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Portada del relato Día de mercado tras los Muros de Orlando
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Fragmento:


El aire en Orlando tenía cierta pesadez esa mañana, la mezcla de humedad y polvo que llegaba del lago resecaba la garganta tanto como el propio miedo. Aquella parte de la ciudad, a salvo tras años de limpiezas y murallas improvisadas, se había transformado en algo nuevo: un vestigio vibrante de humanidad, ruido y aromas a leña y sudor. Nadie reconocería el viejo downtown, ahora que los árboles habían destruido algunos caminos y la naturaleza reclamaba lo que antes era asfalto. Entre los puestos de trueque, la multitud se agolpaba bajo precarias lonas de plástico y maderas recicladas, dispuesta a negociar en su interminable pulseada contra el olvido y la penuria.

Duración: 10:35

Día de mercado tras los Muros de Orlando
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Texto de ajuste de pausa.

23 de marzo de 2028

El aire en Orlando tenía cierta pesadez esa mañana, la mezcla de humedad y polvo que llegaba del lago resecaba la garganta tanto como el propio miedo. Aquella parte de la ciudad, a salvo tras años de limpiezas y murallas improvisadas, se había transformado en algo nuevo: un vestigio vibrante de humanidad, ruido y aromas a leña y sudor. Nadie reconocería el viejo downtown, ahora que los árboles habían destruido algunos caminos y la naturaleza reclamaba lo que antes era asfalto. Entre los puestos de trueque, la multitud se agolpaba bajo precarias lonas de plástico y maderas recicladas, dispuesta a negociar en su interminable pulseada contra el olvido y la penuria.

Para Janis Ortiz, el día comenzaba como tantos otros: armada de su cinturón con navaja, linterna manual, una pistola oxidada y un carrito que alguna vez sirvió para cargas de supermercado, ahora repleto de frascos de medicina improvisada y algunas bolsas de semillas secas. Apenas cruzó la zona de filtros—una barricada de vehículos apilados y sacos de arena con dos adolescentes bien armados—una ráfaga de sol la encandiló, recordándole los días, hacía casi una década, en que Orlando se enorgullecía de ser la capital de los parques y los shows. En cambio, ahora, lo extraordinario era sobrevivir un día más.

El mercado de Lake Eola se montaba cada luna nueva. Llegaban caravanas del sur por la vieja Orange Avenue, ahora una ruta bastante segura gracias a la vigilancia de los exploradores. Un acuerdo tácito regía: aquel día se toleraba la presencia de forasteros, siempre y cuando no robaran o portaran armas largas. En el parque, ya sin cisnes y con los senderos recubiertos de musgo, se alzaba una docena de tiendas: curanderos, molineros, curtidores artesanales, armeros con piezas de repuesto que parecían sacadas de anticuarios, panaderos que mezclaban harina de mandioca con harina de bellota. Todo se regía por el trueque, pues el dinero había perdido hace años casi cualquier sentido.

Janis se movía entre los puestos, saludando a los supervivientes habituales y atenta a los rostros nuevos, en especial los forasteros de Kissimmee, conocidos por sus carbones y queroseno. Buscaba alcohol puro y vendas, pues en su asentamiento, el Refugio Colonial, un grupo de niños recién nacidos había enfermado a raíz de agua contaminada. Le urgía conseguir antiséptico y comida para las madres exhaustas.

Tropezó, casi literalmente, con un joven de rastas y piel quemada por el sol, que acarreaba una jaula con tres gallinas y un saco de cebollas. Su acento delataba que venía de lo que antes era Apopka. Él la miró de arriba abajo, atento al bulto de los frascos.

"Dices ser sanadora, ¿eh?" inquirió. "¿Eso cura mordeduras o sólo sueños rotos?"

Janis suspiró. "Sólo sueños rotos, los mordidos ya han sido reclamados por el otro lado, aunque el dolor—" Se interrumpió, mirando alrededor; nunca era bueno hablar demasiado de infectados frente a extraños. Por las noches, aún llegaban rumores de zombis aislados vagando por los canales de Orlando o escondiéndose en edificios no limpiados de la periferia. Pero durante el día, la vida pujaba por imponerse.

"Me interesa leche para los niños—" dijo, pero ya el joven de Apopka le ofrecía un huevo duro y la guiaba hacia uno de los puestos periféricos.

El mercado era mucho más que intercambio de bienes: allí se tejían informaciones, se pactaban alianzas menores, se buscaban oportunidades para cambiar de rumbo en la existencia cotidiana. Janis intercambió sus semillas por vendas caseras, hizo trueque de una pomada con un ex-militar con voz ronca que le ofreció un puñado de clavos (los clavos eran oro en un tiempo donde reparar casas era de vida o muerte), y escuchó, entre susurros, cómo algunos debatían la llegada de nuevas hordas pequeños grupos de zombis, viejas noticias para algunos, terrores renovados para aquellos cuyas casas quedaban en la frontera de las rutas limpias.

Uno de los viejos amigos de Janis era ‘Abuela’ Rosa, la matriarca más anciana entre los supervivientes del norte del lago. Rosa, curtida y diminuta, mantenía una rigurosa vigilancia sobre su nieto y los perros que servían de alarma nocturna. Se decía que Rosa había vivido el primer brote, antes de la caída real del gobierno, y su memoria era respetada.

"Claro que recuerdo la caída de Magic Kingdom," le confesó con voz rascada. "Vimos las luces apagarse una por una. De los fuegos artificiales al fuego real no hubo ni tres noches. Hubiéramos creído que los militares nos salvarían. Pero los que quedamos, nosotros nos salvamos a nosotros mismos."

Janis la escuchaba atenta. Orlando ya no era territorio de promesas; era un bastión donde la vida se medía en favores y tenacidad.

Al mediodía, el mercado era una marea caliente y ruidosa. Un grupo de muchachos del sur llegó trayendo un carromato tirado por una mula flaca—una extrañeza, porque domar animales aún era riesgoso y costoso. En el carromato traían, además de leña y sacos de arroz salvaje, una radio a pedales. Cuando la encendieron el crujido de estática llenó el aire, y una voz desde Lehigh—lejísimos—anunció que alguien había reactivado, en parte, la vía férrea hasta Tampa: conductores de trenes intentaban limpiar los rieles y soñar con unir las ciudades.

La noticia corrió como pólvora; recuperar sistemas de transporte era promesa de intercambio, contacto y, sobre todo, esperanza.

Esa tarde, mientras Janis firmaba con su huella en un registro, comprando a cambio de sueros una estufa pequeña de leña, un cordón de vigilancia interrumpió los trueques con dos disparos al aire. Los comerciantes, alertados, se agacharon; en este nuevo mundo, el peligro se anunciaba siempre a balazos.

Algunos minutos después se corrió la voz: un grupo de saqueadores había intentado infiltrarse por la esquina de Magnolia Avenue. Las fuerzas de la milicia—una docena de hombres y mujeres mal uniformados, pero tenaces y leales al pacto de la ciudad—contenían a los intrusos mientras los comerciantes reforzaban las barricadas exteriores. Era peligroso, pero no tan frecuente como antes; a medida que los zombis se convertían en plaga residual, la mayor amenaza pasaba a ser la propia gente.

No hubo heridos ese día, pero el incidente dejó los nervios crispados. Para Janis resultaba familiar: la frontera entre la relativa paz y el caos era tenue. Los recuerdos de 2020, cuando el terror bajó sobre el país y la gente moría sin que nadie supiera aún cómo pelear, rondaban como sombras a media luz. Su hermana, perdida en las primeras semanas, aún a veces aparecía en sueños mutilados por la vigilia y el cansancio.

Terminado el día de mercado, la población se dispersó, dejando tras de sí apenas huellas sobre el barro y algunas marcas nuevas de cuchillas en los troncos, testigos de transacciones silenciosas y vigilancia. Janis cargaba en el carrito su botín esencial: un puñado de semillas de sorgo, dos frascos de alcohol, un hatillo de arroz salvaje, vendas y la estufa que ahora haría más soportables las noches aún frías de marzo.

A su regreso hacia el Refugio Colonial—antigua urbanización convertida en fortaleza de estacas y cercas—Janis se detuvo frente al mural que cubría la entrada del parque. Era una escena pintada torpemente, pero reconfortante, inspiración para los que aún temían. Mostraba niños corriendo entre flores, carros de madera y perros saltando en libertad.

Una generación de niños nacidos tras el apocalipsis miraba ese mural como un atisbo de realidad futura; para ellos, la era de los zombis ya era mito y terror a partes iguales. Janis se sentó bajo la sombra de un sauce llorón y por un momento se permitió la dulzura de la nostalgia. Esperaba que, a fuerza de tenacidad, trabajo y esos pequeños rituales de trueque en Lake Eola, el mundo pudiera algún día acercarse de nuevo a aquello que en su infancia, antes de 2020, apenas valoraban: la posibilidad de vivir sin miedo.

Pronto anochecería y las puertas del asentamiento se cerrarían con candados. La vigilancia era doble: uno para los saqueadores, otro para espantar el temor residual a los infectados, que aún de vez en cuando surgían de alguna esquina olvidada. Pero el miedo no era ya lo que los dominaba; era la determinación, la obstinación inagotable de quienes se resistían a rendirse. Pese a la violencia, las colas para acceder a los recursos, la memoria de las pérdidas, en el fondo persistía una invitación secreta: construir, día a día, un nuevo hogar sobre las ruinas.

Durante la cena esa noche en el Refugio Colonial, la comunidad compartió historias y comida bajo la luz tenue de una lámpara de aceite. Janis, exhausta, repartió los remedios recogidos y contó la noticia del tren en vías de ser restaurado; la noticia viajó entre los rostros como un relámpago tranquilo, dibujando sonrisas esperanzadas.

Uno de los ancianos comentó: "Quizá para el próximo año podamos recibir un vagón entero de harina, o transporte para los heridos… Quizá, quién sabe, podamos volver a ver a nuestros primos de Tampa."

Las risas y exclamaciones fueron, en cierto modo, la promesa más bella de aquel mundo nuevo: la certeza de que, pese a todo, Orlando seguía vivo—no el Orlando de Disney ni Universal, sino uno reconstruido en torno a la dignidad, la memoria y la esperanza.

Janis, antes de dormir, salió unos minutos al patio trasero fortificado. Miró las estrellas, pocas y titilantes entre las ramas, y pensó en los viejos cuentos de la Florida pre-plaga. Prometió, en voz baja, enseñar a los niños los nombres de esas estrellas, para que tuvieran algo que recordar, algo que los sostuviera cuando, en años próximos, ellos también tuvieran que reconstruir un mundo propio.

Ya no había fuegos artificiales ni turistas, ni calles bulliciosas como antes. Orlando, tras el largo invierno de los zombis, tejía una vida de pequeño comercio y grandes relatos, donde cada día de mercado era una resistencia, una fe renovada en el imposible arte de sobrevivir y, tal vez, volver a soñar.

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