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Portada del relato El último viaje a Lake Eola
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Fragmento:


Aquella noche, la reunión del Consejo de Orlando fue convocada en el antiguo auditorio de la Biblioteca Pública de Orange County, que resistía aún, techado con planchas gruesas, ventanas tapiadas y una sala principal que se transformaba a ratos en iglesia, tribunal o parlamento. Allí se congregaron los 15 representantes de los diferentes barrios, con Lucas a la cabeza del comité de defensa.

Duración: 11:19

El último viaje a Lake Eola
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2026

La brisa tibia del anochecer de finales de noviembre acariciaba las palmas recias y los viejos robles de Orlando, una ciudad marcada para siempre por la herida de la catástrofe. Alguna vez, había sido el centro del turismo mundial, el lugar donde los sueños de niños y adultos parecían eternos, custodiados por castillos de colores y fuegos artificiales. Ahora, seis años después del estallido, Orlando era una ciudad fortificada, cicatrizada por el miedo y sostenida por los hilos frágiles de la esperanza.

En la muralla improvisada de concreto y acero oxidado que rodeaba la zona de Colonialtown y partes del centro, los vigías cambiaban su turno con puntualidad militar. Desde la caída de Miami, meses antes, las hordas dispersas de zombis y las bandas armadas se habían vuelto menos frecuentes, pero seguían acechando en las autopistas, saqueando caravanas descuidadas y arrancando gritos de terror en la noche interminable de la ciudad herida. Sin embargo, entre las callejuelas destrozadas y los muros cubiertos de grafitis, Orlando respiraba con más fuerza que nunca en esos días: era uno de los nuevos bastiones humanos, donde más de dos mil almas sobrevivían cooperando, resistiendo y soñando.

Lucas Rivera, de treinta y cuatro años, se caló el sombrero de ala ancha que había rescatado de una tienda de curiosidades en Mills Avenue años atrás y se dirigió al puesto de vigilancia. Era uno de los capitanes de la defensa comunal, y su patrulla de esa noche tenía un sabor agridulce: una de las caravanas comerciales, que mantenía vivos los lazos con asentamientos al norte y al oeste, había anunciado su regreso. Los intercambios de alimentos secos, municiones y medicinas eran ahora tan vitales como el aire. Pero las últimas semanas habían sido especialmente violentas; rumores de un grupo de saqueadores con armas automáticas llegaban desde Leesburg. Si los bandidos lograban pasar los controles, Orlando podría sufrir una masacre.

En el puesto de guardia, relucían las nuevas linternas de dinamo y dos vigías armados con escopetas de fabricación casera, patrullaban el perímetro. Desde allí se divisaba el centro convertido en una ciudadela: antiguos rascacielos, como el SunTrust Plaza, recubiertos de chapa corrugada, ventanas selladas y cubiertas por plataformas de tiro. Una red de pasarelas elevadas comunicaba diferentes barrios, evitando el peligro de las calles sin vigilar.

—¿Alguna novedad en la frecuencia de las señales? —preguntó Lucas, mientras ajustaba la radio portátil que aún funcionaba gracias a un pequeño generador a pedal.

—Nada extraño en las bandas cortas —respondió Alicia, la vigilante de mayor antigüedad—. Mensajes normales del Mercado de Altamonte: piden trueque de semillas y medicinas. Ninguna señal hostil.

Lucas asintió. Era una mujer fiable. Si alguien notaba el menor cambio en las ondas, sería ella.

Al girar hacia el sur, su vista se posó en lo que alguna vez fue Lake Eola Park. El lago aún existía, aunque reducido a la mitad, bordeado por empalizadas de madera y filas de cultivos de maíz y calabazas. De día, los niños correteaban entre los cultivos vigilados por los voluntarios de la milicia. De noche, el parque era territorio restringido, donde toda la iluminación dependía de faroles de aceite y un generador a base de biodiésel.

A las afueras del recinto fortificado, la antigua autopista I-4 era apenas reconocible. Los vehículos abandonados habían sido desprovistos de ruedas, limpiaparabrisas y cualquier pieza útil; servían ahora como barricadas o almacenes improvisados para los soldados de la comunidad. Entrar o salir de Orlando implicaba sortear controles armados, fosos artificiales y trampas para impedir avances de infectados o saqueadores.

Aquella noche, la reunión del Consejo de Orlando fue convocada en el antiguo auditorio de la Biblioteca Pública de Orange County, que resistía aún, techado con planchas gruesas, ventanas tapiadas y una sala principal que se transformaba a ratos en iglesia, tribunal o parlamento. Allí se congregaron los 15 representantes de los diferentes barrios, con Lucas a la cabeza del comité de defensa.

Ella, la líder de la comunidad, era conocida simplemente como "María". Lucía un abrigo largo gris, con el rostro curtido por el sol y las preocupaciones de seis inviernos en guerra.

—Recibimos confirmación —anunció María al grupo—. La caravana del sur llega esta madrugada. Juan, del Mercado de Altamonte, pide enviarles escolta en la entrada de la ciudad y confirma que lleva semillas de arroz, medicinas, herramientas y, lo que más necesitamos, balas calibre doce. La ruta parece despejada, pero no podemos confiarnos.

Por un momento, todos guardaron silencio. Un intercambio como aquel podía salvar a Orlando una temporada entera... o condenarlo, si los saqueadores interceptaban a la caravana.

El plan era sencillo: Lucas dirigiría un grupo armado de seis hombres y mujeres a la antigua estación SunRail, recuperarían el convoy y lo escoltarían al muro principal. Eran voluntarios experimentados, curtidos por años de ataques sorpresivos, asaltos y emboscadas.

Julia, una muchacha de diecisiete años, apenas recordaba la vida anterior. Era la más jovencita y ágil de la patrulla. Había nacido en medio del desastre, hija de sobrevivientes de Kissimmee. Llevaba botas de cuero y un rifle de cerrojo restaurado con esmero. Parecía inquieta, pero determinada.

—¿Estás lista para tu primera escolta de caravana? —preguntó Lucas, al notar la tensa sonrisa de la joven.

—Mi madre dice que la última vez que llegaron semillas nuevas pudimos plantar suficiente para tres ciclos —contestó Julia—. ¿Eso pasó de verdad?

Lucas asintió mientras su mirada viajaba hacia la luna, que brillaba sobre el esqueleto del skyline de Orlando, interrumpido aquí y allá por los puestos de vigilancia y las banderas improvisadas de la nueva comunidad:

—Pasó muchas veces, y pasará de nuevo si todos lo logramos juntos.

A las tres de la madrugada, con la niebla cubriendo el asfalto y los restos de carteles turísticos, partió la patrulla. Todos llevaban apenas lo justo: armas, linternas, tres botellas de agua y, en una caja con cierre hermético, los sobres para intercambiar las vacunas de tétanos y la insulina producida rudimentariamente por la comunidad. Cada vez que descendían al sur, en dirección a la estación, el miedo era tangible como una niebla espesa. Pero había que hacerlo. Era sobrevivir o desaparecer.

En la ruta, la ciudad muerta ofrecía su galería de fantasmas: hoteles convertidos en fortalezas, parques acuáticos llenos de vegetación salvaje, vehículos saqueados hasta el chasis y, aquí y allá, los esqueletos de infectados que no sobrevivieron a la hambruna de los últimos inviernos. Cada bulto sospechoso era una posible amenaza.

A la altura de Orange Avenue, en intersectar con el puente ferroviario, Julia avistó una silueta entre los escombros. Se adelantó con el rifle pegado al hombro, tal como le habían enseñado. Lucas la siguió con dos hombres más, mientras los demás cubrían el flanco.

—¡Alto! ¡Identifícate! —gritó Lucas.

El desconocido soltó un trapo blanco y levantó las manos. Era un muchacho delgado, quizás veinteañero, con el uniforme polvoriento de Altamonte. Jadeaba, asustado.

—¡Somos nosotros!—gimió—. La caravana está más atrás. Vimos luces... y creemos que no son amigas.

En ese momento, una ráfaga de disparos cortó la quietud nocturna. Las balas rebotaron en los escombros. Julia se lanzó al suelo, disparando instintivamente. Lucas ordenó retirada táctica hacia el tren abandonado. Cubriéndose tras el metal oxidado, hicieron fuego de respuesta. Los atacantes, hombres con el rostro cubierto y armas automáticas, gritaban en inglés y español, maldiciendo y amenazando.

La refriega duró minutos pero pareció una eternidad. Julia, temblando, disparó contra una sombra que se movía hacia el costado del vagón. Lucas ordenó que cubrieran el convoy: si caían, la caravana también lo haría.

Entonces, se oyó el rugido de un viejo camión, seguido del tamborileo de caballos. Era el grueso de la caravana, que había preparado una distracción: una columna de carretas y hombres armados. Los bandidos, superados, se replegaron en silencio, jurando venganza.

Cuando el tiroteo cesó, Lucas levantó a Julia, que balbuceaba alguna oración que su madre le había enseñado. Exhaló aliviado; todos seguían vivos, salvo un comerciante herido en la pierna. En menos de diez minutos, la patrulla escoltó el convoy a salvo hasta las puertas de Colonialtown, bajo la mirada nerviosa de los vigías.

Amanecía. Una cortina de nubes rojizas anunciaba el inicio de un nuevo día. Las radios crepitaban en todas las frecuencias: "Caravana segura. Abriendo portones." Los niños, los ancianos, todos en Orlando despertaron ese día con la noticia de la victoria: semillas frescas, medicinas, herramientas y munición, vitales para soportar el invierno, entraron en la ciudad a hombros de decenas de hombres y mujeres sonrientes, cubiertos de polvo y barro.

María abrazó a Lucas y a Julia cerca de la muralla. El consejo se reunió de inmediato para inventariar el cargamento y organizar la redistribución. Por la tarde, Lucas se sentó junto al lago, donde la vieja fuente aún brotaba a ratos, alimentada por un pequeño generador manual. Julia apareció con una barra de pan y un termo de café, productos de la ración con la que agradecían a los defensores.

—¿Sabes? —dijo la joven, mirando las torres en ruinas—. Antes todo esto era un cuento de hadas... Yo apenas puedo imaginarlo.

Lucas sonrió con amargura y esperanza.

—Quizá algún día, los niños de Orlando no tengan que imaginar. Quizá no tengan que pelear más por semillas, ni temer a las sombras. Quizá vuelva la música, quizá aprendamos de nuevo a soñar.

En la distancia, las banderas improvisadas de la ciudad ondeaban al viento, símbolo de una resistencia que había desafiado el fin de la civilización. Orlando, la ciudad de las luces, sobrevivía. La noche era sólo un recordatorio: la humanidad jamás dejaría de buscar la esperanza, ni siquiera en el corazón de las tinieblas.

Cuando el último disparo fue un eco distante y el primer sol se asomó tras las ruinas del Centro de Convenciones, Orlando celebró, por primera vez en años, la promesa de un futuro un poco mejor. La promesa de que, entre bandidos, zombis y las ruinas del viejo mundo, todavía era posible defender el milagro de la vida.

Y así, en ese día de noviembre de 2026, nació una leyenda en los muros de la nueva Orlando: que ni la plaga ni la desesperanza pudieron arrebatarle el derecho a soñar. Que mientras haya hombres y mujeres capaces de construir, proteger y amar, la ciudad de los parques volverá a vivir, una cosecha y una sonrisa a la vez.

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