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Portada del relato Los ecos del Lago Eola
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Fragmento:


La puerta se abrió parcialmente, bloqueada por una estructura de varillas reforzadas apenas lo suficiente para dejar pasar a personas de uno en uno. Los Simpson entraron primero. Eran seis, los más jóvenes iban delante, armados hasta los dientes. El padre, Ray, traía el caballo gris sudoroso y una carreta improvisada llena de sacos y cajas. Detrás, el pequeño Alan levantaba la mirada con pasmosa seriedad para sus siete años, mientras su madre, Cindy, cargaba en brazos a una niña dormida.

Duración: 12:03

Los ecos del Lago Eola
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Texto de ajuste de pausa.

13 de enero de 2026

La vieja estación de tren de Church Street ya no era solo un relicario del pasado. Con las puertas tapiadas por láminas de metal recuperado y bloques de hormigón, se había convertido en una fortaleza que albergaba a casi cien personas. Era enero y, pese al frío no tan severo de Florida, el aire nocturno de Orlando corría espeso y teñido de cenizas, trayendo fragancias persistentes de madera quemada, grasa rancia—y, a veces, muerte.

Michelle asomó la cabeza entre la rendija protegida de la torre sur, justo debajo del rasguño que los años y la guerra habían tallado en el mural. A lo lejos, hacia el este, la vieja autopista I-4 desaparecía como una cicatriz entre bloques de autos abandonados y vegetación que crecía a sus anchas. Con el catalejo reconstituido que su hermana pequeña había recuperado de una tienda de magia caída, escrutaba cualquier movimiento. Hoy no parecía haber zombis a la vista, pero la amenaza nunca se iba del todo.

Se había acostumbrado a reconocerlos por el ritmo errático de sus pasos. Los zombis más viejos apenas lograban arrastrarse, los torsos cubiertos de parches de podredumbre y rótulas reventadas. Pero también estaban los nuevos, los que se movían deprisa y con más fuerza, resultado, se sospechaba, de infecciones recientes. Por eso, aunque la mayoría de las veces el peligro venía de los saqueadores, las patrullas no bajaban la guardia frente a los muertos que caminaban.

Michelle no estaba sola en la torre. A su lado, Dwight, con sus cejas pobladas y una barba que parecía estar en guerra con su cuello delgado, vigilaba mientras ajustaba las puntas de una lanza improvisada. “Hoy llega la caravana de Simpson, ¿no?”, murmuró, temeroso de que incluso un murmullo llamara la atención. Michelle asintió en silencio. Aunque la ciudad parecía tranquila ahora, el día de trueque era un faro para todo lo que quedaba de humanidad y para toda la calamidad que surcaba las carreteras del área central de Florida.

Las caravanas eran uno de los mayores avances del último año. Grupos de personas armadas cruzaban cientos de kilómetros trayendo sal, semillas, piezas de maquinaria, hasta papel higiénico. Muchas veces, por supuesto, llegaban menos personas de las que habían salido, o no llegaban en absoluto. La región entre Sanford y Kissimmee, antaño una línea de suburbios y parques de diversiones, ahora era un océano hostil, y el parque temático más cercano, Disney World, se había transformado en un terreno prohibido donde se rumoreaba que las hordas residuales se aglomeraban en el castillo de Cenicienta como una especie de altar a la putrefacción.

A las ocho, el sol asomó entre los esqueletos de los edificios y proyectó haces de luz incierta sobre los grafitis y murales de la ciudad. Allí, en lo alto, Michelle alcanzó a distinguir el brillo de una bandera improvisada a dos cuadras al norte: dos camisetas blancas anudadas en una asta, el código para “caravana amiga acercándose”.

Inmediatamente, bajó de la torre y corrió por la escalera de metal hacia la zona común. Allí, en medio de lámparas de queroseno y pedazos de lonas remendadas, Barry, el líder, repartía órdenes. Era grande y serio, siempre andaba con el mismo chaleco de caza repleto de puntillas, clavos y dos pistolas guardadas. Michelle lo respetaba. No porque supiera todo—nadie podía pretenderlo cinco años después del fin del viejo mundo—sino porque era uno de esos pocos que seguían haciendo preguntas, filtrando la duda entre tanta miseria.

“¡Guardias a la puerta!”, gritó Barry. “Tengan las lanzas y el rifle listas. No sabemos quién pudo seguirlos. Michelle, tú negocias el trueque. Sabes qué decir”. Y así, como tantas veces, ella recogió la libreta mugrienta donde llevaba nota de los bienes, de qué podían ofrecer y qué necesitaban a toda costa: penicilina, gasolina, baterías recargables.

La puerta se abrió parcialmente, bloqueada por una estructura de varillas reforzadas apenas lo suficiente para dejar pasar a personas de uno en uno. Los Simpson entraron primero. Eran seis, los más jóvenes iban delante, armados hasta los dientes. El padre, Ray, traía el caballo gris sudoroso y una carreta improvisada llena de sacos y cajas. Detrás, el pequeño Alan levantaba la mirada con pasmosa seriedad para sus siete años, mientras su madre, Cindy, cargaba en brazos a una niña dormida.

Michelle y Barry saludaron con las palmas abiertas, girando las manos para mostrar que no traían arma. Se instauró el nervioso protocolo de saludos: gestos, palabras cortas y miradas que escudriñaban en busca de mordiscos ocultos, de piel sangrante, de la más leve excentricidad que delatara locura o infección.

“Tenemos dos sacos de frijoles negros, tres de arroz, galletas de avena, y algo de aceite usado”, anunció Ray, la voz cascada por semanas de viaje. “De camino por I-Drive, vimos movimiento. Alguien a caballo, con estandarte rojo. No eran zombis. Humanos. ¿Ustedes han tenido problemas?”.

Barry negó. “No aquí. El mes pasado un grupo de nómadas intentó hacerse con South Street, pero nos defendimos. Desde entonces no han vuelto. Aun así, cualquier información sobre rutas seguras nos sirve. Sabes lo que necesitamos: medicamentos, pilas, gasolina. Podríamos dar herramientas y algo de maíz seco”.

Michelle intervino. “Tenemos unas jeringas y algo de tetraciclina, pero solo cambiamos por baterías y balas. El maíz ahora vale oro—si quieren, podemos agruparlo con el aceite por unas agujas estériles”.

El trato se hizo en apenas diez minutos. Por detrás se escuchaba el bullicio de los niños. Una de las mujeres de la caravana se sentó en el suelo, exhausta, mientras otros descargaban provisiones. Era casi una rutina, pero cada vez que una caravana regresaba en vez de desaparecer, la comunidad de la estación sentía que el mundo podía reconstruirse, muy poco a poco, a partir de esas transacciones elementales.

Qué lejos quedaba el Orlando que Michelle recordaba: los días en que caminaba por Lake Eola con una limonada fría, los turistas riendo cerca de las esculturas de cisnes, el sonido de los botes a pedal zambulléndose en el agua. Ahora el lago estaba cubierto por una capa aceitosa y quieta, rodeado de alambradas y trampas para evitar que los zombis, que tiempo atrás cruzaban el paseo como turistas perdidos, llegaran hasta los asentamientos fortificados.

Pero en 2026 algo había cambiado. Donde antes los muertos comandaban la noche, ahora era el miedo a los vivos lo que más preocupaba. Los zombis antiguos se desmoronaban, pero no había garantía de seguridad real: los nómadas, los bandidos, las bandas de exmilitares y los fanáticos religiosos acechaban para robar, esclavizar o simplemente destruir.

Por eso, una vez terminado el trueque, la estación se dedicó al ritual de siempre: inventario, reparto, revisión de armas. Los niños eran llevados a la escuela improvisada en el interior de un vagón de tren forrado de madera, donde la vieja maestra Teresa impartía lecciones sobre matemáticas básicas, supervivencia vegetal y, con suerte, algo de historia del “mundo de antes”. Solo los mayores recordaban cómo era vivir sin mirar continuamente las salidas, vivir sin sobresalto perpetuo.

Unos metros al sur de la estación, un grupo de adolescentes trabajaba en la reparación de una bicicleta eléctrica, la ambición de tener suficiente energía para cargar radios de onda corta. Las redes eléctricas regionales apenas funcionaban, y solo aquellos asentamientos con generadores hidroeléctricos o algún tipo de molino artesanal disfrutaban de luz estable.

Michelle acababa de devolver el catalejo a su sitio cuando Allison, su hermana, llegó corriendo: “Hay problemas en Colonial Drive. Dicen que uno de los grupos del este está siguiendo la caravana de regreso. Quieren robar todo lo que traen”.

La noticia corrió como la pólvora. Barry ordenó preparar una escolta armada para acompañar a los Simpson fuera de la zona fortificada. Salieron quince miembros de la estación—nueve armados con lanzas, tres con rudimentarios fusiles reparados, el resto con ballestas y garrotes. El viaje hasta los límites al oeste de Loch Haven Park era un trayecto que pocos podían permitirse sin protección.

En la salida norte de Orange Avenue, el grupo se topó con los restos de una barricada rota: botellas vacías, algunas flechas clavadas en un madero, y una mancha oscura que podía ser sangre reciente. Allí, Ray paró a la caravana mientras Michelle y Barry, junto con dos hombres más, flanquearon el perímetro.

Fue en el instante en que Dwight, siempre el más torpe, pisó una tabla podrida y alertó, sin querer, a los forajidos escondidos más allá del camión volcado. Un disparo resonó, seco. Todos se tiraron al suelo. Michelle sintió cómo la adrenalina le hinchaba el pecho y se arrastró hasta la parte trasera de una vieja furgoneta oxidada. Barry asomó al otro lado y con una seña indicó la posición de dos atacantes. Con una precisión nacida de la necesidad, el pequeño grupo de la estación devolvió fuego—tres balas, dos gritos, luego un silencio pesado.

Los sobrevivientes, probablemente miembros de alguna banda nómada, huyeron dejando atrás una bolsa con botellas de agua y dos cuchillos de cocina. Michelle, temblando de rabia y alivio, ayudó a Ray a volver a subir a la carreta a la pequeña Cindy, ilesa aunque cubierta de polvo.

“Siempre igual”, musitó Ray, su voz al borde de una carcajada amarga. “Antes creías que Florida era solo huracanes. Demasiado sol, demasiados turistas. Ahora, hasta los muertos son preferibles a esta gente”.

Regresaron por rutas laterales, cruzando patios de colegios, bordeando las líneas del tranvía fantasmal. De vuelta en la estación, la noticia del ataque no sorprendió a nadie. Se comentaba, una vez más, que nada como las viejas reglas para sobrevivir: confiar solo en quien tienes al lado, pero nunca demasiado.

Al atardecer, la estación encendió hogueras alrededor del patio. Era el único momento de respiro, la hora de los relatos. Los Simpson compartieron detalles del viaje: cómo en Winter Park habían visto campos de maíz floreciendo protegidos por cercas eléctricas, cómo el rumor de un laboratorio militar persistía, prometiendo una cura milagrosa, aunque nadie creía de veras que quedaran científicos vivos, y nadie osaba acercarse a las vías infestadas de humo y silencio de la base aérea abandonada.

Michelle tocó la mano de Allison mientras la luz moría y los niños, somnolientos y medio hambrientos, recibían una última historia: la de un Orlando anterior, cuando aún había un mundo donde los parques de diversiones resplandecían por la noche, la música flotaba sobre Lake Eola, y nadie—absolutamente nadie—tenía que mirar cada sombra con el corazón encogido.

Sin embargo, mientras la noche caía, también era cierto que había una esperanza nueva. Los zombis ya no definían todo el destino del ser humano; era la justicia, el valor, y el deseo de reconstrucción lo que latía en pequeños gestos: el aceite que cambiaba de mano, la batería que volvía a cargar una radio, la maestra que enseñaba a los niños que escribir y sumar importaba de nuevo.

Y mientras Michelle se recostaba en su catre, en la esquina sureste de la estación, con el eco lejano de los grillos y las risas apagadas de los más pequeños, pensó que, aunque el viejo Orlando se había perdido en la niebla de los años y la sangre, un nuevo mundo—frágil y apenas en gestación—podía empezar, incluso allí, entre los escombros y el polvo del fin del mundo.

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