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Portada del relato El Reino Olvidado de la Fantasía
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Fragmento:


La mañana tardía en Orlando caía espesa y caliente sobre los restos de una urbe de fantasía. Durante generaciones, este rincón había prometido magia; ahora, ofrecía otra clase de milagros a los que aún resistían el hambre, la violencia y los recuerdos de un mundo que ya no existía. El viejo castillo de Disney World, con su silueta azul desvaída, sobresalía entre el amasijo de vegetación que reclamaba las avenidas y pabellones destrozados. Hasta aquí había llegado la esperanza, aunque a menudo disfrazada de miedo, ingenio y disparos.

Duración: 11:09

El Reino Olvidado de la Fantasía
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Julio de 2025

La mañana tardía en Orlando caía espesa y caliente sobre los restos de una urbe de fantasía. Durante generaciones, este rincón había prometido magia; ahora, ofrecía otra clase de milagros a los que aún resistían el hambre, la violencia y los recuerdos de un mundo que ya no existía. El viejo castillo de Disney World, con su silueta azul desvaída, sobresalía entre el amasijo de vegetación que reclamaba las avenidas y pabellones destrozados. Hasta aquí había llegado la esperanza, aunque a menudo disfrazada de miedo, ingenio y disparos.

Santiago tenía treinta y seis años, aunque se sentía como si hubiera vivido tres vidas, y a ninguna de ellas le faltaban cicatrices. Era uno de los líderes de “Nido Orlando”, una comunidad avanzada dedicada a mantener la electricidad—al menos algunos días—en torno al antiguo complejo turístico. El núcleo del asentamiento estaba justo al norte, en el que había sido el estacionamiento de Magic Kingdom. Habían levantado una alambrada doble y torres de vigía con luces solares. Allí dentro, bajo carpas multicolores y estructuras improvisadas, vivían doscientas veintinueve personas.

El día comenzaba con una reunión cortés pero tensa. Había mucho de qué preocuparse: algunos paneles solares fallaban; la cosecha, plantada en parterres y antiguos jardines temáticos, estaba atrasada; se rumoreaba actividad de saqueadores en la Interestatal 4; y, lo más preocupante aquella semana, ni una sola patrulla había vuelto del oeste después de que una horda asomara brevemente al atardecer.

Por la tarde, Santiago caminó el perímetro con Irene, su segundo al mando. Al sur, a la sombra del castillo destartalado, unos niños jugaban a lanzar aros sobre un par de esqueletos de plástico—restos de la decoración de la antigua Haunted Mansion—ignorando el pasado y casi el presente. “El reino de los sueños”, murmuró Irene, y Santiago asintió con ironía triste.

En la frontera del asentamiento habían construido molinos improvisados. Los días en que soplaba viento, las aspas crujían y chirriaban, generando energía suficiente para iluminar el comedor comunal, calentar agua y, en ocasiones especiales, poner en marcha el viejo proyector de cine solar. Aún guardaban un par de cintas de animación: el espectáculo era más bien una ceremonia que un entretenimiento, una oración laica a un tiempo sin sangre ni miedo.

La comida era escasa aquel verano. Las reservas de granos habían mermado tras una infestación de ratas y la muerte de uno de los mejores agricultores. Ahora, los cocineros mezclaban arroz salvaje con lo que sacaban de las hortalizas rescatadas de las zonas ajardinadas del Epcot Center, y algunos días, con carne: carne de conejo o iguana, traídas del entorno del antiguo lago Bay.

Mientras Santiago y Irene repasaban la lista de necesidades, un grito les interrumpió. El vigía principal informaba: un camión avanzaba por World Drive, visiblemente polvoriento, y tras él, una nube de zombis. En otros tiempos, los vehículos pesados eran peligrosos por el ruido que atraía a cualquier horda estancada. Pero aquel camión tenía, en su chasis, la señal blanca del Pacto del Sur, una confederación de comunidades con la que Nido Orlando había intentado pactar meses atrás.

La llegada, sin embargo, traía inquietud. Cuatro hombres y dos mujeres bajaron armados, pidiendo ayuda y comida. Dos de ellos estaban heridos, mordidos, y uno deliraba. La costumbre dictaba protocolos duros: los mordidos no podían ingresar al refugio, porque nunca se sabía cuándo el virus se reanimaría en ellos. La comunidad no era una excepción. Santiago discutió en privado con el concejo, mientras los forasteros esperaban bajo una lona improvisada, vigilados cuidadosamente.

Finalmente permitieron el acceso a los no infectados. Ofrecieron a los otros ropa limpia y un enterramiento digno en las afueras del parque. El líder de los nuevos llegados, un hombre fuertemente armado llamado Luis, trajo noticias amargas: al sur de Kissimmee, dos bandas rivales, los Martillos y los Águilas, se disputaban rutas de suministro y secuestraban a viajeros solitarios. Había saqueos en St. Cloud, y rumores de nuevas armas artesanales, de fabricación inestable pero letal.

Orlando sobrevivía a medio camino entre la fortaleza y la presa: era una rareza, casi una leyenda, porque aquí los zombis habían sido empujados hacia el periférico norte, y la comunidad, organizada, repelía tanto hordas como saqueadores. Los nuevos refugiados querían sumarse, con la promesa de trabajo y defensa. Alguien sugirió enviar un destacamento para investigar las rutas del sur, pero Santiago dudaba de exponer gente justo cuando el asentamiento estaba al límite de sus fuerzas.

La noche llegó con una serenidad inquietante. El castillo del parque era ahora una torre de vigilancia. Santiago subió al último piso, explorando las almenas aún decoradas con descoloridos estandartes de princesas. Desde ahí, podía ver el resplandor débil de los molinos de viento y el tenue parpadeo de las fogatas comunitarias. El silencio, interrumpido solo por alguna detonación lejana, era denso y absoluto. Orlando, la tierra de los sueños, estaba rodeado de pesadillas.

Pensó en su esposa y su hija, muertas durante la primera gran horda de 2021, cuando toda la ciudad era un laberinto de gritos y disparos. Años después, el dolor se había transformado en determinación, aunque algunos días volvía en forma de preguntas imposibles: ¿vale la pena reconstruir cuando el mundo es tan brutal? ¿Tiene sentido la siembra de maíz en un suelo regado de sangre y ceniza? Escuchó pasos suaves detrás. Era Irene. Al verla, Santiago sonrió sin lograr apartar del todo el pesar de su rostro.

—¿Crees que podamos mantenernos otro año? —preguntó ella en voz baja.

—Si la gente no pierde la fe, tal vez. Si las nuevas generaciones aprenden a no confiar en cuentos, pero tampoco a despreciar la magia de una hoguera, sí —respondió él.

Abajo, uno de los forasteros intentaba reparar un generador con piezas traídas de Miami. Otro ya tejía relaciones con un grupo de adolescentes, enseñando el arte de fabricar trampas para animales pequeños. Lo que trajeron estos desconocidos era, al mismo tiempo, peligro y talento; mezclaron el miedo natural a los extraños con la necesidad desesperada de sumar manos al esfuerzo común.

Al amanecer siguiente, tras una lluvia breve, la humedad y el calor crecían. Santiago reunió a los adultos en el improvisado comedor. Tomaron la decisión más difícil de la semana: enviarían a un pequeño escuadrón con radios de corto alcance, dos bicicletas y un arma restaurada con piezas de varios fusiles distintos, a inspeccionar la zona suroeste. Objetivo: evaluar las rutas, buscar indicios de las bandas y, tal vez, encontrar semillas o incluso medicinas en los puestos abandonados.

El grupo partió cerca del mediodía. Irene lideraba, acompañada por Luis, uno de sus hombres y dos adolescentes voluntarios. El camino era siempre el mismo: atravesar la avenida principal, esquivar los restos de zombis solitarios—cada vez más escasos y deteriorados—y avanzar rápido cuando todo estaba en silencio. El viaje era corto, pero lo hacían con la cautela de quien descifra minas invisibles.

Santiago, en el asentamiento, paseaba por los viejos pabellones. Algunos eran huertos, otros escuelas. En lo que fue el Ágora de Tomorrowland, los niños aprendían a leer en pizarras de conglomerado y jugaban con piezas de juegos de mesa tan antiguos como el apocalipsis mismo. El parque acuático era ahora la mayor fuente de agua tratada, gracias a filtros improvisados y tanques recuperados de antiguos hoteles. De noche, la gran rueda del Epcot era un faro simbólico: habían colgado lámparas de aceite en cada cabina y, una vez al mes, hacían una vigilia donde los más viejos contaban historias del mundo anterior a la plaga.

La vida se organizaba en turnos. Un grupo cuidaba la agricultura, otro recolectaba lo que la jungla urbana ofrecía: viejos candelabros, cables, piezas de motores, carritos de golf destartalados. Los más jóvenes limpiaban palets de madera, y los artesanos experimentaban con molinos eólicos, aprendiendo sobre la marcha que la resiliencia era una ciencia pragmática.

Al grupo explorador les llevó cuatro días volver. La primera noticia fue buena: si bien la zona sur era peligrosa, había rutas secundarias practicables, y un antiguo vivero había resistido, con semillas de tomate y sandía aún usables. El lado oscuro: el peligro de los saqueadores, bien armados y organizados. Las bandas se movían rápido; la fama de Orlando como comunidad próspera era un imán.

Durante la siguiente semana, Santiago y el concejo discutieron si aceptar a los nuevos. Acogieron a algunos, siempre bajo voto comunitario, tras entrevistas y períodos de prueba. Otros, los más conflictivos, fueron invitados a seguir su camino. Había suficientes ejemplos de líderes derrotados durante ataques internos o, peor aún, traiciones.

Uno de los forasteros, una mujer llamada Teresa, se convirtió en valiosa guía y cronista. Anotaba con esmero la historia oral del asentamiento, dibujando mapas, reuniendo leyendas locales: desde la aparición del “zombi payaso” —que vagaba entre las ruinas del circo de la Main Street— hasta las dudas sobre si realmente existían los laboratorios militares escondidos en Disney Springs. Así, reconstruían una identidad. “Somos Orlando”, decía Teresa a los niños, “pero no el de Disney, ni Universal, ni parques: Orlando de los sobrevivientes, Orlando de la reconstrucción”.

Con el pasar de los meses, la comunidad alcanzó un equilibrio precario. Molinos de viento mayores fueron erigidos junto al lago artificial. Parques y senderos, antes refugio de zombis, se despejaron y transformaron en jardines comestibles. Por la noche, las historias se tejían con una mezcla de nostalgia y esperanza: relatos de mágicos desfiles se entrelazaban con hazañas reales de resistencia y rescate.

Al final del verano, la primera niña nacida en el asentamiento celebró su cumpleaños uno: un símbolo poderoso. La madre, apenas una adolescente en la caída original, inventó para ella un nombre curioso: Bella, “por la bestia del mundo, pero también por lo que aún vale la pena”. Aquella noche, bajo el resplandor de decenas de velas y las estrellas tan antiguas como la magia misma, los sobrevivientes de Orlando compartieron el pan que quedaba y soñaron, por primera vez en mucho tiempo, con el futuro.

Afuera, los zombis, cada vez menos, se amontonaban en las autopistas o deambulaban como espectros de una pesadilla largamente temida. La amenaza humana seguía, pero las defensas se coordinaban mejor, y las alianzas con comunidades cercanas ya no eran un mito. De vez en cuando, desde el gran espacio vacío del antiguo estacionamiento, Santiago contemplaba el horizonte y veía un mundo que, pieza a pieza, los hombres y las mujeres volvían a conquistar. No con los fuegos artificiales ni el oropel de la civilización perdida, sino con el lento y tozudo renacer de la esperanza. Donde hubo castillos y cuentos, Orlando resistía, no como un reino de fantasía, sino como una lección viva de perseverancia convertida en patrimonio real.

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