeando los peldaños. El sudor le cae por el rostro y su voz tiembla:

—Lucía, hay movimientos al norte. No parecen zombis.

Ella entrecierra los ojos y mira a través del catalejo de latón. El sol en retirada ilumina una franja de tierra plagada de autos volcados y marquesinas caídas. A unos trescientos metros, entre la maleza seca, algo se mueve: no es la marcha errática de los cadáveres, sino la cautela de quienes temen ser vistos. Humanos, armados por cómo avanza uno al frente y agacha la cabeza. Sabe lo que significa: otro grupo de saqueadores.

Lucía baja la vista y ve a Rodrigo con el uniforme de miliciano –parches desiguales, botas de camuflaje y brazalete azul– hablando con la vieja Eugenia, la jefa técnica de la puerta. La decisión es tan rápida como cruel:

—No se les deja acercar —le dice Rodrigo a Eugenia, la voz plana—. Si tratan de forzar la entrada, ya sabes el protocolo.

Eugenia asiente y saca los detonadores. Lucía no puede evitar tartamudear:

—¿Y si solo buscan refugio?

Rodrigo la mira con una mezcla de dureza y cansancio; son demasiados años y muertos para ser ingenuo.

—Ya lo vivimos el año pasado. ¿Te acuerdas, Lucía? Los “refugiados” que terminaron apuñalando a tres de los nuestros antes de que sonara la alarma. No, no más riesgos. Mejor que den la vuelta.

Lucía muerde el labio. El mundo se ha vuelto simple, brutal, binario. Abres y te arriesgas a morir. Cierras y condenas, a veces, a inocentes. A veces.

El Consejo decide vigilar durante la noche. Nadie duerme mucho. Las llamas titilan detrás de la muralla, allí donde los fuegos de campamento reemplazaron para siempre a los reflectores eléctricos del pasado. Milicianos y canosos patrullan la muralla, mientras Lucía, ya de madrugada, recibe la orden tácita de estar lista por si alguien intenta escalar o forzar. Los saqueadores, sin embargo, parecen desconfiar de la puerta. De vez en cuando lanzan piedras o insultos desde lejos; uno incluso hace gestos obscenos antes de perderse bajo las ramas derruidas de un roble muerto. El peligro no está en la furia de los atacantes, sino en su perseverancia: varios asedios terminaron en tragedia porque, simplemente, esperaron a la primera distracción o a la menor puerta mal cerrada.

En el amanecer helado que sigue, el Consejo se reúne junto al portón principal: la mesa de madera reciclada del antiguo patio techado de una escuela, ahora consagrada a debates de vida o muerte. El tema es el mismo: los forasteros; los ajenos; los otros. Un veterano, Juan, apunta con voz ronca:

—Si estuviéramos en otro sitio, podría dejarles. Pero aquí, cada bala, cada lata, cada herida suma o resta semanas a nuestra vida. Si les dejamos entrar, hay menos para todos.

El discurso es conocido, casi un ritual. Eugenia, menos endurecida, interviene:

—Han pasado toda la noche ahí fuera. Si fueran caníbales o locos, ya habrían intentado escalar. No se puede vivir sólo cerrando puertas.

Se enciende la discusión. Unas horas después, deciden abrir parcialmente la puerta, con los fusiles preparados y una cuerda atada a la palanca de cierre. No es compasión, sino cálculo: quizás los forasteros traen información útil, o bienes que pueden intercambiar.

Lucía es la elegida para ir a recibirlos, la carabina pegada al hombro y la radio colgando del cinto como un amuleto roto. Empuja el portal secundario: una hoja menor, reforzada hace solo unos meses, cuyo chirrido despierta ecos de alerta en toda la plaza de entrada. Sus dedos sudan, y el aire, aunque frío, parece pesado.

Los forasteros avanzan con lentitud. Lucía cuenta seis figuras, todos con ropa hecha jirones, dos niños incluidos. El mayor, un hombre con barba irregular y mirada de ciervo perseguido, levanta las manos mostrando que no porta armas a la vista.

—Agua —es lo primero que dice, la voz seca y áspera—. Y algo de comida. Llevamos días siguiendo el trazado del río.

Lucía observa sus rostros: miedo, esperanza y el cansancio absoluto de quienes han visto demasiadas muertes. Les ordena dejar bolsas y cuchillos en el suelo. Así lo hacen. El grupo de seguridad les examina, buscando signos de mordida o fiebre. Nada, sólo viejas cicatrices y ropa raída.

—¿De dónde vienen? —pregunta Lucía.

—Del sur. Pasamos cerca de Kissimmee. Seguimos el río, pasamos por un par de pueblos que ya no existen —responde el hombre—. Hay manadas de muertos… pero más gente viva. Algunos nos dispararon. Otros nos ayudaron.

Lucía siente una oleada de empatía y rabia. Se acuerda de los primeros meses, el miedo paralizante de la pandemia, cuando aún existía eso a lo que llamaban “autoridad” y las normas parecían sagradas e inmutables. Hoy hay normas, sí, pero hechas a tiros y martillo.

El Consejo permite admitirles, apenas por unos días y bajo vigilancia. Tienen que pasar la noche en el “corral”, una nave industrial reacondicionada dentro del perímetro, mientras se procesa su integración. Ella acompaña a los niños, les da una manta y una taza de caldo. Uno de los pequeños, de cabello rubio y oscuros surcos bajo los ojos, le pregunta:

—¿Aquí las puertas siempre están cerradas?

Lucía sonríe, por primera vez en días:

—Aquí abrimos cuando es seguro. Aquí las puertas significan que estarás a salvo, al menos por hoy.

Por la noche, sentada sobre una pila de sacos, Lucía piensa en la puerta fortificada, en las cientos de veces que la salvó de la muerte, y en las veces en que condenó a otros. Recorre en la mente los nombres de los caídos, los muros levantados con más fe que con ciencia, los días en que creyeron que la electricidad volvería, y las noches en que ni la pólvora bastó para disuadir a las hordas.

Un grito interrumpe sus pensamientos: se prende un reflector sobre la puerta. Todos tiemblan hasta que, entre el zumbido y el eco de los pasos, descubren que sólo es otro grupo de forasteros. El ciclo se repite, la misma rutina de riesgo calculado y compasión racionada. La puerta firme, oxidada, es la última frontera entre su precario mundo y el caos absoluto.

Antes de dormir, Lucía mira hacia el cielo nocturno, más oscuro que nunca, sin más estrellas que los destellos de los fusiles en patrulla. Se pregunta si algún día esa puerta dejará de ser cárcel y fortaleza, y volverá a ser, simplemente, la entrada a una vida.

Por ahora, la rutina continúa. Los más viejos recitan sus oraciones ante la puerta, los milicianos revisan el cerrojo, los nuevos se acomodan en catres de cuerda y madera, agradeciendo el silencio. Mañana volverán los intentos de cultivar maíz cerca del lago, los problemas de ración, los acuerdos para comerciar pólvora. Y, con suerte, la puerta seguirá firme para la siguiente noche.

Afuera siguen moviéndose dos tipos de humanidad: los caídos y los que luchan por no serlo. Adentro, la esperanza reside en la fortaleza de esas puertas y en quienes, por fatiga o bondad, deciden abrirlas. La ciudad se reconstruye, no con certezas, sino con la terca voluntad de encender luces aún tras la peor oscuridad.

Quizás algún día Orlando sea solo un punto en el mapa del nuevo mundo. Pero mientras tanto, la puerta fortificada sigue siendo no solo el umbral, sino la promesa, la advertencia y el consuelo de todos los sueños humanos que se niegan a morir.

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