Fragmento:
La cuarta vez que Samuel vio un cadáver moverse entre las palmeras de International Drive, ya no sintió sorpresa. Orlando hace meses que dejó de ser la ciudad de la alegría fingida, el sol perenne y las promesas de vacaciones interminables. La niebla de la mañana cubría los restos descompuestos de las rutas que, apenas un año atrás, zumbaban de turistas. Ahora, una extraña efigie de Mickey, pintarrajeada y deforme, saludaba desde un cartel vencido, testigo del mundo que habían perdido, y que quizás nunca volvería.
Duración: 11:46
16 de Diciembre de 2020
La cuarta vez que Samuel vio un cadáver moverse entre las palmeras de International Drive, ya no sintió sorpresa. Orlando hace meses que dejó de ser la ciudad de la alegría fingida, el sol perenne y las promesas de vacaciones interminables. La niebla de la mañana cubría los restos descompuestos de las rutas que, apenas un año atrás, zumbaban de turistas. Ahora, una extraña efigie de Mickey, pintarrajeada y deforme, saludaba desde un cartel vencido, testigo del mundo que habían perdido, y que quizás nunca volvería.
El refugio de Samuel, un grupo de supervivientes y él, estaba en el esqueleto olvidado de un hotel frente al lago Eola, una de las pocas zonas del downtown donde la presencia de obstáculos naturales —el agua y los pocos setos que resistían el descuido— ayudaba a proteger el improvisado asentamiento. Para cuando el invierno llegó, Orlando era una ciudad despojada de su fulgor, con el sol apenas logrando espantar el frío insólito que había descendido junto a la hambruna y la muerte.
Esa noche, Samuel había dormido con el miedo graznando en la base del pecho. No era el temor animal, inmediato, de las primeras semanas —ese miedo enfermizo a la infección, al mordisco, a la primera visión de un ser humano con mirada vacía y movimiento torpe—, sino el miedo más hondo, el que calaba los sueños: miedo a que cada amanecer fuera el último, a que ningún plan tuviera sentido. Pero al despertar, oyó el murmullo de voces. En la planta baja del hotel, Claudia, la joven doctora que se había refugiado con ellos después de huir del hospital de Orange Avenue, discutía acaloradamente con Jerome, uno de los antiguos encargados de seguridad de un resort ya inexistente.
"Si no encontramos leche en polvo o algo de proteínas para los niños esta semana, dos de ellos no la cuentan", dijo Claudia, apuntando a la pizarra improvisada en la que llevaban el registro de la ración diaria. Jerome escupió al suelo y apretó la mandíbula. "Sabes que volver al Publix es arriesgarse. Ya perdimos a tres el mes pasado por intentar saquear farmacias, ¿vas a mandar otro grupo al matadero?"
Samuel entró, todavía con el abrigo de un hotel cinco estrellas que se había convertido en una pieza imprescindible para soportar las noches gélidas. "Yo iré," se ofreció, mirando sin expresar mucho a ninguno de los dos. Había aprendido que, en aquel mundo reducido, la vida era menos una cuestión de heroísmo y más de elección entre males menores. Si no salían a buscar suministros, los pequeños morirían. Salir significaba quizá morir ellos. Pero quedarse quietos era otra forma de morirse.
El grupo de Samuel consistía en cuatro adultos y tres niños. En su refugio improvisado también vivían dos ancianos, uno de los cuales, Miss Dolores, había sido operadora en Magic Kingdom durante veinticinco años. Era la memoria viva del pasado, y la que había propuesto fortificar el vestíbulo del hotel buscando metal y mobiliario entre los locales abandonados. “Antes, todo esto era sonrisas y colas,” solía murmurar, mirando por la ventana como si pudiera ver en las sombras la silueta de los viejos desfiles de Disney.
La mañana era límpida y fría cuando Samuel y Claudia salieron con mochilas a la espalda, rumbo al supermercado más cercano. Por las calles vacías, sorteaban autos varados y charcos llenos de hojas oscuras. Las casas, calladas y grises, parecían contener en su interior la respiración de toda la ciudad. Orlando era un sitio de fantasmas, y cada sombra podía convertirse en amenaza.
No hablaron mucho durante la caminata. Tampoco hacía falta: cualquier palabra era una llamarada que podía traicionar su presencia, y cada grito podría atraer a los errantes, nombre que daban en su grupo a esos cuerpos infectados que recorrían Orlando a la deriva. Pasaron por una escuela elemental. Allí habían encontrado, hacía semanas, resmas de papel y algo de comida enlatada que los antiguos profesores habían intentado ocultar inútilmente en la enfermería.
El Publix colapsado era una visión que Samuel ya conocía: estanterías caídas, charcos de sangre reseca, bolsas abiertas, carritos volcados. Pero Samuel, precavido a fuerza de experiencia, buscó en la trastienda. Allí, detrás de una puerta semiabierta, hallaron una caja polvorienta de leche en polvo industrial y varias latas de atún que, milagrosamente, no se habían llevado los saqueadores anteriores.
Cuando salieron al exterior, Samuel escuchó el eco de pasos. Uno, dos, tres... Los errantes nunca venían solos. Se agacharon, conteniendo el aliento, mientras dos figuras —humanas hasta donde la distancia permitía ver— doblaban la esquina. Iban armadas con bates y cuchillos atados a palos. No eran zombis: eran otros sobrevivientes. Y podrían ser incluso más peligrosos.
Claudia apretó la mano de Samuel. Él asintió, y juntos la rodearon, volviendo hacia el lago Eola por calles secundarias, cruzando la vieja estación de SunRail coronada por grafitis nuevos. El reglamento tácito era claro: evita otros grupos, no porque sean enemigos a priori, sino porque cuando los recursos escasean, la desconfianza es la ley.
El regreso al hotel fue tenso, y celebraron en silencio el cruce seguro. Al entrar, les recibieron los rostros cansados pero expectantes de los demás. Claudia levantó la caja como una bandera. “Tenemos hasta Navidad,” dijo, y pese a la amenaza velada en su sentencia —hasta Navidad, tal vez, pero no más allá de eso si no conseguían más recursos y refugio— la pequeña Zoey, de seis años, aplaudió débilmente.
La rutina del asentamiento era simple: patrullas durante el día, recogida de leña de un parque cercano para alimentar pequeñas fogatas nocturnas, turnos de vigilancia, clasificar la ración para todos. Por la noche, los supervivientes contaban historias. Los pequeños insistían, por costumbre, en recordar los parques: las luces, el bullicio, el trueno distante de los fuegos artificiales en Disney Springs. Miss Dolores, que en tiempos más felices había repartido sonrisas disfrazada de personaje infantil, era la encargada de los cuentos.
Pero el frío, los rumores, la certeza de que en lo ancho de la I-4 deambulaban bandadas de muertos cada vez más lentos —pero igualmente mortales si los atrapaban—, pesaban como un lastre sobre el grupo.
Una noche, a mediados de diciembre, Samuel decidió arriesgarse una vez más. La radio militar que guardaban desde hacía meses recibió una señal intermitente desde Kissimmee. Una voz ronca, que apenas llegaba entre la estática, repetía un mensaje: “Refugio seguro al sur del Loop. Repito: refugio seguro al sur del Loop. Suministros. No zombis detectados.”
El debate era inevitable. ¿Salir y arriesgar varios días de trayecto, cruzando barrios quizás infestados, por una promesa vaga? Algunos, especialmente la familia venezolana que había perdido a dos niños en las primeras semanas de la plaga, querían intentarlo. Otros no se fiaban. Ya habían oído —y visto— las consecuencias de acudir a llamadas parecidas: a veces era una trampa de gente desesperada; otras, una carnicería accidental donde la ayuda se venía abajo ante la llegada de una horda.
Samuel sintió el peso de la elección. En ese destello breve, recordó a su hermana pequeña, muerta de fiebre meses atrás, honorando el último encargo que ella le había hecho: “Sobrevive. Haz que cuente. No olvides lo que era Orlando antes.” Así que votaron.
El grupo se dividió: cuatro elegirían quedarse, buscar el modo de pasar el invierno en la ciudad, fortificando el edificio, apostando que el frío debilitaría a los errantes. Los otros, Samuel incluido, decidirían probar suerte y buscar el refugio.
La última noche en la fortaleza del lago Eola fue silenciosa. Nadie durmió mucho. Linda, madre de uno de los niños, insistió en repartir entre todos una barra de chocolate que guardaba desde Halloween. Lo partió en siete trozos iguales, pequeños y miserables, pero simbólicos. “Por cada día logrado,” brindó en voz baja.
Cuando el amanecer llegó, Samuel, Claudia y dos niños se despidieron de Miss Dolores y de los otros. Caminaron al sur, escabulléndose por calles secundarias, llevando mochilas reducidas a lo esencial: una linterna, dos botellas de agua, las latas de atún, la leche en polvo. Samuel se quedó mirando el downtown una última vez. La gran noria de ICON Park, oxidada e inmóvil, surgía por encima de los tejados como un ojo hueco. Nadie reía, nadie grababa el momento con su móvil. Era la ciudad del olvido.
El viaje hacia Kissimmee fue una odisea en sí misma. Por la US-192, alfabetos de coches descompuestos cortaban el camino. Pasaron un autocinemá en sombras, y esa noche pernoctaron en un camión de comida mexicano, donde aún quedaban, ocultas en el frío implacable, algunas tortillas de maíz fosilizadas pero comestibles. De vez en cuando, los errantes se acercaban por el ruido: un pie mal puesto, una risilla de uno de los niños, el sobresalto de un perro callejero. Pero aprendieron a esconderse mejor. Samuel era bueno improvisando trampas: latas colgadas de cuerdas, piedras lanzadas lejos para desviar la atención.
Al tercer día divisaron el Loop, el inmenso complejo comercial ahora cubierto de enredaderas y basura. Allí encontraron campamentos improvisados, fogatas apagadas, señales marcadas con pintura en el asfalto: flechas, círculos, cruces. El rumor de la radio era cierto a medias: había un refugio, sí, aunque no era la solución mágica que esperaban. Un puñado de supervivientes, aferrados a una vida precaria, había fortificado una tienda de deportes y la mantenía a salvo con barricadas y fuego. De los zombis, pocos quedaban allí; sus cuerpos bloqueaban las entradas, disuadiendo a otros errantes por el hedor. Samuel negoció el ingreso para el grupo, compartiendo las últimas latas y la promesa de trabajar en la defensa.
Paso a paso, Orlando mutaba. En diciembre de 2020, sobrevivir era el arte de la paciencia. Atrás, en el lago Eola, la vieja Miss Dolores recogía leña y enseñaba a los niños a dibujar animales en las paredes con carbón. Al sur, Samuel aprendía a fortificarse: construir muros con muebles, cavar cercas de botellas y zapatos viejos, racionar la comida, dormir con un cuchillo bajo la almohada y un ojo abierto.
Fuera en la penumbra, en los parques que alguna vez representaron la ilusión feliz del mundo moderno, el eco de los fuegos artificiales del pasado temblaba aún en las memorias. Orlando se dividía en refugios y ruinas, cada rincón convertido en una nueva frontera. Sobrevivir no era suficiente. Había que resistir; había que recordar, y sobre todo, había que imaginar que, al final de la noche más larga, podría volver el día.
Algunas veces, cuando el frío apretaba y el silencio era total, Samuel pensaba en los relatos de Miss Dolores y en la vieja rueda que dominaba el cielo del downtown. "Un día," decía para sí mismo, "volveremos a encender las luces. Y Orlando, de algún modo, volverá a ser un hogar."
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.